Reagan en Asia: libertad, bases y doble rasero

Cómo el presidente del anticomunismo sostuvo dictaduras, pactó con China y convirtió el Pacífico en el centro del nuevo capitalismo
El 25 de febrero de 1986, Ferdinand Marcos dejó de ser aliado y se convirtió en carga. Durante años, Washington lo había tolerado como pieza útil de la Guerra Fría: un dictador corrupto, autoritario y cada vez más impopular, pero anticomunista, favorable a las bases estadounidenses y situado en un archipiélago esencial para controlar el Pacífico occidental. Cuando la calle filipina lo derrotó, Estados Unidos no lo defendió hasta el final. Lo evacuó.
La escena fue brutalmente clara. Mientras cientos de miles de filipinos celebraban la Revolución del Poder Popular, los Marcos abandonaron el palacio de Malacañang escoltados por helicópteros estadounidenses rumbo a Clark Air Base, la gran instalación militar norteamericana al norte de Manila. Vernadette Vicuña González recuerda ese momento como una de las imágenes decisivas de la revolución: los Marcos, sacados por helicópteros de Estados Unidos, eran trasladados a una base que simbolizaba la presencia militar norteamericana en Filipinas .
Esa imagen resume mejor que cualquier discurso la política asiática de Ronald Reagan. Libertad en la retórica; seguridad en la práctica. Democracia como ideal; bases militares como prioridad. Anticomunismo como doctrina; pragmatismo como método. Reagan no tuvo una política asiática pura. Tuvo una política de prioridades: contener a la Unión Soviética, conservar alianzas, proteger rutas, mantener bases, sostener mercados, utilizar a China, presionar a Vietnam y aceptar democratizaciones cuando las dictaduras aliadas ya no garantizaban estabilidad.
Asia fue el continente donde Reagan mostró sus contradicciones más útiles y más incómodas. El presidente que denunciaba el comunismo mantuvo la relación con la China comunista. El defensor del mercado presionó al Japón capitalista cuando Japón empezó a parecer demasiado competitivo. El presidente de la libertad sostuvo durante años a aliados autoritarios en Corea del Sur y Filipinas. El enemigo de la tiranía apoyó insurgencias anticomunistas en Afganistán aunque el mundo que aquellas armas ayudaban a formar no pudiera ser controlado por Washington.
Reagan habló como moralista, pero gobernó Asia como administrador de un orden estratégico. Y ese orden no estaba hecho solo de democracia. Estaba hecho de portaaviones, bases, tratados, dictadores útiles, economías exportadoras, guerras indirectas y equilibrios contra Moscú.
I. Después de Vietnam: volver a Asia sin repetir Vietnam
Reagan heredó un trauma. Vietnam había demostrado que Estados Unidos podía tener la mayor maquinaria militar del mundo y aun así fracasar políticamente en una guerra asiática. La derrota de 1975 no fue solo la caída de Saigón; fue una herida en la idea de omnipotencia estadounidense. Había cansancio social, desconfianza hacia las intervenciones terrestres, miedo a otro conflicto interminable y una sensación de que Washington había perdido iniciativa frente a la Unión Soviética.
Reagan no quiso repetir Vietnam. Pero tampoco quiso retirarse psicológicamente de Asia. Su objetivo fue reconstruir autoridad sin quedar atrapado en otra guerra terrestre masiva. Para eso necesitaba una estrategia distinta: más alianzas, más bases, más presión indirecta, más rearme, más inteligencia, más apoyo a fuerzas locales y menos responsabilidad directa sobre el terreno. Estados Unidos seguiría siendo el garante militar del Pacífico, pero no debía volver a ser el soldado principal de cada conflicto asiático.
Ahí aparece una de las claves del periodo. Reagan no inventó el orden asiático de la Guerra Fría, pero lo reforzó en un momento en que el centro de gravedad mundial empezaba a moverse hacia el Pacífico. Japón era ya una potencia económica formidable. Corea del Sur y Taiwán crecían a gran velocidad. China empezaba a salir del aislamiento maoísta. ASEAN se consolidaba como espacio anticomunista y desarrollista. Afganistán se había convertido en el punto débil de la presencia soviética en Asia. Filipinas seguía siendo esencial para la proyección militar estadounidense.
