Indonesia, 1997. El precio del crecimiento: la crisis que acabó con Suharto
![]() |
| Imagen del periódico "La Vanguardia". |
La crisis asiática de 1997 no “derribó” a Suharto por sí sola. Lo que hizo fue algo más corrosivo: desarmó, en cuestión de meses, los pilares prácticos sobre los que descansaba el Nuevo Orden implantado por el general Suharto. Cuando la estabilidad monetaria se evaporó, el crecimiento dejó de ser un argumento de legitimidad. Y cuando la legitimidad económica se hundió, el régimen quedó expuesto a su debilidad principal: su incapacidad para gestionar conflicto político abierto sin recurrir a la coerción.
La caída de Suharto en mayo de 1998 fue la convergencia de tres dinámicas que el sistema había mantenido separadas durante tres décadas: crisis financiera, ruptura de coaliciones élite-empresariales y explosión social urbana.
El Nuevo Orden como contrato de rendimiento
Durante años, el régimen de Suharto funcionó como una fórmula de gobierno basada en un intercambio tácito. A cambio de despolitización, disciplina y control, el Estado ofrecía estabilidad, crecimiento, movilidad social y cierta previsibilidad. Esa fórmula no eliminó la corrupción ni el clientelismo: los institucionalizó. La “normalidad” del sistema no dependía de la limpieza del Estado, sino de su capacidad de repartir beneficios y sostener expectativas.
Por eso el choque de 1997 fue existencial. Porque atacó el mecanismo de reparto que era la base del régimen dictatorial de Suharto.
Del contagio financiero al colapso monetario
La crisis empezó fuera. El colapso del baht tailandés en julio de 1997 abrió una dinámica de pánico regional: retirada de capitales, presión sobre monedas, y exposición de balances privados fuertemente endeudados en divisas.
Indonesia era especialmente vulnerable: alto endeudamiento corporativo en dólares, sistema bancario frágil y una economía donde la proximidad al poder era un activo financiero. Cuando la rupia comenzó a caer, el problema dejó de ser “macro” y se volvió inmediato: empresas incapaces de servir deuda, bancos al borde del colapso, inflación acelerándose sobre bienes básicos.
La moneda no era solo un indicador económico. Era la expresión visible de que el Estado había perdido capacidad de control.
El FMI y la crisis de credibilidad
El acuerdo con el FMI se convirtió en otro campo de batalla. No porque la sociedad indonesia tuviera una lectura técnica de las condicionalidades, sino porque la implementación reveló algo que el Nuevo Orden había ocultado: la dependencia del Estado de redes empresariales cercanas a la familia Suharto y a conglomerados protegidos.Cada medida de reestructuración, cada cierre bancario, cada intento de “transparencia” tocaba intereses concretos y producía resistencia dentro del propio régimen. La percepción pública fue clara: el gobierno pedía sacrificios mientras protegía a los suyos.
En un régimen donde el miedo mantenía a raya la política, la indignación necesitaba un catalizador. La inflación y el precio del arroz lo fueron.
La ruptura del bloque de poder
Suharto no cayó solo porque la calle se encendiera. Cayó cuando su coalición dejó de ser fiable.
El Nuevo Orden era un equilibrio entre tecnócratas, aparato militar, partido-gobierno y redes económicas. La crisis obligó a elegir ganadores y perdedores en una escala inédita. Eso quebró lealtades.
Parte de la élite empresarial buscó cobertura fuera del régimen. Parte del aparato estatal comenzó a calcular costes. Y, crucialmente, el ejército —columna vertebral del orden— se fragmentó en su lectura de la crisis: represión dura o gestión política de la transición.
Cuando la coerción deja de ser un recurso unificado, la autoridad se vuelve negociable.
La calle: estudiantes, disturbios y el punto de no retorno
El movimiento estudiantil se convirtió en el rostro legítimo de la protesta. No era una oposiciónorganizada al estilo multipartidista: era un desafío moral y generacional al régimen. Las universidades, con su simbolismo y su capacidad de movilización, ofrecían una narrativa simple: Reformasi.
Los disturbios de mayo de 1998 en Yakarta y otras ciudades, con violencia masiva y un componente étnico particularmente grave contra la población chino-indonesia, marcaron el punto de no retorno.
El régimen mostró su peor cara: incapacidad de proteger, tentación de manipular el caos, y un vacío de autoridad en la calle. En ese clima, la continuidad de Suharto se volvió más costosa que su salida.
La renuncia: fin de una época, no fin del sistema
Suharto dimitió el 21 de mayo de 1998. No fue una revolución en sentido clásico. Fue una transferencia de poder en condiciones de crisis, diseñada para evitar la implosión total del Estado.
Lo decisivo es que la caída del hombre no implicó la desaparición automática de las estructuras: redes clientelares, intereses económicos, burocracias heredadas y cultura de impunidad sobrevivieron a la transición. Reformasi abrió el campo político, pero no “reinició” el país desde cero.
La crisis asiática, en Indonesia, fue menos una catástrofe económica que una prueba política. Y el Nuevo Orden falló porque su legitimidad era de rendimiento: cuando el rendimiento se desplomó, el régimen quedó sin relato.
Bibliografía
-
International Monetary Fund (IMF), “Indonesia: Letter of Intent” (31 Oct 1997).
-
International Monetary Fund (IMF), “Memorandum of Economic and Financial Policies” (15 Jan 1998).
-
World Bank, Indonesia: Crisis and Reform (1998).
-
Hal Hill (ed.), The Indonesian Economy in Crisis: Causes, Consequences and Lessons (1999).
-
Ross H. McLeod, “From Crisis to Cataclysm? The Mismanagement of the Indonesian Economy”, The World Economy (1998).
-
Jeffrey A. Winters, Oligarchy (Cambridge University Press, 2011).
-
Harold Crouch, The Army and Politics in Indonesia (edición revisada).
-
Human Rights Watch, informes sobre violencia y ataques contra chino-indonesios (1998).





.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario