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ASIA FRAGMENTADA

Un atlas del poder en Asia. Historia política, económica y geopolítica de raíces largas. Asia no es un bloque. Es un continente inmenso definido por sus fracturas: imperios y posimperios, revoluciones y restauraciones, monarquías que se adaptan, partidos-Estado que se endurecen, elecciones sin alternancia y aparatos que gobiernan desde la sombra. Asia Fragmentada existe para mirar el poder de frente, donde más le gusta esconderse.

Historia política, económica y geopolítica de Asia
ASIA FRAGMENTADA

Un atlas del poder en Asia: imperios, revoluciones, autocracias, guerras frías, propaganda, fronteras y fracturas geopolíticas.

Azerbaiyán: petróleo, dinastía y Cáucaso


Bakú, Karabaj y la maquinaria de poder de los Aliyev

Azerbaiyán es un Estado caucásico rentista que ha sabido transformar tres debilidades en poder. Convirtió la dependencia del petróleo en soberanía negociable, la herencia soviética en un aparato presidencial y la derrota de Karabaj en una legitimidad dinástica.

Azerbaiyán no se entiende únicamente mirando su tamaño en el mapa, porque su importancia real no procede de la extensión territorial, sino de la posición que ocupa entre imperios, rutas energéticas, memorias nacionales enfrentadas y recursos estratégicos. Es un país pequeño en una región donde la pequeñez nunca ha significado irrelevancia, porque al norte se encuentra Rusia, antiguo centro imperial del Cáucaso; al sur está Irán, que contiene dentro de sus fronteras a millones de azeríes y observa con recelo cualquier nacionalismo túrquico que pueda proyectarse hacia su propio territorio; al oeste está Armenia, con la herida de Karabaj como núcleo de una disputa histórica y emocional; y, más allá, Turquía ofrece a Bakú una salida estratégica, un parentesco lingüístico-cultural y una alianza militar que ha transformado el equilibrio regional.

La clave está en que Azerbaiyán ha convertido esa vulnerabilidad geográfica en una forma de poder. No podía comportarse como una gran potencia, pero sí podía convertirse en un corredor indispensable; no podía enfrentarse abiertamente a todos sus vecinos, pero sí podía jugar con sus rivalidades; no podía depender solo de Rusia, de Turquía, de Irán o de Occidente, pero sí podía utilizar a unos para limitar la presión de los otros. En esa habilidad para sobrevivir entre fuerzas mayores se encuentra una de las claves de su historia contemporánea.

El relato oficial de Bakú presenta a la familia Aliyev como la arquitectura de continuidad que salvó al país del caos postsoviético, convirtió el petróleo en desarrollo, reconstruyó el ejército y terminó recuperando Karabaj. Esa narrativa funciona porque une tres promesas muy poderosas: estabilidad frente al desorden, prosperidad frente a la pobreza postsoviética y victoria frente a la humillación nacional. No es un simple discurso propagandístico sin base real, porque Azerbaiyán sí salió del colapso de los años noventa, sí acumuló riqueza energética, sí fortaleció sus fuerzas armadas y sí alteró el equilibrio militar frente a Armenia. El problema es que esa misma cadena de éxito exterior consolidó un sistema político cerrado, donde el Estado, el petróleo, el ejército, el partido gobernante y la familia presidencial se fueron fundiendo en una sola maquinaria.

I. Bakú antes que Azerbaiyán: el petróleo como origen de la política moderna

Antes de que Azerbaiyán fuera una república independiente consolidada, Bakú ya era una capital mundial del petróleo. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad no era una periferia atrasada del Imperio ruso, sino un espacio industrial de primer orden donde se cruzaban capital extranjero, tecnología occidental, empresarios armenios, élites musulmanas azeríes, trabajadores iraníes, sindicatos, prensa, socialistas, nacionalistas y agentes imperiales. El petróleo convirtió a Bakú en una ciudad demasiado rica para quedar fuera de los cálculos de Rusia, Gran Bretaña, Turquía o cualquier actor que quisiera influir en el Cáucaso.

Por eso Bakú no debe aparecer en el artículo como simple antecedente económico, sino como el origen material de la política azerbaiyana moderna. El petróleo creó dinero, pero también creó Estado, policía, movimiento obrero, rivalidades étnicas, burguesías enfrentadas, miedo imperial y dependencia exterior. Desde el principio, el subsuelo de Bakú produjo algo más que combustible: produjo relaciones de mando. Quien controlaba el petróleo controlaba presupuesto, trabajo, seguridad, alianzas, capacidad militar y prestigio internacional.

