EL PRECIO DE LA LUJOSA DECADENCIA, LA DINASTÍA QAJAR. IRÁN (1785-1905)



EL COLAPSO DE LA DINASTÍA SAFÁVIDA Y EL ASCENSO DE LOS QAJAR

El Imperio persa entró en el siglo XVIII en un largo periodo de inestabilidad política tras el colapso de la dinastía safávida en 1722. Durante décadas, el territorio iraní fue escenario de luchas entre diferentes dinastías y caudillos tribales que aspiraban a reconstruir el poder central. La breve restauración imperial bajo Nader Shah Afshar no logró estabilizar el país a largo plazo, y tras su muerte en 1747 Persia volvió a fragmentarse. 

La esplendorosa dinastía safávida no cayó simplemente por las intrigas palaciegas de sus últimos reyes en Isfahán; cayó porque su modelo de negocio quebró. Habían financiado su imperio monopolizando la exportación terrestre de seda hacia Europa. Pero a principios del siglo XVIII, las Compañías de las Indias Orientales (británica y holandesa) dominaron las rutas marítimas globales, marginando a Persia. Al frenar los ingresos aduaneros del comercio de seda y dispararse la inflación, el Estado safávida se quedó sin efectivo para pagar un ejército profesional. Cuando una reducida fuerza tribal de rebeldes afganos cruzó el desierto en 1722, no ejecutaron una conquista militar épica; ejecutaron el embargo sobre un deudor sin liquidez. Isfahán fue sometida a un asedio y a una hambruna tan atroz que sus habitantes acabaron recurriendo al canibalismo. El Estado central persa no fue derrotado; simplemente dejó de existir por insolvencia.

En la segunda mitad del siglo XVIII emergió una nueva autoridad bajo Karim Khan, líder de la tribu Zand, quien logró imponer cierto orden en gran parte del país y gobernó desde Shiraz. Sin embargo, su muerte en 1779 provocó nuevamente una lucha por el poder entre diferentes facciones tribales, principalmente entre los Zand y los Qajar. Al desaparecer el poder central, el territorio iraní involucionó hacia el feudalismo paramilitar. Los caudillos tribales (afsharíes, zands, qajares) no querían "reconstruir el poder" para hacer carreteras, censos o leyes; querían el control del territorio para poder obtener sistemáticamente impuestos de las ciudades y extorsionar a los campesinos que quedaban vivos. Fue una guerra de familias nobiliarias por el control de las ruinas que había dejado la dinastía safávida. Durante décadas, quemaron los cultivos, destruyeron los canales de irrigación milenarios (los qanats) y provocaron un éxodo masivo que desurbanizó Persia, aniquilando a la burguesía comercial y devolviendo el país a una economía de subsistencia nómada.

El conflicto terminó cuando Agha Mohammad Khan Qajar derrotó al último gobernante Zand en la batalla de Kermán en 1794 y consolidó su control sobre Persia. Con su coronación en 1796 se estableció la dinastía Qajar, que gobernaría el país hasta 1925. 

Durante los reinados de Fath Ali Shah (1797-1834), Mohammad Shah (1834-1848) y Naser al-Din Shah (1848-1896) se restauró un cierto grado de estabilidad política y unidad territorial. Los Qajar revitalizaron la figura del shah, concebido como la “sombra de Dios en la tierra”, lo que legitimaba un poder monárquico de carácter prácticamente absoluto.

La administración provincial quedó en manos de príncipes de la familia real, mientras que los jefes tribales continuaban desempeñando un papel importante al aportar contingentes militares al ejército del monarca. Al mismo tiempo, los comerciantes urbanos y los ulemas chiíes se consolidaron como actores influyentes dentro de la sociedad iraní. La nueva dinastía también amplió la burocracia estatal respecto a épocas anteriores.

Sin embargo, el Estado Qajar enfrentaba una debilidad estructural fundamental: la incapacidad para transformar el tradicional ejército tribal en una fuerza militar moderna al estilo europeo.