La administración Reagan actuó en ese espacio como si la estabilidad dependiera sobre todo de la firmeza norteamericana. Pero la estabilidad asiática era más compleja: dependía de la relación sino-estadounidense, del crecimiento japonés, de la contención entre las dos Coreas, del regionalismo del Sudeste Asiático, de la disuasión naval y de la capacidad de evitar que los conflictos locales volvieran a incendiar el continente. En otras palabras, Reagan no creó la paz relativa de Asia oriental; la militarizó, la sostuvo y la puso al servicio de la ofensiva global contra Moscú.
Reagan and the World insiste en que hubo “dos Reagans” en política de seguridad: uno que impulsó el rearme, la expansión de la democracia y la presión sobre regímenes totalitarios, y otro que buscó negociar, reducir armas nucleares y comprometerse con adversarios cuando el cálculo lo aconsejaba . En Asia, esos dos Reagans convivieron con especial claridad. El duro anticomunista y el pragmático negociador no eran dos personas distintas; eran dos registros de una misma presidencia.
II. El estilo Reagan: principios simples, ejecución pragmática
Para entender a Reagan en Asia hay que entender su estilo. No era un presidente de detalle burocrático. No pensaba como tecnócrata ni como diplomático profesional. Funcionaba mediante grandes principios: libertad contra comunismo, fuerza contra debilidad, mercado contra estatismo, fe contra cinismo, Estados Unidos como nación excepcional. Esa forma de pensar le daba claridad, pero también podía simplificar demasiado realidades complejas.
The Enduring Reagan lo presenta como un dirigente de grandes intuiciones, más cómodo con principios generales que con la administración minuciosa de los expedientes. Reagan no era un “policy wonk”; prefería una parrilla de ideas amplias para decidir posiciones, delegaba en subordinados y usaba un lenguaje moral comprensible para el público . Esa característica fue decisiva en Asia. El presidente marcaba la dirección general —contener a Moscú, fortalecer a Estados Unidos, defender el mundo libre— y sus equipos convertían esa visión en políticas concretas: ventas de armas, acuerdos comerciales, operaciones encubiertas, presión sobre aliados, negociación con China, apoyo a guerrillas.
Eso generó una paradoja. Reagan parecía ideológicamente rígido, pero su política real podía ser muy flexible. Podía denunciar el marxismo-leninismo como amenaza histórica y, al mismo tiempo, conservar la relación estratégica con Pekín. Podía hablar de derechos humanos y, al mismo tiempo, cuidar la relación con Marcos hasta que la presión social filipina hizo inviable la continuidad del dictador. Podía defender el libre mercado y, al mismo tiempo, presionar a Japón con medidas comerciales cuando el éxito japonés amenazaba a la industria estadounidense.
Su Asia no fue una doctrina cerrada. Fue una mezcla de moralismo público y realismo operativo.
III. China: el comunismo que Reagan necesitaba
China fue la contradicción más evidente. Reagan odiaba el comunismo, pero necesitaba a la China comunista. La apertura iniciada por Nixon en 1972 y la normalización diplomática bajo Carter en 1979 habían convertido a Pekín en pieza central de la diplomacia triangular. China seguía gobernada por el Partido Comunista, pero ya no era tratada por Washington como un simple apéndice de Moscú. Al contrario: su rivalidad con la Unión Soviética la hacía estratégicamente útil.
Reagan llegó a la presidencia con simpatías claras hacia Taiwán. Durante la campaña había utilizado un lenguaje incómodo para Pekín y muchos esperaban una corrección dura de la política china de Carter. Pero gobernar no era hacer campaña. Una vez en la Casa Blanca, Reagan comprobó que romper con Pekín habría sido demasiado costoso. China servía para fijar fuerzas soviéticas en Asia, para mantener presión sobre Moscú, para influir en el equilibrio de Indochina y para sostener una arquitectura regional más favorable a Washington.
La administración tuvo que administrar la contradicción mediante ambigüedad. En 1982, el comunicado sino-estadounidense sobre ventas de armas a Taiwán buscó calmar a Pekín, pero Reagan acompañó esa línea con garantías a Taipei. Es decir, Estados Unidos aceptaba la importancia de la República Popular China sin abandonar por completo a Taiwán. No resolvía el problema; lo contenía.
La fuente Reagan and the World dedica un capítulo al giro de Reagan ante la “China comunista” y Vietnam, y resume bien el movimiento: con el tiempo, Reagan abandonó parte de su retórica inicial hacia antiguos adversarios asiáticos y adoptó una postura más moderada y constructiva . Esa evolución no fue una conversión sentimental. Fue cálculo. China era comunista, pero no era la URSS. En la Guerra Fría tardía, esa diferencia importaba más que la coherencia ideológica.
