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Historia política, económica y geopolítica de Asia
Asia Fragmentada

Un atlas del poder en Asia: imperios, revoluciones, autocracias, guerras frías, propaganda, fronteras y fracturas geopolíticas.

Independencia de Tayikistán. El Pánico de la élite soviética regional (1991)

Tayikistán o cómo la república más pobre de la URSS rogó de rodillas no ser libre, y cómo la élite comunista declaró la independencia para robarse el país y encender una guerra civil.

EL ORIGEN. Tayikistán como República Soviética.

Para entender el trauma de la independencia de Tayikistán, hay que entender primero qué era exactamente la "República Socialista Soviética de Tayikistán" antes de 1991.

No era una nación histórica compacta con fronteras naturales; era un invento administrativo, una "Píldora Envenenada" diseñada por Iósif Stalin en 1929. En su maquiavélica ingeniería de fronteras, Stalin dibujó Tayikistán con tiralíneas para dividir etnias y evitar que se unieran contra Moscú. Le entregó las grandes joyas históricas y culturales de habla persa (Samarcanda y Bujará) a Uzbekistán, y confinó a los tayikos a un territorio hostil donde el 93% son montañas y glaciares infranqueables.

Durante 60 años, Tayikistán funcionó como la filial más deficitaria, pobre y subsidiada de toda la URSS. Casi el 50% de su presupuesto anual venía inyectado directamente desde las arcas de Moscú. El Kremlin enviaba el trigo, la gasolina, pagaba los sueldos y, lo más importante, mantenía el monopolio de la violencia (el Ejército Rojo y la KGB) que impedía que los clanes regionales, artificialmente unidos por Stalin, se degollaran entre sí. Por lo tanto, cuando el Muro de Berlín cayó en 1989, a la élite tayika no le ilusionaba la independencia, le aterrorizaba, porque significaba que Moscú dejaría de pagar las facturas.

CAPÍTULO I. El Síndrome de Estocolmo Financiero (Marzo de 1991)



La prueba balística definitiva de que Tayikistán aborrecía la idea de ser un país libre ocurrió en marzo de 1991. Mijaíl Gorbachov, en un intento desesperado por salvar a la URSS de la implosión, convocó un referéndum en todas las repúblicas preguntando a los ciudadanos si querían mantener unida a la Unión Soviética. Mientras los países bálticos (Estonia, Letonia, Lituania) y Georgia boicoteaban la votación exigiendo su independencia inmediata en las calles, ¿Qué hizo Tayikistán? El 96,2% de los votantes tayikos votó "SÍ" a quedarse en la URSS.

No fue una votación manipulada por amor ciego a las ideas de Lenin, fue un cálculo de pura termodinámica de supervivencia. Los tayikos miraron al abismo de su geografía montañosa, miraron al sur hacia la porosa frontera con un Afganistán infestado de muyahidines y guerra civil, y le rogaron a Moscú que no los soltara de la mano. Querían seguir siendo súbditos imperiales porque el imperio garantizaba que no volvieran a la Edad Media.

CAPÍTULO II. Mahkamov y el Golpe Fallido (Agosto de 1991)

El acelerador balístico de la independencia no se pisó en Dusambé, se pisó a 3.000 kilómetros de distancia, en Moscú. El 19 de agosto de 1991, la línea dura de la KGB y el Ejército Rojo dio un golpe de Estado contra Gorbachov para frenar sus reformas democráticas y salvar la URSS por la fuerza. En Tayikistán, el líder del Partido Comunista local, Qahhor Mahkamov (el gerente general de la franquicia), cometió el error corporativo terminal de su vida: apoyó públicamente a los golpistas.


Mahkamov creyó que los halcones de Moscú restaurarían la dictadura soviética de hierro y, con ella, asegurarían su propio puesto y el flujo eterno de subsidios. Pero el cálculo le salió al revés. El golpe en Moscú colapsó estrepitosamente en apenas tres días. Borís Yeltsin se subió a un tanque, desmanteló el Partido Comunista y la URSS empezó a desintegrarse a la velocidad de la luz.

De repente, el teléfono rojo en Dusambé dejó de sonar. Mahkamov quedó expuesto como un traidor inepto frente al nuevo orden democrático de Rusia. En la capital tayika, una alianza antinatura de jóvenes demócratas urbanos, nacionalistas y clérigos del resurgido islam salió a las calles a protestar, organizó huelgas de hambre y obligó a Mahkamov a dimitir el 31 de agosto.

CAPÍTULO III. El Pánico (9 de septiembre de 1991)

Con el director de la filial despedido, y la central de Moscú en llamas y tomada por los reformistas de Yeltsin, la vieja guardia comunista tayika (los burócratas, directores de fábricas y jefes de policía) entró en terror absoluto. Se dieron cuenta de que la URSS estaba muerta. Yeltsin estaba a punto de prohibir el Partido Comunista y auditar a todas las repúblicas. Si no hacían algo rápido, perderían sus monopolios, sus granjas de algodón y terminarían en la cárcel o colgados de las farolas por las turbas que protestaban en las calles.

