Nixon en China: el viaje que partió la Guerra Fría
Cómo un anticomunista abrió la puerta a Mao para encerrar a Moscú
El 21 de febrero de 1972, cuando Richard Nixon bajó la escalerilla del Air Force One en Pekín, no estaba entrando simplemente en un país enemigo. Estaba cruzando una frontera mental de la Guerra Fría. Durante más de dos décadas, Estados Unidos había fingido diplomáticamente que la China que gobernaba el continente no existía. Había reconocido a Chiang Kai-shek en Taiwán, había combatido contra tropas chinas en Corea y había descrito a la República Popular como una amenaza revolucionaria. Sin embargo, allí estaba Nixon, el anticomunista profesional, estrechando la mano de Zhou Enlai para abrir una relación que no nacía de la confianza, sino del cálculo.
Ese gesto fue una de las imágenes más importantes del siglo XX porque destruyó una ficción. La Guerra Fría nunca había sido tan simple como Washington contra Moscú, capitalismo contra comunismo, libertad contra totalitarismo. Pero hasta entonces muchos la habían contado así. El viaje de Nixon a China mostró otra realidad: el mundo comunista estaba roto, Pekín temía a Moscú, Moscú desconfiaba de Pekín y Washington podía usar esa fractura para recuperar iniciativa estratégica.
Nixon no viajó a China para hacer la paz con el comunismo. Viajó para demostrar que el comunismo ya no era un bloque. Su visita partió la Guerra Fría porque convirtió la rivalidad sino-soviética en un arma diplomática estadounidense. El viejo anticomunista no dejó de ser anticomunista; dejó de tratar el anticomunismo como una cruzada rígida y empezó a usarlo como una geometría de poder.
Engaging China recuerda que, tras la proclamación de la República Popular China en 1949, Estados Unidos se negó a reconocer al nuevo gobierno chino, siguió apoyando a los nacionalistas refugiados en Taiwán y, en el clima de anticomunismo posterior a la Guerra de Corea, cualquier intento de repensar la política hacia Pekín podía ser visto como casi traicionero . Esa era la magnitud del tabú que Nixon rompió.
I. China fuera del sistema
Cuando Mao Zedong proclamó la República Popular China el 1 de octubre de 1949, Estados Unidos no aceptó que aquella fuera la China legítima. Washington había apoyado a Chiang Kai-shek durante la guerra civil china y continuó reconociendo a la República de China en Taiwán incluso después de que el Partido Comunista controlara el continente. La consecuencia fue una anomalía diplomática gigantesca: el país más poblado del mundo quedaba fuera del reconocimiento estadounidense, mientras una China derrotada y refugiada en una isla seguía ocupando el lugar simbólico de “China” para Washington.
La Guerra de Corea agravó esa ruptura. China y Estados Unidos no solo se observaron como enemigos ideológicos, sino que combatieron en lados opuestos de una guerra real. Para los estadounidenses de los años cincuenta, la China comunista formaba parte del mismo peligro global que la Unión Soviética; para Pekín, Estados Unidos era la potencia que protegía a Taiwán, sostenía a Corea del Sur y bloqueaba la plena consolidación de la revolución china.
Durante años, la política estadounidense consistió en contención, aislamiento y negación. Pekín era demasiado grande para desaparecer, pero demasiado incómodo para ser reconocido. Esa contradicción se volvió cada vez más difícil de sostener cuando China probó armas nucleares en 1964, cuando la guerra de Vietnam desgastó a Estados Unidos y cuando la rivalidad entre China y la Unión Soviética empezó a hacerse visible. Washington podía seguir diciendo que no reconocía a la República Popular, pero no podía seguir actuando como si una potencia nuclear asiática de cientos de millones de habitantes no tuviera peso estratégico.
II. Nixon: el anticomunista que podía hablar con Mao
La paradoja del viaje es que solo Nixon podía hacerlo. Un demócrata liberal habría sido acusado de ingenuidad o capitulación. Un presidente menos marcado por el anticomunismo habría tenido más dificultades para justificar una apertura a Mao. Nixon, en cambio, tenía credenciales suficientes ante la derecha estadounidense para permitirse una audacia que, en otro dirigente, habría parecido rendición.
