Convención de Pekín de 1860: la paz impuesta a China
En octubre de 1860, el emperador Xianfeng ya no estaba en Pekín. Había abandonado la capital ante el avance de las tropas británicas y francesas, dejando a su hermano menor, el príncipe Gong, la responsabilidad de negociar una paz que la dinastía Qing no estaba en condiciones de rechazar. Los accesos a la ciudad estaban bajo amenaza y el Yuanmingyuan, la residencia palaciega situada al noroeste de Pekín, acababa de ser saqueado e incendiado; en aquellas circunstancias, la diplomacia consistía en determinar qué concesiones podían satisfacer a los vencedores sin comprometer todavía más la supervivencia del gobierno imperial.
La Convención de Pekín suele recordarse como una nueva humillación dentro del llamado siglo de las humillaciones de China, una interpretación que tiene fundamento porque consolidó privilegios extranjeros obtenidos mediante la guerra. Sin embargo, reducir 1860 a otro episodio de decadencia inevitable impide comprender la contradicción que lo atraviesa: la derrota afianzó un orden internacional desigual, pero no destruyó al Estado Qing, que conservó instituciones y margen para adaptarse a unas relaciones exteriores cuyas condiciones ya no podía establecer por sí solo. Gong no estaba firmando la desaparición de China, sino aceptando obligaciones que esperaba hacer compatibles con la continuidad de la dinastía.
Una guerra para imponer nuevas reglas
La segunda guerra del Opio, iniciada en 1856, no fue una simple repetición de la primera guerra anglo-china, aunque ambas compartieron intereses comerciales y la voluntad británica de ampliar su acceso al mercado chino. Desde el Tratado de Nankín de 1842, el Reino Unido disponía de la isla de Hong Kong y de cinco puertos abiertos al comercio, pero consideraba insuficiente aquel sistema. Lo que para Londres era un punto de partida, para la corte había sido una concesión destinada a contener nuevas demandas, de manera que cada disputa posterior volvía a plantear quién podía fijar los límites de la presencia extranjera.
El incidente del buque Arrow, en 1856, ofreció a los representantes británicos la ocasión de escalar el enfrentamiento, mientras Francia intervino utilizando como justificación inmediata el asesinato de un misionero. Detrás de aquellas reclamaciones existía una disputa más amplia sobre comercio, circulación y representación diplomática: Londres quería ampliar sus derechos y obtener acceso político a Pekín; París pretendía consolidar su influencia y la protección de las misiones católicas. La defensa de comerciantes y religiosos se mezclaba así con la capacidad de los Estados para respaldar sus exigencias mediante barcos y soldados.
Tianjin y Dagu: de la concesión a una nueva campaña
En 1858, después de que las fuerzas anglo-francesas amenazaran Tianjin, los Qing aceptaron una serie de tratados con potencias extranjeras. Conviene distinguirlos de las convenciones firmadas dos años después, porque una parte considerable de lo que habitualmente se atribuye a 1860 ya había sido negociada entonces: la ampliación de los puertos abiertos al comercio, nuevos derechos de circulación y la posibilidad de establecer representantes diplomáticos en Pekín. Firmar bajo presión no significaba, sin embargo, que la corte hubiera dejado de resistirse a sus consecuencias, especialmente a una presencia extranjera permanente junto al emperador.
El conflicto volvió a estallar en 1859, cuando británicos y franceses intentaron remontar el río que conducía a Tianjin para proceder al intercambio de ratificaciones. Las defensas chinas de Dagu, conocidas también como fuertes de Taku, rechazaron a las fuerzas atacantes, un resultado que obliga a abandonar la imagen de una superioridad occidental ininterrumpida. Hubo fortificaciones, decisiones militares y victorias chinas, aunque aquel éxito no bastara para impedir que Londres y París prepararan una expedición de mayor escala.
La campaña de 1860 cambió el resultado: las fuerzas aliadas conquistaron las defensas y avanzaron hacia la capital, mientras Xianfeng se retiraba a Rehe. La diferencia entre ambos años ayuda a comprender el endurecimiento de las condiciones de paz, pero no puede separarse de otra guerra que estaba consumiendo los recursos imperiales. Los Qing no solo debían detener un ejército extranjero; tenían que preservar un gobierno cuya autoridad se disputaba también desde dentro.
La guerra Taiping y el cálculo de la supervivencia
Los Taiping habían convertido Nankín en su capital y dominaban importantes territorios del valle del Yangtsé, obligando al gobierno imperial a movilizar recursos humanos, financieros y militares en una escala extraordinaria. Como subraya Fairbank, las rebeliones de mediados de siglo no pueden quedar relegadas al fondo de una historia protagonizada exclusivamente por europeos: para la dinastía, un movimiento que pretendía sustituirla constituía una amenaza inmediata a su continuidad política.