La importancia de Hasanli está precisamente en mostrar que la sovietización de Azerbaiyán no puede entenderse solo como expansión del comunismo, porque Bakú y el petróleo del Caspio formaban parte de una lucha geopolítica más amplia entre Rusia, Turquía, Irán y las potencias occidentales. Los bolcheviques no entraron en Azerbaiyán únicamente para imponer una ideología, sino para asegurar una pieza energética decisiva e impedir que el Cáucaso petrolero quedara en manos de fuerzas hostiles a Moscú.

De ahí nace una de las contradicciones permanentes del país: el petróleo da poder, pero también atrae tutelas; permite negociar, pero convierte el territorio en objeto de deseo exterior; crea margen para una política nacional, pero al mismo tiempo expone al país a presiones que ningún Estado pequeño puede ignorar.

II. 1918-1920: una independencia nacida dentro de una subasta imperial

La República Democrática de Azerbaiyán, nacida en 1918, fue una experiencia breve, pero decisiva para la memoria nacional, porque permitió a los azerbaiyanos presentar su independencia contemporánea no como una creación accidental tras la caída soviética, sino como restauración de una soberanía interrumpida. Fue una de las primeras repúblicas modernas de mayoría musulmana, con una orientación parlamentaria, túrquica y nacional, pero apareció en un momento en que el Cáucaso era un espacio atravesado por ejércitos, petróleo, rivalidades étnicas y potencias en retirada o en expansión.

Azerbaiyán no nació en un vacío tranquilo, sino en medio del derrumbe del Imperio ruso, el avance otomano, la guerra civil bolchevique, el interés británico por Bakú, el conflicto con Armenia, la disputa por Karabaj y la incertidumbre general de Transcaucasia. Su independencia era una afirmación nacional, pero también una apuesta extremadamente frágil en una región donde cada actor externo tenía razones para intervenir.

La fuente nacional azerbaiyana que hemos localizado, A Concise History of Azerbaijan, resulta útil porque permite ver cómo la memoria azerbaiyana convierte la república de 1918 en un origen político legítimo y la ocupación bolchevique de 1920 en una ruptura violenta de ese proyecto. Pero la lectura debe ir más allá de la memoria nacional: aquella república no cayó solo porque fuera joven o débil, sino porque estaba situada sobre un territorio demasiado valioso, con demasiado petróleo y demasiadas fronteras sensibles, como para que una Rusia revolucionaria aceptara perderlo sin reaccionar.

La independencia de 1918-1920 fue, por tanto, una promesa y una advertencia. Demostró que Azerbaiyán podía imaginarse como Estado moderno, pero también mostró que su soberanía siempre tendría que negociar con vecinos y potencias más grandes.

III. La sovietización: perder independencia, ganar forma estatal

La entrada del XI Ejército Rojo en abril de 1920 no fue solo un cambio de bandera o de ideología, sino la reinserción de Azerbaiyán dentro de una esfera rusa, ahora bajo lenguaje bolchevique. En el discurso oficial soviético, la operación podía presentarse como revolución proletaria, liberación de las masas y avance del socialismo; en la lógica de poder, significó también recuperar Bakú, asegurar el Caspio y evitar que el Cáucaso meridional se convirtiera en una plataforma occidental, turca o antibolchevique.

Hasanli sitúa este proceso dentro del triángulo Rusia-Turquía-Irán, y esa perspectiva permite entender que Azerbaiyán no fue un episodio periférico, sino una pieza del rediseño del poder en el Cáucaso tras la Primera Guerra Mundial. El petróleo, las rutas hacia Anatolia, el temor a la influencia británica, la relación con Irán y la competencia por el espacio posimperial formaban parte de la misma ecuación.

Sin embargo, la sovietización encierra una paradoja decisiva: destruyó la independencia política de Azerbaiyán, pero al mismo tiempo consolidó parte de la estructura estatal que después sería utilizada por el Azerbaiyán independiente. La URSS le dio fronteras administrativas, instituciones, lengua oficial, élites locales, burocracia, capitalidad, aparato educativo, archivos, policía, planificación y una posición reconocible dentro del sistema federal soviético.

Moscú sometió Azerbaiyán, pero también lo administró como república; limitó su soberanía, pero le dio forma institucional; reprimió su independencia, pero creó una estructura que más tarde sería nacionalizada por las élites postsoviéticas. Esa contradicción es esencial para entender por qué el Azerbaiyán de 1991 no partía de cero: heredaba un Estado sin soberanía plena, pero con aparato.