Su trayectoria lo protegía. Había construido buena parte de su carrera política sobre la dureza frente al comunismo. Precisamente por eso podía transformar esa dureza en flexibilidad sin parecer débil. La operación fue brillante: Nixon no decía que Mao fuera aceptable moralmente, sino que China era necesaria estratégicamente. No proponía amistad ideológica, sino uso geopolítico.
En 1967, antes de llegar a la presidencia, Nixon publicó en Foreign Affairs un artículo en el que describía a la China comunista como peligrosa, pero añadía una idea decisiva: China no podía quedar para siempre fuera de la familia de las naciones. Según Engaging China, Nixon quería persuadir a China de que sus intereses estarían mejor servidos aceptando ciertas reglas básicas de convivencia internacional, y buscaba sacarla de su papel de epicentro de la revolución mundial para integrarla como gran potencia en el sistema .
Aquella frase anticipaba todo. Nixon entendía que aislar a China indefinidamente no debilitaba necesariamente al comunismo, sino que podía convertir a Pekín en una potencia resentida, imprevisible y más peligrosa. Su objetivo no era abrazar a Mao, sino introducirlo en un tablero donde Washington pudiera jugar con más piezas.
III. El gigante cansado
Estados Unidos no llegó a China desde una posición de serenidad imperial. Llegó desde el desgaste. La guerra de Vietnam había erosionado su autoridad moral, dividido su sociedad, consumido recursos y debilitado la confianza en su capacidad de imponer resultados en Asia. Al mismo tiempo, Europa occidental y Japón habían ganado peso económico, la Unión Soviética parecía más fuerte que en los años cincuenta, el Tercer Mundo poscolonial ya no aceptaba obediencias automáticas y el orden internacional se había vuelto menos manejable para Washington.
Nixon in the World sitúa la política exterior de Nixon en ese contexto: a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, la posición global estadounidense ya no era la de dominio casi total posterior a 1945; la guerra de Vietnam, los problemas económicos y la difusión del poder obligaban a una gran reevaluación estratégica . Nixon y Kissinger no actuaban como jefes de una superpotencia omnipotente, sino como gestores de una superpotencia fatigada que necesitaba recuperar iniciativa.
Por eso el viaje a China fue también una compensación psicológica. Mientras Estados Unidos no podía ganar limpiamente en Vietnam, Nixon podía mostrar que seguía siendo capaz de alterar la política mundial. La diplomacia espectacular servía para tapar, pero también para corregir, la sensación de atasco. Si la guerra en Indochina mostraba los límites de la fuerza estadounidense, Pekín mostraba que Washington aún podía producir sorpresa.
La visita a China fue, en ese sentido, una jugada de poder nacida de una vulnerabilidad. Nixon no viajó porque Estados Unidos pudiera hacerlo todo, sino porque ya no podía seguir haciéndolo todo como antes.
IV. La ruptura sino-soviética: el comunismo deja de ser un bloque
La apertura habría sido imposible sin la ruptura entre China y la Unión Soviética. Durante los primeros años de la Guerra Fría, muchos observadores occidentales imaginaron el comunismo mundial como un bloque compacto dirigido desde Moscú. Esa imagen era cómoda, pero falsa. China y la URSS compartían ideología general, pero no destino nacional. Mao no quería ser subordinado de Moscú, y Moscú no quería tolerar a una China revolucionaria que disputara su liderazgo dentro del mundo comunista.
Las tensiones fueron creciendo: la desestalinización soviética, las discrepancias sobre la revolución mundial, los choques de personalidad, la competencia por influencia en Asia y las disputas fronterizas acabaron rompiendo la alianza. En 1969, los enfrentamientos armados en el río Ussuri mostraron que la fractura ya no era solo doctrinal. Dos potencias comunistas podían llegar al borde de la guerra.
Para China, la amenaza soviética era inmediata. La URSS era vecina, poderosa, nuclear y militarmente superior. Para Estados Unidos, esa rivalidad era una oportunidad estratégica enorme. Si Pekín temía a Moscú, Washington podía acercarse a Pekín. Si Moscú temía un acercamiento entre Washington y Pekín, Washington ganaba margen frente a Moscú. La Guerra Fría dejaba de ser una confrontación rígida entre dos bloques y se convertía en una partida triangular.
