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ASIA FRAGMENTADA

Un atlas del poder en Asia. Historia política, económica y geopolítica de raíces largas. Asia no es un bloque. Es un continente inmenso definido por sus fracturas: imperios y posimperios, revoluciones y restauraciones, monarquías que se adaptan, partidos-Estado que se endurecen, elecciones sin alternancia y aparatos que gobiernan desde la sombra. Asia Fragmentada existe para mirar el poder de frente, donde más le gusta esconderse.

Historia política, económica y geopolítica de Asia
ASIA FRAGMENTADA

Un atlas del poder en Asia: imperios, revoluciones, autocracias, guerras frías, propaganda, fronteras y fracturas geopolíticas.

J. R. Jayewardene: el presidente que abrió el mercado y cerró el pacto nacional

 


Sri Lanka entre liberalización económica, presidencia ejecutiva y guerra civil

En julio de 1983, Colombo ardió mientras el Estado que J. R. Jayewardene había reforzado desde la presidencia ejecutiva era incapaz —o no tuvo la voluntad suficiente— de proteger a una parte de sus ciudadanos. Casas, comercios, cuerpos y memorias tamiles fueron atacados en una violencia que no solo destruyó vidas, sino que quebró definitivamente la confianza de muchos tamiles en Sri Lanka como comunidad política compartida. El presidente que había prometido crecimiento, apertura económica, eficiencia administrativa y entrada en el capitalismo asiático emergente quedó asociado al momento en que la isla cruzó el umbral de la guerra civil.

Jayewardene no fracasó porque careciera de proyecto, sino porque tuvo un proyecto de Estado sin un proyecto suficiente de comunidad política. Modernizó la economía, concentró el poder presidencial, impulsó la apertura al capital extranjero y quiso insertar Sri Lanka en una nueva etapa de crecimiento, pero gobernó una isla donde la pregunta decisiva no era solo cómo producir más riqueza, sino quién pertenecía plenamente a la nación. Su tragedia histórica fue abrir el mercado mientras no abría una salida constitucional profunda a la cuestión tamil.

La tesis central es esta: Jayewardene cambió la forma del Estado justo cuando Sri Lanka necesitaba cambiar la forma de la nación. Su presidencia hizo más fuerte la cúspide del poder, pero no hizo más compartida la ciudadanía; abrió zonas francas, infraestructuras y nuevas posibilidades económicas, pero no logró construir un pacto político capaz de convencer a tamiles, cingaleses, musulmanes, trabajadores de plantación, jóvenes radicalizados y regiones periféricas de que el Estado les pertenecía en igualdad de condiciones.

Nira Wickramasinghe plantea la historia moderna de Sri Lanka como una historia de identidades, derechos, comunidades y pertenencias, no solo como una sucesión de gobiernos y constituciones. Su enfoque insiste en cómo distintos grupos pasaron de formas variables de diferencia a identidades colectivas defendidas territorialmente, con consecuencias cada vez más violentas para el Estado poscolonial . Jayewardene debe leerse dentro de ese marco: no como origen absoluto del conflicto, sino como el dirigente que gobernó el momento en que las fracturas acumuladas dejaron de poder contenerse mediante promesas electorales, policía, crecimiento económico o centralización presidencial.

I. 1983: cuando el Estado no protegió a todos sus ciudadanos

El Julio Negro fue el punto de no retorno porque transformó una crisis política en una ruptura moral. La violencia antitamil de 1983 no fue solo una reacción espontánea al asesinato de soldados por militantes tamiles, sino la expresión brutal de un Estado y una sociedad que habían permitido que la pertenencia nacional se volviera jerárquica. Para muchos tamiles, la pregunta dejó de ser si podían obtener más derechos dentro de Sri Lanka y pasó a ser si Sri Lanka podía protegerlos como ciudadanos.

El problema de Jayewardene no fue únicamente que estallara violencia durante su mandato, sino que su Estado presidencial, tan decidido a mandar en otros ámbitos, no actuó con la contundencia necesaria para impedir que una minoría quedara expuesta al castigo colectivo. Un Estado moderno se mide no solo por su capacidad de atraer inversión, construir carreteras o aprobar constituciones, sino por su capacidad de proteger a quienes son vulnerables frente a la mayoría. En 1983, esa promesa básica quedó rota.

