EL ACUERDO SYKES-PICOT (1916): EL REPARTO DE ORIENTE PRÓXIMO Y LA ARQUITECTURA DEL CAOS
Cómo dos burócratas europeos estafaron a sus aliados, robaron el petróleo árabe y diseñaron a escuadra el polvorín del siglo XX y XXI
La historiografía presenta a Sykes-Picot como un "acuerdo secreto destinado a organizar el reparto", fue la mayor operación de estafa a escala estatal de la Primera Guerra Mundial.
Mientras millones de jóvenes morían en las trincheras de Europa bajo la bandera de la "libertad contra los imperios", en los despachos de Downing Street, Gran Bretaña y Francia estaban repartiéndose el territorio del Imperio otomano, antes incluso de acabar la I Guerra Mundial. No buscaban "reorganizar" Oriente Próximo para darle estabilidad; buscaban balcanizarlo para sus propios intereses. Trazaron fronteras artificiales con un único objetivo estratégico: crear microestados lo suficientemente débiles y sectarios como para que jamás pudieran unirse frente al expolio colonial de Londres y París.
CONTEXTO HISTÓRICO: LA GEOPOLÍTICA DEL ORO NEGRO
En 1912, la Royal Navy británica (bajo mando de Winston Churchill) había tomado la decisión de cambiar el carbón por el crudo. El Imperio necesitaba desesperadamente monopolizar yacimientos petrolíferos. Sykes-Picot no fue un debate sobre filantropía y como mejorar la civilización, no; fue el asalto histórico a los recursos petrolíferos de Oriente Próximo. Gran Bretaña exigió el control absoluto de Mesopotamia (Irak) para asegurar los gigantescos yacimientos recién descubiertos en Basora y Mosul, y el puerto de Haifa para dar salida al oleoducto.
Francia reclamó Siria y el Líbano no por la "protección de los cristianos" como solía anunciar la República Francesa, sino porque el capital financiero parisino controlaba los ferrocarriles otomanos y necesitaba la seda siria para alimentar los telares de Lyon.
NUESTROS PROTAGONISTAS
SIR MARK SYKES. Un brillante y joven aristócrata británico, explorador romántico y experto arabista, que intentó ordenar la caída del Imperio otomano para garantizar la paz. O al menos así es considerado por parte de la historiografía, Sykes representaba a la flor y nata de la aristocracia británica. Era un hombre carismático, ingenioso, heredero de una inmensa fortuna y de una mansión de cien habitaciones en Yorkshire, que había viajado por Oriente Próximo en su juventud por puro aburrimiento y afán de aventura exótica. Sykes creía firmemente en la superioridad natural (y casi divina) del Imperio británico.
Sykes no negociaba por la gloria de la civilización ni por filantropía hacia Oriente Próximo; negociaba por el Almirantazgo y la Anglo-Persian Oil Company.
Sykes representaba el imperialismo británico como podemos intuir. Él creía que no era necesario (ni barato) gobernar a los árabes directamente. Su modelo era el Mandato: poner a un rey árabe títere en el trono (como los hachemíes que luego colocarían en Irak o Transjordania), darle una bandera, un himno y un falso parlamento para que la población se sintiera independiente, para así controlar con asesores británicos desde la sombra, su banco central, su política exterior, su ejército y sus pozos de petróleo. Sykes diseñó el neocolonialismo moderno: dominar el país y extraer el recurso sin tener que pagar los altísimos costes políticos y militares de ocuparlo formalmente. Mezclar a kurdos, suníes y chiíes no fue un error; fue diseñar un "Estado Frankenstein" que siempre necesitara a los bombarderos británicos para no desintegrarse.
FRANÇOIS GEORGES-PICOT. El elegante diplomático francés, protector histórico de los cristianos maronitas del Líbano y portador de la Grandeur y la "misión civilizadora" de Francia en el Levante. Picot pertenecía a la élite del Parti Colonial, un poderoso grupo empresarial en París. Era exactamente lo contrario a Sykes. Picot no era un noble ocioso; era producto de la burguesía conservadora y la alta burocracia estatal francesa. Era un hombre rígido, serio, carente de sentido del humor, vestido siempre de negro, meticuloso y desconfiado. Había sido Cónsul General de Francia en Beirut y conocía perfectamente el terreno, que miraba a través de la lente de los intereses comerciales y religiosos franceses. Picot sentía un complejo de inferioridad ante el abrumador poder naval y financiero británico, y estaba obsesionado con la idea (bastante acertada) de que Inglaterra intentaba robarle a Francia su "legítima" porción del botín otomano.
