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Historia política, económica y geopolítica de Asia
Asia Fragmentada

Un atlas del poder en Asia: imperios, revoluciones, autocracias, guerras frías, propaganda, fronteras y fracturas geopolíticas.

Pervez Musharraf: el general que quiso salvar Pakistán convirtiéndolo en cuartel

Pervez Musharraf no fue un dictador arcaico. No llegó al poder hablando de restaurar un califato ni de fundar una revolución social. Se presentó como otra figura muy reconocible en la historia de Pakistán: el soldado racional, disciplinado, moderno, supuestamente capaz de corregir la corrupción de los políticos y devolver eficacia al Estado. Su promesa fue orden, moderación, estabilidad y seguridad nacional. Su resultado fue más ambiguo: crecimiento con tutela militar, alianza con Estados Unidos, doble juego frente al yihadismo, choque con la judicatura, emergencia política y caída final de un régimen que nunca logró convertir su autoridad en legitimidad civil.

Musharraf no fue una excepción en la historia paquistaní, sino una repetición modernizada de su patrón central: cuando la política civil se debilita, el ejército se presenta como árbitro de la nación, gobierna en nombre de la estabilidad y luego descubre que no puede desmontar las contradicciones que lo llevaron al poder.

I. El país donde el ejército siempre vuelve

Mientras que en la India el Congreso de Nehru logró metabolizar las tensiones sociales a través de una maquinaria partidista, en Pakistán la Liga Musulmana se marchitó pronto, dejando un vacío que no llenó el pueblo. Cuando las instituciones civiles son vacías, el único organismo con presupuesto, disciplina y un relato de salvación nacional es el Ejército.

Musharraf no fue una anomalía, sino la reincidencia de un síntoma. En la psicología política paquistaní, el uniforme no se percibe como una herramienta del Estado, sino como el Estado mismo en su forma más pura. Como bien señalas, el Ejército no se ve a sí mismo como una rama del servicio público, sino como el "cuerpo místico" de la nación, el único capaz de evitar que el experimento de 1947 se disuelva en el caos de la corrupción civil o el fanatismo religioso.

Para entender el ascenso de Musharraf en 1999, hay que mirar hacia las cumbres heladas de Kargil. Aquella aventura militar contra la India, diseñada en la sombra por Musharraf sin el pleno conocimiento (o al menos el control) de Nawaz Sharif, fue el prólogo del desastre. Cuando Sharif, bajo presión de Washington, ordenó la retirada, el Ejército sintió que la clase política había "traicionado en los despachos lo que los soldados habían ganado con sangre".

El golpe de octubre de 1999 no fue una conspiración largamente planificada en un sótano, sino una reacción corporativa. Cuando Sharif intentó destituir a Musharraf mientras este volaba de regreso desde Sri Lanka, impidiendo que su avión aterrizara, el Ejército no defendió a un hombre, defendió su jerarquía. El aterrizaje de Musharraf con el combustible bajo mínimos fue el despegue de una nueva era.

Si Zia-ul-Haq fue el dictador del incienso y la Sharia, Musharraf intentó ser el dictador del whisky, el puro y la tecnocracia liberal. Su figura descolocó a Occidente. Se presentaba como un soldado-estadista, un hombre de acción que hablaba un inglés fluido y que prometía limpiar la casa de la "suciedad" de los políticos. Musharraf tuvo la "suerte" geopolítica de que el 11-S sucedió apenas dos años después de su golpe. De la noche a la mañana, el paria que había derrocado una democracia se convirtió en el "aliado indispensable" de Bush en la Guerra contra el Terror. Washington volvió a cometer el error de preferir la estabilidad de un general a la incertidumbre de una urna.

Oldenburg acierta al señalar que el poder en Pakistán es militar-burocrático. Musharraf no gobernó solo con tanques, gobernó con una élite de funcionarios que preferían la eficiencia del mando a la negociación del Parlamento. Creó una estructura de gobiernos locales para saltarse a los partidos tradicionales, intentando construir una base de poder que no dependiera de los apellidos Bhutto o Sharif.

El gran problema de este modelo es que el "guardián" siempre acaba convirtiéndose en el carcelero de la institución que jura proteger. Al presentarse como el único árbitro capaz de salvar a Pakistán de sí mismo, Musharraf profundizó la atrofia de la sociedad civil. 

