Nixon y Vietnam: salida, propaganda y cálculo electoral
Richard Nixon no terminó simplemente la guerra de Vietnam: la administró, la prolongó y la convirtió en una operación de propaganda destinada a salvar la autoridad de Estados Unidos y ganar tiempo electoral.
Cómo convertir una derrota en relato de autoridad
En enero de 1973, Richard Nixon pudo pronunciar la frase que llevaba años preparando: Estados Unidos salía de Vietnam con “paz y honor”. Los prisioneros estadounidenses volverían a casa, las tropas de combate abandonarían el país y Washington podía presentar el Acuerdo de París como el cierre responsable de una guerra heredada. Pero la escena tenía truco. La guerra no terminaba realmente para Vietnam. Terminaba, sobre todo, para el electorado norteamericano.
La retirada fue vendida como victoria moral. La derrota fue envuelta en lenguaje de firmeza. La prolongación de la guerra fue presentada como paciencia estratégica. Y la devastación de Indochina quedó subordinada a una prioridad mayor para la Casa Blanca: salir sin parecer derrotado, negociar sin parecer débil y ganar las elecciones de 1972 como el hombre que había salvado el honor estadounidense.
Nixon no llegó al poder para ganar Vietnam en el sentido clásico. En 1969, esa posibilidad era ya remota. La ofensiva del Tet de 1968 había demostrado que el enemigo comunista conservaba una capacidad política y militar muy superior a la que Washington había admitido ante su propia población. Estados Unidos podía ganar batallas, destruir bases, bombardear rutas, multiplicar cadáveres y sostener Saigón con dinero, armas y asesores. Lo que ya no podía hacer era convencer a buena parte de su sociedad de que aquella guerra tenía un final razonable.
Ahí empezó la verdadera operación de Nixon: no ganar la guerra, sino controlar la salida.
I. La herencia: una guerra que devoraba presidentes
Vietnam fue la guerra que se comió la presidencia de Lyndon B. Johnson. En los años sesenta, Washington había transformado un conflicto vietnamita —civil, colonial, nacionalista, comunista y poscolonial al mismo tiempo— en una prueba global de credibilidad estadounidense. Si Saigón caía, se decía, caerían otros países. Si Estados Unidos abandonaba Vietnam del Sur, sus aliados dudarían y sus enemigos avanzarían. La teoría del dominó no era solo una metáfora geopolítica: era una cárcel mental.
Pero el problema de las grandes potencias es que a veces confunden prestigio con estrategia. Vietnam no era Berlín. No era Japón. No era Corea del Sur. Era un territorio atravesado por décadas de colonialismo francés, guerra anticolonial, división artificial, insurgencia rural, corrupción urbana, nacionalismo vietnamita y competencia entre potencias comunistas.
Nixon heredó, por tanto, una guerra que ya había perdido su inocencia propagandística. Las imágenes de aldeas incendiadas, bolsas de cadáveres, jóvenes reclutados, protestas universitarias y ruedas de prensa oficiales habían roto la confianza entre gobierno y ciudadanía. El presidente republicano entendió que la guerra ya no podía justificarse como una cruzada simple contra el comunismo. Había que cambiar el relato.
La nueva consigna fue “paz con honor”.
La expresión parecía noble, pero era deliberadamente ambigua. Permitía prometer el final de la guerra sin aceptar que la guerra había sido un error. Permitía retirar soldados sin reconocer derrota. Permitía negociar con Hanoi sin conceder que Hanoi había resistido al mayor poder militar del planeta. Y, sobre todo, permitía atacar a quienes exigían una salida inmediata: para Nixon, ellos querían paz sin honor; él, en cambio, ofrecía paz sin humillación.
II. Vietnamización: retirar soldados, prolongar la guerra
La herramienta central fue la “vietnamización”. El concepto parecía técnico y razonable: las tropas estadounidenses se retirarían progresivamente y el Ejército de Vietnam del Sur asumiría el peso principal de la guerra. Washington seguiría proporcionando armas, financiación, entrenamiento, cobertura aérea y apoyo diplomático, pero el combate terrestre recaería cada vez más sobre los survietnamitas.
En apariencia, era una devolución de responsabilidad. En la práctica, era una transferencia del coste humano.
