IRAK, LA DICTADURA DE SADDAM HUSSEÍN (1979-2006)



Sadam Huseín o de cómo un sicario de Tikrit patrimonializó un país, operó como mercenario de la Guerra Fría y realizó un error petrolífero que le costó la soga.

EL BAUTISMO DE SANGRE, JULIO DE 1979


Para entender la arquitectura del poder absoluto de Sadam, hay que extirpar la palabra "ideología" (el baazismo, el socialismo árabe) y entender su pasado como mercenario. Sadam no gobernó Irak como el presidente de una institución, lo gobernó como el líder del Clan de Tikrit (su ciudad natal), una red basada exclusivamente en lazos de sangre, nepotismo tribal y extorsión.

Su obra maestra institucional y el diseño de su "Estado del Terror" se ejecutaron el 22 de julio de 1979, en el auditorio Al-Khuld de Bagdad.

Sadam acababa de forzar la dimisión de su primo, el presidente Al-Bakr. Para asegurarse de que nadie disputara su toma del poder, convocó a la cúpula del partido Baaz. Mientras fumaba tranquilamente un puro cubano y fingía llorar frente a las cámaras, Sadam hizo que un secretario leyera una lista con los nombres de 68 altos cargos acusados de una "traición" ficticia.

Mientras los nombrados eran arrastrados fuera de la sala por la policía secreta (el Mukhabarat), Sadam ordenó que los ministros que se quedaron en la sala formaran ellos mismos los pelotones de fusilamiento para ejecutar a sus propios compañeros.

La estrategia de este acto fue maquiavélica, Sadam no solo eliminó a la competencia, manchó de sangre las manos de todos los supervivientes. Creó un pacto de complicidad inquebrantable (Omertà). El Estado iraquí dejó de existir esa tarde para convertirse en una dictadura donde la lealtad se medía en cómplicidad de asesinato.

EL APOYO DE OCCIDENTE

Saddam Hussein y Donald Rumsfeld

El romance de Occidente con Sadam no empezó con sorpresa en 1979; venía de mucho antes. La inteligencia anglosajona no vio a Sadam como a un desconocido peligroso en el 79, porque ellos mismos habían ayudado al partido Baaz a tomar el control de Irak dieciséis años antes.

A principios de los 60, el líder de Irak, el general Qasim, cometió el error letal de amenazar con nacionalizar el petróleo de la Iraq Petroleum Company (de propiedad británica y estadounidense) y acercarse a la Unión Soviética. La CIA y el MI6 británico decidieron extirparlo financiando y armando a las milicias del partido Baaz (donde Sadam operaba como un joven y brutal sicario).

La inteligencia estadounidense entregó a las milicias baazistas listas mecanografiadas con los nombres, direcciones y clínicas de cientos de líderes comunistas iraquíes, médicos y sindicalistas. Los escuadrones del Baaz fueron puerta por puerta aniquilando a la intelectualidad de izquierdas basándose en los datos de Washington. (El propio secretario general del Baaz de la época, Ali Saleh Sa'adi, lo admitió con crudeza forense: "Llegamos al poder subidos en un tren de la CIA"). Occidente enseñó a Sadam su primera lección, si exterminas a la izquierda y garantizas el flujo de crudo, el "Mundo Libre" te dará la munición y mirará hacia otro lado.

En febrero de 1979, el Ayatolá Jomeini derrocó al Shah de Irán (el principal gendarme y socio de EE. UU. en el Golfo Pérsico). De repente, un agujero negro de islamismo chií radical amenazaba con devorar los pozos de Arabia Saudí y Kuwait. En diciembre de ese mismo año, la Unión Soviética invadiría Afganistán, acercando sus tanques a las rutas del petróleo.

En medio de este terror, la realpolitik miró hacia Bagdad y vio un milagro. Cuando Sadam purgó a la cúpula del partido en julio, abortó la inminente fusión entre Irak y Siria (que habría creado un mega-Estado árabe aliado de Moscú). Sadam se presentó ante el mundo como un nacionalista feroz, estrictamente laico, que odiaba tanto a los soviéticos como a los clérigos chiíes de Irán. Para el Pentágono y el Elíseo francés, el sangriento golpe de Sadam fue la respuesta a sus plegarias, acababan de encontrar al "Estado Tapón" perfecto.

