CHUN DOO-HWAN. Corea del Sur en la década de los 80.
La historia oficial nos dice que la muerte del dictador Park Chung-hee (asesinado a tiros el 26 de octubre de 1979 por su propio jefe de inteligencia durante una cena) abrió un "vacío de poder democrático". Tras el magnicidio, el primer ministro civil, Choi Kyu-hah, asumió la presidencia interina. Era un burócrata de paja, un holograma sin poder real. En el ecosistema de la Guerra Fría, el verdadero control del Estado residía exclusivamente en quien manejara los expedientes de chantaje de la inteligencia y el control del ejército.
En estos momentos, el general de división Chun Doo-hwan era el jefe del Comando de Seguridad de Defensa, el hombre encargado de "investigar" el asesinato del presidente. En lugar de investigar, Chun utilizó su acceso total a la inteligencia militar para ejecutar un asalto al gobierno del país. Chun no actuaba solo, era el líder de Hanahoe (el "Grupo de Uno"), una brutal, secreta e ilegal logia militar de extrema derecha incrustada en la cúpula del ejército, unida por juramentos de sangre al estilo de la mafia siciliana.
La noche del 12 de diciembre de 1979, Chun arrestó a punta de pistola al jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Chung Seung-hwa, acusándolo falsamente de complicidad en el magnicidio. Desató tiroteos en el centro de Seúl para purgar a la cúpula militar rival que se oponía a su logia. La academia lo llama educadamente un "virtual coup" (golpe virtual). El código penal lo define como el secuestro del aparato del Estado por parte de una logia militar.
LA MATANZA DE GWANGJU (MAYO 1980)
FASE 3: LA QUINTA REPÚBLICA (1981-1987)
El Pacto Fáustico con los Chaebols. Chun no dirigió la economía como un estadistao. Entregó el país a los gigantescos conglomerados familiares (Chaebols como Samsung, Hyundai, LG o Daewoo). El contrato social era una forma de esclavitud moderna rentabilizada: el Estado militar aplastaría cualquier intento de sindicalismo, asfixiaría las huelgas obreras a base de palizas y torturas en los sótanos policiales (como el infame centro de Namyeong-dong), garantizando a las corporaciones una mano de obra barata, exhausta y disciplinada. A cambio, los Chaebols debían financiar los fondos del dictador y multiplicar las exportaciones del país.
La Política de las "3 S" (Screen, Sports, Sex). Para sedar a la población y desactivar el trauma social de Gwangju, la inteligencia de Chun diseñó una política de control mental masivo. Relajaron la severa censura sobre el cine erótico (Sex) para distraer a los jóvenes, introdujeron la televisión en color a nivel nacional (Screen) para inundar los hogares de entretenimiento y crearon, con dinero público y corporativo, ligas profesionales de béisbol y fútbol (Sports). Era la lobotomía perfecta: consumismo alienante y orgías deportivas en la superficie, mientras la represión política operaba en el subsuelo.
FASE 4: LA VIDA PRIVADA: "PANTALONES ROJOS" Y EL COMPLEJO DE SANSÓN
La propaganda militar vendía a Chun como un soldado espartano, un patriota austero y disciplinado. La autopsia de sus cuentas bancarias revela la radiografía de un cleptócrata desatado que gestionó su intimidad con la misma psicopatía con la que ordenó la masacre militar.
Detrás de la mirada gélida del general operaba una maquinaria de saqueo inmobiliario liderada por su esposa, la Primera Dama Lee Soon-ja. En los mentideros de Seúl se la conocía por su apodo clandestino: "Pantalones Rojos" (Ppalgan Baji), por la llamativa ropa que usaba cuando recorría el distrito de Gangnam (entonces en pleno boom urbanístico). Utilizando información privilegiada del Estado sobre el trazado de nuevas autopistas y líneas de metro, compraba terrenos a precio de saldo (extorsionando a los dueños con escoltas militares) para revenderlos por fortunas. Convirtió el urbanismo de Seúl en su tablero de Monopoly particular.
