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ASIA FRAGMENTADA

Un atlas del poder en Asia. Historia política, económica y geopolítica de raíces largas. Asia no es un bloque. Es un continente inmenso definido por sus fracturas: imperios y posimperios, revoluciones y restauraciones, monarquías que se adaptan, partidos-Estado que se endurecen, elecciones sin alternancia y aparatos que gobiernan desde la sombra. Asia Fragmentada existe para mirar el poder de frente, donde más le gusta esconderse.

Historia política, económica y geopolítica de Asia
ASIA FRAGMENTADA

Un atlas del poder en Asia: imperios, revoluciones, autocracias, guerras frías, propaganda, fronteras y fracturas geopolíticas.

Jomeini: la revolución islámica y la construcción del poder absoluto en Irán

 

De la caída del Sha a la República Islámica: cómo una revuelta contra la tiranía terminó creando una nueva arquitectura de mando

Jomeini transformó el descontento social contra el Sha en una República Islámica donde la moral dejó de ser solo protesta y se convirtió en control del gobierno. El clero no se limitó a bendecir la revolución, la capturó, la organizó, la purgó y la institucionalizó. La calle derribó al monarca, pero Jomeini diseñó el sistema que decidiría quién podía hablar en nombre de esa calle.

El cuento oficial de la Revolución iraní presenta a Ruhollah Jomeini como el anciano austero que regresó del exilio para liberar a Irán de la corrupción del Sha, de la humillación occidental, de la policía política, del lujo cortesano y de una modernización impuesta desde arriba. En esa versión, Jomeini aparece como la voz de los desposeídos, el clérigo incorruptible que habló en nombre de los bazaríes, los creyentes, los estudiantes, los pobres urbanos, los familiares de los presos, los humillados por la monarquía y todos aquellos que veían en el Irán de Mohammad Reza Pahlavi una máquina de obediencia al servicio de Estados Unidos. 

Jomeini operó desde el exilio comiendo yogur y sentado en el suelo. Ese ascetismo operó como un agujero negro emocional: al no mostrar avaricia terrenal, permitió que todos los opositores al Sha proyectaran sus propias fantasías utópicas sobre su túnica negra. Pero la realidad de poder fue mucho más compleja. Jomeini no solo dirigió una revolución contra el Sha; convirtió la energía moral de esa revolución en una estructura de poder absoluto. Su genio político consistió en unir lenguajes que parecían distintos —religión, justicia social, antiimperialismo, martirio, soberanía nacional, republicanismo y autoridad clerical— hasta producir un Estado nuevo donde la voluntad popular quedaba reconocida, pero vigilada; donde había elecciones, pero bajo tutela; donde existía república, pero subordinada a una instancia religiosa superior; y donde la revolución contra la tiranía monárquica terminó creando otra forma de concentración del mando.

I. El Sha: modernización sin contrato social

Para entender a Jomeini hay que empezar por el Sha, porque la Revolución Islámica no nació de una sociedad inmóvil que de repente se volvió religiosa, sino de un Estado que modernizó sin construir un pacto político estable. Mohammad Reza Pahlavi quiso convertir Irán en una potencia regional, aliada de Estados Unidos, militarmente fuerte, petrolera, centralizada, moderna y orgullosa de su pasado imperial, pero su proyecto estaba atravesado por una contradicción básica: quería transformar la sociedad sin permitir que esa sociedad participara realmente en la definición del poder.

La prensa occidental y la diplomacia de la Guerra Fría suelen llorar la caída del Sha recordando fotos en sepia de mujeres iraníes vistiendo minifaldas en los años 70 y paseando por un Teherán lleno de impresionantes rascacielos. Te venden el dulce mito de que el Sha era un "visionario civilizador" derrocado injustamente por la pura ingratitud de fanáticos religiosos. 

La llamada Revolución Blanca prometió reforma agraria, educación, derechos de las mujeres, crecimiento económico y modernización administrativa, pero también debilitó equilibrios tradicionales, golpeó a sectores rurales, alteró la relación entre clero y sociedad, fortaleció al Estado central y dejó a muchos grupos sin canales políticos reales para expresar descontento. El problema no era que Irán no cambiara; era que cambiaba bajo un mando cada vez más estrecho.

