EL VIETNAM SOVIÉTICO. La invasión soviética de Afganistán (1979-1989)

De cómo el Kremlin invadió por pánico Afganistán, la CIA subcontrató al yihadismo, los helicópteros sembraron bombas y Moscú colapsó su propio imperio en las montañas.

EL OBJETIVO. La paranoia del Kremlin y el fantasma de la CIA.

Para entender la absoluta demencia táctica que llevó a la Unión Soviética a cruzar el río Amu Daria en la Navidad de 1979, hay que derribar el mito de la codicia imperial soviética. El Politburó no invadió Afganistán para conquistar Asia, invadió el país por pánico defensivo.

A finales de 1979, el régimen soviético era una gerontocracia. El líder Leonid Brézhnev y el todopoderoso jefe del KGB, Yuri Andrópov, eran ancianos que miraban hacia su frontera sur y veían una pesadilla intolerable. Su régimen comunista títere afgano (ahora en manos del refinado pero sanguinario Hafizullah Amín, el "académico de Manhattan") estaba en colapso. Amín, con sus reformas radicales y ateas, había provocado un alzamiento masivo islámico rural (los Muyahidines) y había perdido el control del 80% del país.

Pero el pánico del Kremlin no era perder Kabul, era el contagio del islamismo dentro de sus fronteras de Asia Central. El ayatolá Jomeini acababa de tomar el poder en el vecino Irán, instaurando una teocracia chiita. Si Afganistán caía en manos del fanatismo suní, Moscú estaba aterrorizado de que ese movimiento yihadista cruzara la frontera norte e influyese a los millones de musulmanes soviéticos de Asia Central (Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán), desintegrando la URSS desde dentro mediante una insurrección religiosa.

El error de la inteligencia soviética que detonó la invasión fue una paranoia del KGB. Observaron a Hafizullah Amín coqueteando diplomáticamente con embajadores occidentales en un intento desesperado por sobrevivir, ante esta imagen, el KGB concluyó, en un delirio paranoico, que Amín era un agente encubierto de la CIA a punto de entregarle el país a Washington para que Estados Unidos instalara misiles nucleares Pershing en las montañas del Hindu Kush, apuntando directamente a la Unión Soviética como venganza por la pérdida de Irán.

La orden militar fue que las fuerzas especiales soviéticas debían entrar, acribillar a Amín (Operación Tormenta-333), poner a un títere dócil de la facción rival (Babrak Karmal), estabilizar el país, asustar a los campesinos y retirar al 40º Ejército Rojo asegurando la frontera, todo ello en apenas seis meses. Creyeron que estaban enviando a la policía antidisturbios a disolver un motín de pastores desarmados. Terminaron metiéndose en su propio Vietnam, Afganistán.

LOS ERRORES (I). La Guerra de los Tanques vs. Las Cabras.

El 27 de diciembre de 1979, los letales comandos Spetsnaz asaltaron el Palacio Tajbeg en Kabul, masacraron a Amín y abrieron la puerta a la entrada a Afganistán del 40º Ejército Soviético.

Al invadir e instalar en Afganistán a un títere extranjero, la URSS cometió su primer error táctico: transformaron una guerra civil entre facciones comunistas en una sagrada Guerra de Liberación Nacional contra un Invasor Infiel, unificando a todas las tribus afganas (que se odiaban entre sí) bajo el estandarte de la Yihad.

Corredor de Vaghan

Pero el gran error que los condenó fue logístico. El Ejército Rojo era la fuerza terrestre más temible del planeta, pero estaba diseñado, entrenado y equipado para librar la Tercera Guerra Mundial en las inmensas llanuras llanas de Europa Central (la Brecha de Fulda) contra las columnas blindadas de la OTAN. Al entrar en Afganistán, ese leviatán acorazado chocó contra una pared de roca. El 80% de Afganistán son montañas kársticas escarpadas que superan los 3.000 metros, sin asfalto y llenas de desfiladeros asfixiantes. Los inmensos cañones de los tanques pesados T-62 no podían elevarse lo suficiente para disparar hacia las crestas de las montañas donde se escondían los francotiradores afganos. Las columnas blindadas quedaban atrapadas en el fondo de los valles en forma de "V". Los Muyahidines no necesitaban tácticas complejas; aplicaban la gravedad. Les bastaba volar el primer y el último tanque de una caravana de suministros de cinco kilómetros con lanzagranadas RPG-7. El resto de la columna quedaba inmovilizada y los afganos masacraban a los reclutas soviéticos desde las alturas.

