El "Gran Juego" y la invención de Afganistán.
Existe un mito profundamente arraigado en la historiografía y la cultura popular que reverencia a Afganistán como el inexpugnable "cementerio de imperios", un territorio montañoso y tribal demasiado feroz para ser subyugado. La realidad de la Realpolitik, sin embargo, es mucho más clínica y descarnada: Afganistán no eludió la colonización occidental en el siglo XIX; fue meticulosamente diseñado por ella. El célebre "Gran Juego" disputado entre el Imperio británico y la Rusia zarista no buscaba la anexión territorial del macizo centroasiático, sino la consolidación de un Estado cuya razón de ser no respondía a una necesidad orgánica interna, sino a una estricta conveniencia estratégica externa. Afganistán sobrevivió a la era imperial no por ser invencible, sino porque su existencia como amortiguador resultaba logísticamente funcional al equilibrio de terror entre dos leviatanes. El Estado afgano moderno nació, en esencia, como un subproducto del cálculo geopolítico ajeno.
Por su parte, el Imperio ruso, inmerso en su propia lógica de consolidación de fronteras continentales, llegó a una conclusión simétrica: el costo de una confrontación militar abierta con la mayor potencia naval del mundo superaba con creces cualquier beneficio territorial en el Hindu Kush. La solución mutua fue congelar la fricción imperial creando un inmenso espacio de contención. Así se perfeccionó la implacable doctrina del Estado tapón (buffer state).
En la fría mecánica del orden internacional, un Estado tapón no es simplemente un pedazo de tierra neutral dibujado en un mapa; es un instrumento de ingeniería política. Para ser funcional, exige tres pilares innegociables: reconocimiento formal por parte de las potencias rivales, una capacidad coercitiva mínima para mantener el orden interno y la castración absoluta de su soberanía exterior. Afganistán cumplió el pliego de condiciones a la perfección. La Corona británica inundó de subsidios financieros y armas a la monarquía en Kabul, reconociendo su autoridad despótica de puertas hacia adentro, pero secuestrando por completo su capacidad de tejer política exterior. El trazado de la infame Línea Durand en 1893 no fue un mero ejercicio de delimitación fronteriza que partió en dos a la nación pastún; fue la cristalización cartográfica de esta subordinación estratégica. La independencia afgana era brutalmente real en el interior, pero una ficción condicionada hacia el exterior. No era soberanía plena; era soberanía a crédito.
Esta arquitectura impuesta desde fuera dejó una huella genética letal en la formación del Estado.
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| El emir Abdur Rahman Khan |
Alimentados por las libras esterlinas y la artillería británica, monarcas como Abdur Rahman Khan —el temido "Emir de Hierro"— aprovecharon el apadrinamiento imperial para centralizar su autoridad de forma draconiana, someter a las periferias tribales rebeldes y edificar un rudimentario pero implacable aparato coercitivo. Pero esta centralización no fue el fruto maduro de un pacto social amplio ni de un proyecto nacional unificador; emergió de la pura presión externa y el terror interno. El resultado fue la creación de un Estado hipermilitarizado en su cúpula, pero crónicamente desintegrado en su tejido político. El Afganistán que sobrevivió a la cartografía colonial heredó, así, la incurable fractura tectónica entre un centro urbano artificialmente empoderado y una periferia rural eternamente alienada.
El destino afgano no es una rareza exótica; obedece a un patrón férreo de la historia diplomática. Es la misma física política que permitió a Siam sobrevivir en el siglo XIX como zona de descompresión entre la Indochina francesa y la Birmania británica; la que inventó la neutralidad de Bélgica como amortiguador entre franceses y alemanes; la que sostuvo a Mongolia como el vasto escudo estepario entre la China de Mao y la URSS; y la que hoy define la tragedia de Ucrania, atrapada en la falla tectónica entre la arquitectura de seguridad rusa y la expansión de la OTAN. Cuando dos esferas hegemónicas colisionan, el espacio intermedio puede exprimir su valor estratégico para preservar su independencia formal.
Pero la trampa es ineludible: esa soberanía externaliza su propia viabilidad. Depende enteramente del equilibrio ajeno. Cuando ese equilibrio se rompe, el Estado tapón deja instantáneamente de ser un escudo para convertirse en un campo de batalla.
Afganistán ha experimentado la brutalidad de ambas fases. El "Gran Juego" no solo fue un teatro de
rivalidad diplomática romántica; fue una fábrica de soberanías limitadas que construyó un país sin dotarlo de los cimientos para sostenerse a sí mismo. El Estado afgano moderno nació menos de un contrato social interno que de un cínico contrato estratégico externo. Y cuando un país se funda casi exclusivamente sobre su utilidad geopolítica, su estabilidad futura queda amarrada a variables internacionales que jamás podrá controlar.
En el siglo XIX, la paranoia simétrica de los imperios lo salvó de la anexión formal. Pero en los siglos XX y XXI, cuando las matemáticas del poder global se alteraron, Afganistán padeció la maldición de su propio diseño fundacional. Las invasiones soviética y estadounidense demostraron que, al romperse el frágil equilibrio de la disuasión, el país volvía a ser exactamente lo que siempre representó en la fría psique de los estrategas extranjeros: No un destino sino un espacio.
Bibliografía
Peter Hopkirk, The Great Game: On Secret Service in High Asia (1990).
Karl E. Meyer & Shareen Blair Brysac, Tournament of Shadows: The Great Game and the Race for Empire in Central Asia (1999).
M. E. Yapp, Strategies of British India: Britain, Iran and Afghanistan, 1798–1850 (1980). (Excelente para la lógica británica “India primero”.)
Christine Noelle-Karimi, State and Tribe in Nineteenth-Century Afghanistan: The Reign of Amir Dost Muhammad Khan (1997). (Clave para entender Estado, periferias y coerción.)
Thomas Barfield, Afghanistan: A Cultural and Political History (2010). (Síntesis moderna muy sólida, útil para conectar siglo XIX y XX.)





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