Zia ul-Haq: cuartel, mezquita y yihad en el Pakistán moderno (1977-1988)
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Islamización, dictadura militar y guerra afgana en el Pakistán
I. El dictador cae del cielo, pero su régimen queda en tierra
El dictador Zia ul-Haq fue el general favorito de la CIA para Pakistán. Estados Unidos y Arabia Saudí lo regaron con miles de millones de dólares para que usara a Pakistán como plataforma de entrenamiento, armara a los muyahidines y desangrara al Ejército Soviético en Afganistán. Zia fue el mercenario perfecto para hacer el trabajo sucio en esa región.
Pero en la primavera de 1988, la guerra había terminado. Los soviéticos ya habían firmado su derrota y se estaban retirando. El trabajo estaba hecho. ¿El problema? Zia cometió el pecado de creerse intocable. Quería instalar un imperio islámico extremista radical en la región y, para terror absoluto de Washington, estaba acelerando en secreto la creación de la bomba atómica pakistaní. Para las superpotencias, Zia pasó en 24 horas de ser una "herramienta vital" a ser un peligroso estorbo radiactivo. Su póliza de seguro de su estancia en el poder había caducado. Zia ul-Haq era el cadáver más codiciado de Asia. Todos querían verle muerto:
La KGB soviética (y la inteligencia afgana) buscaban venganza de sangre por los miles de soldados rusos que Zia había masacrado en Afganistán financiando a la insurgencia. La CIA estadounidense necesitaba apagar a su antiguo "perro de presa" antes de que desestabilizara Asia entera con un arsenal nuclear en manos del fanatismo islámico. El RAW (Inteligencia India) lo odiaba a muerte por financiar a destajo el terrorismo separatista en Cachemira.
Por si fuera poco, también dentro de Pakistán tenía enemigos. Sus propios generales estaban aterrados por el aislamiento internacional de Pakistán y asfixiados por su extremismo religioso. Querían heredar el control del país para seguir cobrando los jugosos cheques de EE. UU. Por otro lado, la familia Bhutto quería vengar a Zulfikar Ali Bhutto, el presidente electo al que Zia derrocó y mandó ahorcar 11 años antes. Como en una novela de Agatha Christie, todos estos grupos tenían un puñal manchado de sangre.
El 17 de agosto de 1988, el avión de Zia ul-Haq cayó cerca de Bahawalpur y con él desapareció el hombre que había gobernado Pakistán durante once años. La muerte fue abrupta, opaca y nunca del todo aclarada. Zia no viajaba en una avioneta barata de hélice. Volaba en el "Pak One", un Lockheed C-130 Hércules, un tanque blindado con alas pilotado por la élite absoluta de la Fuerza Aérea. Y el avión cayó en picado de repente sin que los pilotos lanzaran una sola señal de socorro por radio (Mayday), lo que indica que todos fueron incapacitados instantáneamente en pleno vuelo.
A un C-130 presidencial en una base militar ultrasecreta no le pone una bomba un guerrillero novato. Para vulnerar ese anillo de seguridad, se necesita la complicidad directa de los altos mandos encargados de protegerlo. La historia de los servicios secretos esconde el detalle macabro perfecto: las cajas de mangos. Justo antes de despegar, alguien subió a la cabina unas cajas de los famosos mangos de Bahawalpur (la fruta favorita del presidente) como supuesto "regalo". Las teorías periciales más sólidas apuntan a que dentro llevaban un detonador o una bomba de gas nervioso (gas VX). Los asesinos de Zia vestían su mismo uniforme militar.
