Bangladesh. Ziaur Rahman y la implantación del golpe militar como sistema.
En Bangladesh, el problema no fue solo que hubiera golpes. Fue que el golpe se convirtió en método.
Tras la independencia de 1971, el nuevo Estado nació con un capital simbólico enorme —la guerra de liberación— pero con instituciones débiles, economía devastada y un aparato coercitivo en expansión. En ese escenario, la política civil no perdió frente a un “Ejército apolítico” que interviniera excepcionalmente. Perdió frente a una dinámica distinta: la construcción de un orden donde el uniforme se convirtió en árbitro y, con el tiempo, en arquitecto.
Ziaur Rahman encarna ese punto de inflexión.
Del trauma fundacional a la crisis del régimen
El régimen de Sheikh Mujibur Rahman intentó consolidar su autoridad mediante la centralización, un sistema de partido único y una nueva fuerza paramilitar (Jatiya Rakkhi Bahini). Su estrategia buscaba controlar una situación social conflictiva, pero terminó agravando la situación política y social, generó rivalidades coercitivas y alimentó resentimientos dentro del Ejército.
En agosto de 1975, Mujib fue asesinado en un golpe brutal. Lo que siguió no fue una “transición” sino una secuencia: contragolpes, purgas y reajustes internos. El Estado quedó suspendido. La cuestión real no era qué programa gobernaba, sino quién controlaba la cadena de mando.
En esa turbulencia emergió Ziaur Rahman, primero como figura militar decisiva y luego como dirigente político.
Zia: estabilizar el Estado reordenando la política
El mérito principal de Zia no fue “democratizar”, fue estabilizar el país.
Su proyecto combinó dos movimientos simultáneos. Por un lado, reconstruyó la disciplina y cohesión
dentro de las fuerzas armadas tras la fragmentación de 1975. Por otro, rediseñó la legitimidad del régimen para que dejara de depender exclusivamente de la narrativa de la Liga Awami y del liderazgo carismático de Mujib.
La creación del Bangladesh Nationalist Party (BNP) fue el paso institucional decisivo. No fue un partido nacido de la oposición al régimen; fue un instrumento de construcción y consolidación del régimen, diseñado para canalizar apoyos, oposición, organizar élites y dar una fachada electoral a un orden autoritario.
El “nuevo sistema”: elecciones controladas, pluralismo político gestionado
Zia entendió un principio que se repetiría en muchos autoritarismos del Sur Global: la coerción por sí sola no gobierna eficazmente; necesita procedimiento y un teatro de consenso.
El “nuevo sistema” no fue una dictadura militar pura. Fue un híbrido:
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Militarización del núcleo del poder (seguridad, mando, control del Estado),
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Civilianización parcial del sistema (partidos, parlamento, elecciones),
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Competencia limitada como mecanismo de legitimación y gestión de élites.
La política existía dentro de un perímetro garantizado por el aparato coercitivo y por reglas que hacían muy difícil una alternancia que pusiera en riesgo el orden construido tras 1975.
Este modelo tenía una ventaja: podía absorber conflicto sin desbordarse inmediatamente. Pero tenía una consecuencia estructural: consolidaba la idea de que la soberanía política dependía, en última instancia, de la fuerza.
Militarización como forma de Estado
En muchos países, el Ejército “interviene” en política. En Bangladesh, en este periodo, el Ejército se volvió parte del diseño estatal.
La militarización no fue solo presencia de uniformes en el gobierno. Fue:
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Reconfiguración de la administración y la seguridad,
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Uso de disciplina y jerarquía como forma de ordenar el campo político,
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Una cultura donde la estabilidad se medía por control, no por consentimiento.
El resultado fue un Estado más operativo en ciertos aspectos —capaz de imponer orden y articular coaliciones— pero también un Estado que normalizó el principio de que la política podía reiniciarse mediante la fuerza.
Comparación regional: Pakistán, Birmania, Tailandia
La experiencia de Ziaur Rahman se parece menos a una “transición interrumpida” y más a un patrón regional.
En Pakistán, los militares construyeron repetidamente sistemas híbridos donde el pluralismo era tolerado en la periferia, pero el centro estratégico permanecía bajo tutela. En Birmania, la militarización se convirtió en Estado total. En Tailandia, el golpe funcionó como válvula recurrente para reajustar coaliciones.
Bangladesh, bajo Zia, se acercó al modelo híbrido: no un régimen militar total, pero sí una arquitectura donde el poder civil debía coexistir con un árbitro armado.
El límite del sistema: la violencia política como herencia
Zia fue asesinado en 1981. Su muerte confirmó el dilema: un sistema nacido del golpismo puede estabilizar el país temporalmente, pero tiende a reproducir la lógica de la conspiración como mecanismo de cambio.
El régimen sobrevivió y la militarización, también. La política bangladesí entró en una fase donde la competencia partidista coexistía con la sombra permanente del cuartel y con una polarización que no fue solo ideológica: era también una disputa por quién tenía el derecho a representar la legitimidad fundacional del país.
Conclusión: Cuando el golpe se convierte en sistema
Despachar a Ziaur Rahman como un simple déspota uniformado es no entender la política de Bangladesh. Rahman no solo retuvo el poder; reescribió su gramática. Inauguró un modelo donde el orden se impone purgando el espectro civil bajo la amenaza de la fuerza, para finalmente maquillar la maniobra con el ropaje de las urnas. A corto plazo, esta fórmula actuó como un torniquete que le compró al Estado cierta previsibilidad tras las fracturas de 1975. Pero hipotecó su futuro democrático al sentar un precedente devastador: la validación de que la política podía rehacerse a espaldas de la política. Una vez que esa lógica se normaliza, las asonadas militares pierden su carácter de crisis episódica. Se convierten en estructura.
Bibliografía
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