Ese episodio reforzó al LTTE y a otros grupos militantes porque les ofreció el argumento que toda insurgencia separatista necesita: la idea de que la convivencia ya no era segura, de que la vía parlamentaria era inútil y de que la ciudadanía compartida era una ficción. Wickramasinghe sitúa el paso desde la insurrección tamil de los años setenta al periodo posterior a los disturbios de 1983 como una transformación decisiva hacia la guerra de desgaste . Por eso el Julio Negro no debe leerse como un episodio dentro de la guerra civil, sino como una de las puertas principales por las que Sri Lanka entró en ella.

II. La herencia colonial: comunidades antes que ciudadanía común

Sri Lanka no nació como una nación homogénea que después se rompió, sino como una sociedad plural administrada durante la etapa colonial mediante categorías, censos, jerarquías educativas, plantaciones, diferencias lingüísticas, distinciones religiosas y élites regionales. El Estado británico no inventó todas las diferencias, pero las clasificó, las administró y las convirtió en formas políticas modernas. Cuando llegó la independencia, esas categorías no desaparecieron: quedaron dentro de la nueva democracia parlamentaria, dentro del sistema educativo, dentro del acceso al empleo público y dentro de las ideas de mayoría y minoría.

La independencia de 1948 abrió una oportunidad para construir una ciudadanía común, pero las primeras décadas poscoloniales produjeron exclusiones y resentimientos acumulativos. Las leyes de ciudadanía que afectaron a muchos tamiles de origen indio, la centralidad creciente del budismo cingalés, la política lingüística del “Sinhala Only”, la disputa por la educación superior y la percepción tamil de discriminación en el empleo público fueron creando una sensación de Estado capturado por la mayoría. Wickramasinghe dedica una parte sustancial de su análisis a ciudadanía, comunidades, derechos y constituciones entre 1947 y 2000, incluida la manera en que el Estado fue “haciendo una mayoría” entre 1948 y 1987 .

Esta herencia es esencial para no convertir a Jayewardene en culpable único de todo. Cuando llegó al poder, el conflicto ya estaba maduro: la demanda federal tamil había sido frustrada, los partidos tamiles moderados habían perdido parte de su capacidad de mediación, los jóvenes militantes ganaban legitimidad en el norte y el este, y el nacionalismo cingalés llevaba décadas presentando muchas concesiones a la minoría como amenazas a la unidad de la isla. Jayewardene heredó una crisis profunda, pero su forma de gobernarla contribuyó a hacerla más irreversible.

III. 1977: una victoria para refundar la economía

La victoria del United National Party en 1977 permitió a Jayewardene impulsar una ruptura económica de gran alcance. Sri Lanka había sido durante décadas un ejemplo asiático de Estado social poscolonial, con educación, salud, subsidios y una importante intervención pública, pero también con escasez, controles, bajo dinamismo productivo y frustración social. Jayewardene prometió sacar al país de ese agotamiento mediante apertura comercial, inversión extranjera, zonas francas, turismo, infraestructuras, exportaciones y una nueva relación con el capitalismo global.

El giro fue importante porque cambió la imaginación del desarrollo. El futuro ya no debía buscarse solo en redistribución, protección social o planificación, sino en crecimiento, mercado, eficiencia, capital extranjero y competitividad. En ese sentido, Jayewardene fue uno de los grandes liberalizadores tempranos del sur de Asia. Su Sri Lanka quería parecerse menos al viejo Estado poscolonial protegido y más a las economías asiáticas dinámicas que usaban exportaciones, inversión y disciplina estatal para crecer.

Pero la apertura económica se produjo en una sociedad donde la pertenencia nacional estaba fracturada. El mercado podía crear empleo y atraer inversión, pero no podía resolver por sí solo la pregunta de si un tamil del norte, un musulmán del este, un cingalés rural del sur o un trabajador de plantación eran miembros iguales de la comunidad política. Wickramasinghe analiza la transición del Estado de bienestar hacia formas nuevas de asistencia, humanitarianismo, sociedad civil, globalización y dilemas poscoloniales, lo que permite entender que la economía abierta no sustituyó al problema de ciudadanía, sino que se superpuso a él .

IV. 1978: la presidencia ejecutiva como máquina de mando

La Constitución de 1978 fue una de las grandes decisiones estructurales de Jayewardene. Al crear una presidencia ejecutiva fuerte, modificó el equilibrio del sistema político y concentró en la cúspide del Estado una capacidad de mando mucho mayor que la del parlamentarismo anterior. La medida podía defenderse como respuesta a la inestabilidad, a la lentitud institucional y a la necesidad de ejecutar reformas económicas profundas sin quedar paralizado por equilibrios parlamentarios.