Reagan no convirtió a China en aliada liberal. La trató como contrapeso estratégico. Ese fue uno de los grandes rasgos de su Asia: la ideología importaba, pero la posición en el tablero importaba más.
IV. Japón: aliado estratégico, rival económico
Si China era el comunismo útil, Japón era el aliado incómodo. En los años ochenta, el gran miedo económico asiático en Estados Unidos no era China, sino Japón. Toyota, Honda, Sony, Mitsubishi, Panasonic, los semiconductores, la eficiencia industrial y los superávits comerciales japoneses alimentaban una ansiedad profunda. Para muchos estadounidenses, Japón había pasado de ser el aliado reconstruido tras 1945 a convertirse en competidor capaz de desplazar a la industria norteamericana dentro del propio capitalismo.
La contradicción era evidente. En seguridad, Japón era indispensable. La alianza con Tokio sostenía la presencia estadounidense en el Pacífico, ofrecía profundidad logística, contribuía a contener a la URSS en Asia oriental y daba estabilidad al sistema regional. Pero en economía, Japón era un problema. Sus exportaciones golpeaban sectores industriales estadounidenses, y el discurso reaganiano del libre mercado chocaba con las presiones proteccionistas que surgían dentro de Estados Unidos.
Reagan descubrió en Japón que un aliado perfecto podía convertirse en rival económico. Washington necesitaba proteger a Tokio frente a la URSS, pero también necesitaba disciplinarlo comercialmente. El resultado fue una política de tensión controlada: alianza militar firme, presión económica creciente, acuerdos sectoriales, restricciones voluntarias de exportaciones y una atmósfera en la que el capitalismo japonés parecía demasiado exitoso para ser celebrado sin reservas.
Este punto es importante porque adelanta un tema posterior. Antes de que China fuese vista como la gran amenaza económica para Estados Unidos, Japón ocupó ese lugar. El Pacífico de Reagan no fue solo un espacio militar; fue también el lugar donde el capitalismo estadounidense empezó a comprobar que sus aliados asiáticos podían competir dentro de las reglas que el propio Estados Unidos había ayudado a construir.
La Guerra Fría exigía mantener a Japón dentro del bloque. La economía estadounidense exigía contener su éxito. Esa tensión sería una de las semillas del siglo XXI.
V. Corea del Sur: del cuartel anticomunista a la democracia armada
Corea del Sur era frontera. No frontera metafórica, sino frontera militar real. Al norte estaba la República Popular Democrática de Corea, armada, cerrada, apoyada por el bloque comunista y preparada para seguir siendo amenaza permanente. Al sur, una economía en rápido crecimiento, un ejército fuerte, una sociedad cada vez más urbana y una dictadura militar que Estados Unidos seguía considerando pieza esencial de seguridad.
Reagan heredó una Corea del Sur gobernada por Chun Doo-hwan, cuyo régimen cargaba con la represión de Gwangju en 1980. Washington no podía ignorar ese autoritarismo, pero tampoco podía tratar a Corea del Sur como un país prescindible. La alianza era demasiado importante. Había tropas estadounidenses, mando combinado, disuasión frente al norte y una red de seguridad que convertía la península en uno de los puntos más sensibles del planeta.
La tensión fue creciendo porque la sociedad surcoreana ya no era la de los años cincuenta o sesenta. Era más educada, más industrial, más urbana y más difícil de disciplinar mediante miedo. Estudiantes, trabajadores, iglesias, opositores y sectores medios exigían apertura. La democracia dejó de ser una concesión ideal y se convirtió en condición de estabilidad. Washington podía preferir orden, pero el orden autoritario empezaba a ser insostenible.
La transición de 1987 cambió el significado de Corea del Sur dentro del sistema estadounidense en Asia. Ya no era solo un cuartel anticomunista ni una economía desarrollista bajo mando militar. Empezaba a convertirse en una democracia armada, capitalista, aliada de Estados Unidos pero con una voz propia. Ramon Pacheco Pardo sitúa precisamente entre 1988 y 1992 una transformación decisiva: Corea del Sur se democratizó, normalizó relaciones con la URSS y China, entró en Naciones Unidas y formuló una estrategia más autónoma orientada a “hacer su propio destino” .
Reagan no creó la democracia surcoreana. La presión vino desde dentro. Pero su presidencia coincidió con el momento en que Washington tuvo que aceptar que el aliado anticomunista ya no podía seguir siendo gobernado como un cuartel. Corea del Sur mostraba una transición fundamental de la Guerra Fría tardía: la libertad que Estados Unidos invocaba contra el comunismo empezaba a ser reclamada por las sociedades aliadas.