Falta el dato histórico más bestial, Zia no murió solo. A su lado iban sus generales de mayor confianza y Arnold Raphel, el embajador de Estados Unidos en Pakistán, junto a un alto general del Pentágono. ¿Qué hizo el gobierno de Ronald Reagan? Intervino inmediatamente para bloquear que el FBI viajara a Pakistán, clasificó todo como secreto y archivó el caso a toda prisa.¿Por qué Estados Unidos encubrió el asesinato de su propio embajador? Por la Doctrina de Supervivencia Estructural: la verdad era inasumible. Si el informe decía que fue la URSS, estallaba la Tercera Guerra Mundial. Si decía que fue el Ejército Pakistaní, Washington tenía que arruinar y sancionar a su mejor aliado en Asia. Y si admitían que fue la propia CIA, desatarían una revolución antiamericana islámica incontrolable. Washington y los generales pakistaníes se miraron a los ojos sobre los restos humeantes, acordaron que sacrificar al embajador era un "daño colateral aceptable" para librarse del dictador, y decidieron echarle paladas de arena del desierto encima al asunto.
Para dar luz a toda esta historia cabe preguntarse, ¿Cómo fue el ascenso al poder de Zia?
II. Bhutto eligió al hombre que lo destruiría
III. 1977: del conflicto electoral al golpe moral
Zia no tuvo que sudar ni disparar un solo tiro para dar el golpe; Bhutto y la oposición civil le hicieron el trabajo sucio. Cegado por su inmenso ego aristocrático, Bhutto amañó burdamente unas elecciones, provocando que la oposición incendiara las calles. El país estaba al borde de la guerra civil.
Y aquí entra el instinto del depredador perfecto: Zia se sentó a esperar. Dejó que la calle ardiera hasta que la clase media, los comerciantes y la élite, aterrorizados por el caos económico y la sangre, suplicaron de rodillas que el Ejército interviniera. La oposición civil creyó que alquilaba a un matón uniformado para echar a un molesto inquilino (Bhutto), sin darse cuenta de que el matón acababa de cambiar la cerradura de la casa. Zia entró no como un dictador agresor, sino coronado como el "bombero salvador" de la nación.
Para desactivar esa bomba, Zia salió en la televisión estatal con cara de burócrata aburrido, jurando por su honor que el Ejército detestaba la política y que solo iba a actuar como "árbitro neutral" durante 90 días exactos para limpiar el sistema y convocar elecciones libres.
Esa mentira funcionó como un dardo tranquilizante perfecto. La población y las embajadas se relajaron pensando: "Bueno, no es una dictadura para siempre, aguantemos tres meses". Pero la física del poder dice que el mando absoluto nunca se devuelve voluntariamente. Cuando el efecto de la anestesia pasó, Zia ya había purgado a los jueces y encarcelado a sus rivales. Los "90 días de transición" se convirtieron en 11 años de tiranía ininterrumpida.
Zia se miró al espejo y supo que tenía un problema de viabilidad: era un tipo sin carisma y los tanques asustan, pero no compran lealtad a largo plazo. Si su única justificación era "mantener el orden", el día que la economía fallara, el pueblo lo echaría. ¿Su solución? Alinear el Ministerio de Defensa con el Corán. Zia impulsó la extrema Islamización de Pakistán como una coraza de supervivencia inexpugnable. Cambió las reglas de la política: si el dictador se autoproclama el garante y la espada del Islam en la Tierra, entonces criticar al gobierno militar, pedir democracia o quejarte de la censura ya no te convierte en un simple "opositor"; te convierte automáticamente en un Hereje, un apóstata y un enemigo de Alá.
Usó la religión radical como chaleco antibalas. Bajo sus nuevas leyes, un disidente ya no iba a la cárcel por motivos políticos; iba a la plaza pública a recibir latigazos o a la horca por "blasfemia". Castró intelectualmente a toda la oposición moderada, porque nadie se atreve a debatir contra un hombre armado que dice recibir órdenes del cielo. Antes de 1977, el trabajo del Ejército de Pakistán era defender las fronteras geográficas de las balas de la India. Al arrogarse el rol de "guardián espiritual e ideológico", Zia le dio a la cúpula militar un cheque en blanco eterno.
