LA DIVISIÓN DE COREA. LA CONFERENCIA DE YALTA (1945)
LA DIVISIÓN DE COREA:
LA CONFERENCIA DE YALTA (1945)
"Los banquetes abundantes en alcohol y carne de la Conferencia de Yalta fueron una transacción de "guante blanco" realizada por hombres que nunca pisaron el suelo de Corea. Stalin vendió una falsa promesa de cooperación, Roosevelt compraba un tiempo que no tenía, y Churchill salvó lo que pudo de su imperio. Al final, la factura de esa cena de gala en Livadia se pagó en wones y sangre coreana, dejando una península que, ochenta años después, sigue siendo el monumento más grande y aterrador a la incompetencia diplomática y actúa como museo de una congelada Guerra Fría. Detrás de las sonrisas, alcohol y diplomacia de Yalta, se creaba una herida que marcaría a la Península coreana durante el S.XX."
EL ANFITRIÓN: STALIN Y SU SUEÑO EXPANSIONISTA
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| Stalin |
Para Stalin, la guerra ya estaba ganada en el campo de batalla; Yalta era solo la notaría para legalizar el botín como recompensa por los esfuerzos en la guerra. La URSS era la nación que más sacrificó en población e infraestructuras, además de aguantar el embate nazi. Su prioridad absoluta no era la paz, sino el espacio vital. Quería que toda Europa del Este fuera un colchón contra futuras invasiones. Polonia no era un país para él, sino un "corredor" que debía ser controlado por un gobierno títere bajo su influencia (el Comité de Lublin). En cuanto a Alemania, Stalin quería una Alemania tan débil que nunca pudiera volver a levantarse, exigiendo reparaciones de guerra que habrían dejado al país en la Edad Media.
Su objetivo en el Palacio de Livadia era desarmar psicológicamente a sus invitados. Stalin sabía que Roosevelt estaba físicamente acabado y que Churchill era un lord victoriano romántico del siglo XIX.
Con una generosidad estratégica, Stalin inundó a las delegaciones con caviar, carne de caza y alcohol de primera. Una persona, más negociador, embriagada y con una digestión pesada es menos aguda, y mide menos sus palabras y oculta peor sus pensamientos. Mientras los estadounidenses se maravillaban de la "calidez" georgiana y se lo agradecían a Stalin, Stalin leía cada noche las transcripciones de los micrófonos ocultos. Sabía exactamente qué temas causaban fricción entre Londres y Washington antes de que se sentaran a la mesa. Con toda esta parafernalia, quería proyectar la imagen de un estadista razonable, el "Tío Joe". Si lograba que Roosevelt confiara en él, podía aislar a Churchill, a quien Stalin consideraba el verdadero obstáculo para la expansión soviética.
En cuanto al tema coreano, es donde Stalin demostró ser un maestro del engaño. Oficialmente, la URSS aún tenía un pacto de no agresión con Japón, pero en privado, Stalin ya había decidido el destino de Asia. La cuestión de Corea se trató de forma vaga. Stalin aceptó la idea de un "fideicomiso" de cuatro potencias (EE. UU., URSS, China y Reino Unido) para preparar a Corea para la independencia. Pero era una mentira táctica, Stalin no tenía interés en una Corea independiente. Su plan era esperar al colapso de Japón, entrar en la guerra en el último minuto (como hizo en agosto de 1945) y ocupar la mayor cantidad de territorio posible. Quería puertos de aguas cálidas, anhelaba poseer Corea como una fuerte entrada a las rutas del Pacífico, además de establecer una base de operaciones para influir en la guerra civil china. Para obtener su deseada compensación, aceptó entrar en guerra contra Japón tres meses después de la derrota de Alemania, pero a cambio exigió el control de las islas Kuriles, el sur de Sajalín y derechos sobre los puertos de Manchuria. Básicamente, quería recuperar todo lo que el Imperio Ruso había perdido en 1905 frente a los japoneses y así concretar la revancha histórica de Rusia, dando a Stalin más éxitos bajo su nombre e imagen.