VI. Filipinas: Marcos, bases y el límite del dictador útil
Filipinas fue el centro moral de la política asiática de Reagan. Allí se ve con más nitidez el doble rasero. Ferdinand Marcos no era un accidente desconocido. Era un dictador de larga duración, con corrupción estructural, represión política, culto personal y una economía deteriorada. Pero también era un aliado anticomunista que permitía a Estados Unidos conservar dos instalaciones esenciales: Clark Air Base y Subic Bay. En una estrategia centrada en el Pacífico, esas bases eran demasiado valiosas.
La relación entre Estados Unidos y Filipinas no empezó con Reagan. Venía de la colonización estadounidense, de la guerra filipino-estadounidense, de la Segunda Guerra Mundial, de la independencia condicionada, de las bases militares y de una relación poscolonial en la que la protección y la dependencia se mezclaban. González explica que Hawai‘i y Filipinas fueron dos espacios fundamentales de la dominación militar estadounidense en Asia y el Pacífico, y que en ambos casos militarismo y turismo, seguridad y economía, presencia militar y vida cotidiana se articularon como formas de poder regional .
Bajo Reagan, esa historia adquirió un rostro concreto: Marcos. Mientras el dictador garantizara bases, estabilidad y anticomunismo, Washington podía convivir con su autoritarismo. El asesinato de Benigno Aquino en 1983 empezó a destruir esa ecuación. La oposición ganó fuerza, la economía se hundió, la credibilidad de Marcos se erosionó y Corazon Aquino se convirtió en símbolo de una legitimidad alternativa. En 1986, las elecciones fraudulentas y la movilización popular volvieron insostenible al régimen.
La administración Reagan tardó en romper claramente con Marcos. El presidente tenía simpatía por él y temía que una transición desordenada beneficiara a la izquierda o al comunismo. Pero cuando el régimen perdió el control de la calle, cuando la Iglesia, la oposición, sectores militares y masas urbanas hicieron imposible la continuidad, Washington aceptó la realidad. Marcos ya no protegía el orden; lo amenazaba. En ese momento, el aliado útil se convirtió en carga.
La salida en helicópteros hacia Clark Air Base fue el símbolo perfecto. Estados Unidos no abandonó a Marcos por descubrir que era dictador. Lo abandonó cuando dejó de garantizar estabilidad. La democracia llegó no porque Washington la hubiera priorizado desde el principio, sino porque la sociedad filipina la impuso y porque, llegado el momento, la democracia parecía la mejor forma de salvar el orden pos-Marcos.
Filipinas demuestra la frase central del post: para Reagan, la democracia era un valor; la seguridad era una prioridad. Y cuando ambas chocaban, Asia mostró que la prioridad solía ganar.
VII. Afganistán: el Vietnam soviético y la factura diferida
Afganistán fue la gran guerra asiática indirecta de Reagan contra la Unión Soviética. Allí el presidente no sostuvo una base ni administró una alianza convencional. Allí utilizó insurgencia, inteligencia, Pakistán, Arabia Saudí, armas, religión política y geografía para hacer sangrar a Moscú.
La URSS había invadido Afganistán en 1979. Carter ya había iniciado apoyo a la resistencia, pero Reagan amplió y endureció la estrategia. El objetivo dejó de ser simplemente molestar al Ejército Rojo y pasó a ser hacerlo pagar un precio insoportable. Afganistán debía convertirse en el Vietnam soviético: una guerra periférica, cara, desmoralizadora y políticamente corrosiva.
Victory, una lectura claramente favorable a Reagan, presenta esa ofensiva como parte de una estrategia más amplia para explotar las debilidades soviéticas: presión económica, restricción tecnológica, apoyo a movimientos anticomunistas, ayuda a Solidaridad en Polonia y asistencia masiva a los muyahidines afganos . La fuente es útil, pero hay que leerla con distancia. Su tesis de “victoria” capta parte de la eficacia de la estrategia, aunque tiende a minimizar las ambigüedades morales y las consecuencias posteriores.
En Afganistán, la eficacia fue real. La ayuda estadounidense, canalizada a través de Pakistán y complementada por Arabia Saudí y otros actores, aumentó la capacidad de la resistencia. El suministro de armas, la inteligencia y finalmente los misiles Stinger alteraron el coste militar para los soviéticos. La guerra se volvió más cara, más visible y más difícil de justificar.