Sin embargo, una presidencia fuerte en una sociedad plural y herida no produce automáticamente estabilidad legítima. Puede producir velocidad, pero también miedo; puede producir gobernabilidad, pero también exclusión; puede ejecutar reformas, pero también reducir contrapesos. Jayewardene quiso hacer gobernable Sri Lanka concentrando el Estado, pero el problema más profundo era que muchos ciudadanos ya no reconocían ese Estado como propio. Para ellos, fortalecer la cúspide no significaba necesariamente proteger la ciudadanía, sino hacer más poderosa una maquinaria mayoritaria.

La presidencia ejecutiva fue útil para impulsar la apertura económica y disciplinar la política nacional, pero también dejó una arquitectura peligrosa para el futuro. Sri Lanka no solo necesitaba un Estado capaz de decidir; necesitaba un Estado capaz de convencer. En lugar de responder a la pluralidad mediante un pacto constitucional profundo, el sistema se inclinó hacia la centralización, la autoridad y el control desde arriba.

V. Mercado abierto, democracia estrecha

Jayewardene no abolió la democracia, pero la administró de manera cada vez más instrumental. Bajo su mandato siguieron existiendo elecciones, partidos, prensa, tribunales y competencia política, pero el sistema se endureció mediante el peso de la presidencia, el control del Parlamento, la presión sobre adversarios y decisiones como el referéndum de 1982, que extendió la vida del Parlamento sin pasar por unas elecciones legislativas ordinarias. Esa operación fue legal dentro del diseño político de la época, pero dañó la credibilidad democrática del régimen.

La paradoja era clara: Sri Lanka se abría económicamente al mundo mientras estrechaba políticamente algunos de sus canales internos de representación. El gobierno hablaba el lenguaje del crecimiento y la modernización, pero respondía a muchas tensiones mediante concentración de poder. Para sectores tamiles, para la izquierda radical y para parte de la juventud cingalesa pobre, el nuevo orden podía parecer una combinación de mercado, desigualdad, autoritarismo y nacionalismo mayoritario.

Esta contradicción no fue exclusiva de Sri Lanka, porque muchas modernizaciones asiáticas combinaron economía abierta, Estado fuerte y democracia limitada. Pero en Sri Lanka el problema era más grave porque la nación no estaba suficientemente pactada. Comparado con Singapur, donde Lee Kuan Yew construyó una identidad cívica disciplinada bajo un Estado desarrollista autoritario, Jayewardene intentó una modernización desde arriba en una isla donde la identidad nacional estaba rota. El mercado podía atraer inversión, pero no podía cerrar por sí solo una fractura de pertenencia.

VI. La cuestión tamil: de derechos a soberanía

La cuestión tamil evolucionó durante décadas desde demandas de igualdad lingüística, educativa y administrativa hacia reivindicaciones territoriales y finalmente separatistas. Al principio, muchos líderes tamiles no buscaban necesariamente un Estado independiente, sino garantías constitucionales, reconocimiento lingüístico, autonomía regional y protección frente al mayoritarismo. La frustración repetida de esas demandas produjo un desplazamiento generacional: los partidos moderados perdieron autoridad frente a jóvenes militantes que acusaban a la vía parlamentaria de haber fracasado.

La disputa por la lengua, la educación y el acceso al empleo público fue especialmente importante porque afectaba a la vida cotidiana de las clases medias tamiles. No se trataba solo de símbolos, sino de oportunidades reales. Cuando una comunidad percibe que la lengua del Estado, los criterios de acceso universitario, los empleos públicos y el control territorial funcionan en su contra, la ciudadanía deja de sentirse neutral y empieza a parecer una forma de subordinación. Wickramasinghe analiza precisamente la búsqueda tamil de soberanía a partir de lengua, tierra, educación, historia, memoria, diáspora y territorialidad .

Bajo Jayewardene, esa transformación se aceleró porque el Estado respondió cada vez más al separatismo con seguridad y coerción, mientras la política mayoritaria limitaba el margen para concesiones profundas. Cualquier negociación podía ser presentada por sectores cingaleses como traición a la unidad nacional, y cualquier represión podía ser presentada por militantes tamiles como prueba de que la convivencia era imposible. El conflicto dejó de ser una disputa sobre derechos dentro del Estado y se convirtió en una disputa sobre si el Estado mismo era legítimo.

VII. 1981-1983: de Jaffna al Julio Negro

La quema de la Biblioteca de Jaffna en 1981 fue una antesala simbólica de la ruptura posterior. No fue solo la destrucción de un edificio, sino un ataque a una memoria cultural tamil, a un archivo, a una dignidad intelectual y a una idea de pertenencia histórica. Para muchos tamiles, la violencia contra la biblioteca mostró que el problema no era únicamente militar o administrativo, sino civilizatorio: aquello que una comunidad consideraba núcleo de su memoria podía ser destruido sin que el Estado actuara como protector imparcial.