Pero no se engañe querido lector, si algo le quitaba el sueño a Churchill no era la "democracia" (un concepto que usaba para quedar bien en la prensa), sino el Equilibrio de Poder, sobretodo en Europa. Su obsesión era evitar que el Reino Unido se convirtiera en una potencia de segundo orden, dos hechos demuestran estas metas de Churchill:
La Servilleta de la Vergüenza: Meses antes de Yalta, en Moscú, Churchill ya había deslizado hacia Stalin un trozo de papel (la famosa "Nota de los Porcentajes"). En ella, se repartían los Balcanes: Un 90% para Rusia en Rumanía, mientras que un 90% de Grecia caía para Gran Bretaña.
En Yalta, el pánico: Al ver el avance imparable del Ejército Rojo, Churchill intentó "salvar" Polonia, no por amor a los polacos, sino porque Polonia era la barrera física que evitaba que el comunismo llegara al Canal de la Mancha. Ver a Stalin quedarse con el estratégico botín de Varsovia fue, según sus propias palabras, "la tragedia más grande de mi vida política".
Para Churchill, Corea era un tema poco importante a tratar, secundario. En 1945, el Imperio Británico seestaba desmoronando en la India y el Sudeste Asiático; Corea poco aunque a Churchill le horrorizaba la idea de Roosevelt del "fideicomiso" porque si se permitía que la ONU o las potencias como la URSS tutelaran Corea hasta su independencia, ¿qué impediría que hicieran lo mismo con Hong Kong o Singapur? ¿Qué garantía había de que la URSS de Stalin respetaría la independencia de las naciones tuteladas?
Churchill ante tal dilema diplomático, usó la estrategia del silencio público. En las actas privadas, Churchill apenas interviene sobre Corea. Su silencio era una forma de decir: "Si ustedes, americanos, quieren regalarle media península a Stalin para que les ayude con Japón, adelante; pero no esperen que nosotros pongamos un solo penique". Para él, Corea era una ficha que Roosevelt estaba desperdiciando.
Hay un registro de Churchill volviendo a su habitación en el Palacio Vorontsov (donde se alojaba la delegación británica) después de una sesión especialmente dura. Se desplomó en su silla, encendió un puro y dijo resumiendo de forma magistral la situación geopolítica de los tres grandes:
"Roosevelt está flotando en las nubes de la beneficencia universal, y Stalin está sentado en el suelo contando sus monedas de oro. Y yo... yo solo intento que no nos roben hasta los pantalones mientras dormimos".
Churchill vio el peligro del expansionismo soviético, lo gritó, pero nadie le escuchó porque el Reino Unido ya no tenía los tanques necesarios para respaldar sus palabras. Stalin lo sabía, y por eso le servía el mejor brandy: para que Churchill se ahogara en su propia impotencia con elegancia.
F.D. ROOSEVELT, ¿EL INVITADO INGENUO?
Franklin Delano Roosevelt (FDR) en Yalta es una de las figuras más trágicas y, a la vez, más cuestionadas de la historia contemporánea. FDR no era el arquitecto victorioso que presentaba la propaganda, sino un jugador de póker que se estaba quedando sin fichas, sin tiempo y, literalmente, sin vida. Si Churchill era el realismo cínico y Stalin el pragmatismo brutal, Roosevelt era el mesianismo pragmático. Estaba convencido de que su encanto personal podía domesticar al lobo estepario.
Roosevelt llegó a Yalta con una tesis peligrosa: que Stalin era un nacionalista ruso antes que un revolucionario bolchevique. Creía que si trataba a Stalin como a un miembro más del "club de las grandes potencias", el dictador se comportaría como un caballero. FDR le dijo a su embajador en Moscú, William Bullitt:"Tengo la sensación de que Stalin no es ese tipo de hombre... Creo que si le doy todo lo que sea posible y no le pido nada a cambio, noblesse oblige, no intentará anexionarse nada y trabajará conmigo por un mundo de democracia y paz". Bullitt, que conocía el terreno, casi se atragantó.
Haciendo gala de su original carisma, Roosevelt, de forma deliberada y un tanto cruel, se burlaba de Churchill en presencia de Stalin para ganarse la confianza del ruso. Pensaba que si se distanciaba del "viejo imperialismo británico", Stalin vería a EE. UU. como un mediador honesto. Stalin, por supuesto, lo leyó como una debilidad oportuna que podía explotar para dividir a los aliados. Al contrario que Churchill, para FDR, Europa ya era un caso perdido o secundario. Su mente estaba en el Pacífico y en la Postguerra.
