EE. UU. e Irán: la enemistad no zanjada
Del golpe contra Mosaddeq a la guerra no declarada de Trump
El 3 de enero de 2020, un dron estadounidense mató en Bagdad a Qasem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria iraní. Murió también Abu Mahdi al-Muhandis, figura clave de las milicias chiíes iraquíes. El ataque no ocurrió en Teherán ni en Washington, sino en Irak, y ese detalle resume la naturaleza real del conflicto: Estados Unidos e Irán llevan décadas enfrentándose casi siempre a través de terceros, en territorios intermedios, con guerras que rara vez se declaran y que casi nunca terminan.
La muerte de Soleimani fue presentada por Donald Trump como un acto defensivo contra un arquitecto del terror regional. Para Irán, fue el asesinato de un alto comandante estatal, una agresión directa y una humillación que exigía respuesta. Teherán disparó misiles contra bases estadounidenses en Irak; Washington evitó una guerra abierta; ambos lados cruzaron líneas que hasta entonces habían intentado mantener borrosas. No fue una guerra total, pero sí fue el momento en que la guerra encubierta dejó de parecer encubierta.
La tesis central es esta: la relación entre EE. UU. e Irán no es una enemistad inevitable entre “Occidente” e “islam”, ni una simple lucha entre democracia y teocracia. Es una disputa histórica por soberanía, seguridad y orden regional. Estados Unidos ha visto a Irán como pieza estratégica, después como amenaza revolucionaria y finalmente como potencia desestabilizadora. Irán ha visto a Estados Unidos como protector inicial, después como tutor imperial, después como arquitecto de humillación nacional y finalmente como amenaza permanente de cambio de régimen.
Cada crisis ha confirmado la memoria de la anterior. Para Irán, 1953 explica 1979. Para Estados Unidos, 1979 explica la obsesión con Irán. Para Teherán, las sanciones y la presión nuclear prueban que Washington quiere rendición. Para Washington, las milicias, el programa nuclear y la retórica antiisraelí prueban que Irán no puede ser tratado como un actor normal. Así, la relación se ha convertido en una máquina de producir sospecha.
James A. Bill, en The Eagle and the Lion, describe la relación como una tragedia histórica: una relación que empezó con simpatía relativa y acabó marcada por petróleo, intervención, malentendidos, arrogancia, represión, revolución y fracaso diplomático . Seyed Hossein Mousavian, desde una mirada iraní, insiste en que el conflicto está atravesado por más de tres décadas de desconfianza, contactos esporádicos y malentendidos que han convertido cualquier negociación en una batalla contra la memoria .
I. Irán antes de Estados Unidos: una nación entre imperios
Irán no es un Estado artificial nacido de la descomposición otomana. Es una de las grandes civilizaciones políticas de Eurasia, heredera de Persia, marcada por una continuidad cultural que atraviesa imperios, invasiones, islamización, dinastías turcas, mongolas, safávidas, qajares y pahlavíes. Esa profundidad histórica importa porque Irán no se piensa a sí mismo como un país menor que debe obedecer a un tutor exterior. Se piensa como una civilización antigua obligada a sobrevivir entre potencias más fuertes.
Durante el siglo XIX, Persia vivió atrapada entre Rusia y Gran Bretaña. Rusia presionaba desde el Cáucaso y Asia Central; Gran Bretaña miraba hacia el Golfo y la India. Las concesiones económicas, las derrotas militares, los tratados desiguales y las zonas de influencia crearon una sensibilidad política muy fuerte contra la intervención extranjera. La soberanía iraní no fue una abstracción jurídica: fue una ansiedad histórica.
En ese contexto, Estados Unidos apareció al principio como una potencia distinta. No tenía frontera con Irán, no había participado en el “Gran Juego” anglo-ruso y podía parecer una tercera fuerza, menos contaminada que Londres o San Petersburgo. Bill recuerda que, antes de 1953, muchos líderes iraníes vieron a Estados Unidos como posible contrapeso frente a las presiones de Gran Bretaña y Rusia .
Ese punto es esencial. Irán no nació antiamericano. El antiamericanismo iraní fue producido históricamente. Y su punto de inflexión fue 1953.
II. Mosaddeq, petróleo y el golpe de 1953
Mohammad Mosaddeq no fue un comunista soviético ni un agitador marginal. Fue un nacionalista iraní, defensor de la soberanía constitucional y símbolo de una aspiración concreta: que Irán controlara su petróleo. La nacionalización de la Anglo-Iranian Oil Company fue, para muchos iraníes, una reparación histórica frente a décadas de explotación extranjera.