Como las "fronteras morales" no existen en ningún mapa, los generales adquirieron la jurisdicción divina para meterse en absolutamente todo: qué leyes aprueba el Parlamento, qué sentencias dictan los jueces, qué estudian los niños y a qué grupos terroristas internacionales se financia. Zia convirtió a sus generales en una casta de Sumos Sacerdotes con poder nuclear. Institucionalizó un Estado Profundo teocrático del que los políticos civiles de hoy en día siguen siendo prisioneros.
IV. La ejecución de Bhutto: matar al rival y fabricar al mártir
Zia ul-Haq no ahorcó a Zulfikar Ali Bhutto por amor a la nación, ni por la justicia, ni por Alá. Lo ahorcó por pura supervivencia física. Decenas de líderes mundiales le suplicaron a Zia que perdonara la vida a Bhutto y lo mandara al exilio o a cadena perpetua. Pero Zia sabía que, si cometía esa debilidad, la celda se convertiría en un santuario. Tarde o temprano, la popularidad de la dictadura caería, Bhutto regresaría impulsado por millones de seguidores enloquecidos, recuperaría el poder y, en 48 horas, el general Zia y toda su cúpula militar estarían colgando de esa misma cuerda por alta traición. El país era demasiado pequeño para que los dos siguieran respirando a la vez. El nudo de la horca no era un castigo judicial, era el seguro de vida personal del dictador.
En 1977, realmente Bhutto estaba políticamente desangrándose. Había sido un gobernante egocéntrico y autoritario, había arruinado la economía con nacionalizaciones impulsivas y la clase media urbana lo odiaba por crear fuerzas paramilitares (la FSF) para aplastar a la disidencia. Pero la soga del verdugo funcionó como un blanqueador industrial. En el instante en que el cuello de Bhutto crujió, la población pakistaní sufrió amnesia colectiva. Olvidaron la corrupción, olvidaron la represión civil y el desastre económico. El castigo desproporcionado "purificó" su expediente, congelándolo en el tiempo como un santo inmaculado que dio su vida por los pobres y la democracia. Zia destruyó al hombre mortal, pero al hacerlo, le inyectó el suero de la inmortalidad a su fantasma.
Al asesinar al padre, Zia le regaló a la familia Bhutto (especialmente a su brillante hija de 26 años, Benazir Bhutto) y a su partido (el PPP) un crédito político sin límite de fondos. En democracia, tú puedes debatir contra un mal programa económico o puedes atacar a un político corrupto... pero ¿cómo debates contra una hija huérfana cuyo padre fue asesinado a sangre fría por una tiranía militar?
Zia le entregó al apellido Bhutto el monopolio absoluto del dolor y de la legitimidad durante los siguientes 50 años. Cada vez que el partido cometiera un error, robase fondos públicos o fuera duramente criticado, sus líderes solo tendrían que agitar "la camisa ensangrentada" del fundador en la horca, y las masas volverían a votarlos llorando ciegamente.
V. Islamización: la religión como sustituto del voto
El padre fundador de Pakistán en 1947, Muhammad Ali Jinnah, era un abogado laico, de impecables trajes británicos, que bebía whisky y que quería crear un Estado para los musulmanes (un refugio demográfico seguro frente a la mayoría hindú de la India), no una teocracia regida por mulás. Zia cometió un acto de ingeniería histórica. "Hackeó" los libros de texto escolares para reescribir el recorrido del país. Inyectó a las nuevas generaciones el mito falso de que Pakistán había nacido exclusivamente para ser un califato puro. Al inventarse este falso "retorno a los orígenes", el dictador militar se disfrazó de guardián de la patria, mutilando el legado secular de los fundadores reales para tapar que él no era más que un usurpador con galones.
En resumen, Zia ul-Haq no era un místico iluminado, era un experto en autoritarismo. Convirtió la fe, que durante siglos había sido el refugio espiritual íntimo de millones de pakistaníes, en un arma de dominación masiva institucional. Creó un sistema diseñado específicamente para blindar a los generales y purgar a la izquierda, instalando la censura directamente dentro del cerebro de cada ciudadano.