II. Kargil: la cumbre y el abismo nuclear.

Kargil no fue solo una escaramuza de alta montaña. En 1999, con los ecos de las pruebas nucleares de 1998 todavía vibrando en el subsuelo del sur de Asia, Musharraf decidió poner a prueba la paciencia de la India y la credibilidad del mando civil en Islamabad. La operación fue un "golpe táctico" ejecutado con la precisión de un cirujano y la ceguera política de un tahúr.

Lo que Musharraf buscaba era internacionalizar de nuevo la cuestión de Cachemira, forzando una mediación externa mediante un hecho consumado. Sin embargo, lo que logró fue dejar al descubierto la fractura definitiva del Estado pakistaní: un Ejército que operaba como una entidad soberana, capaz de iniciar una guerra sin que el Primer Ministro conociera los detalles operativos, y un poder civil que, ante los ojos del mundo, parecía no tener las llaves de su propia armería.

Kargil demostró que la posesión de armas nucleares, lejos de estabilizar la región, había creado un espacio de impunidad para el conflicto de baja intensidad. Musharraf calculó mal la reacción internacional. En plena era de la post-Guerra Fría, ni siquiera China apoyó la incursión. Washington, que veía con horror la posibilidad de un intercambio nuclear, se alineó sorprendentemente con Delhi.  El 4 de julio de 1999, un Nawaz Sharif desesperado voló a Estados Unidos para pedirle a Bill Clinton una salida honrosa. La orden de retirada forzosa fue vista en los cuarteles de Rawalpindi como una capitulación civil que desperdiciaba el sacrificio de los soldados en las cumbres.

La tensión entre Sharif y Musharraf tras Kargil no era política, era de supervivencia. Sharif sabía que, mientras Musharraf tuviera el mando, su cabeza pendía de un hilo. El 12 de octubre de 1999, Sharif intentó el movimiento definitivo: destituir a Musharraf mientras este volaba de regreso desde Sri Lanka en un avión comercial de Pakistan International Airlines.

La orden fue clara: el avión no podía aterrizar en suelo pakistaní. Con el combustible agotándose y más de doscientos civiles a bordo, el cielo de Karachi se convirtió en el escenario de un duelo de voluntades. Pero el sistema de Zia había hecho su trabajo: las jerarquías militares no obedecieron al Primer Ministro, sino a su Jefe del Estado Mayor. El Ejército tomó el aeropuerto, permitió el aterrizaje y, antes de que Musharraf pusiera un pie en la pista, Nawaz Sharif ya estaba bajo custodia.

Musharraf no llegó al poder invocando la ley marcial de forma tradicional, sino presentándose como un "salvador tecnocrático". Evitó el título de "Administrador de la Ley Marcial" para llamarse a sí mismo "Jefe Ejecutivo". Su discurso inicial no fue el de un tirano, sino el de un gestor exhausto por la incompetencia de los políticos.

Kargil dejó una lección que todavía resuena: en Pakistán, la seguridad nacional es un coto privado. Los civiles pueden discutir sobre impuestos o educación, pero cuando se trata de la geografía sagrada de Cachemira, el Ejército reclama el monopolio de la acción, convirtiendo cualquier intento de control civil en un acto de sedición.

III. El golpe de 1999: cirugía contra la corrupción

En 1999, Pervez Musharraf no invocó la Ley Marcial con la ferocidad de un conquistador, sino con la condescendencia de un tutor. Se autodenominó "Chief Executive" (Director Ejecutivo), un término extraído del mundo corporativo que sugería eficacia, resultados y, sobre todo, una temporalidad técnica. El país no estaba siendo invadido por su propio ejército; estaba siendo "reestructurado".

Este lenguaje buscaba despojar al golpe de su carga violenta para presentarlo como un trámite administrativo necesario. Musharraf presentó su famoso "Plan de Siete Puntos", una hoja de ruta que prometía desde la reconstrucción de la confianza de los inversores hasta la descentralización del poder. Era el espejismo de la "democracia real": la idea de que para que la democracia funcione, primero hay que limpiar el sistema de los "virus" (los políticos) que lo corrompen.

El problema estructural que señala Oldenburg es que, en este modelo, el "interregno" militar nunca tiene un final natural. Al presentar la política como un sinónimo de saqueo, Musharraf justificó la tutela permanente. Si el paciente (el pueblo) sigue votando por los "médicos equivocados" (los partidos tradicionales), el cirujano siente la obligación moral de no soltar el bisturí. Musharraf no gobernó solo con coroneles. Se rodeó de tecnócratas, economistas del Banco Mundial y funcionarios de carrera que preferían la verticalidad militar a la "caótica" negociación parlamentaria. Fue la alianza entre el sable y el expediente.