Esta simultaneidad cambia la interpretación de la Convención de Pekín. La corte no negociaba únicamente porque hubiera perdido una campaña, sino porque debía distribuir sus fuerzas entre adversarios exteriores e interiores; prolongar la resistencia contra británicos y franceses podía comprometer todavía más la lucha contra los Taiping. Desde la lógica de conservación del poder Qing, aceptar concesiones muy gravosas podía resultar menos peligroso que continuar ambas guerras. El imperio mantenía recursos, pero no podía utilizarlos con la misma eficacia en todos los frentes, y pactar con unos enemigos permitía concentrar esfuerzos contra otros.
Yuanmingyuan: el palacio como objetivo político
El episodio más recordado de la campaña fue la destrucción del Yuanmingyuan, el Antiguo Palacio de Verano, que no debe confundirse con la Ciudad Prohibida. También es necesario distinguir el saqueo del incendio: tropas británicas y francesas participaron en el pillaje del complejo; posteriormente, lord Elgin ordenó a fuerzas británicas incendiarlo como represalia por el trato dado a cautivos, entre ellos miembros de la comitiva negociadora. Varios habían sido torturados y murieron, un hecho que Elgin utilizó para justificar un castigo contra la propiedad imperial.
Reconocer aquellos crímenes no convierte la represalia elegida en una acción inevitable. Destruir edificios, jardines, libros y colecciones era ejercer presión sobre un espacio desde el que la corte representaba y practicaba su poder, no simplemente eliminar una posición militar. El incendio no fue una cláusula del tratado, aunque la violencia de la campaña y las obligaciones de la paz pertenecieran a la misma relación de fuerzas: la derrota permitió exigir concesiones y la destrucción del palacio mostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar los vencedores para obtenerlas.
Lo que impusieron las convenciones de octubre de 1860
Gong firmó con Elgin la convención británica el 24 de octubre; al día siguiente concluyó el acuerdo correspondiente con Francia. No se trató de un único documento indiferenciado, sino de convenciones bilaterales que confirmaban los tratados de Tianjin y añadían obligaciones particulares. La británica aseguró su aplicación, confirmó la residencia del representante británico en Pekín, abrió Tianjin al comercio, fijó una indemnización de ocho millones de taeles y reconoció la posibilidad de contratar la emigración de trabajadores chinos con súbditos británicos; también cedió una parte de Kowloon. Francia obtuvo otros ocho millones de taeles y disposiciones sobre la restitución de establecimientos religiosos y caritativos.
El contenido financiero permite observar cómo una victoria podía prolongarse después de la campaña. La convención británica vinculaba parte de los pagos a los ingresos aduaneros y autorizaba a conservar fuerzas en determinados puntos hasta liquidar la indemnización. La recaudación futura del vencido quedaba comprometida por una obligación respaldada militarmente, mientras los vencedores convertían sus exigencias en derechos escritos y reclamables. La paz retiraba la guerra de las inmediaciones de la capital, pero no eliminaba los instrumentos de presión que habían hecho posible el acuerdo.
Opio, jurisdicción y territorio: no todo comenzó en Pekín
La precisión documental importa especialmente en el caso del opio. Su importación quedó incorporada al régimen arancelario negociado en 1858, no nació de una nueva cláusula de la convención británica de 1860. La distinción no reduce la responsabilidad imperial, sino que permite localizarla: el tráfico estaba ligado a intereses mercantiles y fiscales, y la guerra reforzó un sistema en el que China no podía decidir por sí sola las condiciones de entrada de esa mercancía. Presentar todos los privilegios como una sola decisión de Pekín oscurece cómo fueron acumulándose mediante acuerdos sucesivos.
Algo semejante ocurre con la extraterritorialidad, que procedía de tratados anteriores. Los extranjeros amparados por esos acuerdos quedaban sometidos a jurisdicciones consulares, en lugar de depender enteramente de la justicia china, una desigualdad decisiva entre personas presentes en un mismo territorio. Eso no equivalía a ausencia de toda ley ni convertía cada puerto abierto en una colonia: era una limitación concreta de la jurisdicción Qing, cuya importancia se aprecia mejor cuando se explica su funcionamiento que cuando se presenta como una inmunidad absoluta.
En el plano territorial también deben separarse tres operaciones: la cesión de la isla de Hong Kong en 1842, la incorporación del sur de Kowloon en 1860 y el arrendamiento de los Nuevos Territorios en 1898. La expansión británica fue acumulativa, mediante instrumentos jurídicos distintos y bajo relaciones de fuerza desiguales. Confundirlos en una sola entrega borra tanto la secuencia como las decisiones que transformaron una posición insular en un enclave colonial de mayor extensión.