VI. La Constitución como jaula flexible
Zia ul-Haq practicó una "Taxidermia Institucional". Agarró la Constitución democrática de 1973 (un texto sagrado para la nación), le extrajo la soberanía popular, los derechos civiles, la independencia judicial y la rellenó con decretos militares y tribunales religiosos. Mantuvo la "superficie" intacta para que la comunidad internacional aplaudiera el Estado de Derecho, pero en realidad construyó un absolutismo militar camuflado dentro del cadáver de la ley. A través de enmiendas trampa (la infame Octava Enmienda), Zia se otorgó el poder divino de disolver el gobierno a capricho. Convirtió a la Constitución en su guardaespaldas personal.
En la práctica, Zia construyó un teatro político. Al inventarse las "elecciones no partidistas" (donde la gente podía votar, pero los grandes partidos políticos organizados estaban prohibidos), permitía que la presión social se liberara. El pueblo votando a individuos aislados, creía que avanzaban, pero luego volvía a su forma original, con el General intacto en el centro y con el poder. Zia dejaba que los políticos locales gritaran y se pelearan en el Parlamento por las farolas o el alcantarillado, pero la cámara acorazada donde se guardaba el armamento nuclear y el presupuesto militar estaba bajo siete llaves en el Cuartel General.
Para endulzar su régimen, Zia contrató a Junejo (un burócrata gris y de voz suave) puramente como una herramienta de Relaciones Públicas. Necesitaba a un tipo con traje de chaqueta para sonreír en las fotos con Ronald Reagan y para que se comiera el odio del pueblo al aprobar los recortes económicos.
Pero Junejo cometió el error de sufrir el "Síndrome de Pinocho". Junejo olvidó que era un empleado subcontratado por Zia. Empezó a firmar acuerdos de paz internacionales a espaldas de los militares y exigió investigar la corrupción de los generales tras la explosión de un arsenal secreto. En el instante en que Junejo intentó cortar sus propios hilos, Zia usó su Constitución y, de un plumazo, lo despidió, disolvió su gobierno y mandó a todos los diputados a su casa.
En resumen, Zia logró separar la libertad del poder. Le entregó al pueblo el "Procedimiento": urnas transparentes, papeletas, recuentos de votos y debates en televisión. Les dio un inmenso "chupete burocrático", pero secuestró para siempre la "Soberanía": el poder de decidir la política exterior, declarar la guerra, gastar el presupuesto nacional e inhabilitar a tus rivales. Eso nunca se vota.
VII. Afganistán: la guerra que salvó al dictador
En 1979, tras ahorcar al Primer Ministro Bhutto, Zia era el apestado oficial del mundo. La Casa Blanca le había cortado la ayuda económica y su régimen se asfixiaba. Pero en diciembre de 1979, la Unión Soviética comete el error de invadir Afganistán.
De la noche a la mañana, el Despacho Oval sufrió un ataque de amnesia institucional. A EE. UU. ya no le importaban los ahorcamientos ni los latigazos públicos que ordenaba Zia. Necesitaban desesperadamente un "balcón" geográfico para dispararle a los rusos, y Pakistán era el balcón perfecto. El dictador carnicero fue rebautizado por la prensa occidental como "El Campeón del Mundo Libre", y los dólares empezaron a llover.
Zia ul-Haq no fue a la guerra por heroísmo ni solidaridad; él montó una corporación mercenaria subcontratada. Transformó el Estado soberano de Pakistán en una inmensa base paramilitar. El modelo de negocio era perfecto: Washington ponía el capital y las armas pesadas (los misiles Stinger); Arabia Saudí ponía los petrodólares opacos y el "software" extremista; y Pakistán ponía el territorio secreto y la carne de cañón barata para ir a morir a las montañas afganas.
Pero Zia exigió cobrar el peaje de intermediario. Su inteligencia militar (el todopoderoso y siniestro ISI) se aseguró del monopolio absoluto: la CIA no podía entregar ni una sola bala directamente a los rebeldes afganos. Al controlar el grifo del dinero y las armas, Zia se blindó. Exigió a Occidente inmunidad total para machacar a su oposición política interna y para construir su bomba atómica en secreto. Y el bloque capitalista, cegado por su obsesión de hundir a los soviéticos, le firmó el cheque en blanco.