AGHA MOHAMMAD KHAN, EL CASTRADO QUE BAUTIZÓ DE SANGRE LA DINASTÍA QAJAR

Agha Mohammad Khan Qajar contra Ali khan











La historia Qajar no empieza con un pacto social; empieza con una masacre fundacional. A finales del siglo XVIII, Persia como hemos dicho, era un estado fragmentado en poderes tribales. El hombre que lo unificó, Agha Mohammad Khan Qajar, no era un estadista constructor de naciones; era un militar, castrado en su juventud por una tribu rival, que utilizó su trauma como arma política. Agha Mohammad no unificó el país creando ministerios, censos o carreteras. Lo unificó mediante la masacre siendo su obra maestra la toma de la ciudad rebelde de Kermán (1794), ordenó a sus tropas una represalia sin precedentes: arrancar los globos oculares a 20.000 hombres adultos de la ciudad. Para asegurarse de que sus soldados no tuvieran piedad, exigió que los ojos le fueran entregados en cestas y pesados en balanzas frente a él para comprobar que se cumplían las cuotas de mutilación. Si faltaba peso, se le sacaban los ojos a los propios comandantes. Las mujeres y los niños fueron entregados a la soldadesca como botín de guerra y esclavizados.

Al joven y carismático príncipe Lotf Ali Khan Zand no simplemente lo "derrotaron". Agha Mohammad ordenó que fuera violado en grupo por sus mozos de cuadra, luego lo cegó personalmente, lo torturó y finalmente lo estranguló en Teherán. Fue una demostración de violencia tan sádica que su único objetivo era aniquilar cualquier voluntad de resistencia al poder de los Qajar. La dinastía Zand a la que acababa de aniquilar (cuyo núcleo estaba en la hermosa ciudad de Shiraz) había intentado crear un oasis de viabilidad económica: fomentaban el comercio, construían infraestructuras civiles, apoyaban las artes y bajaban los impuestos. Eran la última oportunidad de Persia en el siglo XVIII para reconstruir un Estado administrativo moderno.

Al destruir a los Zand y arrasar urbes comerciales como Kermán, Agha Mohammad Khan garantizó el triunfo del nomadismo militarista sobre la civilización urbana. Su "control" consistió en instalar a su tribu turcomana en la cima de la pirámide social y política. No creó un ejército nacional regular ni un Ministerio de Hacienda; simplemente mantuvo su horda a base de aterrorizar a otras tribus para que pagaran tributos en especie. Sustituyó la economía productiva por una franquicia de extorsión a escala nacional.

En esas circunstancias, Agha Mohammad Khan se coronó "Shah" en 1796, pero su método de gobierno (la amenaza de muerte constante) fue su sentencia. Apenas un año después de establecer su gloriosa dinastía, en 1797, durante una campaña militar, escuchó discutir a dos de sus sirvientes personales en su tienda de campaña. Irritado, amenazó con ejecutarlos a la mañana siguiente, pero cometió el error de dejarlos vivos esa noche. Aterrorizados, los sirvientes entraron mientras dormía y lo apuñalaron hasta la muerte para poder llegar vivos al amanecer. El temible fundador del Estado murió masacrado por el pánico de sus propios empleados.

FATH ALI SHAH (1797-1834). LA CASTRACIÓN COMERCIAL

El reinado de Fath Ali Shah, De cómo el "Rey de Reyes" confundió su harén con un Estado, envió a su caballería tribal contra la artillería industrial y entregó el mercado nacional a cambio de su propia supervivencia.