IV. El aliado imprescindible después del 11-S

El 11 de septiembre fue, para Musharraf, un regalo envenenado. De la noche a la mañana, el general que había sido condenado al ostracismo por derrocar una democracia y por la temeridad de Kargil, recibió una llamada de Washington que cambió la historia. La famosa advertencia de Richard Armitage —que Pakistán sería bombardeado hasta devolverlo a la "Edad de Piedra" si no cooperaba— marcó el inicio de una relación basada no en la confianza, sino en la coacción mutua.

Musharraf se encontró en la posición más precaria que un líder pakistaní ha ocupado jamás: debía convencer a Estados Unidos de que era su mejor soldado en la "Guerra contra el Terror", mientras intentaba evitar que su propio Estado (y especialmente el ISI) se desmoronara por la traición a sus antiguos activos.

Como bien señala Ahmed Rashid, el apoyo pakistaní a los talibanes en los años 90 no fue un capricho religioso, sino una necesidad geopolítica. Para el mando de Rawalpindi, un Afganistán bajo control talibán era la garantía de que su frontera occidental estaba segura, permitiendo concentrar todos los recursos en la frontera oriental con la India. Cuando Musharraf giró 180 grados tras el 11-S, rompió el espinazo de esa doctrina. Sin embargo, el Estado paquistaní no es un bloque monolítico:

Musharraf entregaba bases logísticas, permitía vuelos de drones y detenía a operativos de Al-Qaeda de "alto valor" para alimentar los titulares en Washington. Mientras tanto, en las Zonas Tribales (FATA) y en Baluchistán, sectores del aparato de seguridad permitían que la cúpula talibán (la Shura de Quetta) se reorganizara.

Con esta jugada, la ayuda estadounidense fluyó en niveles sin precedentes: miles de millones de dólares en asistencia militar y económica que estabilizaron la moneda y permitieron a Musharraf proyectar una imagen de prosperidad tecnocrática. Pakistán fue nombrado "Aliado importante fuera de la OTAN" (Major Non-NATO Ally).

Pero el precio interno fue devastador: Muchos oficiales del ejército y del ISI, educados en la era de Zia bajo el dogma de la yihad contra los soviéticos, se sintieron traicionados. Esto sembró la semilla de la insurgencia interna. Al atacar a grupos militantes por orden de Washington, el Estado paquistaní convirtió a sus antiguos aliados en sus peores enemigos. La guerra "ajena" de EE. UU. se convirtió en una guerra civil sangrienta dentro de las fronteras de Pakistán.

Musharraf acuñó el término "Moderación Esclarecida" para venderle al mundo un Pakistán liberal, moderno y aliado del progreso. Fue un ejercicio de marketing político magistral: mientras bebía whisky con líderes occidentales y hablaba de empoderar a la mujer, sus servicios de inteligencia seguían gestionando las redes que garantizaban que Pakistán no perdiera su silla en el futuro de Afganistán.

Al final, la alianza post 11-S salvó al régimen de Musharraf en el corto plazo, pero condenó al país a una década de atentados, inestabilidad y una crisis de identidad nacional que aún hoy no se ha resuelto. La "retaguardia ambigua" de la que habla Rashid no fue un error de cálculo, sino la única forma que el establishment encontró para sobrevivir a una alianza que percibían como mortal para sus intereses a largo plazo.

V. El quilibrismo de Musharraf

El "doble juego" de Musharraf no fue una simple elección táctica; fue una estrategia de supervivencia existencial que terminó convirtiéndose en su propia celda. Musharraf intentó lo imposible: ser un aliado liberal de Bush en el exterior y el guardián de una estructura de seguridad nacional diseñada por Zia-ul-Haq en el interior. Para sostener este edificio, tuvo que fragmentar la realidad en compartimentos estancos, pero en la era de la información y el terrorismo global, las paredes de esos compartimentos acabaron siendo de cristal. El corazón del doble juego residía en una clasificación táctica que el ISI y Musharraf manejaron con virtuosismo hasta que les estalló en las manos.

  • El talibán "bueno" (Asset estratégico): Eran aquellos que combatían a las fuerzas de la OTAN y a la influencia india en Afganistán. Para Musharraf, estos eran "luchadores por la libertad" o, al menos, instrumentos necesarios para asegurar que Kabul no se convirtiera en un satélite de Nueva Delhi. Se les toleraba, se les daba refugio y se les mantenía en la reserva.