Si Picot exigió el control férreo de Siria y el Líbano, no fue para proteger a las minorías de los turcos. Fue porque los bancos de París tenían millones de francos invertidos en la monstruosa deuda de los ferrocarriles otomanos de la zona, y porque la industria textil de Lyon necesitaba monopolizar a punta de pistola la seda cruda del Monte Líbano y el algodón sirio.
A diferencia de Sykes, Picot aborrecía la idea de crear reyes árabes, por muy títeres que fueran. Él representaba el modelo asimilacionista francés: el objetivo era gobernar directamente desde París, imponer el idioma francés y destruir la cultura local. Picot despreciaba profundamente el nacionalismo árabe (lo consideraba un invento de los británicos para joder a Francia). Su estrategia, aplicada milimétricamente, fue la división sectaria. Picot representaba la decisión de Francia de apoyarse exclusivamente en las minorías (los cristianos maronitas en el Líbano, los alauitas en Siria), armarlas, convertirlas en su élite privilegiada (su clase compradora) y utilizarlas para someter a la inmensa mayoría musulmana suní. Picot dibujó las fronteras del Líbano y fragmentó Siria precisamente para garantizar una guerra civil latente, asegurándose de que esas minorías siempre necesitaran a las tropas francesas para no ser masacradas.
Mark Sykes y François Georges-Picot no se soportaban.
LA TRIPLE ESTAFA DIPLOMÁTICA
Estafa Nº 1 al Jerife Hussein (1915). Cómo el Imperio británico subcontrató la guerra, apuñaló a sus aliados y sembró un siglo de fuego para proteger el Canal de Suez
La persona estafada fue el Jerife Hussein de La Meca y el nacionalismo árabe. Es considerado el "Padre de la Rebelión Árabe", el patriarca trágico que se levantó contra la tiranía turca para forjar la libertad y la unidad de todos los árabes. Pese a ello, Hussein no era un demócrata moderno; era un señor feudal de la dinastía hachemí cegado por una ambición dinástica desmedida, que vendió a su propio imperio por el oro del Banco de Inglaterra. Hussein no inició la rebelión por un alto ideal filosófico, sino porque la inteligencia británica en El Cairo le envió maletines con 200.000 libras esterlinas de oro al mes y la promesa de convertirlo en el "Gran Califa de los Árabes". Cegado por este fin, mandó a sus hijos y a sus tribus a desangrarse en el desierto frente a las ametralladoras turcas, actuando como la infantería del general británico Allenby.
El Imperio otomano amenazaba el Canal de Suez, por ello Gran Bretaña necesitaba desesperadamente desestabilizar a los turcos, el sitio ideal se encontraba en el desierto. Sir Henry McMahon, Alto Comisionado en Egipto, le promete a Hussein por carta que, si lidera una gran rebelión, Londres reconocerá un Gran Reino Árabe Independiente que abarcaría desde Siria hasta el sur de Arabia. McMahon redactó las cartas introduciendo una cláusula de ambigüedad maliciosa: dijo que apoyaría la independencia árabe excepto en "las porciones de Siria situadas al oeste de los distritos de Damasco, Homs, Hama y Alepo". Para los árabes, esto significaba excluir solo la pequeña costa cristiana del Líbano. Para el Foreign Office londinense, esa frase ininteligible era la trampa legal premeditada para argumentar, años después, que Palestina y el resto del Levante jamás habían estado incluidas en el trato.
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Escena de la película Lawrence de Arabia (1962)
De este modo, Londres compró una insurgencia mercenaria que le ahorraba costos bélicos . Desplegar divisiones blancas británicas en el desierto era financiera y militarmente imposible mientras Verdún y el Somme devoraban a su juventud. Financiar a las tribus de Hussein con 200.000 libras de oro mensuales y unos pocos agentes de inteligencia (como T.E. Lawrence) era un regalo logístico. Los árabes pusieron la sangre y dinamitaron los trenes turcos creyendo que así compraban su anhelado país; Londres puso la letra pequeña para robarles la victoria.
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Estafa Nº 2 (1916): El "seguro a todo riesgo" francés (Acuerdo Sykes-Picot)
En este caso el estafado fue la República de Francia (François Georges-Picot) y... los árabes (otra vez). Mientras McMahon todavía enviaba cartas de amor a los árabes, Mark Sykes se encerraba en secreto con el francés Picot. A espaldas de sus "aliados" beduinos, acordaron descuartizar exactamente el mismo territorio prometido a Hussein. La Gran Siria prometida a los árabes fue amputada para regalársela a París, y Palestina quedaba bajo una vaga "administración internacional".
Sykes-Picot no fue un pacto entre caballeros; fue un soborno estratégico para que Francia siguiera mandando reclutas en el frente europeo. Pero Gran Bretaña también estafó a Francia en este documento. Sykes le cedió a Picot la costosa e inestable Siria, pero se aseguró para Londres lo único que importaba geopolíticamente: el corredor Basora-Bagdad. La Armada británica acababa de pasar del carbón al petróleo, y ese corredor garantizaba el monopolio sobre el inmenso crudo de Mesopotamia (Irak). Gran Bretaña regaló lo que no era suyo para asegurarse el combustible de su imperio.