Para financiar las operaciones en la sombra, los militares pakistaníes toleraron y protegieron la creación de un inmenso cártel de la heroína en la frontera afgana. Zia destruyó la paz civil de Pakistán para siempre. Su país se inundó de drogas (creando millones de adictos en tiempo récord) y de armas automáticas baratas (millones de AK-47 "perdidos" en el mercado negro). Cualquier mafioso o líder sectario local podía armar a su propio ejército privado. Zia le inyectó un tumor maligno al torrente sanguíneo de su propio país, sacrificando la seguridad ciudadana simplemente para financiarse su escudo diplomático.
Zia ganó su apuesta a corto plazo: humilló al imperio soviético en su propio "Vietnam", forró de dinero a sus generales y se atrincheró en el poder. Fue un éxito táctico brutal.
¿El precio a largo plazo? Para lograr reclutar tropas, Zia y los saudíes sembraron Pakistán de miles de madrasas (escuelas radicales) que criaron a toda una generación de jóvenes adoctrinados como máquinas de matar. Invitó a la frontera a radicales árabes financiados por la CIA (entre ellos, un joven millonario llamado Osama bin Laden) a montar campos de entrenamiento con impunidad. Construyó la infraestructura exacta de la que pocos años después nacerían los Talibanes y Al-Qaeda.
Cuando los soviéticos se retiraron en 1989 y la Guerra Fría terminó, Estados Unidos recogió sus cosas, cerró la chequera y se largó.
VIII. ISI, armas y yihad: la guerra que volvió a casa
Como los estadounidenses (la CIA) tenían prohibido operar directamente sobre el terreno afgano por miedo a provocar una Tercera Guerra Mundial contra la URSS, el ISI exigió el monopolio absoluto del peaje. Ellos recibían los miles de millones de dólares, ellos compraban los misiles Stinger y, lo más importante, ellos decidían a qué caudillos afganos se los daban (siempre eligiendo a los más extremistas y sanguinarios, porque eran los más dóciles a sus órdenes).
Al hacer de "banquero, aduanero y armero" de la yihad global, el ISI se volvió inmensamente rico, creó sus propias redes logísticas y se independizó del gobierno civil. Hasta el día de hoy, los políticos en Pakistán son simples actores secundarios; quien tiene los códigos nucleares, las llaves de la política exterior y el poder de veto es, y siempre será, el cuartel general del ISI en Rawalpindi. Para los generales pakistaníes y los analistas de la CIA sentados en despachos con aire acondicionado, la "Yihad" no era teología; era el recurso más barato, letal y eficiente jamás creado.
¿Para qué vas a gastar tu presupuesto nacional en enviar a tu ejército regular, pagar sueldos, seguros médicos y pensiones a las viudas, si puedes conseguir que cientos de miles de adolescentes vayan a morir gratis a la nieve afgana a cambio de la promesa del Paraíso? Zia utilizó la religión como una "droga de combate" militar. Abrieron las fronteras para que predicadores extremistas financiados por Arabia Saudí montaran miles de madrasas (escuelas coránicas) que operaron, literalmente, como cadenas de montaje industrial de fanáticos armados. Les lavaron el cerebro a gran escala puramente para externalizar los costes de la guerra.
La teoría de los generales de Zia era maquiavélica y sonaba genial en la pizarra: "Si criamos y armamos a milicias radicales (proxies), las soltaremos en Afganistán para controlar el gobierno de Kabul, y las mandaremos a Cachemira para desangrar a la India, todo ello sin mancharnos las manos y manteniendo la negación plausible en la ONU".
Pero rompieron la ley básica de la domesticación del terror: cuando crías perros asesinos convenciéndoles de que solo responden a la voz de Dios, llega un día en que dejan de obedecer las órdenes de los hombres con uniforme. Pakistán pensó que estaba manejando marionetas; no se dio cuenta de que estaba financiando ejércitos privados que terminarían despreciando a sus propios amos por no ser lo suficientemente "puros".