La ONU como Legado: FDR estaba obsesionado con no repetir el error de Woodrow Wilson con la Sociedad de Naciones. Necesitaba que Stalin entrara en la ONU para que esta tuviera validez. Stalin lo sabía y le cobró cada voto de la Asamblea General con concesiones territoriales en Europa del Este.
El Coste de la Guerra con Japón: La inteligencia militar estadounidense avisó a FDR que la invasión de Japón podría costar un millón de bajas americanas. La Bomba Atómica aún era una teoría no probada. Por lo tanto, el objetivo número uno de Roosevelt en Yalta fue sobornar a Stalin para que declarara la guerra a Japón. El precio del soborno fue, irónicamente, media China y la partición de Corea. FDR veía a Corea como un niño que necesitaba aprender a caminar. Su visión era el Trusteeship (Fideicomiso). Con esa idea e intenciones, Roosevelt propuso a Stalin que Corea no fuera independiente de inmediato, sino que estuviera bajo la tutela de EE. UU., la URSS y China durante unos 20 o 30 años. Fue una decisión tomada desde el absoluto desconocimiento de la realidad coreana. Roosevelt no sabía nada de la historia de Corea, de su resistencia contra Japón o de sus facciones políticas. Para él, Corea era un "ejercicio de administración" alejado de sus fronteras. Stalin aceptó la idea con una sonrisa helada, sabiendo que mientras FDR hablaba de "tutela", el Ejército Rojo simplemente ocuparía ese terreno.
No podemos analizar a FDR en Yalta sin mencionar que estaba muriendo. Su presión arterial era estratosférica y sufría de insuficiencia cardíaca congestiva. Los registros privados de la delegación muestran que Roosevelt solo podía concentrarse de manera efectiva durante un par de horas al día. Stalin, que gozaba de buena salud y la paciencia de un verdugo, alargaba las cenas y las sesiones nocturnas para agotar a FDR. Muchos historiadores sostienen que el Roosevelt de 1944 no habría aceptado las condiciones de Yalta, pero el Roosevelt de 1945 solo quería cerrar el trato y volver a casa a morir.
EL LUGAR, EL CAUCASO, EL PALACIO DE LIVADIA.
Este es el detalle que Churchill omitió en sus memorias por puro decoro británico. A pesar de los esfuerzos soviéticos, el palacio estaba infestado de chinches y piojos tras años de abandono y uso militar. Días antes de la llegada, los soldados soviéticos utilizaron químicos tan potentes que algunos guardias enfermaron. Aun así, los delegados estadounidenses informaron en sus diarios privados de picaduras constantes. Imagina decidir el destino de Berlín mientras te rascas frenéticamente bajo tu uniforme de gala.
La cocina del palacio se convirtió en una extensión de la diplomacia de guerra. Stalin trajo a los mejores chefs del Kremlin y toneladas de suministros de lujo de toda la URSS (que en ese momento pasaba hambre). Las mesas de Livadia estaban perpetuamente cubiertas de fuentes de caviar negro, esturión ahumado, carnes de caza y jarras de vodka. Mantener a Roosevelt y Churchill en un estado de letargo postprandial. Un negociador con el estómago pesado y lleno de alcohol es mucho más propenso a ceder en la frontera del Oder-Neisse que uno que ha desayunado tostadas y té.
El palacio no solo fue preparado por dentro, sino blindado por fuera. Tres anillos de tropas del NKVD rodearon el complejo. No se permitía que ningún miembro de las delegaciones occidentales saliera del perímetro sin escolta soviética. No era por su seguridad; era para evitar que vieran la realidad de Crimea: una tierra de deportaciones masivas y pueblos fantasma tras la expulsión de los tártaros por orden de Stalin meses antes. La preparación de Yalta fue un triunfo del potemkinismo. Stalin construyó un decorado imperial sobre una fosa común, convenciendo a un Roosevelt moribundo y a un Churchill exhausto de que la Unión Soviética era un socio civilizado, mientras los micrófonos en el techo registraban cada uno de sus suspiros.
LA SOMBRA DE LA DIVISIÓN: LAS NEGOCIACIONES SOBRE COREA.