Fath Ali Shah
Mientras Europa construía altos hornos, máquinas de vapor y ministerios de hacienda, Fath Ali Shah dedicaba el inexistente presupuesto nacional a la engrandecer su harén para así poder preservar la dinastía ante frecuentes conspiraciones

Famoso por su barba teñida hasta la cintura y su corona sepultada en diamantes, mantuvo un harén de más de mil esposas y concubinas. Al engendrar cientos de príncipes (Aghazadehs), creó una inmensa casta a la que tuvo que nombrar con cargos de gobernadores provinciales. Esta horda no administraba el país; se dedicaba a cobrar tributos a los campesinos y artesanos locales para mantener sus propios lujos. El "resurgimiento cultural" fue simplemente la hipertrofia de una élite cleptócrata que devoró los recursos de Persia desde dentro para mantener la fachada de lujo y suntuosidad. 

Fath Ali Shah cometió un gran error estratégico: enviar tropas feudales a una guerra industrial. Ordenó a su caballería tribal nómada (armada con lanzas, cimitarras y mosquetes de chispa) chocar frontalmente contra las disciplinadas columnas de infantería y la artillería de campaña del Imperio ruso. Fue una cacería de tiro al blanco provocada por la arrogancia de un monarca que creía que la poesía cortesana podía detener balas de cañón. Ese gran desastre llevó a otro desastre, al de los Tratados de Gulistán (1813) y Turkmenchay (1828) fue perder Georgia, Daguestán, Armenia y Azerbaiyán. Craso error. Perder territorio montañoso periférico es doloroso, pero un imperio agrario puede sobrevivir a ello. El verdadero veneno que destruyó a Persia no está en el mapa; está en la letra pequeña comercial de Turkmenchay. Rusia no solo se llevó la tierra; exigió la imposición de las Capitulaciones. A partir de ese día, ningún ciudadano ruso (y pronto, ningún británico o francés) podía ser juzgado por tribunales persas bajo la ley islámica. Gozaban de inmunidad absoluta. Si un mercader ruso estafaba o asesinaba a un iraní en el bazar de Tabriz, solo podía ser juzgado por el cónsul del Zar. Fath Ali Shah firmó la abolición de su propia soberanía judicial y policial. Aún más letal para Persia fue la cláusula económica. El tratado impuso a Persia un arancel máximo de importación fijo del 5%. De un plumazo, el Imperio persa perdió el derecho a proteger su precaria manufactura. Rusia (y luego Gran Bretaña, exigiendo el mismo trato) inundó el mercado iraní de textiles y productos industriales libres de impuestos. Los tejedores, artesanos y comerciantes persas quebraron masivamente.

El Shah creyó ingenuamente que firmando alianzas de papel obtendría ayuda real. Los británicos le prometieron armas y oro para proteger la ruta a la India frente a los rusos o los franceses. Pero cuando el Zar invadió el Cáucaso, los diplomáticos de Londres se lavaron las manos alegando oscuros tecnicismos legales para no enviar ni un solo soldado. Fath Ali descubrió por las malas una de las reglas de oro del imperialismo: las potencias no firman alianzas con Estados preindustriales para protegerlos, sino para usarlos como "Estados Tapón" (buffer states) y abandonarlos cuando cambia la diplomacia.

MOHAMMAD SHAH, EL ABOLICIONISTA (1834-1848): LA CASTRACIÓN NAVAL PERSA

De cómo el Imperio Británico utilizó la moralidad victoriana como excusa jurídica para confiscar el Golfo Pérsico y convertir a un Shah enfermo en un títere del "Gran Juego". 

Mohammad Shah era un hombre enfermo (sufría de gota aguda), débil y rodeado de visires corruptos y derviches, que gobernaba un país sin apenas estructura. Su "modernización" militar fue puramente un cambio dictado desde el extranjero.