El Sha confundió modernización con obediencia. Construyó ejército, burocracia, policía política, universidades, carreteras e industria petrolera, pero no construyó legitimidad suficiente. En un país donde el petróleo financiaba al Estado sin necesidad de pactar fiscalmente con la sociedad, el monarca podía comprar desarrollo, armas y prestigio internacional, pero no podía comprar indefinidamente aceptación política. El Sha fabricó a millones de estudiantes brillantes, abogados e ingenieros de primer nivel mundial, pero les exigió que siguieran comportándose como siervos mudos de un señor feudal. Al empujar la economía de la nación al siglo XX pero mantener su estructura de mando estancada en el absolutismo cortesano, el monarca convirtió a su país en una olla a presión social.

A través de su sádica y brutal policía secreta (la temida SAVAK, entrenada por la CIA), el Sha se dedicó a la represión ante voces críticas. Llenó sus mazmorras de disidentes, torturó en parrillas al rojo a los líderes sindicales, masacró a los marxistas del partido Tudeh, asfixió a los demócratas liberales (fieles al recuerdo nacionalista de Mossadeq) y amordazó a la prensa laica. Creó un inmenso y aséptico desierto político para no tener competidores humanos.

Pero cometió un error de cálculo: no se atrevió a cerrar las mezquitas. Al tapiar todas las válvulas de escape "normales" de una sociedad (sindicatos, asociaciones estudiantiles, partidos de izquierda), el Sha logró, paradójicamente, otorgarle a la milenaria red de clérigos chiítas el monopolio absoluto y exclusivo del descontento.

Si un estudiante universitario laico o un obrero desesperado querían protestar contra la tiranía y la corrupción en 1978, el único lugar físico de todo Irán donde podían reunirse masivamente de forma "legal" sin ser ametrallados en el acto por la SAVAK era el patio de una mezquita. El monarca aniquiló todos los anticuerpos civiles y moderados de su sociedad, y le entregó en bandeja de plata las llaves de la ira nacional a la única especie política que sobrevivió intacta a su purga: el clero radical.

Ahí se abrió el espacio de Jomeini. Cuando un Estado modernizador destruye mediaciones tradicionales, reprime partidos, controla sindicatos, humilla a los clérigos, encarcela opositores y se asocia demasiado estrechamente con una potencia extranjera, puede producir crecimiento, pero también produce una oposición que busca un lenguaje total contra el régimen. Jomeini ofreció ese lenguaje.

II. 1953: el golpe que nunca abandonó la memoria iraní

La caída de Mohammad Mosaddegh en 1953, tras la crisis de la nacionalización del petróleo y la intervención de Estados Unidos y Reino Unido, fue una herida decisiva en la memoria política iraní. Para muchos iraníes, aquel episodio demostró que la soberanía nacional podía ser sacrificada cuando tocaba intereses petroleros y geopolíticos occidentales. No importaba que Irán tuviera parlamento, primer ministro o aspiración nacional; si el petróleo, la Guerra Fría y el equilibrio regional estaban en juego, las potencias intervenían.

Jomeini convirtió esa memoria en munición política. Su oposición al Sha no era solo religiosa; era también nacional. El monarca aparecía como gobernante interno, pero también como pieza de una arquitectura exterior dominada por Washington. En esa lectura, combatir al Sha era combatir una cadena más amplia: petróleo, embajada estadounidense, ejército entrenado por Occidente, consumo elitista, policía política y subordinación estratégica.

Este punto es esencial, porque permite evitar una lectura simplista de la revolución como estallido “medieval” contra la modernidad. La revolución fue también una rebelión contra una modernidad percibida como dependiente, autoritaria y extranjera. El éxito de Jomeini consistió en presentar el islam revolucionario no como nostalgia pasiva, sino como lenguaje de soberanía.

La religión sirvió para decir algo que otros lenguajes no habían logrado decir con tanta fuerza: Irán no debía obedecer ni al Sha ni a sus protectores exteriores.