La vietnamización permitía a Nixon reducir las bajas estadounidenses, que eran el principal combustible del malestar interno. Cada soldado que volvía a casa era un argumento electoral. Cada descenso en las cifras de muertos estadounidenses debilitaba al movimiento antibélico. Cada retirada parcial permitía al presidente presentarse como hombre prudente, no como belicista ciego.
Pero la guerra no se reducía: cambiaba de forma. Menos infantería estadounidense no significaba menos violencia. Significaba más dependencia del bombardeo, más presión sobre el ejército survietnamita y más ampliación encubierta del conflicto hacia Laos y Camboya. La retirada visible de soldados norteamericanos fue acompañada por una guerra menos visible para el público estadounidense, pero devastadora para Indochina.
Ese fue el cálculo esencial: hacer la guerra políticamente soportable en casa, aunque siguiera siendo brutal en Asia.
III. La “mayoría silenciosa”: propaganda para una retirada
Nixon era un político con una intuición amarga pero eficaz: sabía convertir el resentimiento social en poder. En noviembre de 1969, apeló a la “mayoría silenciosa” de los estadounidenses. No hablaba solo de Vietnam. Hablaba de orden, patriotismo, autoridad, miedo al caos, desprecio hacia las élites universitarias y rechazo a las protestas callejeras.
La jugada era brillante. Nixon no defendía simplemente una política exterior; fabricaba una identidad moral. De un lado quedaban los manifestantes, los estudiantes, los intelectuales, los periodistas críticos, los pacifistas, los jóvenes que quemaban cartillas de reclutamiento. Del otro, la América trabajadora, familiar, paciente, silenciosa, que no salía cada noche en televisión pero que, según Nixon, sostenía la nación.
Así, la guerra dejaba de ser solo una cuestión estratégica. Se convertía en una batalla cultural.
El presidente no necesitaba convencer a todos de que Vietnam podía ganarse. Le bastaba con convencer a muchos de que una retirada inmediata equivalía a traición, desorden o humillación. El movimiento antibélico, aunque expresaba una crítica legítima a una guerra cada vez más indefendible, fue presentado como síntoma de decadencia interna. Nixon convirtió la oposición a la guerra en sospecha de debilidad nacional.
La propaganda presidencial tenía tres niveles. Primero, Nixon afirmaba que él sí quería la paz, pero una paz responsable. Segundo, culpaba a las administraciones anteriores, sobre todo demócratas, de haber metido al país en el pantano. Tercero, insinuaba que la presión de la calle fortalecía a Hanoi y dificultaba la negociación.
El resultado fue una inversión del problema. La pregunta ya no era: “¿por qué sigue Estados Unidos en Vietnam?”. La pregunta pasó a ser: “¿permitirá la izquierda que Estados Unidos salga con honor?”.
IV. Camboya: la guerra que no debía verse
El gran reverso de esa estrategia fue Camboya.
Durante años, las fuerzas norvietnamitas y el Viet Cong habían utilizado zonas fronterizas camboyanas como santuarios logísticos. Desde la lógica militar estadounidense, atacar esos espacios tenía sentido operativo. Desde la lógica política internacional, implicaba extender la guerra a un país neutral. Nixon eligió hacerlo, primero mediante bombardeos secretos y después mediante la incursión terrestre de 1970.
La operación fue presentada como necesaria para proteger a los soldados estadounidenses y acelerar el fin de la guerra. Pero sus consecuencias fueron profundas. Camboya, ya frágil bajo el régimen de Norodom Sihanouk, entró en una espiral de desestabilización. El golpe de Lon Nol en 1970, la guerra civil, la intervención norvietnamita, los bombardeos estadounidenses y el crecimiento de los Jemeres Rojos formaron parte de un mismo derrumbe regional.
No se puede reducir el ascenso de Pol Pot a los bombardeos de Nixon. Camboya tenía sus propias fracturas internas, sus élites depredadoras, sus tensiones rurales, sus resentimientos acumulados y su historia política específica. Pero tampoco se puede separar la catástrofe camboyana del modo en que la guerra de Vietnam fue desplazada sobre los países vecinos.
La paradoja era evidente: Nixon prometía terminar una guerra mientras la ampliaba geográficamente.