Humillado por las pérdidas territoriales ante Rusia de su predecesor, Mohammad Shah intentó recuperar prestigio atacando la ciudad afgana de Herat en 1837. ¿El problema? Que no lo hizo por iniciativa propia. Fue dirigido por los embajadores rusos en Teherán para presionar a Gran Bretaña en la frontera de la India. Cuando el ineficaz ejército persa sitió Herat, Londres no envió diplomáticos con notas de protesta a las montañas de Afganistán. Envió a su Marina de guerra. La Royal Navy ocupó militarmente la isla persa de Kharg, en el Golfo Pérsico, y amenazó con destruir todos los puertos del sur de Irán. Aterrorizado al comprobar que unos barcos a miles de kilómetros de la capital podían colapsar su precaria economía aduanera, el Shah levantó el sitio y se retiró humillado. Su reinado sentó el precedente definitivo: Persia ya no decidía a quién atacaba ni qué fronteras defendía; se lo dictaban los cañoneros extranjeros. 

La historiografía occidental nos vende que los "funcionarios británicos" presionaron al Shah para prohibir la esclavitud (argumentando que él se resistía usando el Corán) como un triunfo de la civilización sobre la barbarie oriental. Realmente a Londres le importaba un rábano la teología islámica. En 1848, el Imperio Británico no operaba como una ONG de derechos humanos; operaba como el cártel logístico supremo del planeta. Lo que la Royal Navy necesitaba desesperadamente no era liberar esclavos africanos en los puertos de Bushehr; lo que necesitaba era una excusa legal incontestable en el naciente derecho internacional marítimo para patrullar, abordar, registrar y confiscar cualquier barco persa o árabe en el Golfo Pérsico. Al obligar a Mohammad Shah a firmar un decreto que declaraba ilegal el comercio de esclavos por mar, Gran Bretaña se otorgó a sí misma el codiciado "Derecho de Visita y Registro". A partir de ese momento, cualquier cañonero británico podía interceptar legalmente cualquier embarcación comercial iraní bajo la simple sospecha (real o inventada) de que llevaba esclavos de contrabando. Utilizaron la noble causa abolicionista como una ganzúa jurídica para aniquilar la soberanía naval de Irán y privatizar la vigilancia del Golfo Pérsico, asegurando su ruta logística hacia la India sin necesidad de declarar una guerra de anexión formal.

Las élites no estaban simplemente "preocupadas" por leer las noticias; estaban viendo cómo su país se vaciaba de plata y oro. Bajo el reinado de Mohammad Shah, los efectos de los Tratados de Turkmenchay (firmados por su abuelo, que limitaban los aranceles de importación a un ridículo 5%) entraron en fase terminal. Persia fue inundada por los tejidos baratos de algodón producidos en masa en las fábricas de Mánchester y Moscú, libres de impuestos. Decenas de miles de artesanos, tejedores y comerciantes tradicionales persas (bazaaris) quebraron. Para pagar estas importaciones masivas (ya que Persia no exportaba manufacturas), el país tuvo que exportar su masa monetaria, provocando inflación, falta de liquidez y miseria. Las "preocupaciones de las élites" eran, en realidad, los gritos de agonía de la burguesía comercial nacional siendo triturada por el librecambismo asimétrico europeo.

NASER AL-DIN SHAH (1848-1896). De cómo el "Rey de Reyes" subastó las infraestructuras de su propia nación, provocó el primer cierre patronal teledirigido y cobró su propia indemnización por despido a balazos.

Amir Kabir no era un simple "reformista" construyendo escuelas; era el único auditor implacable en un nido de élites ambiciosas. Las "resistencias" no fueron debates políticos; fueron el pánico absoluto de la prole Qajar (la madre del Shah, los príncipes, los clérigos sobornados) al ver que este hombre pretendía auditar sus pensiones, confiscar sus latifundios libres de impuestos y obligar a la aristocracia a pagar la factura del Estado.

Al convencer al manipulable Naser al-Din Shah de que ordenara abrirle las venas a Amir Kabir en los baños de Fin (Kashan), la monarquía no cometió un error judicial; cometió un asesinato fundacional. Eligieron consciente y voluntariamente el subdesarrollo crónico, la falta de industria militar y la futura colonización europea, pura y exclusivamente para proteger los sobornos de la corte. Mataron al médico para no tener que pagar la receta.

