Afganistán: ¿nación imposible o Estado incompleto?



Por qué el país no es ingobernable por naturaleza, sino por historia, geografía, intervención exterior y crisis de legitimidad

Afganistán suele ser explicado con una fórmula cómoda: “nación imposible”. Una tierra de tribus, montañas, señores de la guerra, fronteras artificiales, fanatismo religioso y derrotas imperiales. La frase funciona porque simplifica. También porque absuelve. Si Afganistán es imposible, nadie es responsable de su fracaso: ni las élites locales, ni Pakistán, ni la Unión Soviética, ni Estados Unidos, ni las monarquías modernizadoras, ni los islamistas, ni los comunistas, ni los señores de la guerra, ni los tecnócratas de Kabul.

Pero esa explicación es insuficiente.

Afganistán no es una nación imposible. Es un Estado incompleto, mal encajado entre sociedad y poder, repetidamente centralizado desde arriba, financiado desde fuera y destruido por guerras que convirtieron la política en botín armado. Existe una identidad afgana, pero el Estado afgano ha tenido dificultades crónicas para convertir esa identidad en obediencia administrativa, fiscalidad, legitimidad nacional y monopolio estable de la violencia.

Thomas Barfield plantea una clave fundamental: Afganistán no debe estudiarse solo como “cementerio de imperios”, sino como una sociedad con sus propias lógicas de legitimidad política, donde la pregunta central es quién tiene derecho a gobernar y bajo qué condiciones . Esa es la cuestión decisiva. No si Afganistán “puede existir”, sino por qué tantos proyectos de Estado han sido incapaces de gobernarlo sin romperlo.

I. La trampa del tópico: “tribus ingobernables”

El primer error consiste en reducir Afganistán a sus tribus. La sociedad afgana es plural, rural, montañosa, étnicamente diversa y atravesada por códigos de honor, parentesco, islam, lengua, región y memoria. Pero ninguna de esas características condena por sí sola a un país al fracaso estatal. Hay Estados muy diversos que han funcionado. Hay sociedades tribales que han producido órdenes políticos estables. Hay países montañosos que no se han deshecho.

El problema afgano no es la diversidad. Es la relación entre diversidad y Estado.

Afganistán ha sido históricamente un espacio de paso, frontera y refugio. Conecta Asia Central, el mundo iranio y el subcontinente indio. Esa posición le dio importancia geopolítica, pero también lo convirtió en zona de presión entre imperios: persas, mogoles, británicos, rusos, soviéticos, estadounidenses y pakistaníes han proyectado intereses sobre el territorio afgano. Barfield recuerda precisamente que Afganistán emerge como Estado moderno en el siglo XIX dentro de la rivalidad entre la India británica y la Rusia zarista .

Así se formó una paradoja: Afganistán era demasiado importante para ser ignorado y demasiado difícil para ser integrado plenamente por potencias exteriores. Esa tensión explica buena parte de su historia contemporánea.

II. Una nación sí; un Estado incompleto

Conviene separar dos conceptos: nación y Estado.

La nación es una comunidad imaginada, una pertenencia, una memoria compartida, una identidad política o cultural. El Estado es otra cosa: administración, impuestos, ejército, justicia, carreteras, escuelas, funcionarios, policía, presupuesto, fronteras controladas y obediencia territorial.

Afganistán ha tenido elementos de nación: memoria de resistencia frente a invasores, islam compartido aunque diverso, orgullo territorial, reconocimiento del nombre afgano, símbolos comunes y una experiencia histórica de supervivencia frente a potencias externas. Incluso durante guerras civiles intensas, el país no se fragmentó formalmente en varios Estados reconocidos. No hubo un “Tayikistán afgano”, un “Hazaristán” independiente o un “Pastunistán” separado dentro de sus fronteras reconocidas.

Eso importa. Un país verdaderamente inviable como nación suele tender a la partición. Afganistán, con toda su violencia, ha mostrado una sorprendente persistencia como unidad política.

Lo incompleto ha sido el Estado. Kabul ha querido gobernar territorios que muchas veces solo podía negociar. Los gobernantes han intentado imponer reformas sin suficiente legitimidad social. Las regiones han aceptado al centro cuando este distribuía recursos, respetaba autonomías o garantizaba orden; lo han rechazado cuando invadía equilibrios locales, imponía tributos abusivos, reclutamiento forzoso o reformas culturales percibidas como agresión.