IV. La URSS y Karabaj: contener no era resolver

La URSS no borró las identidades nacionales del Cáucaso; las organizó dentro de una arquitectura imperial. Olivier Roy ayuda a entender este punto porque muestra cómo el sistema soviético creó repúblicas, lenguas oficiales, élites nacionales y territorios administrativos que, tras la caída de la URSS, sobrevivieron como bases de nuevos Estados.

Azerbaiyán recibió así una forma estatal, pero no una soberanía plena, ya que Moscú seguía controlando la estrategia, la seguridad y la política exterior. Al mismo tiempo, la URSS administró conflictos territoriales sin resolverlos realmente. Nagorno Karabaj, de mayoría armenia pero integrado dentro de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán como región autónoma, fue una de esas piezas construidas para ser gestionadas desde arriba.

Mientras el Partido Comunista, la policía y la autoridad imperial soviética conservaron fuerza, la disputa podía permanecer contenida. Pero contener un conflicto no significa solucionarlo, y esa diferencia fue fatal. Cuando el centro soviético empezó a debilitarse en los años ochenta, Karabaj dejó de ser una cuestión administrativa dentro de una federación autoritaria y se convirtió en una disputa nacional, emocional y territorial entre armenios y azerbaiyanos.

El error sería presentar Karabaj como una explosión repentina de odio antiguo. Fue también el resultado de una arquitectura soviética que había congelado una tensión dentro de fronteras administrativas, esperando que el poder central pudiera mantener indefinidamente cerrada la tapa. Cuando Moscú perdió fuerza, la tapa saltó.

V. Heydar Aliyev: nacionalizar el aparato soviético

Heydar Aliyev no debe entenderse como un fundador democrático ni como un nacionalista exterior al viejo sistema, sino como el dirigente que supo convertir el aparato soviético en maquinaria nacional. Su experiencia en el KGB, en el Partido Comunista y en el Politburó no fue un obstáculo para gobernar el Azerbaiyán independiente; fue su principal ventaja, porque conocía desde dentro la cultura del mando, la disciplina burocrática, la negociación con Moscú, el control de élites y la administración del miedo.

En los primeros años noventa, Azerbaiyán estaba atravesado por derrota militar, crisis económica, desplazamientos, gobiernos débiles y lucha por el control del petróleo. En ese contexto, Aliyev ofreció algo más primario que democracia: ofreció Estado. No prometía pluralismo, sino orden; no proponía una ruptura liberal, sino reconstrucción de la cadena de mando; no desmontaba el aparato heredado, sino que lo ponía al servicio de una nueva legitimidad nacional.

Roy capta muy bien la paradoja de ese tránsito: el antiguo alto cargo soviético, antiguo oficial del KGB y miembro del Politburó, pudo transformarse en defensor de un nacionalismo estatal azerbaiyano sin romper realmente con la tecnología política que había aprendido en la URSS.

Ese fue el verdadero golpe de poder de Aliyev: no destruir el sistema soviético, sino nacionalizarlo. El relato cambió, la bandera cambió y la política exterior cambió, pero la lógica profunda del mando —verticalidad, seguridad, redes clientelares, presidencia fuerte y control de recursos— siguió viva.

VI. El petróleo postsoviético: soberanía exterior, cierre interior

El Contrato del Siglo de 1994 fue el momento en que el Azerbaiyán independiente convirtió el petróleo en arquitectura internacional. No fue un simple acuerdo de explotación con compañías extranjeras, sino la entrada de Bakú en el tablero energético postsoviético, donde Europa, Estados Unidos, Turquía, Rusia e Irán miraban el Caspio como un espacio de rutas, influencia y seguridad.

El volumen Azerbaijan’s Geopolitical Landscape permite trabajar esta dimensión porque se ocupa de la seguridad energética, de las relaciones con la Unión Europea, Rusia, Turquía e Irán, y de la forma en que Azerbaiyán usa sus hidrocarburos como instrumento de política exterior.

El petróleo le dio al Estado azerbaiyano dinero para reconstruir administración, financiar lealtades, modernizar infraestructuras y rehacer el ejército, pero también le ofreció algo igual o más importante: utilidad exterior. Un país útil para la seguridad energética europea, para el equilibrio frente a Rusia e Irán y para la conexión con Turquía no podía ser tratado como un Estado postsoviético irrelevante.