  • El talibán "malo" (Amenaza interna): Eran aquellos que, inspirados por la retórica yihadista, empezaron a ver en el propio Musharraf a un "apóstata" que servía a los intereses de los cruzados. Estos grupos empezaron a atacar al Estado paquistaní, dando lugar al nacimiento del TTP (Tehrik-i-Taliban Pakistan).

La paradoja era insostenible: no puedes alimentar el fuego en el jardín del vecino y esperar que el humo no entre en tu propia casa. Para mantener el control civil, Musharraf aplicó lo que él llamaba "ingeniería política". Al exiliar a los dos grandes líderes (Benazir Bhutto y Nawaz Sharif), dejó un vacío que intentó llenar con dos piezas artificiales:

La PML-Q (El partido del Rey): Una facción de oportunistas y tránsfugas de otros partidos que le daban una pátina de parlamentarismo.

La MMA (Alianza de partidos religiosos): Irónicamente, el "dictador liberal" permitió que los partidos islamistas más radicales tomaran el poder en las provincias fronterizas (NWFP y Baluchistán). Esto le servía para decirle a Washington: "Si no me apoyáis a mí, esto es lo que vendrá después". La amenaza extremista era su mejor moneda de cambio para obtener cheques en blanco de la Casa Blanca.

VI. La Mezquita Roja y el enemigo interno

El asedio de la Mezquita Roja (Lal Masjid) en julio de 2007 no fue un incidente aislado, sino el momento en que las costuras del Estado pakistaní reventaron en prime time. Durante años, el régimen de Musharraf había tratado al extremismo como un termostato que podía subir o bajar según las necesidades de la política exterior. En Islamabad, sin embargo, el termostato se rompió.

Lo que ocurrió en el corazón de la capital fue la escenificación sangrienta del "contragolpe" (blowback). El Estado descubrió, con un horror tardío, que no se puede criar cobras en el patio trasero para que muerdan solo al vecino; las cobras no entienden de pasaportes ni de "profundidad estratégica".

El asalto militar a la mezquita actuó como el catalizador químico para una transformación devastadora en el ecosistema militante: El nacimiento del TTP (Tehrik-i-Taliban Pakistan): Hasta 2007, la militancia en las zonas fronterizas estaba fragmentada y centrada mayoritariamente en Afganistán. Tras Lal Masjid, estas facciones se unificaron bajo una sola bandera con un objetivo nuevo y aterrador: ya no se trataba solo de expulsar a los estadounidenses de Kabul, sino de derrocar al "Estado apóstata" de Islamabad. Por primera vez, el Ejército —la institución más sagrada del país— se convirtió en el blanco principal. Los cuarteles, los convoyes y hasta las sedes del ISI empezaron a saltar por los aires. El soldado pakistaní, que siempre se había visto como el defensor de la fe, se encontró luchando en una guerra fratricida donde el enemigo rezaba hacia la misma Meca.

La Mezquita Roja desnudó la impotencia de la retórica de Musharraf. Su proyecto de modernización desde arriba se reveló como una fachada frágil que no podía contener la marea de radicalismo que la propia estructura militar había ayudado a sembrar desde la era de Zia-ul-Haq.

Para la clase media urbana y liberal, el asedio demostró que Musharraf había perdido el control. Para los sectores conservadores y rurales, el general se convirtió definitivamente en un "perro de Washington" que disparaba contra estudiantes de madrazas.  El mayor problema para los servicios de inteligencia fue que muchos de los militantes de Lal Masjid tenían vínculos históricos con el propio aparato de seguridad. El Estado estaba combatiendo a sus propios antiguos empleados.

La Mezquita Roja fue el prólogo del fin. A partir de ese momento, la seguridad nacional dejó de ser un concepto proyectado hacia el exterior (India o Afganistán) para convertirse en una lucha desesperada por el control de las propias calles de Islamabad. La "cirugía" de la que hablaba el régimen se estaba practicando ahora sobre el propio corazón del Estado, y el paciente estaba empezando a desangrarse sin remedio.

La crisis judicial: el dictador tropieza con la ley

El otro gran frente fue la judicatura. En 2007, Musharraf suspendió al presidente del Tribunal Supremo, Iftikhar Muhammad Chaudhry. La decisión activó un movimiento de abogados, protestas urbanas y una crisis política que golpeó el corazón de su legitimidad.