III. Jomeini en el exilio: convertir la distancia en autoridad

Jomeini no construyó su poder desde un ministerio ni desde un partido clásico. Lo construyó desde el exilio, primero como opositor religioso al proyecto del Sha y después como figura capaz de unir agravios muy distintos bajo una misma autoridad moral. Su ausencia física de Irán, lejos de debilitarlo, lo protegió de los desgastes cotidianos de la política interna. Mientras otros opositores eran encarcelados, divididos o absorbidos por luchas internas, Jomeini se fue convirtiendo en referencia simbólica.Los manuales de historia y la prensa occidental de la época nos vendieron esta etapa como un cuento romántico inofensivo: un anciano y frágil clérigo, empobrecido y exiliado por un tirano brutal, que pasaba sus días meditando pacíficamente bajo un manzano en el pueblecito francés de Neauphle-le-Château, derrocando a un imperio armado únicamente con el poder de sus rezos.

A finales de 1978, el Sha (asustado por la influencia de Jomeini en el vecino Irak) le pidió a Saddam Hussein que lo expulsara. Jomeini terminó volando a París. El presidente francés, Valéry Giscard d'Estaing, lo aceptó tras un cálculo mercantil y arrogante: creían que en la sofisticada y laica Europa el anciano estaría "aislado" y, de paso, si el Sha terminaba cayendo, Francia se aseguraría los lucrativos contratos petroleros del nuevo régimen por haber acogido a su líder. En lugar de aislarlo, desde París, Jomeini se convirtió en una superestrella global intocable. Utilizó el sistema telefónico de discado directo internacional de Francia (imposible de censurar para el Sha).

El Sha, en su delirio tecnocrático de imitar a Occidente, había arruinado con impuestos y controles de precios a los Bazaríes (la inmensa, conservadora y laberíntica red de comerciantes tradicionales de Irán). Como venganza matemática, esta poderosa burguesía selló un pacto de sangre con el clero. A través de redes clandestinas de Hawala (traspasos de confianza sin registro digital ni papel) y del pago estricto del Khums (el impuesto religioso chiíta donde el creyente cede el 20% de sus ganancias anuales al clero), ríos de millones de dólares fluyeron hacia la red de Jomeini.

Con esa liquidez, el Ayatolá no compraba tanques, compraba el país. Financiaba la inmensa red de panfletos y, lo más crítico de todo el colapso: pagaba salarios clandestinos a los miles de obreros petroleros iraníes para que pudieran alimentar a sus familias mientras mantenían la huelga general que estranguló los ingresos del Estado. 

La clave fue que su mensaje podía circular por mezquitas, casetes, redes clericales, bazares, estudiantes y comunidades religiosas. No necesitaba un partido moderno al estilo europeo para convertirse en centro de la oposición. Tenía una red social anterior al Estado: mezquitas, seminarios, predicadores, rituales, autoridades religiosas, comerciantes piadosos y una memoria chií de martirio e injusticia.

Ese fue uno de los grandes errores del Sha: subestimó la infraestructura política del clero. Podía controlar partidos, periódicos y sindicatos, pero no podía desmantelar sin coste una red religiosa incrustada en la vida cotidiana de millones de personas. Jomeini entendió que esa red podía funcionar como canal de movilización nacional.

Su exilio produjo además una ventaja: le permitió aparecer por encima de las facciones. Liberales, marxistas, islamistas, nacionalistas, bazaríes, estudiantes y clérigos podían proyectar sobre él esperanzas distintas. Muchos creían que Jomeini serviría como símbolo de unidad contra el Sha y que después la revolución abriría un espacio plural. No entendieron que Jomeini no aspiraba solo a derribar al monarca, sino a decidir el principio último de autoridad del nuevo Estado.