Para los consejos de administración de las corporaciones armamentísticas occidentales, la purga del auditorio fue una noticia excelente, Sadam eliminó la burocracia colegiada del partido y centralizó todas las decisiones de compra multimillonarias en una sola mano. Sobornar a un tirano todopoderoso es siempre más barato que negociar con un parlamento. Un año después del golpe (1980), Sadam invadió Irán, y Occidente operó como el principal patrocinador del asesino.

Francia (bajo Valéry Giscard d'Estaing y luego Mitterrand) vio a Sadam como la puerta al paraíso financiero. Le vendieron escuadrones enteros de cazas Mirage F1, misiles Exocet y le construyeron el reactor nuclear de Osirak. Alemania Occidental, Italia y Holanda le suministraron, bajo la cínica excusa del "doble uso agrícola", los laboratorios y precursores químicos con los que fabricaría el gas sarín.

EE. UU. (bajo la administración Reagan) sacó a Irak de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo en 1982 puramente para poder habilitar inmensos créditos agrícolas, liberando así el dinero iraquí para que Sadam comprara más armas. Le entregaron imágenes de satélite de la CIA en tiempo real para que los generales iraquíes supieran exactamente dónde lanzar el gas mostaza contra las trincheras iraníes. Donald Rumsfeld viajó a Bagdad en 1983 para estrechar, sonriente, la mano del dictador.

LA ECONOMÍA DEL TERROR

Sadam no habría durado un mes en el poder si Irak exportara patatas. Su absolutismo estalinista fue financiado íntegramente por las riquezas del subsuelo.

En 1972, Sadam (entonces el poder en la sombra) fue el cerebro detrás de la nacionalización de la Iraq Petroleum Company. Con los choques petroleros de 1973, los ingresos del país pasaron de 500 millones a 26.000 millones de dólares anuales. Y aquí se aplicó la economía del Estado Rentista.

En la democracia rige el lema de "No hay tributación sin representación" (si el gobierno quiere tus impuestos, tiene que darte voz). El petróleo invirtió esa ecuación de forma letal. Al recibir decenas de miles de millones de dólares directamente en la cuenta bancaria del Estado, Sadam ya no necesitaba cobrar impuestos a sus ciudadanos. Y si el Estado no depende del sudor de su pueblo para financiarse, no tiene que rendirle cuentas.

Sadam compró la sumisión al contado, creó el mayor estado de bienestar de la región (hospitales, escuelas, luz eléctrica gratis) para sedar a la población civil. Pero el grueso de ese torrente de oro negro financió un aparato de inteligencia militar desproporcionado para aplastar a la mayoría chií y a la minoría kurda. Irak era una inmensa cárcel de máxima seguridad, pero con los grifos chapados en oro.

SADAM COMO PERRO DE PRESA DE OCCIDENTE, GUERRA IRAK-IRÁN 1980-1988

El gran mito de que Sadam fue siempre el enemigo jurado de Estados Unidos es la mayor amnesia geopolítica de la era moderna. Durante la década de 1980, Sadam Huseín fue el empleado del mes de Washington, París y las monarquías del Golfo Pérsico.

Cuando el Ayatolá Jomeini triunfó en Irán en 1979, el pánico se apoderó del "Mundo Libre" y de la Casa de los Saúd. Temían que la revolución islámica chií devorara sus propios pozos de petróleo. La realpolitik necesitaba desesperadamente un Estado Tapón dispuesto a desangrarse para frenar la influencia de Irán. Sadam vio la oportunidad de robar la rica provincia petrolera iraní de Juzestán y se ofreció como sicario voluntario invadiendo Irán en 1980.