Años después de estos hechos, la Secretaria de Estado de EE. UU., Hillary Clinton, le diría a los líderes pakistaníes una de las frases más precisas de la diplomacia moderna: "No puedes criar víboras en el patio trasero de tu casa y pretender que solo muerdan a tus vecinos".
Zia ul-Haq cometió un error de principiante. Convirtió la frontera de Pakistán en el mayor hipermercado global de contrabando de armas, heroína y extremistas del mundo. Pero la gravedad funciona en ambas direcciones. Esas armas y el dinero de esa heroína empezaron a inundar las calles de Karachi, Lahore e Islamabad.
En 1989 los soviéticos se retiraron humillados. Los americanos celebraron la victoria y cerraron la chequera. De repente, Pakistán se encontró con decenas de miles de mercenarios hiper-entrenados, armados hasta los dientes, que se acababan de quedar sin imperio ateo al que disparar. Así que, aburridos y fanatizados, giraron sus fusiles hacia dentro. Empezaron a volar mezquitas chiitas por los aires, a asesinar a políticos civiles (incluyendo, años después, a la propia Benazir Bhutto) y a masacrar a la población de su propio país.
IX. Mujeres y minorías: ciudadanía bajo ortodoxia
Zia tenía un problema, no tenía presupuesto ni suficientes policías secretos para espiar a casi 100 millones de pakistaníes. ¿La solución? Promulgó las infames leyes Hudood. Al criminalizar la vida privada y reducir legalmente el testimonio de una mujer en los tribunales a la mitad del de un hombre (haciendo que las víctimas de violación, por ejemplo, fueran procesadas y encarceladas por "adulterio" si no podían presentar a cuatro hombres piadosos como testigos oculares), Zia logró dos victorias tácticas magistrales:
Primero, neutralizó al 50% de la población. Las mujeres, aterrorizadas por la amenaza estatal de ser flageladas en público o lapidadas, desaparecieron del espacio político y cívico. (Hay que recordar que las mujeres universitarias lideraron las primeras protestas masivas contra el régimen en sus inicios).
Segundo, sobornó al otro 50%. Le regaló a cada hombre frustrado, pobre o ignorante del país el poder absoluto de ser un pequeño "dictador" con inmunidad dentro de su propia casa. Al darle al varón el monopolio del terror doméstico, el Estado compró su sumisión política.
Antes de Zia, la fe era una identidad inmensa, flexible y de la esfera privada en Pakistán. Zia la expropió. Convirtió la religión en una Aduana burocrática. Al arrogarse el derecho exclusivo de definir qué es "ortodoxo", el dictador se dotó del arma de aniquilación política definitiva. Si un opositor de izquierdas, un sindicalista o un juez independiente protestaba contra el gobierno, Zia ya no tenía que detenerlos por "subversión" (lo cual les daría prestigio internacional e indignaría a Amnistía Internacional). Simplemente enviaba a un clérigo a sueldo a acusarlos de "impiedad" o "blasfemia". Una vez colgada esa etiqueta oficial, ya no eras un rival político; eras un demonio. La policía de Zia ya no necesitaba detenerte, porque la propia turba fanatizada se encargaría de asesinarte extrajudicialmente en la calle gratis.
Las minorías cristianas, hindúes y, sobre todo, los ahmadíes (una rama minoritaria y pacífica del islam) fueron arrojados a la arena del circo como trozos de carne. Al endurecer las leyes contra ellos (hasta el punto dictatorial de prohibir por ley a los ahmadíes llamarse a sí mismos musulmanes o usar el saludo tradicional islámico bajo penas de cárcel), Zia le dio a la masa empobrecida un "enemigo oficial" al que podían acosar, expropiar y asesinar con total impunidad. Canalizó el odio y la frustración socioeconómica de las calles lejos del Cuartel General del Ejército y lo dirigió hacia los barrios de las minorías. Mantener a los pobres de la mayoría aplastando a los pobres de la minoría es la anestesia perfecta del régimen.