Persia intentó jugar al imperialismo asediando Herat, pero descubrió una regla de la disuasión diplomática: no puedes jugar al ajedrez geopolítico si no tienes barcos de guerra. Londres no mandó tropas de infantería a las montañas de Afganistán; simplemente mandó a la Royal Navy a bombardear y ocupar los puertos del sur de Irán en el Golfo Pérsico. El Shah tuvo que retirarse humillado. Persia quedó reducida a un estado títere, un inerme "Estado Tapón" cuya única función era amortiguar la frontera entre el Zar y la India británica.

La toma rusa de Asia Central no fue solo una pérdida de prestigio territorial; fue la amputación de las arterias comerciales milenarias de Irán. Al caer Bujará y Samarcanda en manos rusas, las antiguas Rutas de la Seda terrestres que alimentaban el comercio persa fueron absorbidas por las redes aduaneras del Zar. La economía de los bazares del norte de Irán quedó asfixiada, aislada y arruinada.

Naser al-Din Shah no concedió estos monopolios obligado a punta de pistola. Los vendió voluntariamente porque necesitaba liquidez inmediata, no para modernizar el país, sino para pagarse sus obscenos y carísimos viajes de turismo por los balnearios de Europa y las Exposiciones Universales (viajó en 1873, 1878 y 1889). Como no podía recaudar impuestos de su propio país en ruinas por haber asesinado a Amir Kabir, actuó como un mal administrador: subastando las aduanas, los ríos y los bancos a especuladores extranjeros a cambio de efectivo rápido para costearse sus caprichos. 

Entregarle al barón Julius de Reuter el derecho a fundar el primer banco de Persia no fue un acuerdo comercial; fue entregar la soberanía monetaria nacional (la impresión de billetes) a un ciudadano británico y por tanto, al Imperio Británico. El Shah le regaló a Londres la máquina de hacer billetes de su propio país. Algunos piensan que el boicot del tabaco de 1890-1891 fue como una especie de triunfo del despertar religioso y popular frente al imperialismo, liderado por el heroico clero chií.

¿Qué había sucedió?Vender el monopolio del tabaco a los británicos significaba expropiar de golpe a cientos de miles de agricultores, intermediarios y tenderos locales que ahora debían malvender su cosecha al precio que dictara un extranjero. El Bazar, (la clase comerciante) asfixiado, financió al Clero para que actuara como su brazo sindical. La fatwa del ayatolá Shirazi que prohibió fumar no nació de una revelación divina; fue la orden de un cierre dirigido a escala nacional. El Bazar y el Clero demostraron que la alianza "Turbante-Bazar" poseía un botón jurídico y social capaz de paralizar la economía del país por telégrafo, quebrando a una multinacional británica en cuestión de semanas. 

El Shah pagó una elevada compensación por no zanjar aquel asunto sin perjudicar los intereses británicos, para pagar la multa a los británicos por cancelar el monopolio, el Shah tuvo que pedir el primer gran préstamo exterior oficial de la historia de Irán... a un banco británico. Londres inventó el negocio perfecto: le compro el país al Shah, el Shah cancela el acuerdo por presión popular, y luego le presto mi propio dinero con intereses de usura para que me pague la multa.

En mayo de 1896, cuando Kermani le disparó al corazón a Naser al-Din Shah en el santuario de Shah Abdol-Azim, no cometió un magnicidio irracional ni un acto de simple "idealismo reformista". Kermani era un comerciante arruinado por los monopolios del Shah y torturado por su policía secreta; era la personificación de la burguesía nacional quebrada. Disparó contra el rey porque entendió que el Shah no era la víctima del imperialismo, lo había facilitado.

La historia de Naser al-Din Shah enseñó a la sociedad iraní una lección que sigue rigiendo su política exterior hoy en día: cuando el Estado es débil y la élite es corrupta, la inversión extranjera no trae ferrocarriles ni civilización; trae embargos, ruina para el comerciante local y la enajenación total del territorio.