El Julio Negro de 1983 llevó esa percepción a un nivel mucho más devastador. La violencia antitamil en Colombo y otras zonas no destruyó únicamente bienes y vidas, sino la posibilidad de que muchos tamiles siguieran creyendo en una Sri Lanka común bajo las condiciones existentes. El pogromo convirtió el miedo en argumento político. A partir de ahí, la diáspora tamil se expandió, el LTTE ganó legitimidad entre sectores más amplios, la lucha armada se consolidó y la guerra civil dejó de ser una posibilidad para convertirse en una estructura duradera de la vida nacional.

Jayewardene quedó históricamente marcado porque su Estado, tan fuerte para reformar la economía y concentrar poder, fue débil o insuficiente en el momento de proteger a ciudadanos tamiles frente a la violencia colectiva. Esa contradicción resume su legado: un Estado poderoso en la cúspide y frágil en su legitimidad.

VIII. La Sexta Enmienda y la clausura de la vía parlamentaria tamil

Tras 1983, el Estado respondió también estrechando el espacio político para el separatismo. La Sexta Enmienda, al exigir la renuncia al apoyo a un Estado separado, golpeó directamente a la representación política tamil que había articulado electoralmente la demanda de autodeterminación. Desde la perspectiva del gobierno, podía presentarse como una defensa de la unidad territorial. Desde la perspectiva de muchos tamiles, reforzaba la idea de que el Estado no solo rechazaba la violencia armada, sino que cerraba también el espacio para expresar políticamente la aspiración separatista.

La consecuencia fue grave porque debilitó aún más la vía parlamentaria. Cuando un Estado enfrenta separatismo, necesita distinguir entre violencia armada, representación política, negociación y expresión de agravios. Si todos esos espacios se comprimen bajo la misma lógica de seguridad, la política se empobrece y la clandestinidad se fortalece. En Sri Lanka, el cierre o estrechamiento de los canales políticos tamiles favoreció indirectamente a quienes argumentaban que solo las armas podían obtener resultados.

La respuesta de Jayewardene al separatismo reforzó así una dinámica que se volvería recurrente durante la guerra: cuanto más se militarizaba el Estado, más se radicalizaba una parte de la resistencia tamil; cuanto más se radicalizaba la militancia tamil, más justificaba el Estado su militarización. El resultado fue una espiral en la que la política se fue quedando sin oxígeno.

IX. India: cuando la guerra interna se volvió problema regional

La cuestión tamil no podía quedar encerrada dentro de Sri Lanka porque India, y especialmente Tamil Nadu, observaba el conflicto con enorme sensibilidad. Nueva Delhi tenía sus propios intereses: evitar una desestabilización regional, impedir que otras potencias ganaran influencia en la isla, responder a la presión de la opinión pública tamil india y mantener su papel como potencia dominante del sur de Asia. Jayewardene intentó preservar margen de maniobra, pero la guerra terminó internacionalizándose.

El Acuerdo Indo-Sri Lanka de 1987, firmado con Rajiv Gandhi, fue una salida ambigua. En teoría, prometía descentralización, consejos provinciales, desarme de militantes y una solución política bajo mediación india. En la práctica, generó rechazo entre cingaleses nacionalistas, desconfianza entre sectores tamiles, enfrentamiento posterior entre el LTTE y la Indian Peace Keeping Force, y una sensación de soberanía limitada. Jayewardene había construido una presidencia fuerte para gobernar Sri Lanka, pero acabó aceptando una fórmula bajo presión de la potencia vecina.

Ese episodio revela otro límite de su proyecto. Una guerra interna mal resuelta puede convertirse en problema internacional, especialmente cuando una minoría local está vinculada por lengua, etnicidad o memoria a una región de un Estado vecino mucho más poderoso. Jayewardene quiso mantener unidad y soberanía, pero su incapacidad para construir un acuerdo interno hizo que la soberanía terminara condicionada desde fuera.

X. El JVP: el sur también arde

Una entrada sobre Jayewardene no puede reducirse al eje tamil-cingalés, porque durante su ciclo político también ardió el sur cingalés. La segunda insurrección del JVP, entre 1987 y 1989, expresó otra crisis de pertenencia: juventud rural, frustración social, nacionalismo cingalés radical, rechazo a la intervención india, resentimiento contra las élites, ira contra la desigualdad y oposición a un Estado percibido como autoritario y entregado a presiones exteriores. La isla no estaba rota solo entre norte tamil y sur cingalés; también estaba atravesada por una rebelión cingalesa contra el propio Estado cingalés-dominante.

