OPERACIÓN CICLÓN. ¿Por qué Ronald Reagan creó a los talibanes?

De cómo la CIA subcontrató el yihadismo en Afganistán para desestabilizar la Unión Soviética mientras Wall Street blanqueó el Wahabismo, Nebraska imprimió los manuales del terrorismo yihadista y Washington abandonó la sociedad afgana ante los talibanes.

Pesháwar (Frontera afgano-paquistaní), 1984. Si queremos entender el momento exacto en el que el Imperio Estadounidense redactó la condena del siglo XXI, no busquemos documentos clasificados con tachones negros en los sótanos de la CIA. Imaginemos a un niño afgano de siete años sentado en el polvo de un inmenso campo de refugiados. Es huérfano, los helicópteros artillados soviéticos aniquilaron su aldea hace un año. En sus manos sucias sostiene un libro de texto nuevo, con las páginas aún brillantes, para aprender el alfabeto pastún.

Ese niño sabe que su única salida es el estudio y entender qué está sucediendo. En esa  lección de lectura, la letra «T» se ilustra con la palabra Topang (rifle). La letra «K» con Kalashnikov. La letra «J» se enseña con la palabra Jihad. Al pasar a la página de matemáticas, el niño de primer grado aprende a restar con el siguiente problema:

"Si de 10 rusos ateos, un muyahidín mata a 5 con su fusil, ¿cuántos infieles quedan vivos?"

Ese libro no fue escrito por un clérigo radical escondido en una cueva. Si giras la contraportada, encontrarás el origen exacto de los fondos de impresión: un subsidio federal multimillonario de USAID (la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional), diseñado por expertos académicos de la Universidad de Nebraska-Omaha, y aprobado y pagado por la Administración de Ronald Reagan.

Cualquier burócrata de Washington o verificador de datos (fact-checker) intentará escudarse en la cronología, argumentando que Reagan no creó a los talibanes porque el movimiento nació oficialmente en 1994, cinco años después de que él dejara el poder.

Los talibanes —palabra que en idioma pastún significa literalmente "Los Estudiantes"— no nacieron por generación espontánea. Fueron los alumnos de primaria matriculados en la escuela del odio que Washington, Riad y Wall Street financiaron con precisión. Reagan no cosió la bandera blanca del Mulá Omar, pero redactó el código teológico y militar que hizo su nacimiento biológicamente inevitable.

EL SÍNDROME DE VIETNAM. La gran hipocresía geopolítica.

A principios de los años 80, la psique imperial de Estados Unidos estaba rota, el trauma de la derrota en Vietnam había hecho fractura en el poder estadounidense y se exigía venganza. Cuando la Unión Soviética invadió Afganistán en la Navidad de 1979 para sostener a un gobierno títere, el implacable director de la CIA, William Casey, y Ronald Reagan no vieron una tragedia humana; vieron un inmenso y glorioso cepo para osos.

La orden ejecutiva del Despacho Oval aplicó la gélida realpolitik de la "Doctrina del Sangrado": había que darle a Moscú la experiencia geopolítica de tener su propio Vietnam y mermar su población y poder, pero con una regla intocable frente al Congreso: ni un solo soldado estadounidense volverá a casa en una bolsa de plástico.

La solución de la CIA fue aplicar la externalización de la violencia. Estados Unidos decidió subcontratar la Guerra Fría en Afganistán. Para la administración Reagan, el fanatismo religioso es el comodín  más rentable del tablero afgano. Un nacionalista afgano moderado o un monárquico laico tienen instinto de supervivencia, negocian, dudan, piden hospitales y leen los Tratados de Ginebra. Un integrista radical, en cambio, cree ciegamente que morir reventando un tanque ruso lo catapulta directamente al paraíso. Reagan decidió comprar la infantería antitanque más barata y letal del mundo, los muhaydines afganos, pero al hacerlo, creó una bomba geopolítica que más tarde le estallaría a EE.UU en las manos. Esta decisión errónea del presidente Reagan maximizó el beneficio a corto plazo para ganar las elecciones, ignorando voluntariamente que estaba financiando una peligrosa fuerza, el terrorismo yihadista.