De la tumba de Amir Kabir y del boicot del Tabaco de 1891 nació la alianza insólita que definiría el siglo XX iraní: los comerciantes del Bazar y los Ayatolás chiíes. Se unieron porque descubrieron que, frente a un monarca dispuesto a vender la geografía entera a Londres y San Petersburgo, la única defensa posible era detonar el sistema económico desde las mezquitas.

El asesinato de Naser al-Din Shah fue solo el ensayo general. Ochenta y tres años después, el Ayatolá Jomeini no tuvo que inventar absolutamente nada nuevo para derrocar a la monarquía Pahlavi en 1979; le bastó con leer el informe forense de 1891.

EL MOTÍN DE LOS ACCIONISTAS (1896-1907): AUTOPSIA DE UNA ILUSIÓN JURÍDICA

De cómo el Estado se convirtió en una casa de empeños, el pueblo inventó el cerrojo parlamentario a la dependencia económica de Europa y Europa se limpió las botas con la nueva Constitución.

El nuevo Shah era un hombre hipocondríaco y gravemente enfermo de los riñones. Su "déficit" no era para construir ferrocarriles o pagar a su ejército; pidió esos gigantescos y ruinosos préstamos puramente para financiarse tres carísimas y obscenas curas de reposo en los balnearios de Europa (viajó en 1900, 1902 y 1905). Para conseguir el dinero del Zar, el Shah tuvo que entregar como aval la recaudación física de las aduanas del norte de Irán, administradas directamente por burócratas belgas a sueldo de Moscú (liderados por el infame Joseph Naus). El Estado Qajar dejó de ser un gobierno para convertirse literalmente en una casa de empeños geoeconómica.

Desesperado por conseguir efectivo rápido para irse a Europa, en 1901 el Shah firmó la Concesión D'Arcy, regalándole a un especulador británico la exclusividad absoluta para extraer el petróleo de todo el sur de Irán por los siguientes 60 años a cambio de 20.000 tristes libras. Vendió el motor energético de la Primera Guerra Mundial y el origen de la futura British Petroleum (BP) a cambio de la factura de un balneario francés.

Los comerciantes del Bazar y los clérigos no se jugaron la vida en las calles de Teherán simplemente porque hubieran leído a Rousseau. Salieron a la calle porque el director de aduanas belga empezó a subirles los aranceles para pagarle los préstamos al Zar, arruinando a los comerciantes persas mientras favorecía los productos rusos.

La revolución persa no empezó por un debate político, estalló cuando el gobernador de Teherán (un miembro de la corte) ordenó atar a varios respetables comerciantes de azúcar a estacas en la plaza pública y azotarles las plantas de los pies (bastinado) acusándoles falsamente de subir los precios, cuando la inflación era culpa del propio Estado.

La debilidad del Estado era tan grotesca que, para protegerse de la policía del Shah durante las huelgas masivas, más de 12.000 comerciantes, clérigos y estudiantes cerraron el Bazar y se refugiaron acampando... en los inmensos jardines de la Embajada Británica en Teherán. Londres les abrió las puertas encantado, no por amor a la democracia, sino para humillar y derrocar a un Shah que se había vendido a los rusos. El principal objetivo del nuevo Parlamento (Majlis) no era redactar derechos humanos; el corazón de esa nueva Constitución establecía que ningún préstamo extranjero, concesión territorial o tratado comercial podía firmarse jamás sin la aprobación previa de los diputados.

La Constitución fue un mecanismo de emergencia, un "cerrojo legal" inventado por el Bazar y la Mezquita para atarle físicamente las manos al monarca moribundo e impedirle seguir subastando el subsuelo nacional. Mozaffar ad-Din Shah firmó el documento en su lecho de muerte, temblando, sabiendo que acababa de firmar la liquidación de su propia dinastía ante sus acreedores internos.