X. Economía: remesas, ayuda exterior y fragilidad aplazada
Zia descubrió cómo monetizar Pakistán. La economía de Pakistán bajo Zia funcionaba exactamente igual que el peaje de una autopista. Estados Unidos y Arabia Saudí necesitaban desesperadamente el territorio pakistaní para enviar misiles y desangrar a los soviéticos en Afganistán, así que Zia les cobró la tarifa de "Aliado Estratégico" en efectivo y por adelantado. Los miles de millones de dólares que llovieron no eran "ayuda al desarrollo"; eran la nómina de un ejército mercenario subcontratado. El país no estaba creciendo; simplemente estaba cobrando cheques. Fomentó que millones de obreros pakistaníes se fueran a partirse la espalda construyendo los rascacielos y extrayendo el petróleo de Arabia Saudí y los Emiratos en condiciones de semiesclavitud. Esto le dio dos ventajas: Esos obreros enviaban sus "remesas" (dólares fuertes) de vuelta a casa, inyectando oxígeno a la economía familiar. Con los estómagos llenos y comprando televisores nuevos de contrabando, las familias de clase baja dejaron de protestar contra la dictadura militar.
Por otro lado, el dinero de Arabia Saudí venía envenenado. Los obreros pakistaníes se fueron siendo musulmanes tradicionales moderados (influenciados por el sufismo del sur de Asia), pero tras años viviendo en la rigidez extrema del Golfo, regresaron infectados por el "Wahabismo" (el islamismo más radical, intolerante y sectario del desierto). Las remesas de los obreros financiaron miles de mezquitas radicales de cemento en sus pueblos. Zia vendió la mano de obra del país a cambio de importar el lavado de cerebro que él mismo necesitaba para sostener su tiranía teocrática.
La cúpula militar no quería una economía civil fuerte ni recaudar impuestos eficientemente. ¿Por qué? Porque hay una ley democrática inquebrantable desde la Revolución Americana: "No hay impuestos sin representación". Si tú creas una industria real y le cobras impuestos a la clase media burguesa y a los empresarios, esa gente, al pagar la factura del país, exigirá inmediatamente cuentas claras, un Parlamento libre y el derecho a decirle a los generales en qué se pueden gastar el dinero.
Para evitar ese "desastre" democrático, el Ejército pakistaní aplicó la norma inversa: "Si no te cobro impuestos, no tienes derecho a exigirme nada". Al financiar al Estado casi exclusivamente con el dinero opaco de la CIA, las remesas internacionales y la gigantesca economía informal del narcotráfico afgano, el gobierno se independizó por completo de su propio pueblo. Dejaron que la industria civil se pudriera mientras los militares engordaban chupando de los flujos geopolíticos, sin rendirle cuentas a ningún ciudadano.
Zia se pegó la gran fiesta durante once años y se aseguró de que la inmensa factura la pagaran los incautos que vinieran detrás. Cuando la Unión Soviética cayó en 1989 y EE. UU. dio la guerra por terminada cortando de golpe el grifo de los dólares, Zia ya estaba convenientemente muerto y calcinado. Las llaves de un país estructuralmente quebrado, sin base fiscal, infestado de armas y ahogado en deuda externa pasaron a los políticos civiles electos en la década de los 90 (como Benazir Bhutto y Nawaz Sharif).
Cuando la economía lógicamente colapsó en manos civiles por culpa del nulo tejido industrial que Zia dejó, los generales salieron en los telediarios a decir: "¿Veis? Los políticos democráticos son unos corruptos incompetentes. Solo el Ejército sabe traer estabilidad". Zia le rompió deliberadamente las piernas a la economía nacional para asegurarse de que Pakistán pasara el resto de su historia suplicando usar las muletas del Ejército.