La paradoja es que la renta energética fortaleció al país hacia fuera, pero cerró la política hacia dentro. Un Estado que vive de hidrocarburos no depende de sus ciudadanos en la misma medida que un Estado fiscal. Si el presupuesto llega del subsuelo y de contratos internacionales, el poder puede distribuir beneficios, comprar obediencias, sostener el aparato de seguridad y reducir la presión de la representación. El petróleo dio soberanía exterior, pero debilitó la soberanía ciudadana interna.

VII. Oleoductos: convertir la geografía en margen de maniobra

El petróleo del Caspio necesitaba salida, y esa necesidad convirtió los oleoductos en decisiones geopolíticas. El eje Bakú-Tiflis-Ceyhan no fue solo una infraestructura energética, sino una forma de escapar parcialmente de Rusia e Irán conectando el Caspio con Georgia, Turquía y el Mediterráneo.

Cada tramo del oleoducto reducía la capacidad de Moscú y Teherán para condicionar completamente a Bakú. Para Europa, significaba acceso a energía no controlada directamente por Rusia; para Turquía, profundidad estratégica hacia el Caspio; para Estados Unidos, un corredor compatible con sus intereses regionales; para Azerbaiyán, autonomía negociable.

Esa fue una de las grandes habilidades de Bakú: convertir su geografía vulnerable en valor. Azerbaiyán no podía comportarse como una gran potencia, pero podía convertirse en paso obligado, en corredor útil, en pieza que otros necesitaban mantener estable. No rompió con Rusia de forma suicida, pero redujo su dependencia; no se entregó por completo a Turquía, pero utilizó esa alianza para ganar profundidad; no confrontó permanentemente con Irán, pero limitó su capacidad de bloqueo; no se democratizó para agradar a Occidente, pero se volvió demasiado útil para que Occidente lo castigara con dureza.

VIII. Karabaj: la derrota que dio sentido al Estado

Karabaj fue la gran herida del Azerbaiyán postsoviético. La derrota de los años noventa frente a Armenia y las fuerzas armenias de Karabaj dejó territorios ocupados, cientos de miles de desplazados internos, humillación nacional y una sensación de mutilación territorial que atravesó toda la vida política del país.

Thomas de Waal, en Black Garden, permite entender que Karabaj no fue solo un conflicto territorial, sino una guerra de memorias incompatibles, miedos, expulsiones, mapas mentales y relatos de víctima. Armenios y azerbaiyanos no recuerdan el mismo territorio de la misma manera, y cada comunidad ha construido una narración donde su propio sufrimiento ocupa el centro.

Para Azerbaiyán, Karabaj funcionó como una causa nacional real, pero también como un principio organizador del Estado. La derrota justificaba disciplina, gasto militar, unidad interna y paciencia histórica. El régimen podía pedir obediencia porque había una herida abierta que debía cerrarse. La sociedad podía soportar sacrificios porque existía una promesa de recuperación. La dinastía podía presentarse no solo como administradora del petróleo, sino como guardiana de una revancha pendiente.

Karabaj dio al Estado azerbaiyano una emoción central. Sin esa herida, el régimen habría dependido mucho más de la renta petrolera y del aparato de seguridad. Con esa herida, podía presentarse como proyecto nacional.

IX. De la renta a la revancha: 2020 y 2023

La guerra de 2020 mostró que la riqueza energética no se había quedado en rascacielos, grandes eventos o propaganda de modernización. Se había convertido en capacidad militar. Azerbaiyán modernizó su ejército, compró armamento, estrechó la alianza con Turquía, incorporó drones y esperó a que la correlación de fuerzas dejara de favorecer a Armenia.

La victoria de 2020 alteró el equilibrio regional, y la operación de 2023 terminó imponiendo el control azerbaiyano sobre Nagorno Karabaj, con la salida masiva de la población armenia de la región. Militarmente, Bakú cerró una etapa; políticamente, inauguró otra.

La cadena de poder quedó a la vista: el petróleo financió al Estado, el Estado financió al ejército, el ejército recuperó territorio y el territorio recuperado reforzó a la dinastía. Durante décadas, la derrota había servido para organizar la espera; después de 2020, la victoria empezó a servir para blindar el régimen.

Ilham Aliyev dejó de ser solo el heredero de una presidencia petrolera y pasó a ocupar el lugar de dirigente que cumplió la gran promesa nacional. Esa transformación cambió la relación entre régimen y sociedad, porque no es lo mismo gobernar prometiendo estabilidad que gobernar después de haber recuperado un territorio perdido durante una generación.