La genialidad de Nixon y Kissinger fue leer esa fractura antes de que se convirtiera en política evidente para todos. No necesitaban amar a China. Solo necesitaban entender que China podía modificar el equilibrio contra la Unión Soviética.
V. Kissinger y la diplomacia secreta
La apertura a China fue preparada mediante secreto, canales paralelos y control directo desde la Casa Blanca. Nixon y Kissinger desconfiaban del Departamento de Estado y de la diplomacia burocrática tradicional. Preferían las operaciones discretas, la sorpresa y la concentración de decisiones en un círculo mínimo. Según Nixon in the World, Nixon y Kissinger reorganizaron la maquinaria de política exterior para colocar el Consejo de Seguridad Nacional en el centro, marginar a otros departamentos y utilizar canales secretos con gobiernos extranjeros .
Pakistán fue el puente. En julio de 1971, Kissinger viajó secretamente a China durante una visita a Pakistán, fingiendo una indisposición para desaparecer de la vista pública. En Pekín se reunió con Zhou Enlai y preparó la visita presidencial. Pocos días después, Nixon anunció al mundo que viajaría a la República Popular China.
El efecto fue sísmico. Japón se sintió sorprendido. Taiwán comprendió que su posición internacional empezaba a deteriorarse. Moscú recibió una advertencia inequívoca. Hanói observó la maniobra con inquietud. Washington había movido una pieza sin pedir permiso a sus aliados ni a sus enemigos.
La diplomacia secreta funcionó porque conservó el factor sorpresa, pero también reveló el estilo Nixon-Kissinger: grandes jugadas, poca consulta, mucho cálculo y una disposición constante a sacrificar sensibilidades aliadas si el premio estratégico parecía suficiente.
VI. Mao abre la puerta sin rendirse
La historia no debe contarse solo desde Washington. Mao no recibió a Nixon porque se hubiera vuelto moderado, ni porque quisiera integrarse mansamente en un orden dirigido por Estados Unidos. Lo recibió porque China necesitaba margen. La Revolución Cultural había dañado al país, la economía estaba atrasada, el aislamiento era costoso y la amenaza soviética pesaba más que la hostilidad estadounidense en determinados cálculos estratégicos.
Para Mao, la visita de Nixon tenía varias utilidades. Confirmaba que la República Popular China era interlocutor indispensable. Debilitaba a Taiwán. Equilibraba a la Unión Soviética. Permitía a China salir de un aislamiento diplomático excesivo sin pedir perdón por su revolución. Y ofrecía a Pekín una forma de presentarse no como satélite comunista de nadie, sino como gran potencia autónoma.
Mao no necesitaba convertirse en aliado de Washington. Le bastaba con que Moscú creyera que podía llegar a serlo en ciertos asuntos. Esa ambigüedad era suficiente para cambiar los cálculos soviéticos.
El encuentro entre Mao y Nixon fue breve, pero su valor simbólico fue enorme. Nixon representaba al enemigo imperialista por excelencia. Mao representaba al comunismo revolucionario chino. Que ambos se sentaran a hablar no significaba reconciliación moral. Significaba que la razón de Estado podía derrotar a la pureza ideológica.
VII. Zhou Enlai: el arquitecto paciente
Si Mao puso el símbolo, Zhou Enlai puso la diplomacia. Zhou era el interlocutor indispensable: culto, elegante, calculador, capaz de manejar el lenguaje de la ambigüedad sin romper la negociación. Nixon y Kissinger encontraron en él a un dirigente que entendía perfectamente el valor de no resolverlo todo.
La cuestión más delicada era Taiwán. Para Pekín, Taiwán era parte de China y el reconocimiento de la República Popular exigía aceptar, al menos de forma gradual, esa realidad. Para Washington, abandonar de golpe a Taiwán era políticamente imposible y estratégicamente arriesgado. La solución fue una fórmula diplomática calculada: avanzar sin cerrar del todo.
Esa fue la inteligencia de Zhou y de Kissinger. No intentaron escribir un documento que eliminara las diferencias. Escribieron un documento que permitía convivir con ellas.
VIII. El Comunicado de Shanghái: acuerdo para no estar de acuerdo
El Comunicado de Shanghái fue la pieza maestra del viaje. No fue una alianza formal, ni una reconciliación ideológica, ni un tratado que resolviera todos los problemas. Fue algo más sutil: un acuerdo para no estar de acuerdo.