Wickramasinghe incluye la trayectoria del New Left y la violencia política entre 1970 y 1990 dentro de la búsqueda de igualdad y de la crisis de la izquierda en Sri Lanka, lo que permite leer el JVP no como simple extremismo irracional, sino como síntoma de un orden incapaz de canalizar expectativas juveniles, agravios económicos y discursos nacionalistas de manera democrática . Bajo Jayewardene, el Estado se enfrentó así a una doble crisis: separatismo tamil en el norte y este, e insurrección cingalesa radical en el sur.

La represión contra el JVP sería brutal, especialmente en la transición hacia el gobierno de Ranasinghe Premadasa. Desapariciones, ejecuciones extrajudiciales, torturas y violencia contrainsurgente marcaron el final de la década. La Sri Lanka que Jayewardene había querido abrir al mundo quedó atrapada en una política interna dominada por miedo, insurgencia y contrainsurgencia.

XI. A quién benefició y a quién perjudicó Jayewardene

Jayewardene benefició a sectores empresariales, urbanos, exportadores y financieros que encontraron oportunidades en la apertura económica. Su giro permitió dinamizar partes de la economía, atraer inversión, promover zonas francas, ampliar infraestructuras y romper con las limitaciones de un modelo demasiado cerrado. También benefició a una élite política que encontró en la presidencia ejecutiva un instrumento de poder mucho más eficaz que el parlamentarismo anterior.

Pero perjudicó a quienes necesitaban garantías de ciudadanía más que promesas de crecimiento. Para muchos tamiles, su gobierno quedó asociado al fracaso del Estado como protector imparcial. Para sectores cingaleses pobres y jóvenes radicalizados, el nuevo orden combinaba desigualdad, represión y subordinación a intereses externos. Para la democracia, su presidencia dejó una arquitectura peligrosa: un Ejecutivo fuerte, contrapesos debilitados y una cultura política en la que las crisis podían gestionarse mediante concentración de poder.

Su balance no puede reducirse a modernizador económico ni a culpable único de la guerra. Fue un modernizador real, pero también un arquitecto institucional arriesgado; fue un reformista económico, pero no un reformador suficiente del pacto nacional; fue un dirigente fuerte, pero esa fuerza no se tradujo en pertenencia compartida. Esa combinación es lo que lo vuelve históricamente decisivo.

XII. Conclusión: modernización sin comunidad nacional compartida

Jayewardene no fue simplemente el presidente que abrió Sri Lanka al mercado ni el gobernante bajo cuyo mandato estalló la guerra civil. Fue el dirigente que intentó resolver la crisis del Estado mediante crecimiento, presidencialismo y autoridad, cuando la crisis más profunda era de pertenencia. La isla no necesitaba solo exportaciones, inversión y carreteras; necesitaba una definición compartida de ciudadanía que no convirtiera a la mayoría cingalesa budista en medida exclusiva de la nación.

Su modernización produjo dinamismo, pero también dejó una arquitectura política peligrosa: una presidencia fuerte, una democracia estrechada, una minoría tamil cada vez más convencida de que la vía parlamentaria estaba cerrada, una juventud cingalesa radicalizada contra el Estado y una India dispuesta a intervenir. Jayewardene abrió puertas económicas, pero no abrió la puerta constitucional que podía haber evitado que Sri Lanka se convirtiera en una guerra de pertenencia.

Su legado, por tanto, no es solo el de un liberalizador económico. Es el de un modernizador sin pacto nacional suficiente. Sri Lanka salió de su mandato más abierta al mercado mundial, más presidencialista y más transformada institucionalmente, pero también más militarizada, más fracturada y más cerca de una guerra larga que marcaría la vida de varias generaciones.

Bibliografía orientativa

Nira Wickramasinghe, Sri Lanka in the Modern Age: A History. Oxford University Press.

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Stanley Jeyaraja Tambiah, Sri Lanka: Ethnic Fratricide and the Dismantling of Democracy. University of Chicago Press.

Jonathan Spencer, ed., Sri Lanka: History and the Roots of Conflict. Routledge.

Rajesh Venugopal, Nationalism, Development and Ethnic Conflict in Sri Lanka. Cambridge University Press.

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Robert N. Kearney, The Politics of Ceylon/Sri Lanka. Cornell University Press.

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