Corea del Norte, la paradoja de ser potencia nuclear
De cómo Corea del Norte descubrió que la bomba atómica es el único seguro de vida del régimen Kim, y por qué el Derecho Internacional es caprichoso a veces.Cualquier ciudadano educado en Occidente se lleva las manos a la cabeza al ver las imágenes de Corea del Norte: desfiles militares ordenados milimétricamente, una población famélica mostrando devoción absoluta a su líder y un régimen dinástico totalitario que parece sacado de una película. Nos preguntamos constantemente cómo es posible que, en pleno siglo XXI, una estructura institucional semejante no solo exista, sino que desafíe impunemente a las mayores superpotencias.
La respuesta no está en la locura ni en el fanatismo ciego. La respuesta está en la física termonuclear y en la anatomía del sistema internacional donde tener una pistola nuclear ayuda a respetar.
El debate sobre la conversión de países en potencias atómicas suele estar secuestrado por la moral parcial y subjetiva de las potencias que ya poseen el monopolio de la destrucción. Se nos vende que hay naciones "responsables" y naciones "peligrosas". Pero si abandonamos los discursos de la ONU y entramos en la realpolitik, descubrimos una verdad aterradora: construir un arsenal nuclear a costa del hambre de tu pueblo no es un acto de vandalismo irracional; es la decisión económica de supervivencia más fría y exitosa que puede tomar un Estado acorralado.
EL EFECTO STALIN, LA ECONOMÍA DEL TERROR
Para entender la psique norcoreana frente a la bomba nuclear, hay que mirar el modelo a seguir de la dinastía Kim, la Unión Soviética de Iósif Stalin.Naciones asiáticas como China o Corea del Norte no simpatizaron históricamente con el brutal modelo estalinista por mero romanticismo marxista. Vieron en él una tecnología de supervivencia de extrema urgencia. Stalin demostró que, a costa de océanos de sangre, purgas y millones de víctimas mortales provocadas por la industrialización forzosa, un Estado agrario atrasado podía convertirse en una superpotencia mundial intocable.
Para los líderes asiáticos, traumatizados por un siglo de cañoneras y colonialismo occidental, el cálculo de rentabilidad de este modelo estaba clara, los millones de muertos eran el "precio a pagar" para comprar la soberanía territorial. Descubrieron que tener un arma nuclear frenaba en seco la valentía occidental para poder así inmiscuirse en sus asuntos internos. La bomba no era una herramienta de conquista, era el repelente definitivo contra el imperialismo. Comprender esta lógica no victimiza ni justifica la total falta de humanidad de estos regímenes, pero explica matemáticamente su viabilidad para mantener su dinastía.
LA DINASTÍA 'JUCHE', EL HOLOCAUSTO COMO PRESUPUESTO DE DEFENSA
Corea del Norte asimiló este modelo estalinista y la mutó hacia la ideología Juche (autosuficiencia extrema impregnada de un feroz nacionalismo étnico coreano y la promesa mesiánica de la reunificación de Corea bajo la dinastía Kim).Sabiendo que se enfrentaban a un comercio internacional vetado, bloqueos comerciales y a sanciones asfixiantes, la dinastía Kim tomó una decisión letal, destinar la inmensa mayoría de su anémico presupuesto nacional a la investigación de armas de destrucción masiva. Exigen lealtad absoluta y obediencia ciega a su población porque han privatizado el Estado para convertirlo en un inmenso cuartel.
Han calculado fríamente que sacrificar al 10% de su población a través de la hambruna y el terror de los gulags es un precio aceptable si, a cambio, consiguen el misil balístico. Subcontrataron la miseria absoluta de su pueblo para pagar la póliza de seguros del régimen, la bomba nuclear.
COREA DEL NORTE, EL "EJE DEL MAL" Y EL TEOREMA DE GADAFI
La hipocresía de las democracias occidentales, a cuya cabeza está Estados Unidos, el autoproclamado paladín de la libertad, el individualismo y el capitalismo.Washington y sus aliados luchan internacionalmente para que países asediados no puedan acceder a este escudo atómico en la arena internacional, bajo el pretexto de que son "naciones peligrosas" (bautizadas por George W. Bush como el Eje del Mal). Pero Pyongyang tiene televisión por satélite, ha observado detenidamente la morgue de la geopolítica mundial y ha extraído la única conclusión lógica:
Sadam Husein (Irak): No poseía armas de destrucción masiva reales y permitió inspecciones. ¿El resultado? Precisamente por no tenerlas, Estados Unidos inventó pruebas, lo invadió, destruyó el Estado y Sadam acabó ahorcado en televisión global.