El gigantesco Ejército Rojo se encontró confinado a controlar las cuatro grandes ciudades y el anillo de carreteras principales de día. El 80% del territorio rural, y la noche absoluta, pertenecían a la insurgencia. Moscú se había encerrado voluntariamente en una prisión de piedra.

LOS ERRORES (II): LA DIPLOMACIA DEL TERROR. Tierra Arrasada y Despoblación Táctica. 

Incapaces de vencer a un enemigo fantasma que conocía cada cueva, el Alto Mando soviético, frustrado por las bajas diarias, cambió la doctrina militar en 1982. Pasaron de la ocupación al exterminio.

Aplicaron la lógica de la aniquilación: si el agua (el pueblo afgano) esconde a los peces (los muyahidines), la solución militar es evaporar el océano. Desataron una campaña de terror aéreo que los manuales denominan "Despoblación Táctica".

La herramienta ya no fue el tanque, sino el helicóptero de ataque Mil Mi-24 (el Hind). Una monstruosidad voladora blindada (apodada "el Carruaje del Diablo"). Los Hind y los bombarderos Su-25 arrasaban aldeas enteras con fósforo blanco, destruían sistemáticamente los milenarios canales de riego subterráneos (karez), quemaban las cosechas y ametrallaban los rebaños de ovejas. El objetivo era provocar hambrunas masivas para privar a la guerrilla de refugio.

Los helicópteros soviéticos esparcieron entre 10 y 15 millones de minas antipersona por los senderos y campos. Utilizaron las infames minas PFM-1 ("minas mariposa"), hechas de plástico blando y colores brillantes. Estaban diseñadas macabramente para que los niños pastores las recogieran creyendo que eran juguetes. No los mataban, les amputaban las manos o los pies. La lógica soviética dictaba que un niño muerto se entierra rápido, pero un niño mutilado aterroriza a la población, requiere enormes recursos médicos, retrasa a la guerrilla y obliga a la aldea entera a abandonar el valle. Cerca de 1 millón de civiles afganos fueron asesinados. Más de 5 millones (un tercio de la población total del país) huyeron despavoridos cruzando las montañas hacia los inmensos y polvorientos  campos de refugiados en Pakistán e Irán. Fue un éxodo poblacional histórico que marcó al país para siempre.

LAS CONSECUENCIAS (I): LA CIA, LANGLEY Y LA ECONOMÍA DEL STINGER.

Mientras la URSS trituraba y era triturada en Afganistán, en Washington se frotaron las manos. La CIA, bajo la Administración Carter y luego Ronald Reagan, vio la invasión como un milagro geopolítico. Era la oportunidad de aplicar la "Doctrina del Sangrado": darle a Moscú su propio Vietnam eterno hasta llevarlos a la quiebra absoluta.

Ejecutaron la Operación Ciclón, la mayor operación encubierta de la CIA, pero con una regla que la limitaba, ningún estadounidense morirá y las armas no tendrán huellas dactilares estadounidenses. La CIA canalizó miles de millones de dólares a través de la inteligencia militar de Pakistán (el temido ISI). Pakistán impuso su chantaje: el ISI decidiría a quién se armaba. Y en un acto de darwinismo, el ISI asfixió a los comandantes nacionalistas afganos moderados y desvió el 80% de las armas y el dinero a los caudillos fundamentalistas islámicos más sanguinarios, misóginos y radicales del mercado (como Gulbuddin Hekmatyar). ¿Por qué? Porque el extremismo religioso generaba la infantería más suicida, barata e implacable matando rusos.

Para pagar esta factura astronómica, Arabia Saudí igualó cada dólar estadounidense, pero a cambio  exportaron el puritanismo radical wahabita, construyendo miles de madrasas en los campos de refugiados para adoctrinar a los huérfanos afganos, y enviando a voluntarios árabes ricos, entre ellos un joven llamado Osama bin Laden.