Chun colocó a su hermano menor, Chun Kyung-hwan, al frente del Saemaul Undong (la red de desarrollo rural con presupuesto ilimitado). El hermano malversó decenas de millones de los presupuestos agrícolas para pagarse coches de importación, sobornos y, literalmente, palos de golf de oro macizo. Chun y su esposa crearon fundaciones "benéficas" (como la Fundación Ilhae, seudónimo del dictador). Chun convocaba a los presidentes de los Chaebols en la Casa Azul y les exigía pagos directos en maletines como "donaciones voluntarias". Si pagaban, obtenían monopolios y contratos estatales. Si se negaban (como le ocurrió al gigantesco Grupo Kukje en 1985), Chun ordenaba a los bancos estatales cortarles el crédito de un día para otro, desmembrando y quebrando la corporación entera en semanas como escarmiento para el resto. Amasó un tesoro secreto estimado en cerca de 1.000 millones de dólares.
La fragilidad psicológica de este asesino de masas se resumía en su calvicie. Aterrorizado por las burlas, la censura del Estado emitió órdenes secretas a todas las cadenas de televisión: estaba terminantemente prohibido mostrar a actores calvos en papeles cómicos o de villanos. Las cámaras de los noticieros tenían manuales sobre los ángulos exactos para no enfocar su coronilla. El terror de Estado se aplicó para proteger el frágil ego capilar de un asesino.
FASE 5: EL LÍMITE DEL MIEDO Y EL FIN DEL DICTADOR (1987)
Chun Doo-hwan fue devorado por su propio milagro económico. La dictadura, al industrializar el país, fabricó involuntariamente una inmensa clase media educada, urbana y conectada con el exterior. En enero de 1987 se reveló que la policía había torturado y asfixiado en una bañera (durante un interrogatorio) al estudiante universitario de 21 años, Park Jong-chul. Al intentar encubrirlo, el país estalló. En el Levantamiento Democrático de Junio, la diferencia táctica letal fue que a los estudiantes radicales se les unió la "Brigada de las Corbatas" (los oficinistas, ejecutivos de los Chaebols y comerciantes). Salieron de sus rascacielos al terminar la jornada laboral para enfrentarse a la policía antidisturbios.
Acostumbrado a la sangre, Chun quiso hacer "otro Gwangju" y amenazó con declarar la ley marcial y sacar los tanques a las calles de Seúl. Pero la geopolítica corporativa le ató las manos. Faltaba apenas un año para los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. El Comité Olímpico Internacional y los inversores extranjeros amenazaron con boicotear los juegos y huir del país si había un baño de sangre masivo televisado globalmente por la CNN. Washington (la administración de Ronald Reagan) le envió una orden tajante: No saques los tanques bajo ninguna circunstancia, arruinarás el escaparate del capitalismo asiático frente a la URSS. Acorralado por las protestas millonarias, la presión olímpica y el veto de sus jefes estadounidenses, Chun se rindió. El 29 de junio de 1987, obligó a su delfín, Roh Tae-woo, a ejecutar el fin del régimen: anunció la aceptación de una nueva Constitución democrática y elecciones presidenciales directas. El dictador dimitió para salvar el ecosistema económico y evitar acabar él y su familia colgados de una farola.
FASE 6: EL EPÍLOGO, EL ALZHEIMER SELECTIVO Y LA MUERTE EN EL CAMPO DE GOLF
La verdadera catadura moral de Chun se demostró en su impune y obsceno retiro, inaugurando una era de insultos sistemáticos a la justicia. Cuando en 1988 las protestas exigían su cabeza por la corrupción de su familia, Chun y su esposa se autoexiliaron en el remoto y gélido templo budista de Baekdamsa. Las cámaras mostraban al temible general vestido con ropas austeras de monje, barriendo la nieve y rezando. No fue un retiro de expiación espiritual, fue una brillante estrategia de relaciones públicas diseñada por sus abogados para ganar tiempo, dar lástima y permitir que sus testaferros escondieran el dinero en cuentas offshore.