XIII. Conclusión: Zia, el general que hizo del islam una razón de Estado y puso la democracia bajo su sombra
Tras la muerte de Zia, el Ejército estaba asustado, la Guerra de Afganistán terminaba, la economía estaba colapsada y Estados Unidos (que ya no necesitaba a Islamabad) empezaba a presionar. Así que los generales dieron un inteligente paso atrás y dejaron que Benazir (brillante, educada en Oxford y Harvard, la heroína trágica favorita de la prensa occidental) se sentara en la silla de Primera Ministra.
Pero antes de darle las llaves, el Estado Profundo vació la caja fuerte. Le entregaron el flamante coche oficial del gobierno, pero le desconectaron el volante del motor: le prohibieron tocar el inmenso presupuesto militar, le ocultaron el programa de armas nucleares y le secuestraron la política exterior. Le entregaron el título de "CEO del país" para que diera la cara ante los acreedores del FMI y se comiera el enfado de un pueblo cabreado, pero la cúpula militar se quedó con la chequera y los tanques.
Benazir llegó al gobierno creyendo que los millones de votos del pueblo le daban legitimidad suprema, pero los militares se reían desde sus despachos porque ellos conservaban el botón de apagado legal. Una enmienda constitucional de Zia le daba al Presidente de la República (un burócrata no electo aliado del Ejército) el poder divino de destituir a la Primera Ministra electa en cualquier momento. El todopoderoso servicio de inteligencia no trabajaba para ella; la espiaba a ella, financiaba a sus rivales y gobernaba las milicias en la frontera sin rendir cuentas. Las leyes religiosas extremistas seguían intactas. Si Benazir intentaba modernizar el país o tocar los privilegios patriarcales, el Estado Profundo azuzaba a los mulás para que la acusaran de hereje en las calles.
En definitiva, Benazir no gobernaba; caminaba de puntillas y con los ojos vendados por un campo de minas diseñado milimétricamente desde el cuartel general de Rawalpindi. Benazir Bhutto y su partido (el PPP) eran la fuerza de masas indomable de la izquierda. Para neutralizarla, el jefe del siniestro servicio de inteligencia militar (el ISI) agarró a Nawaz Sharif, un dócil y rico industrial del acero de la inmensa provincia de Punjab, y le inyectó esteroides políticos y millones de rupias de fondos negros estatales para crearle una coalición conservadora a medida (la IJI).
Sharif no era un líder que nació de la indignación de las bases ciudadanas; era un misil teledirigido financiado por los militares para romper el mapa electoral por la mitad. Crearon un "bipartidismo" artificial puramente como herramienta de contención, garantizando que Benazir nunca pudiera gobernar con tranquilidad ni lograr la mayoría absoluta para cambiar la Constitución.
De este modo, la década de los 90 en Pakistán se convirtió en un perverso "Circo Romano" organizado por el Ejército. El guion de la coreografía era implacable:Dejaban gobernar a Benazir Bhutto dos o tres años. La saboteaban desde dentro y, cuando intentaba ser independiente, el Presidente la destituía acusándola de corrupción. Luego ponían a su rival títere, Nawaz Sharif, al mando.
¿Cuál era el objetivo final del Estado Profundo? La aniquilación de la democracia ciudadana. Los generales, sentados en el palco VIP sin presentarse jamás a unas elecciones, dejaron que los políticos civiles se despedazaran vivos entre ellos en el Parlamento, se metieran en la cárcel mutuamente y paralizaran el país. Al final de la década, la población pakistaní estaba tan exhausta, tan asqueada del caos económico y de los escándalos de la clase política, que suplicaron que los militares volvieran a dar un golpe de Estado para imponer orden (cosa que hizo el general Pervez Musharraf en 1999, siendo recibido entre vítores y aplausos.
Bibliografía
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Ahmed Rashid, Taliban: Militant Islam, Oil and Fundamentalism in Central Asia.
Steve Coll, Ghost Wars: The Secret History of the CIA, Afghanistan, and Bin Laden.
Ruta relacionada: Autócratas de Asia: emperadores, dictadores, partidos y dinastías del poder
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