X. La dinastía Aliyev: familia, Estado y victoria

La sucesión de Heydar Aliyev a Ilham Aliyev en 2003 convirtió la presidencia azerbaiyana en una dinastía republicana. No hay corona, pero hay apellido; no hay trono, pero hay transmisión familiar del mando; no hay monarquía formal, pero sí una arquitectura donde familia, Estado, partido, aparato de seguridad, contratos energéticos y causa nacional forman una sola estructura.

La dinastía no debe entenderse solo como nepotismo, sino como una fórmula política que vincula continuidad familiar con supervivencia estatal. Heydar representa el orden después del caos; Ilham representa la victoria después de la derrota. La primera generación reconstruyó el mando; la segunda recuperó territorio. Esa secuencia permite presentar la continuidad familiar como una historia nacional, no como simple concentración privada del poder.

La oposición queda encerrada dentro de ese marco, porque criticar al régimen no se presenta únicamente como denuncia de autoritarismo, corrupción o desigualdad, sino como riesgo para la unidad nacional construida alrededor de Karabaj. En los Estados marcados por guerras territoriales, el poder suele envolver su continuidad en el lenguaje de la seguridad. Azerbaiyán ha llevado esa fórmula a un punto muy eficaz.

El régimen no dice solo “obedeced porque mandamos”, sino “obedeced porque el Estado sobrevivió, porque el petróleo fue protegido, porque Karabaj fue recuperado y porque el entorno sigue siendo peligroso”.

XI. Turquía, Rusia e Irán: atravesar el triángulo sin quedar atrapado

Azerbaiyán vive dentro de un triángulo de poder que no puede ignorar. Turquía es el aliado cultural, militar y estratégico; Rusia es el antiguo centro imperial que nunca desaparece del todo; Irán es el vecino incómodo, unido por religión chií pero inquieto ante el nacionalismo azerí, la alianza con Turquía y la relación de Bakú con Israel.

La relación con Turquía ofrece profundidad. La fórmula “una nación, dos Estados” tiene fuerza simbólica, pero también funciona como alianza militar, corredor energético y proyección túrquica hacia el Caspio. La guerra de 2020 demostró que Ankara no era un acompañante retórico, sino una pieza decisiva en la modernización militar y en la confianza estratégica de Bakú.

La relación con Rusia exige otra clase de cálculo. Azerbaiyán no puede expulsar a Moscú del Cáucaso, pero ha aprendido a reducir su margen de veto. Azerbaijan’s Geopolitical Landscape presenta la política de Bakú hacia Rusia como una forma de equilibrio indirecto, no como sumisión ni confrontación abierta. Esa es la clave: hablar con Moscú sin regresar a su tutela.

Irán introduce una tensión distinta. Azerbaiyán es mayoritariamente chií, pero secular y nacionalista; Irán es chií, pero teocrático y con ambición regional. Además, la existencia de millones de azeríes dentro de Irán convierte cualquier afirmación nacional fuerte de Bakú en una preocupación para Teherán. La frontera no es solo una línea política, sino una zona de ansiedad identitaria.

La habilidad de Azerbaiyán consiste en no entregarse del todo a nadie. Usa a Turquía sin desaparecer dentro de Turquía, negocia con Rusia sin volver a ser satélite ruso, contiene a Irán sin buscar una guerra abierta y vende a Occidente utilidad energética sin aceptar una democratización real.

XII. Occidente: derechos humanos en voz baja, energía en voz alta

La relación entre Azerbaiyán y Occidente está marcada por una doble contabilidad. Estados Unidos y la Unión Europea conocen el carácter autoritario del régimen, su concentración de poder, sus restricciones a la oposición, sus presiones sobre periodistas y su escaso pluralismo, pero Azerbaiyán ofrece energía, corredor hacia el Caspio, equilibrio parcial frente a Rusia e Irán, relación estratégica con Turquía e Israel y posición clave en el Cáucaso.

Bruselas habla de derechos, Bakú habla de gas. Washington habla de democracia, pero también mira a Irán, Rusia, Turquía e Israel. En esa diferencia de prioridades se mueve el régimen.

La fuente editada por Shafiyev muestra que, para Bakú, la relación con Europa se concentra en economía, energía, comercio y educación, mientras Bruselas incorpora también prioridades políticas. Esa divergencia es esencial, porque Azerbaiyán no necesita convencer a Occidente de que es liberal; le basta con convencerlo de que es necesario.