Pero la factura diferida fue enorme. Estados Unidos ayudó a fortalecer redes armadas islamistas, a consolidar el papel del ISI paquistaní, a militarizar una región ya inestable y a producir una cultura de yihad transnacional que no podía ser desactivada simplemente cuando la URSS se retirara. Reagan ayudó a convertir Afganistán en el Vietnam de la Unión Soviética. Lo que no hizo fue construir un Afganistán después de la victoria.
Este es uno de los grandes límites del éxito reaganiano. Ganar una guerra indirecta no equivale a ordenar el mundo que queda tras ella. Afganistán fue victoria táctica y problema histórico.
VIII. Camboya e Indochina: el anticomunismo moralmente contaminado
La sombra de Vietnam seguía proyectándose sobre toda Indochina. Vietnam, reunificado bajo el comunismo desde 1975, había invadido Camboya en 1978 y derrocado al régimen genocida de los Jemeres Rojos. Pero Vietnam estaba alineado con la Unión Soviética, y eso complicó la lectura estadounidense. Para Washington, el problema no era solo Camboya; era Vietnam como pieza del bloque soviético en el Sudeste Asiático.
La política hacia Camboya fue uno de los terrenos moralmente más contaminados de la Guerra Fría tardía. Estados Unidos, China, Tailandia y actores de ASEAN coincidían en oponerse a la ocupación vietnamita de Camboya. Esa oposición podía presentarse en nombre de la soberanía camboyana, pero en la práctica implicaba sostener coaliciones antivietnamitas en las que los Jemeres Rojos seguían teniendo peso. El régimen de Pol Pot había sido derrocado, pero sus restos continuaban siendo útiles para presionar a Vietnam.
En términos geopolíticos, la lógica era comprensible: Vietnam era aliado de Moscú; China quería contener a Vietnam; ASEAN temía la expansión vietnamita; Washington quería limitar la influencia soviética en Indochina. Pero la lógica estratégica chocaba con una evidencia moral: algunos enemigos de Vietnam estaban manchados por el genocidio.
Indochina muestra que el anticomunismo de Reagan no siempre distinguía con suficiente claridad entre resistencia legítima, herramienta útil y monstruo reciclado. La derrota estadounidense en Vietnam había enseñado a evitar otra intervención directa, pero no había producido necesariamente una política más limpia. La guerra indirecta podía ser menos costosa para Estados Unidos, pero no necesariamente menos brutal para los pueblos locales.
IX. El Pacífico como nuevo centro del capitalismo
Reagan llegó a Asia con la obsesión de la Guerra Fría, pero su presidencia coincidió con una transformación más profunda: el Pacífico empezaba a desplazar al Atlántico como eje económico de futuro. Japón era ya potencia industrial de primer orden. Corea del Sur y Taiwán mostraban el éxito del capitalismo desarrollista. Hong Kong y Singapur funcionaban como nodos comerciales y financieros. China empezaba a abrirse. ASEAN ofrecía una plataforma regional anticomunista y cada vez más orientada al crecimiento.
La política asiática de Reagan, por tanto, no fue solo contención. Fue también administración del capitalismo asiático emergente. Estados Unidos protegía el marco militar dentro del cual muchas economías asiáticas crecían, pero ese mismo crecimiento empezaba a producir tensiones. Los aliados ya no eran solo dependientes estratégicos; eran competidores, socios industriales, exportadores agresivos y futuros actores con voz propia.
Japón anticipaba la ansiedad económica. Corea del Sur anticipaba la democratización de aliados desarrollistas. China anticipaba el dilema del engagement: integrar a una potencia comunista en el sistema mundial podía fortalecerla más de lo esperado. Filipinas mostraba que las bases militares no podían sostener indefinidamente a dictadores desacreditados. Afganistán enseñaba que la guerra indirecta podía tener vida propia.
El Pacífico de Reagan fue así un espacio de transición: todavía Guerra Fría, pero ya globalización; todavía bases, pero ya mercados; todavía dictaduras aliadas, pero ya presión democrática; todavía contención soviética, pero ya ascenso chino y competencia económica asiática.
X. Democracia selectiva
La gran contradicción de Reagan en Asia fue la democracia selectiva. Su lenguaje era universal, pero su aplicación dependía del mapa estratégico. Las dictaduras comunistas eran denunciadas como enemigas de la libertad. Las dictaduras anticomunistas eran tratadas como aliadas problemáticas. La diferencia no estaba en la calidad democrática del régimen, sino en su posición dentro de la Guerra Fría.