El problema de Washington eran las huellas dactilares. No podían entregar misiles antiaéreos Stinger directamente a los rebeldes sin arriesgarse a desatar la Tercera Guerra Mundial. Para lavar la operación encubierta, la CIA se arrodilló diplomáticamente ante un intermediario controvertido para Occidente, el dictador militar de Pakistán, el radical islamista Zia-ul-Haq.

Zia aceptó prestar su frontera, pero impuso un chantaje: el monopolio absoluto de la distribución de esos fondos y recursos. La CIA ponía los miles de millones, pero la temida inteligencia militar paquistaní (el I.S.I.) decidiría a quién se le entregaba la pólvora.

La Administración Reagan aceptó. Al hacerlo, cedió el control de calidad del experimento. El I.S.I. paquistaní utilizó el oro del contribuyente estadounidense para asfixiar financieramente a todas las facciones afganas moderadas y nacionalistas. En su lugar, desviaron el 80% del arsenal de la CIA directamente a las venas de los señores de la guerra más carniceros, misóginos y violentos de Afganistán (con Gulbuddin Hekmatyar a la cabeza, célebre en su juventud por arrojar ácido a las universitarias sin velo en Kabul). Pakistán quería un Afganistán post-soviético gobernado por fanáticos sumisos a Islamabad, y Reagan pagó voluntariamente para exterminar a la sociedad civil afgana con tal de matar rusos.

¿Y cómo se financió semejante agujero negro? William Casey diseñó el mayor lavadero de capitales del siglo XX: el Fondo de Contrapartida (Matching Fund). La CIA cerró un pacto económico con Arabia Saudí. Por cada dólar que inyectaba Washington, la monarquía absolutista de Riad transfería otro dólar de sus petrodólares a cuentas suizas. Pero la chequera saudí venía con el Wahabismo (la versión más totalitaria, puritana y violenta del islam, históricamente ajena a la tolerancia de las montañas afganas).

Reagan puso la logística y Riad puso el software teológico. Juntos, levantaron miles de madrasas (escuelas coránicas) a lo largo de la frontera. Un inmenso Silicon Valley del terrorismo donde cientos de miles de huérfanos traumatizados fueron llevados al yihadismo. En esa inmensa zona de impunidad, un joven y metódico millonario saudí llamado Osama bin Laden construyó la base de datos de los combatientes extranjeros. Esa base de datos se llamó, en árabe, Al-Qaeda ("La Base").

LOS TALIBANES EN EL DESPACHO OVAL

La ceguera antropológica de Ronald Reagan alcanzó su clímax a mediados de los 80. En un acto de aterradora ignorancia, el presidente invitó a un grupo de estos líderes insurgentes barbudos a la Casa Blanca. Allí estaban, hombres endurecidos por la Guerra Santa, que despreciaban absolutamente todo lo que la Constitución de EE. UU. representaba, sentados en los lujosos sofás del Despacho Oval de la Casa Blanca. Reagan, con su cálida y milimetrada sonrisa de actor de celuloide, miró a la prensa mundial y sentenció:

"Estos caballeros son el equivalente moral de los Padres Fundadores de Estados Unidos".

No era estrategia de Estado, para Reagan, cualquier hombre que creyera en un Dios (el que fuera) y disparara a un comunista, llevaba los principios de George Washington . Reagan nunca entendió —ni quiso entender— que, para un fundamentalista wahabita, la Unión Soviética atea y los Estados Unidos hipercapitalistas y laicos eran exactamente la misma escoria infiel que mancillaba su tierra santa.

Washington no estaba comprando aliados, estaba financiando, a través de sus libros de texto y sus misiles, a sus futuros enemigos.