La guerra se convirtió en una trituradora de carne que se cobró un millón de muertos. Pero el sistema internacional no dejó caer a Sadam. EE. UU. (bajo Reagan) le proporcionó inteligencia satelital de la CIA en tiempo real, Francia le vendió cazas Mirage y misiles a crédito y Arabia Saudí y Kuwait le prestaron 80.000 millones de dólares en efectivo.

Occidente subcontrató a la juventud iraquí como un escudo humano ante el embate iraní. Cuando Sadam, desesperado, utilizó masivamente armas químicas (gas mostaza y sarín) contra las tropas iraníes y contra su propia población civil (el genocidio kurdo de Halabja en 1988), la "comunidad internacional" miró como otras veces, hacia otro lado. 

EL GENOCIDIO DE HALABJA, 1988

Halabja no fue un bombardeo aislado ni un castigo espontáneo en el fragor de la Guerra Irán-Irak, fue producto de la Campaña Al-Anfal (Botín de Guerra).

Sadam no dejó esta operación en manos de un estratega militar clásico, delegó el mando absoluto del norte de Irak en su primo hermano, Ali Hassan al-Mayid (bautizado eternamente como "Alí el Químico"). Alí no tenía como objetivo derrotar a la guerrilla kurda (los peshmerga, que habían cometido el error letal de aliarse temporalmente con Irán), su orden corporativa era la eliminación de su población, las montañas del Kurdistán debían ser "desinfectadas" de su población autóctona. 

El 16 de marzo demostró un sadismo atroz. La fuerza aérea iraquí no lanzó el gas de inmediato. Primero, arrojaron explosivos convencionales para reventar los cristales de las ventanas y los tejados de la ciudad (de 80.000 habitantes). Minutos después, los cazas arrojaron el cóctel letal, una mezcla de gas mostaza (agente vesicante), sarín, tabún y gas nervioso VX. Este gas estaba modificado para tener un olor dulce, a manzanas asadas y ajo. Esto engañó a las víctimas, provocando que los niños respiraran profundamente en lugar de huir. Al ser más pesado que el aire, el gas descendió silenciosamente por las escaleras hacia los sótanos donde las familias se habían refugiado del bombardeo inicial. En minutos, los pulmones se encharcaban, la piel se derretía, la gente vomitaba sangre y el sistema nervioso colapsaba. Murieron 5.000 civiles congelados en las calles o en sus cocinas en un par de horas, y otros 10.000 sufrieron secuelas genéticas letales. Para el Estado baazista, fue un triunfo, aniquilaron el núcleo de una ciudad rebelde sin arriesgar la vida de un solo soldado de infantería.

La gran pregunta es, ¿De dónde saca un país agrario y petrolero del Tercer Mundo la tecnología para sintetizar gas nervioso VX a escala industrial?  Sadam Huseín no destiló esas armas en una cueva en el desierto, las compró por catálogo en el libre mercado europeo. Para el Estado rentista iraquí, el Kurdistán no era un problema étnico, era un problema inmobiliario. Bajo las montañas kurdas flota el inmenso océano de petróleo de Kirkuk (el motor de la economía iraquí). El exterminio fue una brutal "limpieza de inquilinos" para asegurar el perímetro de la caja fuerte petrolera de Sadam.

Durante la década de los 80, una vasta red de decenas de corporaciones occidentales (principalmente empresas de Alemania Occidental como Karl Kolb, intermediarios de Holanda como el Frans van Anraat, además de corporaciones francesas, británicas y estadounidenses) construyeron la industria química iraquí llave en mano en el complejo estatal de Samarra. Le vendieron a Bagdad laboratorios enteros, centrifugadoras y miles de toneladas de precursores químicos bajo la coartada del "doble uso". En los documentos aduaneros de Fráncfort o París, decían que Irak estaba comprando ingentes cantidades de tiodiglicol para fabricar "pesticidas agrícolas" e "insecticidas". Los ingenieros y directivos europeos sabían perfectamente que Sadam no estaba comprando esos químicos para matar mosquitos en los trigales del Éufrates. Facturaron millones de dólares proporcionando la soga química del holocausto y miraron hacia otro lado. 