Estados Unidos y China reconocían sus diferencias sobre cuestiones fundamentales, pero aceptaban construir un marco de relación. La fórmula sobre Taiwán fue deliberadamente ambigua. Washington reconocía que todos los chinos a ambos lados del estrecho sostenían que solo había una China y que Taiwán formaba parte de ella, y declaraba que no desafiaba esa posición. Pekín obtenía una victoria diplomática gradual; Washington ganaba tiempo para no romper de inmediato con Taipei.
El otro punto central era la oposición a la hegemonía en Asia-Pacífico. La palabra “hegemonía” no necesitaba nombrar a la Unión Soviética para señalarla. China y Estados Unidos no se decían aliados contra Moscú, pero ambos entendían el mensaje. El comunicado permitía a cada parte conservar su relato: Pekín no parecía someterse al imperialismo estadounidense; Washington no parecía rendirse ante el comunismo chino; ambos podían decir que defendían sus intereses nacionales.
Su valor estuvo precisamente en la ambigüedad. El Comunicado de Shanghái no cerró el problema de Taiwán, pero hizo posible medio siglo de relación. No borró la desconfianza, pero la hizo administrable. No terminó la Guerra Fría, pero la partió en tres.
IX. Moscú, Tokio, Hanói y Taipei: los destinatarios reales
El viaje tuvo destinatarios visibles y destinatarios indirectos. El destinatario visible era China. El destinatario estratégico era la Unión Soviética. Moscú entendió que Washington podía usar la rivalidad sino-soviética para mejorar su posición negociadora. Pocos meses después de la visita a Pekín, Nixon viajó a Moscú y firmó acuerdos clave de distensión, incluido SALT I. No todo se explica por China, pero la apertura a Pekín cambió el clima de la negociación con la URSS.
Japón recibió el anuncio como un golpe. Tokio había seguido durante años la línea estadounidense sobre China, y de pronto descubría que Washington negociaba a sus espaldas con Pekín. El “Nixon shock” no fue solo monetario por la suspensión de la convertibilidad del dólar en oro; también fue diplomático. Estados Unidos demostraba que podía reorganizar Asia sin consultar plenamente a sus aliados.
Vietnam del Norte también recibió el mensaje, aunque no de la forma que Nixon deseaba. Washington esperaba que Pekín ayudara a presionar a Hanói para facilitar una salida negociada de Vietnam. Pero los vietnamitas comunistas habían aprendido a usar la ayuda china y soviética sin obedecer por completo a ninguna de las dos potencias. La apertura a China mejoró la posición global de Nixon, pero no resolvió Vietnam.
Taiwán fue el gran perjudicado. En 1971 ya había perdido el asiento chino en Naciones Unidas frente a la República Popular. En 1972, el viaje de Nixon confirmó que Washington estaba dispuesto a reordenar su política china en función de Pekín. El abandono no fue inmediato, pero el sentido de la historia quedó claro: Taiwán pasaba de representar “China” para Washington a convertirse en el problema más delicado dentro de la relación con China.
X. La moral del cálculo
La apertura a China fue una obra maestra estratégica, pero no una historia moralmente limpia. Nixon era presidente de una democracia, pero su estilo de gobierno estaba marcado por el secreto, la manipulación y la obsesión con enemigos internos que acabaría explotando en Watergate. Mao dirigía una dictadura comunista que venía de la catástrofe del Gran Salto Adelante y de la violencia de la Revolución Cultural. Kissinger pensaba en términos de equilibrio de poder, no de derechos humanos.
El viaje no fue un triunfo de la libertad. Fue un triunfo del realismo. Desde el punto de vista estratégico, permitió a Estados Unidos recuperar iniciativa, presionar a la Unión Soviética y abrir una relación con la mayor potencia asiática comunista. Desde el punto de vista moral, confirmó una lógica habitual de la Guerra Fría: las grandes potencias hablaban de paz mientras aceptaban dictaduras, guerras periféricas y sacrificios ajenos si servían a un equilibrio superior.
Ese es el punto incómodo. Nixon hizo algo necesario, audaz y eficaz. Pero no lo hizo para liberar a nadie. Lo hizo para mover el tablero.