El 9 de septiembre de 1991, esos mismos diputados del Soviet Supremo que semanas antes lloraban por salvar a la URSS, se reunieron de urgencia y votaron formalmente la Declaración de Independencia de la República de Tayikistán. ¿Lo hicieron por patriotismo? Absolutamente no. Lo hicieron como un escudo legal de contrainteligencia. Al declarar un Estado soberano, se desconectaban inmediatamente de la jurisdicción de Yeltsin. Se convertían, de la noche a la mañana, en los dueños legítimos e intocables de todas las armas, ministerios y cuentas bancarias que antes pertenecían a Moscú.

Cambiaron la bandera roja por una tricolor, quitaron los retratos de Marx, se pusieron el traje de "nacionalistas fundadores", y fingieron que nada había pasado. Tayikistán no conquistó su independencia, los gerentes regionales se la robaron.

CAPÍTULO IV. La Quiebra Técnica y la Ruleta Rusa de los Cárteles (1992)

Pero los exdirigentes comunistas cometieron un error letal. Al cortar los lazos legales con Moscú para salvar sus puestos, también cortaron la manguera de los subsidios financieros. De la noche a la mañana, el tamaño del pastel económico del país se encogió a la mitad. El Estado se quedó sin dinero para pagar a la policía, sin pan en los almacenes, y sin el Ejército Soviético como árbitro supremo para mantener el orden. Y cuando el pastel se encoge y desaparece el liderazgo, los subjefes sacan los cuchillos. Durante la era soviética, Moscú gobernaba Tayikistán favoreciendo sistemáticamente a una sola fuerza regional: el clan de Khujand (en el norte industrializado). Ellos tenían el dinero y los despachos. Pero ahora, al declarar la independencia, el árbitro había desaparecido.



Los clanes históricamente marginados —los islamistas del Valle de Gharm y los ismailitas y demócratas del Pamir— bajaron de las montañas, acamparon en Dusambé y miraron a los burócratas comunistas del norte y a sus matones rurales del sur (Kulob), dictando su ultimátum: "Se acabó el monopolio. Rusia ya no os protege. Ahora queremos nuestra mitad de la Junta Directiva".

CAPÍTULO V. El Parto de Sangre (La Caída al Abismo)


La fricción política colapsó rápidamente. La vieja nomenclatura comunista, en su desesperación por aferrarse a la silla, desenterró a un fósil alcohólico de la era soviética, Rahmon Nabiyev, y lo hizo presidente en unas elecciones fraudulentas a finales de 1991.

En la primavera de 1992, con la oposición tomando rehenes en la capital, Nabiyev cometió el acto de locura geopolítica que condenó a su país: abrió los arsenales militares soviéticos abandonados y repartió miles de fusiles de asalto Kalashnikov en la plaza central a las milicias criminales del sur (Kulob) para que defendieran su gobierno. La oposición, viendo esto, cruzó la frontera afgana y se armó hasta los dientes gracias a los muyahidines.

La independencia diplomática pacífica había durado exactamente seis meses. Para mayo de 1992, el Estado central dejó de existir y se desató la Guerra Civil. Las milicias regionales no peleaban por ideología; ejecutaban limpiezas étnicas puerta por puerta. Nabiyev fue secuestrado a punta de pistola en el aeropuerto de Dusambé en septiembre de 1992 y obligado a dimitir sobre el capó de un coche. El país se hundió en un agujero negro de señores de la guerra y escuadrones de la muerte que dejaría 100.000 cadáveres en cinco años. Y de esas cenizas ensangrentadas, los criminales sacarían a un tosco gerente de vacas llamado Emomali Rahmon para que privatizara el matadero.

CONCLUSIONES. La Factura del Imperio Roto

En las Naciones Unidas, el 9 de septiembre de 1991 figura como la orgullosa fecha de nacimiento de la República de Tayikistán, esa fecha fue el día en el que se le quitó el soporte vital a un paciente que no podía respirar por sí solo. La independencia tayika demuestra la ley del colapso imperial: las naciones no siempre nacen de los sueños románticos de los oprimidos; a veces nacen del terror absoluto de sus carceleros.

La élite comunista tayika no quería ser libre, quería ser intocable. Al firmar apresuradamente aquel papel en Dusambé para salvar el cuello tras el golpe fallido en Moscú, eliminaron el único mecanismo de coerción financiera y militar que mantenía unidas las fronteras artificiales trazadas por Stalin.

Ese es el verdadero peso balístico de su independencia: no fue un grito de libertad, fue el pistoletazo de salida para ver qué señor de la guerra se quedaba con las ruinas humeantes del edificio soviético. Celebrar el 9 de septiembre en Tayikistán es el ejercicio de amnesia colectiva más exitoso del régimen actual: obligan al pueblo a festejar el día exacto en que sus líderes apagaron las luces, cortaron las alarmas y cerraron las puertas de la carnicería por dentro.

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