Tras la democratización, Chun y Roh Tae-woo fueron finalmente juzgados. En 1996, en el "Juicio del Siglo", Chun fue condenado a muerte por sedición, traición y la masacre de Gwangju. Vergonzosamente, fue indultado al año siguiente (1997) en un cínico pacto político de "reconciliación nacional", pero se le ordenó devolver 220 millones de dólares robados. En 2003, citado por el tribunal de embargos, Chun juró bajo juramento que estaba en la ruina. Afirmó que todo su patrimonio en el mundo se reducía a dos perros domésticos y 290.000 wones en el banco (apenas unos 250 dólares americanos). Sus hijos, mientras tanto, usaban el dinero oculto para comprar viñedos en California y abrir empresas pantalla.
Mientras juraba ser pobre, vivió el resto de su vida en una mansión acorazada en el ultraexclusivo barrio de Yeonhui-dong en Seúl, viajando en limusinas y protegido las 24 horas por una cohorte de policías estatales pagados con los impuestos de sus víctimas. En sus últimos años, cuando un juez lo citó por difamar en sus memorias a las víctimas de Gwangju, sus abogados alegaron que el exdictador sufría un Alzheimer tan severo que no podía recordar nada ni mantenerse en pie. Semanas después, periodistas lo grabaron con cámara oculta jugando una partida de golf perfecta. En el vídeo, el supuesto "enfermo terminal" calculaba el swing a la perfección, reía con sus exgenerales, daba propinas a los caddies y discutía de forma agresiva y lúcida con los reporteros que le exigían disculpas. Su Alzheimer era, clínicamente, un chaleco antibalas legal.
La justicia no vino del frágil Estado surcoreano, sino de su propia sangre. En la primavera de 2023, su nieto, Chun Woo-won, rompió la omertà de la familia desde Nueva York. A través de emisiones en directo en YouTube e Instagram, el nieto expuso la vida de obscena opulencia criminal del clan, financiada con "dinero negro escondido en las paredes". Describió a su abuelo sin paliativos como "un asesino en masa y un ladrón". Fue el nieto quien viajó a Gwangju, se arrodilló llorando amargamente ante las tumbas del 18 de Mayo y pidió el perdón que el dictador jamás pronunció.
CONCLUSIONES. El Precio del "Milagro"
Chun Doo-hwan murió en noviembre de 2021, a los 90 años. Murió cómodamente en la cálida cama de su mansión, rodeado de lujos. Jamás pisó la cárcel más allá de un breve encierro VIP, jamás mostró un solo átomo de remordimiento y el Estado jamás recuperó la inmensa mayoría del dinero que expolió.
Su vida es la demostración de la peor ley de la impunidad capitalista de la Guerra Fría: Si robas un millón de dólares vas a la cárcel; pero si robas el presupuesto nacional entero, masacras a tu pueblo y le garantizas la paz social a las corporaciones y a Washington, el sistema te garantizará una mansión, escolta policial y un caddie para llevarte los palos de golf hasta el último día de tu vida.
El Estado surcoreano, temeroso de desestabilizar la economía, no se atrevió a desmantelar por completo sus finanzas porque habría implicado sentar en el banquillo a toda la élite empresarial que le financió y que hoy gobierna la economía del país.
Sin embargo, a largo plazo, Chun Doo-hwan logró exactamente lo contrario de lo que pretendía su dictadura. Quiso construir un orden cimentado en la amnesia bajo una gruesa capa de asfalto, rascacielos y televisores en color; pero, al hacerlo, proporcionó el martirologio fundacional innegociable de la nación.
La legitimidad democrática de la hiper-tecnológica Corea del Sur actual no nació en los impolutos consejos de administración de Samsung, ni fue un civilizado regalo de los diplomáticos de Washington. Nació arrancada con los dientes desde los sótanos de tortura de Namyeong-dong, escrita con la sangre de los taxistas, los oficinistas y los estudiantes de Gwangju y Seúl. Ellos demostraron que, en la contabilidad matemática del totalitarismo, el miedo es un activo que siempre termina depreciándose.
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