Para el votante medio estadounidense, Vietnam empezaba a ser una guerra que se apagaba. Para muchas comunidades campesinas de Camboya y Laos, la guerra se intensificaba desde el cielo. La retirada estadounidense se construyó, en parte, mediante una transferencia de violencia hacia espacios periféricos, menos visibles, menos comprendidos y con menor capacidad de intervenir en la opinión pública occidental.
V. Kissinger: diplomacia secreta y teatro de poder
Henry Kissinger fue el arquitecto intelectual y teatral de esa salida. Nixon tenía el instinto político; Kissinger aportaba el lenguaje de la gran estrategia. Ambos desconfiaban de la burocracia tradicional, del Departamento de Estado, de la prensa y de casi cualquier estructura que limitara el control presidencial. Por eso concentraron la política exterior en la Casa Blanca y multiplicaron los canales secretos.
Kissinger negociaba con Hanoi, hablaba con Moscú, abría contactos con Pekín y administraba filtraciones con precisión escénica. Para él, Vietnam no era solo Vietnam. Era una pieza dentro de un tablero mayor: la relación con China, la distensión con la Unión Soviética, la credibilidad estadounidense ante sus aliados, el equilibrio global de poder y la autoridad personal de Nixon.
La apertura a China en 1972 fue parte de esa arquitectura. Tuvo una dimensión histórica real: transformó la Guerra Fría, explotó la rivalidad sino-soviética y dio a Washington margen estratégico. Pero también tuvo una función vinculada a Vietnam. Nixon y Kissinger esperaban que Pekín y Moscú presionaran a Hanoi o, al menos, moderaran su apoyo.
La idea era envolver Vietnam en una diplomacia triangular: si Estados Unidos no podía derrotar directamente a Hanoi, podía alterar el entorno internacional en el que Hanoi se movía.
Era una maniobra inteligente, pero también reveladora. Vietnam, para Nixon y Kissinger, no era solo un país devastado por décadas de guerra. Era un problema de credibilidad imperial. El sufrimiento vietnamita quedaba subordinado a una pregunta obsesiva: ¿cómo afecta esto a la posición global de Estados Unidos?
VI. La paz como calendario electoral
El cálculo electoral estuvo siempre presente. Nixon había ganado en 1968 prometiendo una salida honorable. No podía llegar a 1972 como simple continuador de Johnson. Necesitaba mostrar avances: menos tropas, más negociación, más control. Pero tampoco podía permitir que George McGovern, candidato demócrata partidario de una retirada más rápida, monopolizara el deseo de paz.
La solución fue ocupar el centro emocional del electorado: Nixon no era el candidato de la guerra eterna, sino el de la paz firme. No era un halcón irresponsable, sino un estratega paciente. No era Johnson repitiendo el mismo error, sino el hombre que sabía combinar presión militar y negociación secreta.
En octubre de 1972, Kissinger pronunció la frase decisiva: “la paz está al alcance”. Aquella declaración, a pocos días de las elecciones, fue una obra maestra de sincronización política. No anunciaba todavía la paz definitiva, pero producía la sensación de que Nixon estaba a punto de lograrla. Permitía al presidente llegar a las urnas como comandante prudente y negociador eficaz.
Nixon arrasó en las elecciones de noviembre de 1972.
Después llegó la violencia final. En diciembre, la Operación Linebacker II descargó una campaña masiva de bombardeos sobre Hanoi y Haiphong. Fueron los llamados “bombardeos de Navidad”. Oficialmente, buscaban forzar a Vietnam del Norte a aceptar los términos del acuerdo y presionar a Hanoi para regresar a la mesa. También enviaban otro mensaje: Nixon no firmaría desde la debilidad.
El acuerdo de París se firmó en enero de 1973. Estados Unidos retiraba sus tropas. Los prisioneros estadounidenses regresaban. Nixon obtenía la fotografía que necesitaba. Kissinger recibía el Nobel de la Paz junto a Le Duc Tho, aunque este último lo rechazó. Pero la paz era incompleta. Vietnam del Norte mantenía tropas en el Sur. El gobierno de Nguyen Van Thieu seguía dependiendo de la ayuda estadounidense. La guerra vietnamita continuaba, aunque ya sin tropas terrestres norteamericanas.
La gran potencia había salido. El aliado quedaba expuesto.