Como ya hemos visto, la dieta en Yalta fue una herramienta de guerra para influir en las negociaciones. Los banquetes soviéticos eran legendarios por su exceso, diseñados para nublar el juicio de los occidentales. Los delegados eran agasajados desde las 9 de la mañana con vodka, caviar, esturión y carnes pesadas. Churchill, por supuesto, no puso objeciones, pero la salud de Roosevelt, que sufría de una hipertensión maligna (190/110 mmHg durante las sesiones), se deterioraba con cada brindis. Se servían cantidades industriales de vino local y brandy. Mientras Churchill mantenía su legendaria resistencia al alcohol, Stalin a menudo bebía agua de una botella de vodka para permanecer sobrio mientras veía a sus "aliados" soltar la lengua.
Franklin D. Roosevelt estaba muriendo. Su médico personal, Howard Bruenn, sabía que el presidente estaba en fallo cardíaco congestivo. Stalin, que era un depredador nato, notó la palidez cadavérica y los temblores de FDR. Comprendió que el estadounidense solo quería una cosa: que la URSS entrara en guerra contra Japón y que se fundara la ONU para asegurar su "legado".
En estas circunstancias se explica el error que cometió Roosevelt al suplicar a Stalin que entrara en la guerra contra Japón, FDR le dio al "Zar Rojo" el derecho de admisión en Asia y Corea. Al reconocer las "aspiraciones" soviéticas en Manchuria y los puertos de aguas cálidas, Yalta eliminó el freno diplomático al expansionismo soviético. Cuando Japón colapsó tras Hiroshima, no hubo resistencia legal para que el Ejército Rojo descendiera sobre Corea. El paralelo 38 fue el parche desesperado de Truman para intentar detener una marea que Roosevelt había invitado a entrar en Crimea.
LA SECUELA DE YALTA, LA CONFERENCIA DE POSTDAM:
Si Yalta fue un mercado de carne, lo de Corea fue un ejercicio de cartografía improvisada realizado por dos coroneles con sueño, un mapa de la National Geographic y un desconocimiento absoluto de lo que estaban condenando a muerte. Mientras la URSS declaraba la guerra a Japón y sus tropas descendían sobre Manchuria como una plaga de langostas, en Washington cundió el pánico. Los soviéticos estaban a punto de ocupar toda la península de Corea antes de que los estadounidenses pudieran siquiera desembarcar un regimiento de marines.Potsdam, julio de 1945. Los suburbios de un Berlín carbonizado reciben a un victorioso Stalin que llega a la conferencia no como el camarada que necesita ayuda, sino como el Zar Rojo de Eurasia. Si en Yalta era un negociador astuto, en Potsdam es un estratega que sabe que tiene el mundo —y especialmente a Corea— sostenidos por el cuello. Truman, en cambio, llega a la conferencia de Potsdam sintiéndose el "aliado pobre" frente a un Stalin victorioso. Pero a mitad de la reunión, recibe un cable esperanzador: «Los bebés han nacido satisfactoriamente». La prueba Trinity era un éxito.
Truman creía que la bomba era su "garrote" (en palabras de su Secretario de Estado, James Byrnes). Pensaba que con el arma nuclear ya no necesitaba rogarle a Stalin que entrara en la guerra contra Japón. Quería usar el átomo para dictar los términos de la postguerra en Asia y, sobre todo, para echarse atrás en las concesiones de Yalta sobre Corea y Manchuria. Intentó asustar a Stalin con una mención casual sobre una "nueva arma de fuerza inusual". Esperaba que el "Zar Rojo" palideciera. Stalin, con una impasibilidad glacial, simplemente le deseó que la usara bien.
Lo que Truman no sabía es que Stalin recibía informes diarios de sus espías en Los Álamos (Klaus Fuchs y compañía). Stalin no se dejó intimidar porque ya había ordenado su propio "Proyecto Enorme" para fabricar la bomba soviética. En su mente, la bomba americana no era un arma de paz, sino un instrumento de hegemonía capitalista. Stalin comprendió que tenía una contrarreloj antes de que EE. UU. pudiera usar la bomba para coaccionarlo. Por eso, en cuanto Hiroshima fue borrada del mapa, Stalin lanzó al Ejército Rojo sobre Corea a una velocidad inusual. No iba a esperar a que Truman "renegociara" Yalta; iba a crear hechos consumados sobre el terreno mientras el humo atómico aún nublaba la vista de Washington. Aquí reside la gran paradoja de estas conferencias de paz: la bomba atómica, diseñada para terminar la guerra rápidamente, fue lo que hizo que la división de Corea fuera permanente.