Gran Bretaña no aceptó esa pérdida. Estados Unidos, que inicialmente podía haber actuado como mediador, terminó implicándose en la operación que derribó a Mosaddeq en 1953. La lógica estadounidense se enmarcaba en la Guerra Fría: miedo al partido Tudeh, temor a la influencia soviética, defensa del petróleo y necesidad de estabilizar un país estratégico. La lectura iraní fue muy distinta: Washington había elegido a la monarquía, al petróleo y al orden imperial antes que a la soberanía democrática de Irán.
Ahí se rompió la imagen de Estados Unidos como tercera fuerza benévola. Bill señala que, tras la participación estadounidense en el derrocamiento de Mosaddeq, nacionalistas, izquierdistas y religiosos empezaron a ver a Estados Unidos como una fuerza imperial opresiva; el protector se había convertido en explotador .
1953 fue más que un golpe. Fue una pedagogía. Enseñó a muchos iraníes que la democracia era tolerada por Occidente mientras no tocara intereses estratégicos. Enseñó que la soberanía energética podía ser castigada. Enseñó que el sha no gobernaba solo por legitimidad interna, sino por una arquitectura exterior.
Estados Unidos recordaría 1953 como una operación exitosa de contención. Irán lo recordaría como humillación nacional.
III. El sha: modernización sin legitimidad
Después de 1953, Mohammad Reza Pahlaví se convirtió en el gran aliado estadounidense en el Golfo. Para Washington, Irán era una pieza perfecta: frontera con la Unión Soviética, petróleo, ejército fuerte, monarquía prooccidental, comprador de armas y barrera contra el nacionalismo radical árabe y el comunismo. Irán debía ser pilar de estabilidad.
El problema fue que esa estabilidad era más superficial que real. El sha modernizó, urbanizó, expandió educación, impulsó reformas económicas, fortaleció el Estado y proyectó una imagen de grandeza nacional. Pero también gobernó mediante policía política, censura, tortura, desigualdad, corrupción, represión de partidos, subordinación del parlamento y dependencia exterior.
Washington confundió orden con legitimidad. Vio palacios, contratos militares, petróleo y discursos modernizadores, pero no leyó con suficiente profundidad el resentimiento de los bazaríes, los clérigos, los estudiantes, los intelectuales, los nacionalistas y los sectores populares desplazados por una modernización rápida y autoritaria.
Bill critica precisamente esa falsa confianza estadounidense: durante años, la información que llegaba a Washington desde la embajada, la élite iraní y los medios reforzó la imagen de un régimen estable; incluso informes oficiales hablaban de una estabilidad doméstica casi monótona poco antes de la revolución .
La política estadounidense hacia el sha fue eficaz a corto plazo y destructiva a largo plazo. Construyó un aliado fuerte, pero también convirtió a Estados Unidos en copropietario simbólico de su represión.
IV. 1979: revolución, islam y antiimperialismo
La Revolución iraní de 1979 no puede reducirse a fanatismo religioso. Fue una revolución contra el sha, contra la represión, contra la desigualdad, contra la occidentalización impuesta y contra la memoria de intervención extranjera. Clérigos, bazaríes, estudiantes, nacionalistas, izquierdistas, liberales, trabajadores urbanos y sectores tradicionales coincidieron en una cosa: el régimen del sha debía caer.
Jomeini convirtió esa coalición diversa en una república islámica. La revolución tuvo una dimensión chií profunda, pero también una dimensión nacional: Irán debía dejar de ser cliente de Estados Unidos. El islam político ofreció un lenguaje capaz de unir soberanía, justicia, martirio, antiimperialismo y disciplina revolucionaria.
Jon Armajani subraya que la Revolución Islámica de 1979 transformó las dinámicas de poder en Oriente Medio y se convirtió en punto de referencia para la política chií en Irán, Irak y Líbano . Esa revolución no fue solo cambio de régimen interno. Fue un terremoto regional.
La toma de la embajada estadounidense en Teherán, en noviembre de 1979, cristalizó la ruptura. Para los revolucionarios iraníes, la embajada era una guarida de espionaje y posible repetición de 1953. Para Estados Unidos, fue una humillación intolerable: diplomáticos secuestrados durante 444 días, impotencia presidencial, trauma televisado y nacimiento de una imagen duradera de Irán como enemigo irracional.
