Hamengkubuwana II: un sultán atrapado entre dos imperios


La historia de Hamengkubuwana II no es solo la de un soberano depuesto. Es la de un rey javanés que quedó suspendido entre dos máquinas imperiales en plena mutación de Europa y Asia: primero la autoridad neerlandesa trastornada por las guerras napoleónicas, después el interregno británico en Java, y finalmente la restauración holandesa. Su exilio no fue un castigo lineal, sino una cadena de traslados, promesas ambiguas, maniobras cortesanas y vigilancias sucesivas que lo convirtieron en una figura incómoda para todos. La propia fuente central del episodio, el Babad Mangkudiningratan, lo presenta así: como un monarca y una familia “atrapados entre dos imperios”, el británico y el neerlandés, mientras sus opciones de regreso cambiaban al ritmo de tratados y relevos de bandera en Batavia.

El contexto importa. A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, Java no era solo un espacio colonial: era un tablero alterado por la ocupación francesa de Holanda, por la intervención británica en las colonias neerlandesas y por la crisis del viejo orden javanés. Herman Willem Daendels, enviado a Java para defender las posesiones holandesas, introdujo reformas administrativas y políticas que Hamengkubuwana II no aceptó de buen grado. El sultán ya había sido apartado una vez bajo Daendels, pero recuperó el poder cuando el dominio británico sustituyó al neerlandés en 1811. Aquel retorno, sin embargo, no fue una restauración estable, sino una tregua breve antes de una nueva caída.

La segunda deposición llegó bajo Thomas Stamford Raffles. El gobierno británico descubrió correspondencia secreta entre Hamengkubuwana II y Pakubuwana IV de Surakarta para expulsar a los británicos de Java. En 1812, el ejército británico atacó el palacio de Yogyakarta, tomó al sultán y a su familia bajo custodia y reinstaló en el trono al príncipe heredero. Como tantas veces en la historia colonial, la victoria exterior fue inseparable de la colaboración interior. Dos figuras fueron decisivas para la operación: Natakusuma, hermano del sultán, y Tan Jin Sing, capitán de la comunidad china de Yogyakarta. El premio fue inmediato: Natakusuma recibió el nuevo principado de Pakualaman y Tan Jin Sing fue elevado a regente. La caída del sultán no fue, por tanto, solo una derrota militar; fue también una reordenación cortesana fabricada por el imperio con ayuda de enemigos domésticos.

Aquí empieza la parte más interesante. Hamengkubuwana II no fue enviado de una vez a un lugar fijo, sino empujado por una geografía de incertidumbre: Penang, luego Batavia, después Ambon. Esa movilidad revela algo esencial. Los británicos y los neerlandeses no sabían muy bien qué hacer con él. Era demasiado prestigioso para tratarlo como un reo común, pero demasiado carismático para dejarlo libre. Raffles, según un informe citado en el capítulo, le hizo saber en Semarang que su condena se suavizaba: de una temida deportación de por vida a Banda —que el propio sultán consideraba “como una segunda muerte”— pasaba a un destierro en Penang con la vaga promesa de que, si todo permanecía en calma, algún día podría volver a Java a morir en su tierra. Es una escena reveladora: el exilio como castigo, pero también como administración del miedo y del prestigio.

Penang fue, en cierto modo, la fase más ambigua del destierro. No era libertad, pero tampoco un encierro absoluto. El Babad Mangkudiningratan —redactado en el exilio por Mangkudiningrat, hijo del sultán, o por alguien de su círculo inmediato— muestra una vida que todavía conservaba algo de corte: fiestas, sociabilidad, religión, escritura, música, afectos y un poeta de palacio encargado de registrar la experiencia. Margana llega a hablar del exilio de esta familia como quizá el más lujoso de cuantos conocieron las casas reales javanesas bajo dominio colonial. Pero el lujo no eliminaba el desarraigo. La fuente insiste una y otra vez en la tristeza, la soledad y la imposibilidad de sentir pertenencia en el nuevo entorno. El privilegio convivía con la humillación.

Ese exilio también fue un laboratorio moral dentro de la propia familia. En uno de los episodios más significativos, el sultán, desesperado por la espera, pidió la opinión de su hijo Mangkudiningrat sobre su comportamiento frente a los británicos. La respuesta fue dura: el hijo le recordó que había ascendido al trono con aprobación de la Compañía neerlandesa y que, como sujeto de esos poderes, debería haber aceptado la realidad del dominio colonial si quería evitar la ruina de la familia. Es una escena de gran densidad política. El padre seguía pensando como rey destronado; el hijo empezaba a hablar como hombre quebrado por el exilio. Hamengkubuwana II permaneció aferrado a la ambición del retorno; Mangkudiningrat comenzó a abandonar la política interior de la corte para desplazarse hacia una vida más espiritual y, al final, hacia la curación tradicional.