Por tanto, el aspecto más oscuro y radiactivo de Halabja no es el ataque en sí, sino lo que ocurrió el 17 de marzo de 1988, el día después, en los despachos de Washington, París y la ONU en Nueva York. 

Fotoperiodistas iraníes entraron en Halabja y las fotografías de las madres kurdas muertas abrazando a sus bebés petrificados por el gas dieron la vuelta al mundo. ¿Qué hizo el "Mundo Libre" ante el mayor ataque químico contra civiles desde la Primera Guerra Mundial? Absolutamente nada. No hubo zonas de exclusión aérea, no hubo tribunales penales, ni hubo embargos.

Para la administración de Ronald Reagan en EE. UU., la Revolución Islámica del Ayatolá Jomeini en Irán era la amenaza absoluta para el flujo de petróleo global. Sadam Huseín era su mercenario útil, su "perro de presa" indispensable para contener a Teherán. Cuando la masacre de Halabja amenazó con escandalizar al Congreso de EE. UU. (que pretendía imponer sanciones a Irak), el Departamento de Estado y la Agencia de Inteligencia Militar estadounidense (DIA) ejecutaron una jugada maestra de cinismo: iniciaron una campaña de desinformación filtrando informes falsos que sugerían que Irán era el verdadero culpable de la masacre (alegando que Irán usaba gas cianuro). 

Sabiendo perfectamente, con pruebas de satélite irrefutables y comunicaciones interceptadas, que el gas había caído de cazas iraquíes, Washington encubrió al asesino para poder seguir financiándolo. Lejos de castigarle, meses después de Halabja, la administración estadounidense aprobó cientos de millones de dólares en nuevos créditos de garantías agrícolas para el régimen iraquí. Donald Rumsfeld viajó a Bagdad para estrecharle la mano a Sadam por su gran trabajo. En el tablero del imperialismo, masacrar civiles con gas nervioso era un coste aceptable si servía para frenar a los Ayatolás. Sadam aprendió una lección, creyó que su inmunidad diplomática era infinita.

EL ATAQUE A KUWAIT (1990)

Tras ocho años de guerra contra Irán actuando como el mercenario de Occidente y de "escudo humano" de las monarquías árabes, la economía iraquí estaba devastada. Irak le debía a Kuwait 14.000 millones de dólares. Y Kuwait, lejos de comportarse agradecido por no haber sido devorado por los Ayatolás, empezó a operar con la frialdad de prestamista, ejecutando una guerra económica silenciosa:

Kuwait (junto a Emiratos Árabes Unidos) empezó a bombear petróleo muy por encima de las cuotas pactadas en la OPEP. Al inundar el mercado, hundieron el precio del crudo de 18 a apenas 10 dólares el barril. La matemática iraquí era letal: por cada dólar que bajaba el barril, el Estado iraquí perdía 1.000 millones al año. Kuwait estaba asfixiando financieramente a Sadam, impidiéndole pagar las nóminas de su inmenso ejército. Además, Bagdad acusó formalmente a Kuwait de utilizar tecnología estadounidense de perforación inclinada (slant drilling) para robar petróleo del inmenso yacimiento iraquí de Rumaila, que cruzaba la frontera subterránea.

Para Sadam, Kuwait no era un país inocente, estaba vaciando los bolsillos por la espalda. La invasión no fue un sueño imperial de reconstruir Babilonia, fue, pura y llanamente, una declaración de impago mediante la guerra.

Una vez que Sadam invadió Kuwait, el presidente estadounidense George H.W. Bush decidió que había que intervenir. Pero el público estadounidense, traumatizado todavía por el fantasma de Vietnam, no estaba dispuesto a enviar a sus hijos a morir al desierto simplemente para devolverle los pozos de petróleo a una monarquía absolutista que ni siquiera tenía parlamento. Había que manufacturar un Casus Belli emocional. La familia real kuwaití en el exilio financió una organización tapadera llamada Citizens for a Free Kuwait. Esta organización contrató a la todopoderosa agencia de relaciones públicas estadounidense Hill & Knowlton por más de 10 millones de dólares para "vender" la guerra al Congreso de EE. UU. y a la opinión pública global. 