Mousavian interpreta la crisis de los rehenes como desenlace de desconfianza, percepciones erróneas y análisis equivocados acumulados entre ambos países . Desde entonces, cada lado empezó a vivir dentro de una narrativa cerrada. Irán hablaba del Gran Satán. Estados Unidos hablaba de fanatismo islámico.
La relación dejó de ser diplomacia. Se convirtió en identidad.
V. La guerra Irán-Irak: la herida que Estados Unidos subestimó
En 1980, Saddam Hussein invadió Irán. La guerra duró ocho años y devastó al país. Para Irán, fue una guerra de supervivencia nacional y revolucionaria. Para Estados Unidos, fue una oportunidad para contener a una república islámica que había humillado a Washington y amenazaba el equilibrio del Golfo.
La política estadounidense no fue simplemente “proiraquí” en todos los niveles, pero sí fue profundamente antiiraní. Washington temía que Irán ganara la guerra, exportara la revolución, desestabilizara a las monarquías del Golfo y alterara el mercado energético. Por eso, durante los años ochenta, Estados Unidos toleró o facilitó elementos del esfuerzo iraquí, protegió la navegación en el Golfo y terminó chocando militarmente con Irán en una guerra no declarada.
Mousavian describe los años ochenta como una década de guerra, consolidación de la revolución, hostilidad mutua, Irán-Contra, guerra no declarada estadounidense contra Irán y heridas no cerradas como el derribo del vuelo Iran Air 655 por el USS Vincennes en 1988 .
Este punto es crucial. Para muchos estadounidenses, el gran trauma fue la crisis de los rehenes. Para muchos iraníes, el trauma fue que el país fue invadido, atacado con armas químicas por Irak y aislado por potencias que decían defender el orden internacional. La guerra reforzó la idea de que Irán debía defenderse solo, desarrollar autonomía militar y construir redes regionales propias.
La República Islámica aprendió una lección dura: sin profundidad estratégica, Irán podía volver a quedar cercado.
VI. Irán-Contra: negociar con el enemigo mientras se le demoniza
El escándalo Irán-Contra mostró la hipocresía estructural de la relación. En público, Reagan denunciaba a Irán como parte del universo del terrorismo. En secreto, emisarios estadounidenses vendían armas a Teherán para intentar liberar rehenes en Líbano y desviar fondos a los contras nicaragüenses.
La escena que abre The Eagle and the Lion es casi grotesca: enviados vinculados a la administración Reagan volando a Teherán con una tarta, pistolas y piezas de misiles Hawk, en una misión secreta aprobada al más alto nivel .
Para Washington, Irán-Contra fue escándalo político. Para Teherán, fue confirmación de algo más profundo: Estados Unidos podía llamar terrorista a Irán y negociar con él al mismo tiempo. La enemistad era real, pero no impedía el cálculo. El desprecio público convivía con contactos clandestinos.
Bill ve Irán-Contra como síntoma de fallos persistentes en la política estadounidense hacia Irán: ignorancia, conflictos burocráticos, obsesión soviética, redes informales de decisión y una peligrosa confianza en intermediarios dudosos .
Irán-Contra no abrió una salida. Profundizó el cinismo.
VII. El vuelo Iran Air 655: la memoria que Washington no asumió igual
El 3 de julio de 1988, el USS Vincennes derribó el vuelo Iran Air 655 sobre el Golfo Pérsico. Murieron 290 personas. Estados Unidos sostuvo que fue un error en un contexto de tensión militar. Irán lo vivió como una prueba de que la vida iraní podía ser destruida y luego tratada como daño colateral.
Este episodio rara vez ocupa en la memoria estadounidense el mismo lugar que la crisis de los rehenes. En Irán, sin embargo, forma parte de un archivo de agravios junto a 1953, el apoyo al sha, la guerra con Irak y las sanciones.
La relación EE. UU.-Irán está atrapada en memorias asimétricas. Cada país recuerda su humillación y relativiza la del otro. Washington recuerda rehenes. Teherán recuerda Mosaddeq, el sha, Saddam, el Vincennes y la presión económica. Ambas memorias son parciales, pero no son inventadas.
Ese es el problema: la hostilidad se alimenta de heridas reales.
VIII. Rafsanjani y Khatami: la distensión que no cuajó
Tras la muerte de Jomeini en 1989, Irán entró en una etapa más pragmática bajo Hashemi Rafsanjani. El país necesitaba reconstruirse después de la guerra, normalizar parcialmente relaciones económicas y reducir aislamiento. Pero Estados Unidos no estaba preparado para una reconciliación amplia, e Irán tampoco quería pagar el precio político interno de abandonar su identidad revolucionaria.