XI. De la apertura al engagement
La visita de 1972 abrió una etapa larga. En 1979, bajo Jimmy Carter, Estados Unidos estableció relaciones diplomáticas formales con la República Popular China. Poco después, Deng Xiaoping visitó Estados Unidos y la relación sino-estadounidense entró en una fase nueva. Engaging China presenta esa secuencia como el inicio de casi medio siglo de compromiso: Nixon abrió la puerta en 1972, Carter normalizó relaciones en 1979 y la China de Deng empezó a integrarse en un sistema internacional que transformaría su economía y el equilibrio global .
El engagement se basó en una apuesta: integrar a China era mejor que aislarla. Durante décadas, esa apuesta produjo resultados enormes. China se abrió económicamente, se incorporó a instituciones internacionales, se convirtió en motor de la globalización y contribuyó a una nueva arquitectura de intercambios comerciales, académicos y diplomáticos. Pero la apertura no produjo la liberalización política que muchos esperaban en Occidente. China se hizo más rica y más fuerte sin dejar de ser gobernada por el Partido Comunista.
Ese es el legado ambiguo de Nixon. No viajó a China para democratizarla; viajó para usarla contra la Unión Soviética. En ese objetivo inmediato, tuvo éxito. Pero las grandes jugadas estratégicas rara vez terminan donde sus autores imaginan. La apertura que nació para equilibrar a Moscú acabó integrando a China en la economía mundial, acelerando su ascenso y preparando una rivalidad sino-estadounidense mucho más profunda.
Nixon abrió una puerta para ganar tiempo en la Guerra Fría. Medio siglo después, esa puerta conducía al principal conflicto estratégico del siglo XXI.
XII. A quién benefició y a quién perjudicó el viaje
El viaje benefició a Nixon porque lo transformó en estadista global en un momento en que Vietnam y la política interna desgastaban su presidencia. Benefició a Kissinger porque consolidó su imagen de arquitecto de la gran diplomacia. Benefició a Estados Unidos porque recuperó iniciativa, aumentó la presión sobre la Unión Soviética y demostró que aún podía alterar el tablero mundial.
Benefició también a China. Mao obtuvo reconocimiento simbólico, margen frente a Moscú, debilitamiento de Taiwán y una vía de salida del aislamiento. La República Popular dejaba de ser tratada por Washington como un régimen que podía ignorarse indefinidamente. El mundo tenía que aceptar que China era una gran potencia.
Pero el viaje perjudicó a Taiwán, que perdió centralidad y quedó atrapado en una ambigüedad diplomática duradera. Inquietó a Japón y a otros aliados, que comprobaron que Washington podía tomar decisiones estratégicas sin consulta suficiente. No detuvo la guerra de Vietnam ni evitó nuevas violencias en Indochina. Y dejó sin resolver el problema que aún hoy concentra uno de los mayores riesgos geopolíticos del planeta: el estatus de Taiwán.
La jugada fue brillante, pero no gratuita. Como toda gran maniobra realista, produjo ganadores, perdedores y ambigüedades calculadas que sobrevivieron a sus autores.
XIII. Conclusión: el apretón de manos que rompió el mapa
Nixon no fue a China para reconciliar el mundo. Fue para desordenarlo a su favor. Al estrechar la mano de Zhou Enlai y sentarse con Mao, no terminó la Guerra Fría: la partió en tres. Desde ese momento, Washington, Moscú y Pekín dejaron de moverse en línea recta y empezaron a vigilarse en triángulo.
Esa fue la verdadera revolución diplomática de 1972. El anticomunismo estadounidense descubrió que podía pactar con un comunista para debilitar a otro. China descubrió que podía usar a su antiguo enemigo capitalista para equilibrar a su antiguo hermano socialista. La Unión Soviética descubrió que ya no podía dar por segura la estructura bipolar del conflicto mundial.
El viaje no hizo más noble la Guerra Fría. La hizo más compleja. Sustituyó parte de la cruzada ideológica por cálculo estratégico, parte del bloqueo por conversación, parte del enfrentamiento frontal por maniobra triangular. Nixon y Mao no se hicieron amigos; se hicieron útiles el uno al otro.
La fotografía de 1972 no mostró el final de la Guerra Fría.
Mostró el momento en que dejó de ser bipolar.
Y cuando una guerra deja de tener dos polos, todo el mapa empieza a moverse.
Bibliografía
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