Nayirah

El 10 de octubre de 1990, Hill & Knowlton llevó ante el Congreso a una niña de 15 años, identificada solo como "Nayirah". Llorando desconsoladamente ante las cámaras de todo el mundo, la adolescente testificó que había visto a los brutales soldados iraquíes irrumpir en un hospital de Kuwait City y "sacar a los bebés de las incubadoras y dejarlos morir en el suelo frío".

El presidente Bush repitió la historia de las incubadoras públicamente más de seis veces. Amnistía Internacional la validó inicialmente. El Senado votó a favor de la guerra. Todo era una mentira absoluta, un guion de ficción. Después de la masacre, se descubrió que no hubo robos de incubadoras. Peor aún, la niña "Nayirah" no era una voluntaria de hospital anónima; era la hija del mismísimo embajador de Kuwait en Estados Unidos, Saud Nasir al-Sabah. Había sido entrenada por los ejecutivos de Hill & Knowlton para llorar ante los congresistas, de este modo, se utilizó la empatía para justificar un bombardeo masivo.

Desde el punto de vista geopolítico, la invasión de Kuwait ocurrió en el peor momento posible para Sadam Huseín, el colapso de la Unión Soviética.

En 1990, el Muro de Berlín había caído y Moscú estaba en bancarrota. Estados Unidos se acababa de quedar solo en la cima del mundo como la única superpotenca mundial. Para el Pentágono, la invasión de Kuwait fue un regalo de los dioses, la excusa perfecta para ejecutar una demostración bélica a nivel planetario de lo que significaba la hegemonía estadounidense unipolar (lo que Bush padre bautizó oficialmente como el "Nuevo Orden Mundial").

Washington no intervino para salvar a los emires kuwaitíes. Intervino porque Sadam, al unir las reservas de Irak y Kuwait, amenazaba con controlar el precio global de la energía y tenía a tiro de piedra los inmensos pozos de Arabia Saudí (el Banco Central del sistema del Petrodólar).

La Operación Tormenta del Desierto no fue una guerra de trincheras, fue una ejecución comercial televisada en directo por la CNN, con su característico tono verde de visión nocturna. En 100 horas de ofensiva terrestre, EE. UU. aniquiló al cuarto ejército del mundo perdiendo apenas 148 soldados. El Imperio utilizó a las tropas iraquíes como figurantes de prueba para su nuevo catálogo del Complejo Militar-Industrial: bombas inteligentes guiadas por láser, cazas furtivos F-117 y misiles Tomahawk. El mensaje no era para Sadam, era para Moscú, Pekín y Europa: "Nosotros somos los dueños indiscutibles del planeta. Las reglas se dictan en Washington".

Autopista de la muerte

Cuando el ejército iraquí, derrotado, recibió la orden de retirarse de Kuwait en febrero de 1991 cumpliendo las resoluciones de la ONU, miles de vehículos militares y civiles se atascaron formando una inmensa caravana en la Carretera 80 hacia Basora. La aviación estadounidense sometió a la columna a diez horas de bombardeo ininterrumpido. Carbonizaron vivos a miles de reclutas en retirada en lo que pasó a la historia como "La Autopista de la Muerte". Fue una advertencia para cualquier país del Tercer Mundo. Y aquí llega la pregunta definitiva, si EE. UU. aniquiló a la guardia de Sadam en 100 horas y tenía el camino a Bagdad despejado... ¿Por qué el general Norman Schwarzkopf detuvo los tanques y no derrocó al dictador?

Semanas antes, Washington había animado por radio a los chiíes del sur de Irak y a los kurdos del norte a rebelarse contra Sadam, insinuándoles apoyo militar, los cuales se levantaron en armas. Pero entonces, Estados Unidos los abandonó deliberadamente. Ordenaron a sus tropas detenerse y miraron desde la frontera cómo los helicópteros artillados del ejército baazista masacraban a decenas de miles de rebeldes iraquíes.