Corea del Sur y Filipinas obligaron a reajustar esa lógica. En ambos casos, la democratización no fue un regalo estadounidense, sino el resultado de presiones internas. Washington aceptó esas transiciones cuando comprendió que podían preservar la estabilidad estratégica mejor que las dictaduras agotadas. Eso no significa que Reagan fuera enemigo de la democracia. Significa que la subordinó al orden.
La democracia era aceptable cuando no ponía en peligro bases, alianzas y contención. Era incómoda cuando podía abrir la puerta a incertidumbres. Era celebrada cuando confirmaba la superioridad del “mundo libre”. Era aplazada cuando un dictador útil todavía parecía capaz de mantener el sistema funcionando.
Ese doble rasero no fue exclusivo de Reagan. Venía de toda la arquitectura de la Guerra Fría. Pero bajo Reagan se volvió especialmente visible porque su retórica moral era muy intensa. Cuanto más hablaba de libertad, más evidente resultaba que la libertad no era siempre el primer criterio de decisión.
XI. A quién benefició y a quién perjudicó la política asiática de Reagan
La política asiática de Reagan benefició a Estados Unidos porque reforzó su posición frente a la Unión Soviética, mantuvo la arquitectura militar del Pacífico, conservó la relación con China, sostuvo la alianza con Japón, preservó la disuasión en Corea y convirtió Afganistán en un frente costoso para Moscú. Desde el punto de vista estratégico, fue eficaz.
Benefició también a ciertos aliados asiáticos. Japón siguió protegido por el paraguas estadounidense mientras consolidaba su prosperidad. Corea del Sur mantuvo la alianza y avanzó hacia una democracia que acabaría dándole más autonomía. Taiwán conservó protección pese a la ambigüedad con China. La Filipinas pos-Marcos logró una transición democrática, aunque bajo la sombra de una relación desigual con Washington.
Pero perjudicó a sociedades sometidas a dictadores útiles. En Filipinas, el apoyo prolongado a Marcos retrasó la ruptura con una autocracia corrupta. En Corea del Sur, la prioridad estratégica hizo que Washington fuese prudente ante un régimen militar hasta que la movilización interna volvió inevitable el cambio. En Afganistán, la guerra indirecta ayudó a derrotar a la URSS, pero dejó una región militarizada y redes armadas difíciles de desactivar. En Camboya, la lógica antivietnamita contaminó moralmente la política estadounidense al coincidir con fuerzas marcadas por el genocidio.
Perjudicó también a la coherencia moral del discurso estadounidense. Reagan ganó autoridad hablando de libertad, pero Asia mostró que el “mundo libre” podía convivir con dictaduras, bases militares, operaciones encubiertas y alianzas contradictorias.
XII. Conclusión: victoria eficaz, legado incompleto
Reagan quiso que Asia demostrara la superioridad del mundo libre. Pero Asia demostró algo más incómodo: que el “mundo libre” podía apoyarse en dictadores, bases militares, pactos con comunistas útiles y guerras indirectas. Su política ayudó a desgastar a la Unión Soviética, pero no resolvió las contradicciones usadas para desgastarla.
En China, Reagan mostró que el anticomunismo podía negociar con comunistas cuando servían contra Moscú. En Japón, descubrió que el capitalismo aliado podía convertirse en amenaza económica. En Corea del Sur, tuvo que aceptar que el aliado anticomunista ya no podía seguir gobernado indefinidamente como dictadura militar. En Filipinas, aprendió que un dictador útil se vuelve desechable cuando pierde la calle. En Afganistán, convirtió una guerra soviética en sangría, pero dejó una factura histórica que no podía pagarse con discursos de victoria.
Reagan en Asia no fue solo el presidente de la libertad. Fue el administrador de un orden donde la libertad llegaba cuando no amenazaba la seguridad, donde los mercados valían hasta que Japón ganaba demasiado, donde China era comunista pero necesaria, y donde los dictadores eran abandonados cuando ya no podían proteger el sistema. Su victoria asiática fue eficaz, pragmática y moralmente incompleta.
Reagan ayudó a ganar la Guerra Fría. Pero Asia mostró el precio de ganarla.
Bibliografía
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Peter Schweizer, Victory: The Reagan Administration’s Secret Strategy That Hastened the Collapse of the Soviet Union. Atlantic Monthly Press.
Vernadette Vicuña González, Securing Paradise: Tourism and Militarism in Hawai‘i and the Philippines. Duke University Press.
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