IV. La revolución plural: muchos derribaron al Sha, no todos construyeron el nuevo régimen

La Revolución de 1979 no fue obra exclusiva del clero. En las calles hubo estudiantes, obreros, comerciantes, mujeres movilizadas, nacionalistas, liberales, marxistas, islamistas, sectores medios, pobres urbanos y religiosos de distintas tendencias. La coalición contra el Sha era amplia porque el rechazo al régimen tenía muchos motivos: autoritarismo, desigualdad, occidentalización elitista, represión, dependencia de Estados Unidos, corrupción cortesana y falta de participación política.

La trampa de las revoluciones amplias es que la unidad contra un enemigo común no resuelve la pregunta decisiva: quién manda después de la caída. Durante la lucha contra el Sha, casi todos podían gritar contra la monarquía; después de febrero de 1979, había que construir tribunales, ejército, constitución, economía, política exterior, prensa, partidos y sistema de seguridad. En ese momento, la coalición empezó a romperse.

Jomeini tenía una ventaja sobre sus rivales: disponía de un lenguaje más simple, más profundo y más movilizador. Mientras liberales hablaban de constitucionalismo y marxistas de clase, Jomeini hablaba de islam, independencia, justicia, mártires, corrupción, dignidad y obediencia a una autoridad religiosa revolucionaria. Ese lenguaje penetraba en capas sociales muy distintas y permitía definir al adversario no solo como rival político, sino como traidor a la revolución y a la comunidad moral.

La revolución fue plural en su origen, pero el nuevo Estado no lo sería en la misma medida. Jomeini permitió la amplitud mientras servía para derribar al Sha, pero después empujó hacia una concentración del poder donde el pluralismo quedaba subordinado a la defensa de la revolución islámica.

V. Velayat-e faqih: el núcleo de la nueva soberanía

El punto decisivo de Jomeini fue la doctrina de la tutela, el velayat-e faqih. Él ya había escrito en 1970 su tratado maestro (Velayat-e Faqih), donde dejaba clarísimo, negro sobre blanco, que su único y absoluto objetivo era instaurar una dictadura teocrática totalitaria bajo el mando de los clérigos. Pero sabía empíricamente que si decía eso en París en 1978, EE. UU. ordenaría al ejército iraní aniquilar la revolución a sangre y fuego, y la izquierda laica lo abandonaría en el acto.

Sin esta idea, la revolución iraní habría podido derivar hacia una república nacionalista, una democracia religiosa flexible, una coalición posmonárquica o incluso una lucha abierta entre izquierdas e islamistas. Con esta doctrina, Jomeini introdujo una arquitectura mucho más fuerte: la soberanía popular podía existir, pero bajo una autoridad religiosa superior encargada de custodiar la revolución y garantizar que el Estado no se desviara de la ley islámica.

Aquí está la clave de su poder absoluto. Jomeini no abolió toda forma republicana; la subordinó. No eliminó por completo las elecciones; las colocó dentro de un sistema vigilado. No rechazó el Estado moderno; lo ocupó desde arriba mediante una legitimidad religiosa. La República Islámica fue una combinación muy eficaz de instituciones modernas y autoridad clerical: presidencia, parlamento, constitución, tribunales, elecciones y burocracia, pero también Líder Supremo, Consejo de Guardianes, control ideológico y órganos revolucionarios.

La operación fue brillante desde el punto de vista del poder. Jomeini no restauró una monarquía clerical tradicional, sino que creó una forma nueva de mando: un Estado moderno con alma revolucionaria chií, donde el clero podía arbitrar la política y limitar a cualquier institución que amenazara la dirección ideológica del sistema.

El resultado fue una paradoja: la revolución que se había hecho contra el absolutismo del Sha terminó construyendo una soberanía superior a la voluntad electoral. El pueblo podía votar, pero no podía decidir contra el marco de la revolución islámica. La moral se convirtió en límite del voto.

VI. La moral como arma de gobierno

Jomeini entendió que una revolución no se mantiene solo con entusiasmo inicial. Necesita instituciones, enemigos, rituales, lenguaje, castigo y educación. Por eso la República Islámica no fue simplemente un cambio de gobierno, sino una reordenación de la vida pública. La moral revolucionaria empezó a entrar en la escuela, la justicia, la prensa, la universidad, el cuerpo femenino, la cultura, la familia, el ejército y la política exterior.