¿Por qué los traicionaron? Porque la CIA tendió una maquiavélica estrategia: si derrocaban a Sadam en 1991, Irak se fragmentaría, los chiíes tomarían el poder y el país caería inexorablemente bajo la influencia de la República Islámica de Irán, prefirieron mantener a Sadam en el poder. 

EL 11-S Y LA GUERRA ILEGAL DE IRAK (2001-2003)

Tras 1991, EE. UU. no derrocó a Sadam, lo embargaron (las sanciones de la ONU mataron a cientos de miles de civiles) porque lo necesitaban vivo y débil para que Irán no se tragara el país.

El 11-S no fue la causa de la Guerra de Irak, fue simplemente la justificación del desguace y la privatización de un régimen que ya no parecía servir a Washington. Para entender la invasión de 2003, no hay que buscar a Osama bin Laden en las cuevas de Afganistán, hay que el llamado Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC).

Imagen del 11-S
A finales de los 90, hombres como Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz (que luego dirigirían la Casa Blanca y el Pentágono bajo George W. Bush) redactaron documentos exigiendo el derrocamiento militar de Sadam Huseín para asegurar la hegemonía indiscutible de EE. UU. en Oriente Medio tras la Guerra Fría. Querían rediseñar el mapa árabe, instalar bases militares permanentes y demostrar que el Imperio estadounidense era todopoderoso.

En uno de sus informes clave del año 2000 (Rebuilding America's Defenses), estos estrategas admitían fríamente que la transformación militar y geopolítica que deseaban sería un proceso lentísimo y rechazado por la opinión pública... "a menos que se produzca un evento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbor".

La mañana del 11 de septiembre de 2001, fue ese catalizador, supuestamente involuntario. Con las ruinas aún humeantes en Manhattan, y sabiendo ya por la CIA que los secuestradores eran saudíes (15 de 19) y que no había ningún iraquí implicado, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld ordenó a sus generales buscar "cualquier excusa" para golpear a Irak. Sus notas manuscritas desclasificadas de esa misma tarde dictaban: "Golpear a S.H. [Sadam Huseín] al mismo tiempo. No solo a UBL [Usama Bin Laden]... Cosas relacionadas y no relacionadas. Barrerlo todo". La decisión de invadir Bagdad estaba tomada años antes, solo usaron la sangre de los neoyorquinos para financiarla y justificarla.

Como no se le podía decir al pueblo estadounidense que iban a enviar a sus hijos a morir al desierto para rediseñar el mapa petrolero, Washington tuvo que inventar una coartada. No utilizaron a las agencias de inteligencia para buscar la verdad, las utilizaron como un departamento de marketing para fabricar la mentira. La premisa de que Sadam colaboraba con Bin Laden era una aberración, se odiaban a muerte. Sadam era un dictador baazista, laico y nacionalista que bebía whisky y torturaba a los clérigos. Para Al-Qaeda, Sadam era un apóstata hereje al que había que aniquilar. Unirlos en la misma conspiración fue un insulto a la inteligencia diseñado para un público aterrorizado. 

Colin Powell ante la ONU, 2003
El clímax del perjurio de Washington llegó el 5 de febrero de 2003. El Secretario de Estado Colin Powell (el hombre con mayor prestigio de la administración) se sentó en el Consejo de Seguridad de la ONU y agitó un pequeño vial con polvo blanco simulando ántrax. Mostró dibujos esquemáticos de "laboratorios biológicos móviles" e informes sobre uranio comprado en Níger (Yellowcake). Todo era falso. La inteligencia se basó en documentos burdamente falsificados y en las invenciones de un desertor iraquí apodado Curveball, al que los propios espías alemanes ya habían calificado oficialmente como un mitómano alcoholizado. 