La verdadera naturaleza de su relación se demostró en el mismo momento en que la tinta del acuerdo se secó. Representando el cinismo definitivo de la diplomacia londinense (Foreign Affairs), Sykes apuñaló a Picot en cuanto tuvo la oportunidad.
Estafa Nº 3 (1917): El escudo paramilitar sionista (La Declaración Balfour).
La coartada para echar a Francia: Gran Bretaña se había arrepentido de ceder Palestina a la "administración internacional" en Sykes-Picot. Necesitaba gobernar Jerusalén en exclusiva porque era el flanco vital para proteger Suez. Al apadrinar el proyecto sionista, Londres obtenía la excusa moral perfecta para decirle a París: "El acuerdo de 1916 queda anulado; los judíos nos necesitan como protectores exclusivos en Tierra Santa".
Israel, el Estado Tapón (Buffer State): A nivel demográfico, Londres sabía que una colonia de europeos en Medio Oriente dependería existencialmente de la protección militar británica en un mar de árabes hostiles y enfadados por no obtener la soberanía y los territorios que una vez les prometió el Imperio Británico. Gran Bretaña estaba plantando una base demográfica leal incrustada junto al Canal de Suez y frente al puerto de Haifa (la futura terminal del oleoducto iraquí).
El chantaje antisemita: En 1917, Londres estaba perdiendo la guerra. El gabinete británico creía ciegamente en el mito antisemita de que "el judaísmo internacional" controlaba las finanzas en Wall Street y el gobierno revolucionario en Rusia. Prometerles Palestina fue un soborno geopolítico a la desesperada para que los banqueros de Nueva York empujaran a Washington a la guerra, y para que los bolcheviques (muchos de ellos judíos) mantuvieran a Rusia luchando contra Alemania.
LAS SECUELAS, ORIENTE PRÓXIMO, EL POLVORÍN MUNDIAL
Londres y París no crearon naciones orgánicas; crearon nuevos países diseñados para ser disfuncionales.
Para crear Irak, los británicos cosieron a la fuerza tres provincias que se odiaban (chiíes en el sur, suníes en el centro y kurdos en el norte), asegurándose de que el nuevo país viviera en guerra civil perpetua y necesitara siempre a los bombarderos de la RAF británica para mantener el orden.
Para crear el Líbano, los franceses amputaron la costa siria y la mezclaron con otras minorías para asegurar una frágil mayoría cristiana amiga de París.
A los Kurdos (una nación de millones de personas) sencillamente se les borró del mapa para que Occidente pudiera quedarse con el petróleo de sus tierras.
Cuando la guerra terminó, la recién creada Sociedad de Naciones legalizó este acuerdo mediante la figura de los "Mandatos". Como la opinión pública occidental ya no toleraba la palabra "colonia", inventaron este eufemismo legal que afirmaba que los árabes eran "incapaces de gobernarse a sí mismos", por lo que necesitaban la "tutela" europea. Para imponer esta tutela, Francia bombardeó Damasco a cañonazos y Gran Bretaña usó gas mostaza contra los rebeldes iraquíes.
Sykes-Picot no "se presenta como el momento en que se impusieron fronteras", es la arquitectura fundacional de la violencia y sangre derramada hoy.
Cada coche bomba que explota en Bagdad por tensiones sectarias, cada refugiado sirio que huye de un país artificial en ruinas, cada masacre kurda, es la onda expansiva directa de los lápices de Mark Sykes y François Georges-Picot. En el verano de 2014, en la carretera desértica entre Siria e Irak, el grupo terrorista ISIS (Daesh) publicó un vídeo de propaganda altamente simbólico. En él, una excavadora derribaba las barreras de arena fronterizas. El vídeo se titulaba literalmente "El fin de Sykes-Picot". El fanatismo salvaje de los terroristas no debe ocultar la cruda realidad histórica.
El Acuerdo Sykes-Picot es la prueba de cargo definitiva de que el Oriente Próximo contemporáneo no es un "polvorín irracional" de fanáticos religiosos incapacitados para la paz. El caos de Oriente Próximo fue exportado e impuesto a punta de bayoneta por Londres y París.
Recordemos que en 1916, dos burócratas europeos, sin consultar a un solo habitante local, destruyeron los cuatrocientos años de integración de la Pax Otomana y lo sustituyeron por región de fronteras militarizadas, diseñadas exclusivamente para garantizar la extracción corporativa occidental del petróleo.
BIBLIOGRAFÍA
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