Afganistán no es ausencia de política. Es exceso de política fuera del Estado.

III. La centralización imposible: Kabul contra el país real

El gran drama afgano ha sido la distancia entre Kabul y el resto del país.

La capital ha sido el laboratorio de los proyectos modernizadores: monarquía reformista, constitucionalismo, república, comunismo, islamismo, democracia tutelada, tecnocracia internacional y emirato talibán. Cada proyecto ha querido redefinir Afganistán desde el centro. Pero el país real —aldeas, valles, tribus, ulemas, comandantes, redes locales, economías de subsistencia, rutas de comercio, autoridades religiosas— no siempre se ha reconocido en esos experimentos.

Abdur Rahman Khan, a finales del siglo XIX, construyó uno de los Estados afganos más duros. Centralizó, reprimió, desplazó poblaciones y quebró autonomías tribales. Su proyecto creó un aparato estatal más fuerte, pero dejó una herencia de violencia. Amanullah, en los años veinte, intentó modernizar con rapidez: educación, reformas legales, cambios en la posición de la mujer, símbolos de modernidad. Su reforma chocó con resistencias conservadoras y acabó en crisis.

La pauta se repitió: el centro intentaba transformar la sociedad más rápido de lo que podía convencerla.

Ese es un rasgo esencial. Afganistán no fracasa porque no haya habido Estado. Fracasa porque, cuando el Estado ha intentado ser fuerte, muchas veces ha sido percibido como ajeno, coercitivo, urbano, ideológico o dependiente del extranjero. Y cuando el Estado ha intentado pactar demasiado con lo local, se ha vuelto débil, fragmentado y capturado por intermediarios armados.

IV. La frontera que partió el mundo pastún

La Línea Durand, trazada en 1893 entre el Afganistán de Abdur Rahman y la India británica, fue una de las grandes fracturas geopolíticas de la región. Dividió áreas pastunes entre Afganistán y el espacio que después sería Pakistán. Desde entonces, la frontera afgano-pakistaní no ha funcionado simplemente como límite estatal, sino como zona de profundidad estratégica, refugio, comercio, contrabando, parentesco y guerra.

Este punto es fundamental. El Estado afgano nunca ha controlado plenamente su frontera oriental. Pakistán, desde 1947, ha visto Afganistán a través de su rivalidad con India y de su obsesión por la profundidad estratégica. Para Islamabad, un Afganistán hostil o demasiado cercano a Nueva Delhi era una amenaza. De ahí su apoyo a actores islamistas y talibanes en distintos momentos.

Ahmed Rashid muestra bien cómo los talibanes no pueden entenderse solo como fenómeno afgano: surgieron en un ecosistema transfronterizo, con madrasas, redes pakistaníes, apoyo de servicios de inteligencia, financiación exterior y guerra civil afgana .

La frontera afgano-pakistaní convirtió la construcción estatal en una tarea casi imposible. Un Estado puede sobrevivir con diversidad interna. Lo que no puede hacer fácilmente es consolidarse cuando una parte esencial de su conflicto interno dispone de retaguardia exterior.

V. La maldición de la ayuda exterior

Afganistán ha sido débil fiscalmente. Sus gobiernos han dependido a menudo de recursos externos: subsidios británicos, ayuda soviética, financiación estadounidense, apoyo pakistaní, dinero saudí, ayuda internacional, ONG, contratos militares, narcotráfico o rentas de guerra.

Esto produjo una deformación grave: el Estado afgano muchas veces no necesitó recaudar de su sociedad para sobrevivir. Y si un Estado no recauda, tampoco negocia plenamente con sus ciudadanos. La fiscalidad, en la historia de muchos países, obliga a pactar: el Estado cobra, pero a cambio ofrece seguridad, justicia, infraestructuras o representación. En Afganistán, la dependencia externa permitió sostener gobiernos sin construir un contrato social profundo.

El Estado podía pagar soldados, burócratas y proyectos mientras llegara dinero de fuera. Pero cuando la ayuda se reducía o desaparecía, el edificio se agrietaba.

Ese patrón se vio tras la retirada soviética, tras el colapso del régimen de Najibullah, tras la guerra civil de los noventa y después de 2021. Rashid recuerda que, tras la retirada soviética, Estados Unidos perdió interés por Afganistán y el país entró en una fase de abandono internacional y guerra civil .

La ayuda exterior no siempre fortalece Estados. A veces los sustituye.