La moral dejó de ser solo una crítica contra la corrupción del Sha y pasó a convertirse en una tecnología de gobierno. Permitía clasificar ciudadanos, disciplinar conductas, cerrar periódicos, expulsar rivales, vigilar universidades, controlar vestimenta, definir lealtades y marcar los límites de lo aceptable. Quien se oponía al nuevo orden no era solo opositor; podía ser acusado de servir al imperialismo, traicionar al islam, debilitar la revolución o abrir la puerta al retorno de la monarquía.

Ese desplazamiento fue decisivo. En una democracia ordinaria, el desacuerdo puede ser parte del sistema; en una revolución moralizada, el desacuerdo puede ser presentado como corrupción, desviación o conspiración. Jomeini convirtió la política en una batalla por la pureza revolucionaria, y esa lógica permitió que el nuevo régimen fuera depurando a sus antiguos aliados.

Los liberales, nacionalistas, izquierdistas e islamistas rivales habían sido útiles contra el Sha, pero se volvieron incómodos cuando reclamaron autonomía frente al clero. La maquinaria revolucionaria los fue empujando hacia el margen, la prisión, el exilio o la eliminación política.

VII. Los Guardianes de la Revolución: el ejército paralelo del nuevo orden

Toda revolución que desconfía del viejo ejército necesita construir su propia fuerza armada. La República Islámica creó el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica para proteger el nuevo régimen frente a enemigos internos y externos. No era solo una fuerza militar; era un instrumento de fidelidad ideológica, una estructura de seguridad, una red económica y una columna política.

El Sha había tenido ejército, policía política y alianza estadounidense. Jomeini necesitaba otra arquitectura de coerción, no asociada al viejo orden monárquico, sino a la revolución. Los Guardianes llenaron ese espacio. Su función no era defender un Estado neutral, sino custodiar una revolución definida religiosamente.

Con el tiempo, esa institución se convirtió en mucho más que una milicia revolucionaria. Pasó a ocupar un lugar central en la guerra, la economía, la inteligencia, la política regional y la proyección exterior de Irán. En términos de poder, los Guardianes fueron una de las grandes herencias institucionales de Jomeini: una fuerza capaz de actuar como escudo interno del régimen y como instrumento exterior de influencia.

La revolución moral necesitaba armas. Jomeini lo entendió con claridad. La palabra podía movilizar, pero la permanencia del régimen exigía coerción organizada.

VIII. La embajada estadounidense: ruptura simbólica y cierre del puente

El Sha ya había huido, pero el poder en Irán estaba peligrosamente dividido. El gobierno oficial estaba en manos de Mehdi Bazargan, un Primer Ministro laico, demócrata y liberal que quería instaurar una república civilizada y mantener relaciones "normales" con Occidente. Bazargan era un obstáculo para el proyecto absolutista de Jomeini.

Cuando los estudiantes radicales saltaron el muro de la embajada (enfurecidos porque EE.UU. había acogido al Sha en un hospital), Jomeini no planeó el asalto, pero reconoció el regalo al instante. Lo bautizó como "La Segunda Revolución". ¿Por qué? Porque usó a los rehenes para acorralar al gobierno civil. Bazargan, horrorizado por la violación del derecho internacional, exigió liberar a los cautivos. Los radicales, azuzados por Jomeini, lo acusaron de ser un "blando" y un lacayo del imperialismo. Incapaz de gobernar y asqueado, Bazargan dimitió 48 horas después. Con un solo movimiento, Jomeini usó a los rehenes americanos para amputar el ala moderada y laica de su propia revolución sin tener que disparar un solo tiro.

A finales de 1979, Jomeini estaba intentando aprobar en referéndum su nueva Constitución (el Velayat-e Faqih), el documento que le otorgaba poderes divinos y dictatoriales absolutos. La izquierda, los intelectuales y otros clérigos se estaban oponiendo ferozmente a esta tiranía legal. 