Los límites de la soberanía y la continuidad de los Qing
La Convención de Pekín consolidó un orden desigual, pero no supuso la colonización total de China. Los Qing siguieron gobernando la mayor parte de su territorio, recaudaron impuestos, nombraron funcionarios y movilizaron ejércitos; las potencias obtuvieron territorios concretos, derechos comerciales y privilegios jurisdiccionales sin sustituir íntegramente al Estado chino. La soberanía quedó profundamente limitada, aunque de forma distinta según las materias, los lugares y la potencia con la que se negociara, una combinación que no encaja en las alternativas de independencia intacta o conquista completa.
La presencia diplomática extranjera en Pekín afectaba también a la representación del orden imperial. Fairbank permite situar esa transformación dentro de la formación del sistema de tratados, siempre que no se convierta el tianxia, la idea de un orden universal centrado en el emperador, en una regla rígida que explicara cada decisión de la corte. La diplomacia Qing ya había negociado pragmáticamente y mantenido relaciones diferentes en sus fronteras; el problema de 1860 no fue descubrir la existencia del exterior, sino actuar dentro de un sistema cuyos derechos podían imponerse por la fuerza.
La actuación posterior del príncipe Gong muestra por qué la historia no termina en la capitulación. Participó en la creación del Zongli Yamen en 1861, una institución destinada a gestionar las relaciones con las potencias extranjeras, mientras distintos dirigentes impulsaban arsenales, aprendizajes técnicos y reformas para sostener el régimen. La cooperación exterior también podía ayudar a combatir rebeliones y obtener recursos, de modo que las potencias capaces de atacar a la corte podían encontrar conveniente su supervivencia. Para los intereses comerciales, un gobierno que garantizara estabilidad podía resultar más útil que una nueva descomposición del país.
Adaptarse podía conservar al Estado y, al mismo tiempo, afianzar las condiciones impuestas desde fuera. El autorreforzamiento no resolvió todos los problemas, pero tampoco fue un gesto vacío; sus logros y límites pertenecieron a una disputa sobre qué cambiar para preservar la dinastía. El final de los Qing en 1911-1912 respondió a un proceso mucho más amplio, por lo que presentar Pekín como su causa directa y suficiente borra medio siglo de decisiones, conflictos y transformaciones que todavía no estaban resueltos en 1860.
Una paz que organizó la desigualdad
La importancia de la Convención de Pekín no está en que China comenzara a relacionarse con el mundo, sino en las condiciones bajo las que debía hacerlo. La apertura comercial y la representación diplomática no eran necesariamente formas de dominación en cualquier circunstancia; lo fueron aquí por el respaldo militar y la distribución desigual de derechos que las acompañaban. Los vencedores podían exigir el cumplimiento de unas obligaciones que el gobierno imperial no tenía la misma libertad para revisar.
Gong tuvo que convertir una derrota en un acuerdo que dejara a su dinastía margen para continuar, mientras británicos y franceses hicieron de ese acuerdo una garantía para sus intereses. Entre ambas necesidades se estableció una paz duradera en sus efectos, aunque no fuera una paz entre iguales: los ejércitos podían retirarse, pero las obligaciones que habían impuesto seguían presentes en los puertos, las aduanas y las decisiones del gobierno. Esa tensión entre subordinación exterior y reconstrucción del poder interior explica mejor la herencia de 1860 que la imagen de una civilización derrumbada de una vez para siempre.
Fuentes y criterio de lectura
- Fairbank, John King. China: una nueva historia, capítulos 9 y 10. Pasajes sobre el sistema de tratados y la restauración Qing contrastados en el ejemplar de trabajo; sus interpretaciones se distinguen del contenido literal de los acuerdos.
- Convención anglo-china de Pekín, 24 de octubre de 1860. GRIPS / Universidad de Tokio.
- Convención franco-china, 25 de octubre de 1860. Transcripción de prensa contemporánea en Fondation Napoléon.
- Office of the Historian: la segunda guerra del Opio y los tratados de Tianjin.
- FRUS, 1913, documento 229. Contraste del arancel del opio de 1858, sin adoptar la valoración retrospectiva del documento.
- National Army Museum: Second China War. Secuencia de la campaña y la represalia ordenada por Elgin.
- Felice Beato: retrato del príncipe Gong, 1860. The Metropolitan Museum of Art. El título histórico del catálogo incluye «Emperor of China», pero el retratado es el príncipe Gong, no el emperador.
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