Rusk admitió años después que si hubieran sabido que el 38 dejaba la capital, Seúl, en la zona estadounidense por un margen tan estrecho, Stalin podría haber dicho que no. Pero el "Zar Rojo" aceptó sin pestañear. ¿Por qué? Porque Stalin esperaba que, a cambio de su generosidad en Corea, los americanos le dejaran ocupar una parte de Hokkaido en Japón. No ocurrió. De esta forma el destino de una nación Corea, y sus habitantes quedó marcado y ligado al destino de la Guerra Fría. Corea quedó dividida en dos países totalmente opuesto pero unidos por la historia, la cultura y la sangre.
En 1950, cuando estalló la guerra coreana, la sombra del hongo nuclear lo dictó todo. Truman no usó la bomba contra Kim Il-sung porque temía que Stalin (que ya tenía su propia bomba desde 1949) respondiera borrando del mapa París o Londres. Por primera vez en la historia, dos potencias con capacidad nuclear decidieron no usar su arma definitiva y, en su lugar, dejar que un país tercero (Corea) se desintegrara en una guerra convencional infinita. El paralelo 38 se convirtió en la "Frontera Nuclear": una línea que nadie se atrevía a mover demasiado por miedo a que el mundo saltara por los aires.
El coreano común, atrapado entre la radiación diplomática y el plomo real, descubrió que su país se había convertido en el amortiguador atómico del mundo. La división de Corea no es solo política; es la huella física de la primera vez que la humanidad tuvo miedo de su propia sombra nuclear. Corea fue el "experimento" más cruel de la Guerra Fría. Dos superpotencias cortaron un país milenario como si fuera una tarta de cumpleaños, sin preguntar a los invitados. El paralelo 38 no es una frontera; es una cicatriz mal curada que demuestra que, en política exterior, las decisiones tomadas con prisas en una oficina con aire acondicionado suelen pagarse con sangre durante tres generaciones.
COREA DEL NORTE
A diferencia de lo que dice la propaganda oficial norcoreana, Kim Il-sung no era un líder nacionalista independiente; era un capitán del Ejército Rojo que hablaba mejor ruso que coreano cuando llegó a Pionyang en un barco soviético. Entre 1948 y 1950, Kim viajó a Moscú obsesivamente para suplicar a Stalin permiso para invadir el Sur. Stalin, que era un paranoico profesional, le dio largas. No quería una guerra directa con Washington. Stalin solo dio el visto bueno cuando los espías soviéticos (los "Cinco de Cambridge") le aseguraron que Estados Unidos no intervendría. Además, Stalin puso una condición: si las cosas salían mal, Mao Zedong tendría que enviar a sus chinos a la guerra, no los soviéticos. Stalin puso los tanques T-34; Mao puso la carne de cañón.
COREA DEL SUR
En el Sur, la situación no era mucho más glamurosa. Los estadounidenses sacaron de un retiro en Hawái a Syngman Rhee, un anciano testarudo, educado en Princeton y con tendencias mesiánicas. Los oficiales estadounidenses en Seúl detestaban a Rhee. En privado, lo llamaban "nuestro dictador", pero era el único anticomunista que no había colaborado con los japoneses. Mientras Rhee pedía armas para invadir el Norte, Washington le daba lo mínimo para evitar que provocara una guerra directa con la URSS. Ese desequilibrio —el Norte armado hasta los dientes por la URSS y el Sur con rifles de la Primera Guerra Mundial— fue lo que invitó al desastre.
LOS EFECTOS DE YALTA EN LOS CIUDADANOS COREANOS
En los años de la partición, la comida reflejaba la fractura. Mientras en el Norte Kim Il-sung importaba la etiqueta estalinista (mucho vodka, brindis interminables y paranoia en la mesa), en el Sur nacía el Budae Jjigae o "estofado de base militar".
En Yalta se decidió que los coreanos eran "políticamente inmaduros". Al ignorar al Gobierno Provisional coreano y optar por el fideicomiso, los Aliados crearon un vacío de poder en la política coreana que solo pudo ser llenado por extremistas dependientes de las dos grandes superpotencias: Kim Il-sung (el peón de Stalin) y Syngman Rhee (el mal menor de Washington). La división no fue solo cartográfica; fue visceral. Las secuelas de Yalta se manifestaron en una fractura social que destruyó el tejido mismo de la identidad coreana, partió una nación en dos, en base a intereses geopolíticos ajenos a Corea.