La asimetría de la guerra se rompió cuando la CIA suministró a la insurgencia misiles antiaéreos portátiles de guía infrarroja FIM-92 Stinger. Ese tubo de titanio anuló el monopolio del terror aéreo soviético. Un pastor analfabeto podía ahora volar en pedazos a un temible Hind. Los pilotos rusos entraron en pánico, perdieron la ventaja táctica del cielo y las bajas soviéticas se dispararon astronómicamente.

LAS CONSECUENCIAS (II): El colapso de la Unión Soviética (1988-1989)

A finales de la década, el Imperio Soviético se estaba convirtiendo en una ruina imperial. El nuevo líder, Mijaíl Gorbachov, audita el Imperio y descubre la quiebra. Afganistán es "la herida sangrante". La guerra consume casi 8.000 millones de dólares anuales en un país donde los rusos ya hacen fila para comprar pan.

Pero la herida estaba en la moral. El Ejército Rojo había perdido oficialmente a 15.000 soldados (probablemente el doble por enfermedades como el tifus y la hepatitis), y más de 50.000 vuelven a casa mutilados o profundamente adictos a la heroína afgana (el Síndrome Afgano). El totalitarismo soviético se resquebraja cuando los aviones de transporte (los "Tulipanes Negros") devuelven a los chicos rusos en ataúdes de zinc sellados (Gruz 200). Las madres soviéticas empiezan a protestar en las calles. El mito de la superioridad militar del Ejército Rojo frente a su propio pueblo se hace añicos.

Gorbachov ordena una rendición táctica encubierta. El 15 de febrero de 1989, el General Borís Grómov cruza a pie el Puente de la Amistad de regreso a la URSS. El 40º Ejército se marcha humillado por pastores.

CONCLUSIONES: Afganistán, el Yunque que Quebró la Hoz y el Martillo.


Finalmente la invasión no salvó al bloque comunista, al contrario fue la propia invasión lo que lo destruyó desde dentro.

El Politburó operó con la arrogancia de los imperios que confunden el tonelaje de sus explosivos con la comprensión sociológica de sus víctimas. Las consecuencias de esta negligencia alteraron el eje de poderes de la Tierra. El colapso del "invencible oso ruso" ante unos guerrilleros afganos le demostró a las oprimidas repúblicas de Europa del Este que Moscú ya no tenía el músculo militar para reprimirlas. Apenas nueve meses después de la retirada, el Muro de Berlín cayó. Dos años después, en 1991, la todopoderosa Unión Soviética colapsó y dejó de existir. Afganistán fue el yunque que partió la hoz comunista en dos.

Estados Unidos y Pakistán descorcharon champán en 1989 celebrando el éxito de su "subcontratación paramilitar". ¿Y qué hizo Washington al día siguiente de su mayor victoria geopolítica? Ejecutó el abandono absoluto. Cortó la financiación y se marchó.

Al abandonar a un país triturado, sembrado con 10 millones de minas y repleto de miles de millones de dólares en armamento pesado en manos de caudillos fundamentalistas, Estados Unidos fabricó su propio infierno. Esa situación que dejaron las superpotencias en Afganistán en 1994 transformó el movimiento Talibán, de las redes logísticas de voluntarios árabes financiadas con petrodólares, se estructuró Al-Qaeda.

La gloriosa guerra encubierta de Reagan fue simplemente el precio de sangre. Un precio que aquellos "heroicos guerreros de la libertad" ejecutarían con precisión balística doce años después, la brillante mañana del 11 de septiembre de 2001 sobre el cielo de Manhattan, cobrándole a la CIA la factura final de su propio laboratorio de guerra. El Cementerio de Imperios jamás cierra sus puertas a un nuevo conflicto bélico, fue entrenado por la CIA para ello.

BIBLIOGRAFÍA

Alexiévich, S. (2016). Los muchachos de zinc: Voces soviéticas de la guerra de Afganistán (Y. Teitelbaum, Trad.). Debate. (Original publicado en 1991).

Braithwaite, R. (2011). Afgantsy: Los rusos en Afganistán (1979-1989). (Ediciones en español de diversas editoriales académicas/importación).

Poch de Feliu, R. (2003). La gran transición: Rusia, 1985-2002. Crítica.

Taibo, C. (2000). La explosión soviética: De la campana del Kremlin a la fragmentación de la URSS. Espasa-Calpe.

Ríos, X. (Ed.). (2001). Afganistán: Crónica de una tragedia. Editorial Los Libros de la Catarata.

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