VI. Comunistas, islamistas y el fin de la vieja legitimidad

Hasta 1978, Afganistán había sido gobernado durante más de dos siglos por élites dinásticas durranis y sus ramas. Esa legitimidad no era democrática, pero era reconocible: monarquía, linaje, equilibrio con tribus, islam, patronazgo y negociación. El golpe comunista de 1978 y la posterior invasión soviética de 1979 destruyeron ese viejo marco.

El comunismo afgano intentó imponer una revolución desde arriba: reforma agraria, emancipación femenina, alfabetización, control del clero, transformación social. Pero lo hizo con brutalidad, sectarismo, prisas y una comprensión limitada del país rural. La reacción fue enorme. La invasión soviética convirtió una crisis interna en guerra internacional.

La yihad antisoviética movilizó a campesinos, ulemas, comandantes, refugiados, servicios de inteligencia, voluntarios extranjeros y dinero de la Guerra Fría. Esa movilización venció al Estado comunista y a su patrocinador soviético, pero también destruyó la posibilidad de reconstruir fácilmente una autoridad común.

Barfield lo formula con una imagen poderosa: la estrategia de hacer ingobernable el país para el ocupante soviético acabó haciendo Afganistán ingobernable también para los propios afganos .

Ahí está una clave central. La resistencia fue eficaz contra el imperio. Pero la cultura política de guerra fragmentó el país.

VII. Los muyahidines: victoria militar, fracaso político

La caída del régimen prosoviético no abrió una paz nacional. Abrió una guerra entre vencedores.

Los partidos muyahidines habían combatido bajo la bandera del islam y la resistencia, pero estaban divididos por ideología, etnia, región, liderazgo personal, apoyo exterior y ambiciones de poder. Kabul, tras 1992, se convirtió en campo de batalla entre facciones. Los comandantes que habían derrotado a una superpotencia no supieron construir un Estado compartido.

Este fue uno de los grandes puntos de ruptura. Para muchos afganos, la promesa de liberación se convirtió en saqueo, violencia, abusos, checkpoints, destrucción urbana y arbitrariedad. El prestigio moral de la yihad se desgastó rápidamente. El país necesitaba orden. Los muyahidines ofrecieron victoria, pero no gobierno.

Los talibanes surgieron en ese vacío.

VIII. Los talibanes: orden contra Estado

El ascenso talibán en los años noventa no puede entenderse solo como fanatismo. Fue también una respuesta al caos. En muchas zonas, los talibanes prometieron seguridad, fin de los señores de la guerra, castigo a criminales, apertura de rutas comerciales y aplicación de una justicia rápida, aunque brutal. Rashid muestra cómo el movimiento nació en Kandahar en 1994 y se expandió en un contexto de guerra civil, redes pakistaníes, madrasas, transportistas, financiación exterior y cansancio social ante los abusos de los comandantes .

Los talibanes ofrecieron orden, pero no un Estado nacional inclusivo. Su proyecto era un emirato religioso de inspiración deobandi-pastún, austero, represivo, hostil al pluralismo y especialmente devastador para las mujeres. Su legitimidad no procedía de una nación cívica, sino de una idea religiosa de obediencia.

Ese fue su límite. Podían tomar Kabul. Podían imponer disciplina. Podían reducir ciertos tipos de caos. Pero no lograron integrar plenamente la diversidad afgana ni construir una administración moderna capaz de gobernar el país como comunidad política plural.

Los talibanes resolvieron el problema del desorden mediante otro problema: la asfixia autoritaria.

IX. 2001-2021: el Estado importado

La intervención estadounidense de 2001 derribó rápidamente al primer emirato talibán. Después llegó el gran intento de reconstrucción estatal: Constitución, elecciones, ministerios, ejército, policía, escuelas, proyectos de desarrollo, derechos de las mujeres, medios de comunicación y una nueva élite urbana conectada con la ayuda internacional.

Hubo avances reales, sobre todo en ciudades: educación femenina, sanidad, prensa, universidades, acceso a consumo, infraestructuras, instituciones y expectativas generacionales. Pero el edificio tenía defectos graves.

El nuevo Estado era excesivamente centralizado, dependiente del dinero exterior, vulnerable a la corrupción, penetrado por antiguos señores de la guerra, desconectado de muchas zonas rurales y sostenido militarmente por fuerzas extranjeras. Se hablaba de democracia, pero en muchas provincias el ciudadano seguía encontrándose con clientelismo, abuso policial, justicia cara, gobernadores impuestos y funcionarios que respondían más a redes de patronazgo que a una comunidad nacional.