Con Mohammad Khatami, elegido en 1997, apareció una ventana más clara. Khatami habló de “diálogo de civilizaciones”, hubo mayor apertura cultural, sectores reformistas ganaron fuerza y pareció posible desmontar la imagen de Irán como régimen monolítico. Pero los obstáculos eran enormes: desconfianza de Khamenei, presión de los duros iraníes, oposición estadounidense, intereses israelíes y saudíes, sanciones, memoria de los rehenes y miedo a que la apertura debilitara al régimen.
Mousavian describe esta etapa como una oportunidad real pero frustrada: Khatami propuso diálogo, Clinton buscó una forma de reconciliación, pero los gestos fueron confusos y la confianza nunca alcanzó para transformar la relación .
La lección fue amarga. En la relación EE. UU.-Irán, incluso los moderados negocian con fantasmas. Cada concesión puede ser denunciada como traición. Cada gesto puede ser leído como trampa. Cada oportunidad depende de sistemas políticos que se desconfían incluso cuando coinciden.
IX. 11-S, Afganistán e Irak: cooperación breve, desastre largo
Después del 11-S, Irán y Estados Unidos compartieron un enemigo: los talibanes. Irán había estado enfrentado a ellos y tenía interés en una Afganistán pos-talibán que reconociera a las comunidades chiíes y no se convirtiera en plataforma antiiraní. Hubo cooperación indirecta y contactos útiles.
Pero esa ventana se cerró pronto. En 2002, George W. Bush incluyó a Irán en el “eje del mal”, junto a Irak y Corea del Norte. Para Teherán, el mensaje fue claro: cooperar con Estados Unidos no garantizaba reconocimiento. La sospecha de cambio de régimen volvió con fuerza.
La invasión de Irak en 2003 produjo una paradoja histórica. Estados Unidos eliminó a Saddam Hussein, el gran enemigo de Irán, pero al hacerlo destruyó el equilibrio regional que contenía a Teherán. El nuevo Irak, de mayoría chií, abrió a Irán una influencia que nunca habría logrado bajo Saddam. Milicias, partidos, redes religiosas, comercio, inteligencia y la Fuerza Quds encontraron un espacio enorme.
Washington ganó Bagdad militarmente, pero Irán ganó profundidad política. La guerra de Irak fue, en ese sentido, una de las mayores ayudas involuntarias de Estados Unidos a la República Islámica.
X. El programa nuclear: derecho soberano o amenaza existencial
El programa nuclear iraní se convirtió en el centro del conflicto. Para Irán, el enriquecimiento de uranio era derecho soberano, símbolo de orgullo científico y garantía de que el país no sería tratado como colonia tecnológica. Para Estados Unidos e Israel, podía ser el camino hacia el arma nuclear y alterar por completo el equilibrio regional.
El problema no era solo técnico. Era histórico. Irán no confiaba en Estados Unidos porque recordaba 1953, el sha, la guerra con Irak, las sanciones y el discurso de cambio de régimen. Estados Unidos no confiaba en Irán porque recordaba 1979, Hezbollah, las milicias, el secretismo nuclear y la retórica antiisraelí. En ese clima, cada centrifugadora parecía una prueba de agresión para uno y una prueba de dignidad para el otro.
En el prólogo de Iran and the United States, Thomas Pickering resume bien el dilema: Irán quería preservar un programa civil limitado y vigilado; Estados Unidos buscaba garantías suficientes de que no habría desviación hacia armas nucleares; ambos estaban separados por décadas de sospecha y malentendidos .
El JCPOA de 2015 fue la respuesta más racional a esa desconfianza: no exigía confianza plena, sino verificación. Irán aceptaba límites e inspecciones; Estados Unidos y otros actores aceptaban alivio de sanciones. No resolvía Hezbollah, Siria, Israel, misiles ni derechos humanos. Pero resolvía parcialmente el núcleo nuclear.
Precisamente por eso era vulnerable. Era un acuerdo técnico dentro de una enemistad política no resuelta.
XI. Trump: máxima presión y destrucción del acuerdo
Donald Trump llegó al poder con una lectura simple: el JCPOA era “el peor acuerdo”, Irán había recibido demasiado y Estados Unidos debía recuperar fuerza mediante sanciones, aislamiento y presión. En 2018, Washington se retiró del acuerdo y reimpuso sanciones. La política fue llamada “máxima presión”.