El gran giro llegó con la devolución de Java a los neerlandeses. La restauración holandesa no significó alivio, sino una nueva sospecha. En Batavia, el sultán y su hijo escribieron varias cartas pidiendo permiso para regresar a Yogyakarta, recordando incluso que el acuerdo inicial hablaba de un exilio limitado a tres meses. No recibieron respuesta. Los neerlandeses, ya reinstalados, no querían heredar de los británicos un rey javanés activo, visible y todavía capaz de inspirar lealtades. Tan Jin Sing, que había ayudado a derribarlo, temía incluso que los regentes de Yogyakarta llamados a Batavia se acercaran a él. La decisión final fue enviarlo a Ambon. La explicación de un funcionario neerlandés fue muy clara: el sultán seguía siendo considerado un hombre peligroso, demasiado lleno de expectativas y demasiado capaz de influir sobre otros.

Ambon llevó el drama un paso más allá. Allí el exilio coincidió con la rebelión de Patimura. Los neerlandeses sospecharon que la presencia del sultán podía conectar con la revuelta, sobre todo porque el Babad menciona a un consejero javanés de Patimura, quizá otro exiliado de las guerras anteriores. El miedo colonial fue inmediato: para impedir cualquier contacto entre rebeldes y desterrados, sacaron al sultán y a su familia de sus residencias y los encerraron por un tiempo en un barco neerlandés. La escena es extraordinaria: un monarca ya deportado vuelve a ser confinado flotando, como si ni la isla bastara para contener el prestigio político de su sola presencia. Ambon demuestra que el exilio colonial nunca era una solución definitiva; era un equilibrio precario entre distancia, vigilancia y pánico.

Y, sin embargo, el imperio no consiguió quebrarlo del todo. Tras el fin de la rebelión en Ambon, los neerlandeses permitieron que Hamengkubuwana II regresara a Java. La noticia llegó con una condición: debía olvidar toda pretensión de volver al poder. El sultán contestó que solo quería regresar a casa, morir y ser enterrado en su tierra. Pero la historia no se cerró ahí. Como resume Margana, el temor colonial estaba justificado: una vez de vuelta, la evolución política de Yogyakarta permitió que Hamengkubuwana II fuese restaurado por tercera vez como sultán. Habían logrado desterrarlo; no habían conseguido vaciarlo de legitimidad.

Ese es, en el fondo, el núcleo del episodio. El exilio transformó profundamente a unos y no cambió a otros. Mangkudiningrat, humillado, entristecido y desorientado, terminó en Ambon como tabib, curandero, conocido con otro nombre y dedicado a sanar a otros. Su padre, en cambio, siguió siendo políticamente irreductible. El hijo se adaptó a la herida; el padre siguió viviendo contra ella. Ahí está la grandeza y la tragedia de Hamengkubuwana II: fue lo bastante flexible para soportar el destierro, pero demasiado monárquico para aceptarlo de verdad. Los británicos y los neerlandeses quisieron domesticarlo mediante la distancia. Solo lograron aplazar su problema.

Si el caso del último rey de Kandy mostraba cómo el imperio podía liquidar una monarquía budista y ocupar su lugar, el de Hamengkubuwana II enseña otra cosa: que a veces el exilio no destruye la soberanía derrotada, sino que la conserva en estado latente. Penang, Batavia y Ambon no fueron solo lugares de castigo. Fueron estaciones de una lucha más larga entre prestigio local y poder colonial, entre memoria dinástica y administración imperial. Hamengkubuwana II cayó varias veces, pero nunca dejó de ser un rey problemático para quienes intentaban sustituirlo. Y eso, para un imperio, era quizá la peor noticia posible.

BIBLIOGRAFÍA

Margana, Sri. “Caught between Empires: Babad Mangkudiningratan and the Exile of Sultan Hamengkubuwana II of Yogyakarta, 1813–1826.” En Exile in Colonial Asia: Kings, Convicts, Commemoration, editado por Ronit Ricci. Honolulu: University of Hawai‘i Press, 2016.

Anonymous. Babad Mangkudiningratan. MS. Bb.20. Pura Pakualaman Library, Yogyakarta, s. f.

Carey, Peter. The British in Java, 1811–1815: A Javanese Account. Oxford: Oxford University Press, 1992.

Carey, Peter. The Power of Prophecy: Prince Dipanagara and the End of an Old Order in Java, 1785–1855. Leiden: KITLV, 2008.

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