Si no había terroristas de Al-Qaeda ni misiles nucleares en Irak... ¿Por qué Sadam y no Corea del Norte, que sí tenía la bomba atómica? La respuesta está, de nuevo, en la economía. Sadam cruzó la única línea roja que Estados Unidos nunca perdonó. La hegemonía absoluta de Estados Unidos no se basaba en el Petrodólar (el pacto global de 1974 por el que todo el petróleo del mundo se compra y vende exclusivamente en dólares, lo que obliga a todos los países a financiar la inmensa deuda de Washington de forma gratuita). En noviembre del 2000, Sadam Huseín cometió el verdadero acto de guerra, anunció que Irak (la segunda reserva de crudo del planeta) dejaría de aceptar dólares y empezaría a vender su petróleo exclusivamente en euros.

Para finales de 2002, el euro se estaba apreciando frente al dólar y el experimento iraquí estaba siendo brutalmente rentable. Irán y otros países de la OPEP empezaron a plantearse hacer lo mismo. Si el cártel petrolero abandonaba el dólar, la economía de EE. UU. entraría en hiperinflación y colapsaría. A Sadam lo ahorcaron por saltarse el monopolio estadounidense.

Tras la invasión, el procónsul estadounidense Paul Bremer no instaló una democracia, emitió las infames "Órdenes de Bremer". La Orden 39 privatizó de la noche a la mañana 200 empresas estatales iraquíes y permitió a las corporaciones extranjeras llevarse el 100% de los beneficios fuera del país libres de impuestos. Corporaciones como Halliburton (cuyo ex-CEO era el propio vicepresidente Dick Cheney) y ejércitos privados como Blackwater facturaron decenas de miles de millones de dinero público sin licitación previa. El capital de los contribuyentes americanos fluyó hacia los bolsillos privados utilizando el desierto iraquí como lavadora.

CONCLUSIONES, EL MERCENARIO AUTÓNOMO


El amanecer del 30 de diciembre de 2006, la cuerda de la horca rompió el cuello de Sadam Huseín en un sótano de Kazimiya. 
No murió como un mártir del panarabismo. Murió como muere un mercenario que, creyéndose intocable, se atrevió a intentar modificar el mercado petrolífero.

Pero la autopsia de Sadam nos deja una ironía histórica que el Pentágono y Europa aún hoy pagan con sangre. Sadam era un monstruo, sí, pero era un monstruo con una función estructural, su clan suní de Tikrit era el tapón de acero de una olla a presión que mantenía a Irak unificado a base de terror, bloqueando la expansión de Irán. Hay que recordar que Irak nunca fue una nación natural, era una jaula trazada a lápiz por británicos y franceses (Sykes-Picot, 1916) donde tres castas irreconciliables fueron atadas juntas. Sadam era el carcelero.

Cuando Estados Unidos desmanteló el Estado Baazista, ahorcó a Sadam y disolvió su ejército en 2003, no trajo la democracia. Dinamitó el orden iraquí. El inmenso vacío de poder que dejó la caída de Sadam, arrojó a 400.000 militares iraquíes a la calle (que acabarían fundando el núcleo táctico del Estado Islámico - ISIS), destruyó Siria y, en la mayor paradoja de la historia moderna, le entregó Irak en bandeja de plata a la República Islámica de Irán.

Occidente creó a su propio monstruo, lo armó, lo usó y lo destruyó. Su lección es la advertencia para cualquier autócrata del Tercer Mundo, en el ajedrez de las superpotencias, ser un dictador sanguinario te garantiza una larga estancia en el poder, pero olvidar quién firma tus cheques y confundir tu correa con tu propia fuerza, te garantiza la horca.

BIBLIOGRAFÍA

  • Pérez Beltrán, C. (2003). Irak: Evolución histórica de un Estado en crisis. Granada, España: Universidad de Granada.

  • Tripp, C. (2003). Historia de Iraq. Madrid, España: Siglo XXI de España Editores. (Considerada la obra más completa y equilibrada sobre el Iraq moderno).

  • Viqueira, E. M. (2003). Recuerdos de Irak: Un testimonio de las tareas de reconstrucción. Valladolid, España: Quirón Ediciones.


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