La paradoja fue brutal: el Estado afgano posterior a 2001 tenía más dinero internacional que legitimidad local.

La administración podía funcionar donde había ayuda, soldados extranjeros, contratos, ONG y presencia urbana. Pero esa densidad institucional no penetró de forma uniforme el país. En muchos lugares, el Estado era una bandera, un edificio y un puesto armado; no una autoridad respetada.

X. La caída de 2021: no cayó una nación, cayó un aparato

La toma de Kabul por los talibanes en agosto de 2021 suele presentarse como prueba definitiva de que Afganistán era artificial. Pero lo que se derrumbó no fue Afganistán como nación. Se derrumbó un aparato estatal dependiente de financiación, logística, aviación, inteligencia y respaldo político extranjero.

Rashid describe el acuerdo de Doha de febrero de 2020 no como una paz verdadera, sino como un acuerdo de salida para permitir la retirada estadounidense; ese pacto, al excluir al gobierno afgano en términos sustanciales, dañó la confianza del propio Estado y de su ejército .

Cuando Estados Unidos decidió marcharse, muchos actores afganos entendieron que el equilibrio había cambiado. Soldados, gobernadores, jefes locales y redes tribales hicieron cálculos de supervivencia. En muchos lugares no hubo grandes batallas porque la guerra ya estaba decidida políticamente. Las rendiciones fueron tan importantes como las ofensivas.

La caída de 2021 no demuestra que los afganos no tengan nación. Demuestra que un Estado construido desde arriba, financiado desde fuera y defendido por un ejército dependiente puede evaporarse cuando desaparece su patrocinador.

XI. Entonces, ¿nación imposible?

No. Esa respuesta es demasiado simple.

Afganistán es una nación difícil, plural, históricamente fragmentada y con identidades superpuestas. Pero no es una nación imposible. Tiene una memoria territorial fuerte, una cultura política de independencia, una experiencia compartida de invasiones, un islam común aunque diverso, ciudades históricas, rutas económicas, símbolos nacionales y una conciencia extendida de pertenencia afgana.

El problema es otro: Afganistán ha tenido Estados que no han sabido integrar esa pluralidad sin aplastarla o abandonarla.

Demasiado centralismo provoca rebelión. Demasiada autonomía produce fragmentación. Demasiada intervención exterior deslegitima al gobierno. Demasiada debilidad abre espacio a señores de la guerra. Demasiada ideología rompe los equilibrios locales. Demasiada dependencia financiera impide un contrato social real.

Afganistán no es imposible. Es un país donde casi todos los proyectos de poder han intentado resolver una pieza destruyendo otra.

XII. Conclusión: el Estado que nunca terminó de negociar con su sociedad

Afganistán no necesita ser explicado como anomalía exótica. Su historia es la de un Estado que no logró completar tres tareas básicas: monopolizar la violencia, recaudar de forma legítima y construir una autoridad aceptada por la mayoría de sus comunidades.

Cada intento de resolver el problema desde arriba produjo resistencia. Cada intervención exterior amplió las fracturas. Cada guerra contra un ocupante fortaleció actores armados que después se resistieron a obedecer al centro. Cada modernización rápida chocó con el país rural. Cada retorno al orden religioso sacrificó pluralismo, mujeres, minorías y libertades.

La pregunta “¿nación imposible o Estado incompleto?” debe responderse así: Afganistán no es una nación imposible; es una nación real con un Estado históricamente incompleto, interrumpido y disputado.

Su tragedia no es que los afganos no sepan vivir juntos. Es que casi nunca han tenido un Estado capaz de gobernar sin depender del extranjero, sin humillar al campo, sin entregar el poder a facciones armadas y sin convertir la legitimidad en imposición.

Afganistán no es el cementerio de imperios porque sea mágico o ingobernable por esencia. Es el cementerio de proyectos que confundieron controlar Kabul con comprender el país.

Bibliografía 

Thomas Barfield, Afghanistan: A Cultural and Political History. Princeton University Press, 2010; segunda edición, 2023.

Ahmed Rashid, Taliban: The Power of Militant Islam in Afghanistan and Beyond. I.B. Tauris / Bloomsbury, edición actualizada.

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Gilles Dorronsoro, Revolution Unending: Afghanistan, 1979 to the Present. Columbia University Press, 2005.

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