Familias enteras fueron divididas por una línea que Rusk y Bonesteel trazaron en 30 minutos. Lo que en Yalta era un "acuerdo administrativo temporal" se convirtió en una barrera ideológica. En el Norte, la "limpieza" de terratenientes y cristianos (que huyeron al Sur) radicalizó a la población, mientras que en el Sur, la caza de comunistas reales o imaginarios creó un Estado policial bajo el paraguas de la ONU.
Stalin permitió que Kim Il-sung invadiera el Sur solo cuando estuvo seguro de que el equilibrio de Yalta se había roto. La guerra de Corea fue, en esencia, la primera vez que los "subordinados" de las potencias de Yalta empezaron a matarse entre sí para resolver lo que sus amos no quisieron definir en las conferencias. Cuando hablamos de la carnicería en Corea (más de 3 millones de muertos), hablamos del precio que pagaron los coreanos por el cinismo de 1945. Los soldados estadounidenses, enviados a una tierra que sus líderes apenas sabían situar en el mapa, veían a cada civil coreano como un infiltrado comunista. Masacres como la de No-Gun-Ri (donde refugiados fueron ametrallados bajo un puente) son el resultado directo de enviar tropas a defender una línea trazada por compromiso, no por convicción. Antes de que llegaran los tanques del Norte, el régimen de Syngman Rhee ejecutó a miles de supuestos simpatizantes comunistas (la masacre de la Liga Bodo). ¿Por qué? Porque Rhee sabía que su legitimidad era frágil y que Yalta lo había dejado al mando de medio país resentido por no ser unificado.
Para un ciudadano en Pionyang, Yalta no fue una liberación, sino el cambio de un collar japonés por una correa soviética de acero. Stalin no creía en el fideicomiso de Roosevelt; creía en el control de cuadros. El coreano del norte vio cómo su mundo se convertía en una extensión del sistema estalinista: purgas de terratenientes, confiscación de cosechas y el culto a la personalidad de Kim Il-sung (el capitán que Stalin eligió a dedo). Como secuela de la partición de Yalta, la vida en el norte se volvió una movilización perpetua. El "socialismo de cuartel" nació de la paranoia de Stalin de que los americanos usarían el sur como plataforma de invasión. Para el norcoreano, esto significó décadas de raciones de hambre para alimentar un ejército que protegiera la "frontera de Yalta". El hijo de ese norcoreano hoy vive en un sistema que es una cápsula del tiempo de 1945. Mientras el mundo avanzaba, Pionyang se congeló en la desconfianza que Stalin sentía por Occidente en Livadia. Su vida es una oda a la autarquía (Juche), un subproducto del miedo a ser "tragado" por el capitalismo de Roosevelt.
Para un ciudadano en Seúl, Yalta fue una promesa de democracia que se entregó envuelta de autoritarismo y corrupción. Debido a que los americanos en Yalta no tenían un plan real, instalaron a Syngman Rhee. Para el surcoreano de 1950, esto significó vivir bajo una dictadura anticomunista feroz que, irónicamente, usaba métodos similares a los del norte para "limpiar" la sociedad de influencias soviéticas. La vida del surcoreano fue marcada por la inseguridad existencial. El paralelo 38 es una herida abierta que obligó al Sur a desarrollarse a una velocidad maníaca. El "Milagro del río Han" no fue solo economía; fue una carrera desesperada por demostrar que el modelo de Roosevelt era superior al de Stalin. La Hipervigilancia: Incluso hoy, el surcoreano vive con la artillería del Norte apuntando a su oficina en Gangnam. Es el rehén de una línea trazada por dos coroneles americanos en 30 minutos. Su prosperidad está siempre ensombrecida por la posibilidad de que el "fideicomiso" fallido de 1945 termine en un apocalipsis nuclear.
BIBLIOGRAFÍA:
-DORÉ, Francis. Los regímenes políticos en Asia. Siglo veintiuno. 1997
-PYKE, Francis. Empires at war: A short History of Asia since II World War. I.B. Tauris. 2011.
-ROSSELL, Mauricio. Asia Oriental: Desarrollo y democracia
-SETH, Michael J.A concise history of modern Korea. Rowman &Littlefield. 2010
-SETH, Michael J.A history of Korea: From antiquity to the present. Rowman & Littlefield. 2010
DOCUMENTALES


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