Afganistán de entreguerras. Amanulá Jan, reforma y reacción.


El rey Amanulá Jan no perdió el trono en 1929 por intentar modernizar Afganistán demasiado rápido, sino por intentar confiscar el poder de las élites locales sin tener un ejército capaz de aplastarlas. El intento de construir un Estado centralizado en Afganistán desencadenó un choque de legitimidades que sigue desgarrando al país un siglo después.

 La historiografía convencional suele despachar al rey Amanulá Jan bajo la condescendiente etiqueta del "modernizador prematuro": un monarca ilustrado y trágico que pecó de impaciencia al querer comprimir en una década los avances que a otras naciones les costaron generaciones. Esta lectura, aunque seductora, es analíticamente estéril. Amanulá no fracasó por un simple exceso de velocidad cronológica o por una ambición desmedida; fracasó porque cometió un gran error de cálculo en la construcción del Estado. Intentó reconfigurar la legitimidad misma de la nación en una geografía donde la autoridad no era un monopolio weberiano, sino un delicadísimo ecosistema de poderes fácticos. El Afganistán del periodo de entreguerras se erigió así en el primer laboratorio de una paradoja letal que sigue dictando el destino del país un siglo después: para sobrevivir a las presiones externas se requiere un Estado moderno, pero el mero intento de construir ese Estado desata fuerzas centrífugas que terminan destruyéndolo.

Vista de Kabul en los años 20
Amanulá ascendió al trono en 1919 heredando una soberanía mutilada por décadas de tutela imperial británica. Aprovechando el agotamiento de Londres tras la Primera Guerra Mundial y el éxito en la Tercera Guerra Anglo-Afgana, logró emancipar la política exterior de Kabul, convirtiendo esta victoria diplomática en un formidable capital político interno. Sin embargo, ese capital era una ficción jurídica fuera de los límites de la capital. Afganistán no era un Estado-nación homogéneo; era un frágil encaje de alianzas entre la corte urbana, las belicosas confederaciones pastunes, el poderoso clero islámico y los señores de la periferia montañosa. El poder central sobrevivía combinando la coerción esporádica con el apaciguamiento constante, operando siempre dentro del corsé innegociable de la legitimidad religiosa y costumbrista.

Ignorando las fallas tectónicas de este ecosistema, la agenda reformista de Amanulá apuntó directamente a la yugular de la tradición: buscó engordar el núcleo del Estado reduciendo a cenizas a los intermediarios locales. Lejos de ser un mero ajuste técnico, su programa institucionalizó el gobierno más allá de la camarilla cortesana, impuso currículos educativos modernos —incluyendo el desafío radical de la educación femenina—, reformó la justicia para asfixiar las jurisdicciones consuetudinarias, y centralizó la fiscalidad y el reclutamiento militar. Movido por la órbita del reformismo islámico y fascinado por la joven República Turca de los años veinte, Amanulá no buscaba una secularización europea absoluta, pero sí pretendía desplazar irreversiblemente el centro de gravedad del poder: de la tradición inmemorial a la fría burocracia estatal.

Ese desplazamiento fue el detonante. Los tecnócratas occidentales suelen imaginar la modernización como una inofensiva sustitución de herramientas: escuelas nuevas, códigos civiles relucientes, oficinas tributarias. En Afganistán, el problema era existencial, porque esas instituciones dictaminaban, en la práctica, quién tenía el derecho a mandar. En una sociedad donde los clérigos y los jefes tribales actuaban como los únicos productores legítimos de orden local, la expansión del Estado central fue percibida, acertadamente, como una expropiación violenta de su autoridad. El cobro de impuestos modernos era la prueba física de que Kabul pretendía penetrar en comunidades históricamente autónomas; la alfabetización estatal era un asalto cultural directo a la hegemonía de las madrasas. El conflicto no se libró entre la "modernidad" y el "atraso"; fue un choque a muerte entre dos sistemas de gobernanza mutuamente excluyentes.

Como en todo proceso político inflamable, los símbolos aportaron la chispa que las reformas habían preparado. La triunfal gira de Amanulá por Europa entre 1927 y 1928, y su posterior regreso exigiendo estéticas de modernización visibles —desde la imposición de códigos de vestimenta occidentales en la administración hasta la aparición pública de la reina Soraya sin velo—, actuaron como un catalizador tóxico. La modernización abandonó la burocracia de los ministerios y pasó a percibirse como un ataque frontal a la moral pública. La oposición tribal y clerical encontró de inmediato el lenguaje perfecto para la movilización de masas: la yihad no se declaraba "contra el Estado" o "contra los impuestos", sino "contra la impiedad de Kabul".

Amanulá de gira por Europa

El colapso de 1929 fue fulminante. La rebelión rural que forzó la abdicación de Amanulá y encumbró
brevemente al caudillo tayiko Habibullah Kalakani no fue una simple derrota dinástica; fue una brutal demostración empírica de que el Estado afgano no controlaba su propio territorio. Al comparar la tragedia de Amanulá con el éxito de sus contemporáneos, el diagnóstico resulta implacable. En la Turquía de Mustafa Kemal Atatürk y el Irán de Reza Shah, la modernización autoritaria se impuso porque descansaba sobre ejércitos disciplinados, un férreo control territorial y aparatos coercitivos consolidados capaces de aniquilar la disidencia. Amanulá cometió el error letal de intentar ejecutar una revolución de corte kemalista sin poseer, en ningún momento, el "Estado kemalista". Kabul podía proyectar una ilusión de autoridad, pero carecía de las bayonetas para monopolizarla.

Habibullah Kalahani
La reacción conservadora, sin embargo, no implicó una restauración absoluta del pasado. La dinastía Musahiban que sucedió al caos asimiló una lección manchada de sangre que definiría al país durante medio siglo: el Estado aún necesitaba fortalecerse para resistir la presión externa, pero debía hacerlo sin declarar la guerra cultural en el interior. El resultado fue una modernización anestesiada, sigilosa y puramente administrativa; un intento deliberado y pragmático de hacer el "amanulismo" sin Amanulá, preservando intactos los pactos de autoridad con las periferias para no despertar su ira.

El reinado de Amanulá Jan dejó un legado profundamente perturbador. Su importancia histórica no radica en los decretos que logró firmar, sino en la cruda radiografía geopolítica que su caída reveló. Demostró que el verdadero trauma afgano no consistía en elegir diplomáticamente entre la tradición y la reforma, sino en el reto titánico de forjar una estructura institucional capaz de absorber el peso de las reformas sin desintegrarse en el intento.

Amanulá soñó con transformar a Afganistán en un Estado moderno mediante la mera fuerza de su voluntad. Lo que legó, trágicamente, fue la primera demostración forense de una maldición geopolítica: en el Hindu Kush, intentar imponer el Estado sin tener la fuerza bruta para defenderlo no trae la modernidad, solo desata la guerra civil.

Bibliografía

  • Leon B. Poullada, Reform and Rebellion in Afghanistan, 1919–1929: King Amanullah’s Failure to Modernize a Tribal Society (Cornell University Press, 1973).

  • Vartan Gregorian, The Emergence of Modern Afghanistan: Politics of Reform and Modernization, 1880–1946 (Stanford University Press, 1969).

  • Louis Dupree, Afghanistan (Princeton University Press, 1980; Princeton Legacy Library reprint).

  • Thomas Barfield, Afghanistan: A Cultural and Political History (Princeton University Press, 2010). (Síntesis moderna excelente para conectar los años 20 con patrones estructurales del Estado afgano.)

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