La idea era obligar a Irán a aceptar un acuerdo más duro que incluyera no solo el programa nuclear, sino misiles, influencia regional y comportamiento estratégico. Pero la máxima presión tenía un problema estructural: exigía que Irán se rindiera políticamente ante el mismo país que acababa de romper un acuerdo firmado.
Medea Benjamin, en Inside Iran, señala que Trump había prometido desde campaña romper el acuerdo nuclear, que su primera gran gira exterior fue a Arabia Saudí y que su administración combinó nuevas sanciones, hostilidad hacia Irán y alineamiento con los rivales regionales de Teherán .
La salida del JCPOA reforzó a los sectores duros iraníes. Les dio un argumento perfecto: no se puede confiar en Estados Unidos. Si Irán negocia, Washington puede retirarse. Si Irán concede, Washington puede exigir más. Si Irán cumple, Washington puede castigar igualmente.
Trump quiso debilitar al régimen iraní. Pero también debilitó a quienes en Irán defendían que negociar con Estados Unidos podía producir resultados.
XII. Soleimani: la guerra no declarada sale a la superficie
Qasem Soleimani era mucho más que un general. Era el arquitecto de la profundidad regional iraní: Irak, Siria, Líbano, milicias chiíes, Hezbollah, vínculos con actores no estatales, defensa del régimen de Assad y guerra contra ISIS. Para sus enemigos, era el cerebro de una red de violencia. Para sus partidarios, era el hombre que había mantenido a Irán lejos de una nueva invasión y había expandido su capacidad de disuasión.
David L. Phillips muestra, desde una lectura muy crítica con la política estadounidense hacia los kurdos, el peso regional de Soleimani y de las milicias apoyadas por Irán en Irak; en su análisis, la crisis de Kirkuk de 2017 fue una muestra de cómo la influencia iraní podía avanzar en los vacíos y contradicciones de la política estadounidense .
El asesinato de Soleimani en enero de 2020 fue, por tanto, una ruptura. Estados Unidos no atacaba solo a una milicia aliada de Irán. Mataba directamente a una figura central del Estado iraní, en territorio iraquí, cerca de actores locales vinculados a la estructura política posterior a 2003. La guerra de sombras pasaba a ser guerra quirúrgica abierta.
Irán respondió con misiles contra bases estadounidenses en Irak. La respuesta fue calculada: suficientemente visible para no parecer débil, suficientemente limitada para evitar una guerra total. Trump, por su parte, evitó una escalada mayor. Ambos lados quisieron demostrar fuerza sin perder el control.
Esa fue la “guerra de Trump” con Irán: no una invasión como Irak en 2003, sino una guerra de coerción, sanciones, asesinatos selectivos, milicias, bases, drones, misiles y cálculo de umbral. Una guerra no declarada que estuvo varias veces a punto de convertirse en guerra abierta.
XIII. La paradoja Trump: mucha presión, poca estrategia
La política de Trump contra Irán fue dura, pero no necesariamente estratégica. La máxima presión produjo dolor económico, debilitó el acuerdo nuclear, aumentó tensión regional y llevó a una escalada militar peligrosa. Pero no consiguió una rendición iraní ni un nuevo acuerdo mejor. Tampoco destruyó la red regional de Irán.
Al contrario, confirmó varias convicciones del régimen iraní. Primero, que Estados Unidos solo entiende fuerza. Segundo, que los acuerdos con Washington son reversibles. Tercero, que la supervivencia requiere disuasión regional. Cuarto, que las milicias y aliados no estatales son instrumentos indispensables para evitar que la guerra llegue directamente al territorio iraní.
Trump intentó imponer un dilema: negociar bajo presión o sufrir aislamiento. Irán respondió con otro dilema: resistir hasta que la presión se volviera políticamente costosa para Estados Unidos. Ninguna de las dos partes obtuvo una victoria limpia.
La política de Trump fue eficaz para destruir el marco diplomático de Obama. Fue mucho menos eficaz para construir un orden alternativo.
XIV. Irán no es solo Irán: Israel, Arabia Saudí, Irak y la región
La relación EE. UU.-Irán nunca es bilateral. Siempre hay terceros. Israel ve a Irán como amenaza existencial por su programa nuclear, su apoyo a Hezbollah y su presencia indirecta en Siria. Arabia Saudí ve a Irán como rival regional, religioso y estratégico. Irak es escenario y árbitro involuntario. Siria y Líbano forman parte de la red de influencia iraní. El Golfo es ruta energética y campo de presión militar. Rusia y China aparecen como contrapesos posibles frente a la presión occidental.