Ese es el verdadero poder de un Estado-renta estratégico: vender utilidad para rebajar presión. La utilidad exterior del régimen reduce el coste internacional de su cierre interior.

XIII. La guerra de la historia: mapas, nombres y memoria

El conflicto armenio-azerbaiyano no se libra solo con soldados, drones, diplomacia y oleoductos. También se libra con historia. Cada lado busca demostrar que su presencia es más antigua, que su pérdida fue más injusta, que su enemigo falsifica el pasado y que su causa representa la verdadera continuidad de la tierra.

En este punto, The Invention of History, de Rouben Galichian, debe usarse con cautela, porque es una fuente claramente situada desde una perspectiva armenia y no un árbitro neutral del conflicto. Pero precisamente por eso resulta útil para mostrar que la historia misma se ha convertido en campo de batalla: mapas, monumentos, iglesias, cementerios, Albania caucásica, Artsaj/Karabaj, nombres antiguos y relatos de pertenencia funcionan como munición política.

En el Cáucaso, la historia no es un adorno cultural. Es una forma de reclamar soberanía. Si un monasterio es armenio, albanés caucásico o azerbaiyano, no se está discutiendo solo arte medieval; se está discutiendo quién tiene derecho histórico a la tierra. Si un mapa antiguo usa un nombre u otro, ese mapa se convierte en prueba política. Si un cementerio desaparece o se conserva, no se altera solo el patrimonio, sino la posibilidad de demostrar continuidad.

Sin esta capa, Karabaj parece una disputa territorial. Con esta capa, se entiende mejor como una guerra por tierra, memoria y derecho histórico.

XIV. La próxima trampa: qué ocurre después de la victoria

Durante treinta años, Karabaj permitió al régimen organizar la nación alrededor de una promesa. Pero una promesa cumplida también puede convertirse en problema, porque una vez recuperado el territorio el poder ya no puede vivir eternamente de la espera de la revancha.

El régimen tendrá que administrar la victoria, contener el impacto internacional de la salida armenia de Karabaj, negociar con Rusia y Turquía, evitar una escalada con Irán, sostener una economía dependiente del hidrocarburo y responder a una sociedad que ya no puede ser movilizada siempre con la misma herida.

La victoria cierra una etapa, pero deja al régimen ante una pregunta más difícil: qué queda del contrato político cuando Karabaj ya no sea futuro, sino pasado. Mientras la economía energética funcione, mientras el aparato de seguridad controle, mientras la oposición siga débil y mientras el prestigio de la victoria siga vivo, la arquitectura puede mantenerse. Pero el modelo tiene zonas de tensión: petróleo, desigualdad, generaciones nuevas, urbanización, fatiga autoritaria y necesidad de diversificación.

El gran desafío de Azerbaiyán no era solo recuperar Karabaj, sino descubrir qué tipo de Estado quiere ser después de recuperarlo.

XV. Conclusión: petróleo, aparato y victoria

Azerbaiyán ha convertido su fragilidad en sistema. El petróleo de Bakú le dio dinero y valor exterior; la URSS le dejó una forma estatal y una cultura de aparato; Karabaj le proporcionó una herida capaz de ordenar la emoción nacional; y la familia Aliyev reunió esos elementos en una arquitectura de poder donde estabilidad, renta, seguridad y victoria quedaron fundidas.

La paradoja es que esa fórmula ha funcionado. Azerbaiyán no solo sobrevivió al caos postsoviético, sino que reconstruyó su ejército, diversificó sus alianzas, redujo la dependencia directa de Rusia, se hizo útil para Europa y recuperó Karabaj. Pero precisamente por eso entra en una fase nueva. Durante treinta años, la promesa de recuperar el territorio organizó la política nacional. Una vez cumplida la promesa, el régimen debe demostrar que puede ofrecer algo más que memoria, seguridad y victoria.

El petróleo puede comprar tiempo, pero no eternidad. La victoria puede comprar legitimidad, pero no sustituye indefinidamente a instituciones abiertas, economía diversificada y ciudadanía política. La gran pregunta de Azerbaiyán ya no es solo cómo recuperó Karabaj, sino qué tipo de Estado quiere ser después de haberlo recuperado.

Para entender Azerbaiyán no basta con mirar las urnas, los rascacielos de Bakú o los discursos oficiales. Hay que seguir el oleoducto, el frente de Karabaj, el aparato de seguridad, la memoria soviética y el apellido Aliyev.

Bibliografía 

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