VII. Saigón: el final que desmintió el relato
El 30 de abril de 1975, Saigón cayó. Las imágenes de helicópteros evacuando estadounidenses y aliados vietnamitas desde la capital survietnamita destruyeron la escenografía de la “paz con honor”. Nixon ya no estaba en la Casa Blanca; Watergate lo había expulsado del poder. Pero el desenlace pertenecía a su guerra tanto como a la de Johnson.
La caída de Saigón mostró lo que el lenguaje diplomático había ocultado. El Acuerdo de París no había resuelto el conflicto político vietnamita. Había permitido a Estados Unidos retirarse. Había separado el calendario norteamericano del calendario vietnamita. Había convertido una derrota militar y política en una salida administrada.
Desde la perspectiva estadounidense, la maniobra tuvo éxito parcial. Nixon redujo las bajas norteamericanas, ganó tiempo, dividió a la oposición, logró la reelección y sacó a las tropas. Desde la perspectiva de Vietnam del Sur, el resultado fue mucho más amargo: dependencia, promesas insuficientes, erosión militar y abandono final. Desde la perspectiva de Camboya y Laos, el precio fue todavía más devastador: bombardeos, guerra civil, radicalización y colapso estatal.
Por eso el juicio histórico sobre Nixon y Vietnam no puede limitarse a si “terminó” la guerra. La pregunta correcta es otra: ¿para quién terminó la guerra y a costa de quién?
La respuesta es incómoda. La guerra terminó antes para Estados Unidos que para los vietnamitas. Terminó antes en la televisión norteamericana que en los arrozales de Indochina. Terminó antes como problema electoral que como tragedia histórica.
VIII. La anatomía del poder: cuando perder exige controlar el relato
El caso Nixon-Vietnam enseña una regla dura del poder moderno: cuando una gran potencia no puede ganar una guerra, intenta controlar el relato de su retirada. La victoria se redefine. Ya no significa derrotar al enemigo, sino evitar la imagen de humillación. Ya no consiste en imponer una solución estable, sino en construir una salida políticamente vendible.
Nixon fue eficaz porque comprendió que las guerras contemporáneas se libran en varios frentes: el militar, el diplomático, el mediático y el electoral. En Vietnam, el frente decisivo para él no fue solo Hanoi, ni Saigón, ni el delta del Mekong. Fue Ohio, California, Texas, Nueva York, los suburbios blancos, los hogares que veían las noticias de la noche, los padres que temían por sus hijos y los votantes que detestaban tanto la guerra como las protestas contra la guerra.
La “mayoría silenciosa” fue el verdadero campo de batalla interno.
Nixon no inventó la manipulación patriótica, pero la llevó a una sofisticación notable. Convirtió una retirada inevitable en prueba de carácter. Convirtió una guerra fallida en herencia ajena. Convirtió la crítica interna en amenaza moral. Convirtió el bombardeo en herramienta negociadora. Convirtió la paz en un producto electoral.
Y, durante un tiempo, funcionó.
Pero la historia tiene una memoria más larga que una campaña presidencial. Saigón cayó. Camboya se hundió. Laos quedó marcado. Vietnam se reunificó bajo el poder comunista. Estados Unidos salió traumatizado, desconfiado de sus instituciones y obsesionado durante décadas con el “síndrome de Vietnam”. La guerra que Nixon quiso cerrar con honor dejó una lección menos cómoda: las grandes potencias pueden abandonar un territorio, pero no abandonan tan fácilmente las consecuencias de lo que hicieron allí.
IX. Conclusión: la paz que salvó a Washington, no a Vietnam
La imagen final no debería ser Nixon anunciando la paz, ni Kissinger posando como arquitecto de la diplomacia global. La imagen final debería ser más amplia: un despacho en Washington donde se calcula el coste electoral de cada movimiento; un bombardero cruzando el cielo de Indochina; un soldado survietnamita preguntándose cuánto durará la ayuda prometida; una familia camboyana huyendo de una guerra que oficialmente no debía existir; un helicóptero despegando de Saigón en 1975.
Ese fue el verdadero balance de la “paz con honor”: una salida diseñada para salvar la autoridad de Estados Unidos, no para salvar Vietnam.
Nixon no terminó la guerra. La desplazó, la administró y la envolvió en propaganda hasta que pudo entregarla a la historia como si fuera una retirada digna. Pero bajo la retórica del honor había una verdad más fría: cuando Washington entendió que no podía ganar Vietnam, se concentró en ganar la narración de su derrota.
Bibliografía
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