Mousavian recuerda que la relación entre Irán y Estados Unidos afecta a la estabilidad del Golfo Pérsico, la seguridad energética, Irak, Afganistán, Siria, Líbano, el extremismo regional y la cuestión nuclear . Esto significa que ninguna negociación entre Washington y Teherán se produce en el vacío.
Cuando Estados Unidos presiona a Irán, Israel y Arabia Saudí suelen ver oportunidad. Cuando Estados Unidos negocia con Irán, esos mismos actores temen abandono. Cuando Irán se siente cercado, activa redes regionales. Cuando gana margen, sus rivales se movilizan. La relación bilateral funciona como eje de un sistema regional entero.
Por eso una paz simple es difícil. No basta con que Washington y Teherán quieran reducir tensión. Deben lidiar con aliados, enemigos, milicias, memoria y fronteras rotas por décadas de guerra.
XV. A quién beneficia la enemistad
La enemistad beneficia a los duros de ambos lados. En Irán, permite justificar represión, censura, securitización, control ideológico y persecución de opositores acusados de servir a intereses extranjeros. El antiamericanismo funciona como legitimidad revolucionaria y como herramienta interna de poder.
En Estados Unidos, la enemistad beneficia a quienes prefieren una política de sanciones, presión militar y alineamiento con los rivales regionales de Irán. Irán funciona como enemigo útil: explica gasto militar, alianzas, bases, ventas de armas y presencia permanente en Oriente Medio.
También beneficia a actores regionales. Monarquías del Golfo, grupos armados, milicias, contratistas, redes de seguridad, traficantes y economías de sanciones viven mejor en la tensión que en la normalización.
Perjudica, sobre todo, a las sociedades. Perjudica a los iraníes que sufren sanciones, autoritarismo interno y aislamiento. Perjudica a los estadounidenses arrastrados a guerras de baja intensidad y crisis permanentes. Perjudica a iraquíes, sirios, libaneses, yemeníes y afganos, cuyos países se convierten en escenarios de rivalidades ajenas.
La enemistad EE. UU.-Irán es rentable para los aparatos de seguridad. Es ruinosa para los pueblos.
XVI. Conclusión: dos países atrapados en la arquitectura de su miedo
Estados Unidos quiso convertir Irán en pilar de su orden regional. Irán convirtió la resistencia a Estados Unidos en pilar de su revolución. Esa es la raíz de la tragedia.
Washington no ha podido aceptar fácilmente a un Irán autónomo, antiisraelí, armado de redes regionales y resistente a la disciplina estadounidense. Teherán no ha podido aceptar fácilmente que cualquier negociación con Washington no sea una trampa, una antesala de subordinación o un intento de cambio de régimen. Cada uno ve en el otro la confirmación de su peor temor.
La historia empezó con una posibilidad de simpatía. Se quebró con el golpe de 1953. Se incendió con la revolución de 1979. Se militarizó con la guerra Irán-Irak. Se envenenó con los rehenes, el Vincennes, Irán-Contra y las sanciones. Se volvió nuclear con el conflicto del enriquecimiento. Pareció encontrar una salida parcial con el JCPOA. Trump rompió esa salida y llevó la relación al borde de una guerra abierta.
La “guerra de Trump” contra Irán no fue una guerra convencional. Fue una guerra de presión máxima, sanciones, drones, bases atacadas, milicias movilizadas y asesinatos selectivos. No resolvió el problema iraní. Lo endureció.
La lección histórica es incómoda: EE. UU. e Irán tienen intereses que podrían negociar, pero identidades políticas construidas contra el otro. Irán necesita a Estados Unidos como enemigo para sostener parte de su relato revolucionario. Estados Unidos necesita a Irán como amenaza para justificar parte de su arquitectura regional.
Por eso la relación no se rompe del todo y tampoco se arregla. Permanece en ese espacio intermedio donde los enemigos se estudian, se sancionan, se golpean, negocian en secreto, se necesitan y se temen.
Estados Unidos ve en Irán una amenaza al orden que construyó.
Irán ve en Estados Unidos la amenaza que explica su revolución.
Y mientras ambos sigan gobernados por esas memorias, cada acuerdo será provisional y cada crisis parecerá una repetición de todas las anteriores.
Bibliografía
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