Muamar el Gadafi (Libia): Se creyó el cuento del Derecho Internacional. Negoció con Occidente y renunció voluntariamente a su programa nuclear a cambio de promesas de integración. Años después, cuando estalló una rebelión interna, la OTAN bombardeó sus defensas, permitiendo que Gadafi fuera sodomizado con una bayoneta y asesinado en una cuneta.
Para Kim Jong-un, la lección es indiscutible: firmar tratados de desarme occidentales es firmar tu propia sentencia de muerte; y la única garantía real de que la 82ª División Aerotransportada de EE. UU. no asalte tu palacio es tener un misil nuclear apuntando a Los Ángeles o Seúl.
EL APARTHEID NUCLEAR, LA ANOMALÍA ISRAELÍ
La prueba definitiva de este doble rasero radiactivo es Israel. Israel está situado en pleno corazón del Próximo Oriente, el epicentro geopolítico más caliente y peligroso del planeta. Posee un inmenso arsenal de armas atómicas construido fuera de la legalidad internacional, sin haber firmado jamás el Tratado de No Proliferación (TNP) y sin permitir inspecciones oficiales. A lo largo de las décadas, diversos altos cargos israelíes han emitido declaraciones y ejecutado acciones bélicas regionales (anexiones, bombardeos masivos) infinitamente más agresivas materialmente que la retórica teatral de la televisión estatal norcoreana.Sin embargo, Israel no sufre bloqueos comerciales asfixiantes de la ONU, no pertenece al "Eje del Mal" y cuenta con el blindaje diplomático, el veto en el Consejo de Seguridad y la financiación militar incondicional de Washington.
Esta comparación no blanquea históricamente a la sanguinaria tiranía de la Dinastía Kim, una dictadura que cuesta la miseria absoluta de su población. Pero sirve para destapar la farsa del sistema global: las armas nucleares no se juzgan por lo destructivas que son, sino por quién tiene el dedo en el botón y si ese dedo obedece, o no, a la hegemonía occidental.
CONCLUSIÓN, LA ECUACIÓN DEL TERROR
El debate sobre las potencias nucleares está viciado desde su origen porque se asume ingenuamente que el sistema internacional se basa en una justicia y una ética pero no es así. El Derecho Internacional es simplemente el lenguaje jurídico que utilizan las superpotencias para legalizar su oligopolio de la violencia.Occidente no odia a Corea del Norte porque oprima a su pueblo (EE. UU. y Europa hacen negocios multimillonarios todos los días con teocracias absolutistas del Golfo Pérsico que decapitan disidentes).
La tiranía de los Kim ha demostrado que en la geopolítica del siglo XXI, el respeto diplomático no se gana con derechos humanos o sometimiento a la ONU. Han demostrado que puedes ser un país quebrado, aislado y con una economía del tamaño de una ciudad provincial, y aun así, obligar a la mayor superpotencia de la historia a sentarse a negociar contigo sin atreverse a dispararte un solo tiro.
Cada vez que Kim Jong-un lanza un misil al mar para obligar al mundo a prestarle atención, la estela de humo de ese cohete está financiada por las medicinas que no llegaron a los hospitales rurales, por el frío que pasan los ciudadanos sin electricidad, y por el terror paralizante de los millones de esclavos atrapados en el sistema de castas.
La tragedia de Corea del Norte no es que un país pobre tenga bombas atómicas. La tragedia es que, en la fría matemática de la geopolítica, el régimen de los Kim descubrió que el sufrimiento absoluto, burocratizado y sin fisuras de 25 millones de seres humanos es el material de blindaje más impenetrable del mundo. Y mientras el mundo civilizado debate sobre desarme en despachos climatizados, la gente en las calles heladas de Chongjin sigue pagando esa póliza de seguros atómica con su propia vida.
BIBLIOGRAFÍA

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