La toma de la embajada estadounidense en noviembre de 1979 fue uno de los grandes momentos de consolidación de la revolución. En apariencia, fue una acción estudiantil radical contra el “nido de espías” estadounidense. En la lógica interna del poder, cumplió una función mucho más amplia: cerró el espacio de compromiso con Washington, debilitó a los moderados, intensificó la movilización antiimperialista y permitió presentar la revolución como asediada desde fuera. La diplomacia occidental, traumatizada y humillada, pasó 444 días vendiendo al mundo la idea de que este secuestro era un estallido de locura medieval, una rabieta de estudiantes fanáticos e irracionales que se había salido de control.

La crisis de los rehenes convirtió a Estados Unidos en el enemigo organizador del nuevo régimen. Esto no era un detalle propagandístico, sino una pieza de la arquitectura estatal. Un régimen revolucionario necesita justificar vigilancia, sacrificio, disciplina y cierre interno; para ello, el enemigo exterior resulta indispensable. El antiamericanismo de Jomeini no era solo retórica, era una forma de ordenar la política iraní. Si Estados Unidos era el poder que había sostenido al Sha, intervenido en 1953, armado a la monarquía y humillado la soberanía nacional, entonces cualquier corriente interna demasiado conciliadora podía ser acusada de abrir la puerta al viejo sometimiento. La embajada sirvió para separar a los verdaderos revolucionarios de los sospechosos de tibieza. Al retener a los diplomáticos y desafiar al "Gran Satán", Jomeini metió a Irán en una histeria de invasión militar inminente (los buques yanquis rodeaban el Golfo). En medio del pánico, el clero aplicó una matemática implacable: La disidencia se convirtió automáticamente en Alta Traición. Si un estudiante salía a protestar contra los poderes dictatoriales de Jomeini, era aplastado bajo la acusación de ser un "espía de la CIA" que quería debilitar a Irán frente al ataque americano. Gracias a la niebla tóxica del secuestro, Jomeini logró aprobar su asfixiante Constitución teocrática en diciembre con la nación completamente hipnotizada.

La ruptura con Washington permitió a Jomeini acelerar el cierre de filas. La revolución dejaba de ser solo iraní y se convertía en desafío al orden estadounidense en Oriente Medio.

IX. La guerra Irán-Irak: el conflicto que endureció la revolución

La invasión iraquí de Irán en 1980 cambió el destino de la República Islámica. Saddam Hussein creyó que el nuevo régimen estaba debilitado, dividido y vulnerable después de la revolución. Pero la guerra terminó dando a Jomeini una herramienta decisiva para consolidar el poder interno.

La guerra permitió movilizar a la sociedad, militarizar la revolución, elevar el martirio como valor político, purgar disidencias, justificar sacrificios, fortalecer a los Guardianes de la Revolución y presentar la supervivencia del régimen como supervivencia de la nación. El conflicto con Irak no fue solo una guerra fronteriza; fue una escuela de Estado para la República Islámica.

Las fuentes sobre la relación encubierta entre Estados Unidos y la guerra Irán-Irak son útiles porque recuerdan que el conflicto no puede separarse de la política regional y de los cálculos de potencias externas. Para Jomeini, esa dimensión exterior reforzaba su relato: Irán no estaba solo combatiendo a Irak, sino a un sistema regional e internacional decidido a impedir que la revolución sobreviviera.

La guerra hizo más dura a la República Islámica. Una revolución que quizá habría tenido más fisuras internas en tiempos de paz encontró en el frente una fuente de disciplina, sacrificio y legitimidad. La guerra fue devastadora para Irán, pero políticamente ayudó a soldar el sistema.

X. Exportar la revolución: Irán como centro del chiismo político

La Revolución iraní no se quedó dentro de las fronteras de Irán. Su impacto se extendió hacia Irak, Líbano, el Golfo y otros espacios de población chií. Armajani subraya que la revolución de 1979 alteró la política regional y se convirtió en punto de referencia para el chiismo político en Irán, Irak y Líbano, modificando las dinámicas de poder en Oriente Medio.