EL ABANDONO DE REAGAN. El gobierno talibán (1989-1994)

El 15 de febrero de 1989, el último tanque soviético cruzó el Puente de la Amistad, abandonando Afganistán, humillado y quebrado. La Unión Soviética comenzó a colapsar. En Langley y Washington se descorchó el mejor champán, la Casa Blanca había destrozado la espina dorsal del Imperio Soviético sin perder a un solo soldado. Fue una victoria magistral de la Realpolitik del presidente Reagan.

¿Qué hizo el Imperio Estadounidense a la mañana siguiente? Dejaron tras de sí una nación sembrada con diez millones de minas antipersona y sin gobierno, pero inundada con miles de millones de dólares en artillería pesada en manos de las facciones de terroristas yihadistas que ellos mismos habían financiado. Sin un enemigo ruso al que matar, los protegidos de la CIA empezaron a masacrarse entre ellos por el control del tráfico de opio y el poder. Arrasaron Kabul, violaron a miles de mujeres en los controles de carretera y desataron un infierno durante cuatro años (1992-1996).

Omar el Mullah

En la polvorienta ciudad sureña de Kandahar, un veterano de guerra tuerto llamado Mulá Omar reunió a un grupo de jóvenes que se autodenominaron los Talibán ("Los Estudiantes"). ¿Quiénes eran? Eran los hijos de la Operación Ciclón. Los huérfanos amamantados en los campamentos con el dogma de Riad, educados con las matemáticas balísticas de la Universidad de Nebraska, y armados por el I.S.I. paquistaní con los inmensos excedentes del arsenal de la CIA.

Surgieron con una promesa simple para un país ahogado en sangre: Orden. Prometieron ahorcar a los violadores, aniquilar a los caciques corruptos de la CIA y aplicar la Sharia de manera implacable. Con la disciplina fanática que les inculcó la infraestructura de los años 80, barrieron el país. En septiembre de 1996, entraron en Kabul, colgaron al expresidente comunista de un poste de tráfico e instauraron su brutal Emirato Islámico.

CONCLUSIONES

El monstruo talibán que creó la CIA finalmente logró hacerse con Afganistán. Ronald Reagan operó con arrogancia y soberbia infantil, creyendo que podía utilizar el extremismo islámico como a un arma alquilada que dejaría de funcionar cuando acabase el comunismo. La "gloriosa victoria" de Reagan en 1989 fue, en realidad, un gigantesco pagaré de sangre emitido en blanco.

La primera fecha de vencimiento de esa deuda se cobró la radiante mañana del 11 de septiembre de 2001. Aquellos "estudiantes", utilizando la impunidad del ecosistema logístico que Washington les ayudó a conquistar, cruzaron el océano para reducir las Torres Gemelas de Nueva York y convertir esa escena en el nacimiento del Siglo XXI. 

En agosto de 2021, tras veinte años de ocupación, miles de soldados muertos y más de dos billones de dólares gastados por Washington intentando destruir militarmente a la criatura que ellos mismos habían engendrado... el ejército más poderoso del mundo tuvo que huir en pánico del aeropuerto de Kabul.

La fotografía forense final que cierra esta autopsia es la de los comandantes talibanes sentados, esa misma noche, en el escritorio del palacio presidencial afgano. Ya no llevaban viejos fusiles soviéticos capturados. Llevaban uniformes tácticos americanos, gafas de visión nocturna de los US Marines y fusiles de asalto M4 pagados por el Pentágono. Pero sus mentes, su dogma y su intransigencia medieval eran exactamente los mismos que la Administración Reagan financió, imprimió y militarizó en 1984.

Reagan creyó haber comprado mercenarios baratos para ganar la Guerra Fría jugando a ser el intocable elegido de  Dios en Asia Central, lo que en realidad hizo fue financiar a la humillación imperial más grande y sangrienta de la historia moderna de los Estados Unidos.

BIBLIOGRAFÍA.

-AA.VV. The Cambridge History of Souteast Asia. Volume two. Cambridge University Press. 2008
- Patterson, James T.:" El gigante inquieto. Estados Unidos de Nixon a GW Bush"
-PYKE, Francis. Empires at war: A Short History of Modern Asia since World War II. I.B Tauris. 2010
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