"Comenzaba así una nueva etapa... un sistema parlamentario moderno". Los padres fundadores iraníes cometieron un error de cálculo, creyeron que el derecho internacional y una constitución los protegerían de las superpotencias. Olvidaron que en el salvaje orden internacional de 1906, la soberanía nacional no emana de la tinta; emana del cañón de un obús y de las reservas de oro de un Banco Central.

El Acuerdo de 1907. Apenas unos meses después de la muerte del Shah y de la inauguración de esta gloriosa "nueva etapa parlamentaria", Gran Bretaña y Rusia se sentaron en San Petersburgo. Sin invitar, consultar ni avisar a un solo diputado iraní, firmaron la Convención Anglo-Rusa de 1907, dividiendo oficialmente Irán en dos zonas de ocupación militar exclusivas. Utilizaron la flamante Constitución iraní como papel higiénico diplomático.

El bombardeo de la Ley en 1908. Para rematar el "sistema parlamentario moderno", el nuevo Shah absolutista (Mohammad Ali), financiado por el Zar de Rusia, decidió resolver el problema democrático a la manera imperial. Ordenó a la Brigada Cosaca (dirigida por el coronel ruso Liakhov) que rodeara el flamante edificio del Parlamento en Teherán y lo bombardeara físicamente con artillería pesada

Volaron la cúpula democrática a cañonazos, masacrando, ahorcando y torturando a los diputados y periodistas constitucionales en el jardín del Rey.

EL PRECIO DE LOS QAJAR PARA IRÁN

Para los Qajar los palacios de Teherán eran asfixiantes, el clero chií los vigilaba, los comerciantes los odiaban y el país se moría de hambre. Gobernar Irán era un trabajo peligroso y deprimente. Europa, en cambio, les ofrecía la ilusión de ser monarcas modernos, eran tratados como celebridades millonarias, gastando un dinero que no era suyo. Pero ese dinero fue el detonador de la Revolución Constitucional de 1906 y la tumba de la dinastía.

Cuando el tendero del Bazar de Teherán vio que sus impuestos subían, que la inflación le impedía comprar pan y que su mercado estaba invadido por los rusos; y luego se enteraba de que todo ese sufrimiento era para que su "Sombra de Dios en la Tierra", el Shah, pudiera comprar cámaras fotográficas en París, vestir a sus concubinas con tutús y curarse la gota en balnearios franceses... el contrato social que mantenía a los Qajar voló por los aires.

La historia de los viajes a Europa enseñó a los iraníes la lección de que la monarquía Qajar no era la víctima del imperialismo; era la filial local, el bróker a comisión y el cómplice necesario del saqueo occidental. Por eso la Revolución de 1906 exigió crear un Parlamento: pura y exclusivamente para arrancarle la chequera de las manos al Rey y prohibirle volver a coger un tren hacia París.

La Revolución Constitucional iraní de 1906 no fue el "amanecer de la modernidad"; fue la lección de impotencia más sádica de su historia contemporánea. Demostró empíricamente a la sociedad iraní que no puedes legislar la soberanía en un país desindustrializado, desarmado y económicamente intervenido.

Las élites persas intentaron jugar a ser una república ilustrada europea, y Europa les respondió con embargos aduaneros, robo de petróleo y fuego de mortero contra sus escaños.

Esto explica por qué, apenas quince años después, los propios iraníes, exhaustos de la farsa de los políticos de salón y del caos extranjero, aplaudirían con fervor el golpe de Estado de un dictador militar (Reza Shah Pahlavi en 1921). Irán aprendió a sangre y metralla que era preferible tener un tirano armado hasta los dientes para defender las fronteras, que un parlamento débil mendigando en el mundo del siglo XX.


BIBLIOGRAFÍA:
-Keddie, Nikki R., Las raíces del Irán moderno, Belcqua, 2006

Comentarios

Entradas populares