Jomeini ofreció a muchos chiíes una imagen nueva: el clero no tenía por qué limitarse a guiar espiritualmente a la comunidad o esperar pasivamente justicia; podía tomar el Estado, organizar la resistencia, enfrentarse a potencias extranjeras y convertir una tradición de duelo, martirio e injusticia en poder político.

Ese mensaje fue poderoso porque hablaba a comunidades que se percibían marginadas, reprimidas o subordinadas en distintos países. Pero también provocó miedo. Para monarquías del Golfo, para Irak, para Arabia Saudí, para Estados Unidos y para Israel, la República Islámica no era solo un régimen iraní, sino un centro de irradiación revolucionaria.

Jomeini convirtió a Irán en algo más que un Estado-nación. Lo convirtió en referencia ideológica. Esa proyección regional sería una de las claves duraderas del sistema: Irán no solo defendería sus fronteras, sino que construiría redes de influencia, alianzas con actores no estatales y una política exterior marcada por la combinación de seguridad, religión y resistencia.

XI. El poder absoluto: destruir al Sha para crear otro centro incuestionable

La gran paradoja de Jomeini es que llegó al poder encabezando una revolución contra el absolutismo, pero terminó construyendo un sistema donde una autoridad superior podía situarse por encima de la competencia política ordinaria. No restauró la monarquía, pero creó una jefatura revolucionaria con capacidad de arbitraje último. No eliminó todas las instituciones republicanas, pero las rodeó de límites. No abolió la participación popular, pero la subordinó a la tutela del jurista.

El poder absoluto de Jomeini no consistía solo en mandar directamente, sino en definir el marco dentro del cual todos los demás podían actuar. Esa es una forma de poder más profunda que ocupar un ministerio o controlar un partido. Quien decide qué es revolución, qué es islam, qué es traición, qué es dependencia extranjera y qué es defensa del pueblo, controla el lenguaje mismo de la política.

Por eso sus rivales quedaron atrapados. Los liberales podían hablar de libertad, pero Jomeini podía acusarlos de debilitar la revolución. Los izquierdistas podían hablar de justicia social, pero Jomeini podía acusarlos de materialismo, ateísmo o subordinación extranjera. Los nacionalistas podían hablar de Irán, pero Jomeini podía decir que solo la República Islámica defendía la independencia real frente a Estados Unidos. El clero rival podía discrepar, pero la estructura del nuevo Estado fue cerrando el espacio para cualquier autoridad religiosa que no aceptara la supremacía del proyecto jomeinista.

El poder de Jomeini fue, por tanto, un poder de definición.

XII. Conclusión: la revolución que convirtió la moral en Estado

Jomeini no fue simplemente un líder religioso ni un agitador contra el Sha. Fue el arquitecto de una de las transformaciones políticas más importantes del siglo XX asiático. Su éxito consistió en convertir una protesta plural contra la monarquía en una arquitectura estatal nueva, donde la moral revolucionaria, el clero, la república vigilada, los Guardianes de la Revolución, el antiimperialismo, la guerra y la tutela del jurista quedaron unidos en una misma maquinaria.

El Sha había intentado modernizar Irán desde arriba sin construir un contrato político amplio. Jomeini destruyó esa monarquía utilizando los agravios que el propio Estado Pahlavi había acumulado: represión, dependencia exterior, desigualdad, occidentalización elitista, humillación religiosa y falta de soberanía real. Pero, una vez derribado el trono, no entregó la revolución a un pluralismo abierto, sino que la reorganizó bajo un principio superior de autoridad religiosa.

Su grandeza política fue entender que la moral puede ser una fuerza de movilización inmensa cuando se presenta como defensa del pueblo frente a la corrupción, el imperio y la tiranía. Su límite fue convertir esa moral en una estructura de mando donde la disidencia podía ser tratada como amenaza contra la revolución misma.

Jomeini derrocó al Sha, pero no liberó la política iraní de la concentración del poder. Cambió el centro de legitimidad: del palacio imperial a la autoridad revolucionaria del clero. La revolución iraní prometió devolver la dignidad al pueblo, Jomeini convirtió esa dignidad en Estado, y ese Estado en obediencia.

Bibliografía 

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