Hasta entonces, Musharraf había podido presentarse como administrador racional frente a políticos desacreditados e islamistas peligrosos. Pero el movimiento judicial lo expuso como lo que era: un gobernante que no podía tolerar un poder institucional autónomo si este amenazaba su continuidad.

Ese fue el punto donde la fachada empezó a quebrarse. La ley, que el régimen usaba para ordenar, podía volverse contra el régimen. El general que había prometido limpiar el Estado aparecía ahora como obstáculo para el Estado de derecho.

La autocracia tecnocrática se reveló como autocracia sin adjetivos.

Estado de emergencia y final

En noviembre de 2007, Musharraf declaró el estado de emergencia. Suspendió garantías, restringió medios y presionó a la judicatura. Era el gesto clásico de un régimen que ya no puede gobernar solo mediante legitimidad y administración: cuando se agota la autoridad, aparece la excepción.

El asesinato de Benazir Bhutto en diciembre de 2007 agravó la crisis. Las elecciones de 2008 debilitaron al bloque favorable al régimen. Musharraf dimitió en agosto de ese año para evitar un proceso de destitución.

Su caída mostró los límites del militarismo personalista. El ejército como institución sobrevivió; Musharraf como figura, no. En Pakistán, los generales pueden irse, pero la estructura militar permanece.

Luces y sombras

Las luces existen, aunque sean limitadas. Musharraf intentó proyectar una imagen de modernización, apertura económica y moderación frente al extremismo. Permitió cierta expansión mediática. Abrió espacios que luego también contribuyeron a erosionar su propio poder. En política exterior, entendió que Pakistán no podía seguir completamente aislado tras el 11-S y maniobró para obtener recursos y relevancia.

Pero las sombras son centrales. Llegó por golpe. Subordinó la democracia al ejército. Manipuló instituciones. Mantuvo ambigüedad frente a redes militantes. Profundizó la dependencia paquistaní respecto a la lógica de seguridad. Chocó con la justicia cuando esta dejó de ser obediente. Declaró emergencia para sostenerse. No resolvió la cuestión afgana, ni la relación con India, ni el dominio político del ejército, ni la fragilidad civil del Estado.

Musharraf no fue el peor dictador de Asia. Pero sí fue un caso ejemplar de autoritarismo militar modernizador: discurso racional, traje internacional, alianza con Washington, elecciones controladas y poder real en uniforme.

Quién ganó y quién pagó

Ganó el ejército, que conservó su papel como árbitro del país.
Ganaron sectores tecnocráticos y empresariales conectados con la estabilidad del régimen.
Ganó Estados Unidos, durante un tiempo, al obtener un aliado logístico indispensable.
Ganaron algunos medios urbanos al ampliarse parcialmente el espacio comunicativo, aunque luego sufrieran límites.

Pagaron otros.

Pagaron los civiles, porque su soberanía siguió condicionada.
Pagó la judicatura cuando desafió al poder.
Pagaron periodistas y activistas durante la emergencia.
Pagaron los habitantes de las zonas fronterizas, atrapados entre guerra, drones, militancia y ejército.
Pagó Pakistán, porque volvió a aplazar la pregunta central: quién manda realmente, el voto o el uniforme.

Conclusión: el general del paréntesis permanente

Pervez Musharraf llegó prometiendo corregir la política. Terminó demostrando el problema de fondo de Pakistán: cada vez que el ejército entra para “salvar” al Estado, debilita más la posibilidad de que el Estado sea gobernado por civiles.

Su régimen fue una dictadura con lenguaje moderno. No se parecía a la teocracia talibán ni al totalitarismo comunista. Era otro tipo de autocracia: militar, tecnocrática, aliada de Occidente, electoralmente maquillada y obsesionada con la seguridad.

Musharraf quiso ser el general que modernizaba Pakistán. Pero nunca pudo escapar de la lógica que lo llevó al poder: la idea de que el ejército sabe más que la sociedad, que la seguridad está por encima de la soberanía ciudadana y que la democracia puede suspenderse hasta que se vuelva conveniente.

Ese fue su fracaso. No gobernó para destruir Pakistán. Gobernó diciendo que quería salvarlo. Pero, como tantos autócratas, confundió salvar el Estado con conservar el mando.

Bibliografía 

Oldenburg, Philip. India, Pakistan, and Democracy: Solving the Puzzle of Divergent Paths. Routledge, 2010.

Rashid, Ahmed. Taliban: The Power of Militant Islam in Afghanistan and Beyond. I.B. Tauris / Bloomsbury, 3.ª ed., 2022.


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