Theodore Roosevelt y la defensa del Open Door en China
Cuando Theodore Roosevelt llegó a la presidencia en 1901 heredó una política hacia China que ya tenía nombre, pero no un método claro de aplicación. Las notas del Open Door de 1899 y 1900 habían fijado dos principios: igualdad de oportunidades comerciales para todas las potencias en China y preservación de la integridad territorial y administrativa del imperio Qing. El problema era que esos dos objetivos convivían mal entre sí. Estados Unidos quería comerciar libremente en una China abierta, pero esa misma China estaba siendo erosionada por esferas de influencia extranjeras, rivalidades imperiales y la propia debilidad del Estado Qing. Roosevelt tuvo que convertir un principio abstracto en una política real.
Gregory Moore sostiene que Roosevelt respondió con una estrategia esencialmente pragmática. Washington tenía un interés económico limitado en China, una presencia naval insuficiente en Asia oriental y una opinión pública poco atenta al Lejano Oriente. En esas condiciones, la Casa Blanca no podía imponer sola el Open Door. Roosevelt optó entonces por una política de equilibrio de poder: presionar diplomáticamente cuando fuera posible, apoyarse en otras potencias cuando hiciera falta y evitar compromisos militares directos que Estados Unidos no estaba en condiciones de sostener. El Open Door, bajo Roosevelt, fue menos una cruzada moral que una defensa práctica del acceso estadounidense al mercado chino.
La primera gran prueba fue Manchuria. Allí el desafío más inmediato vino de Rusia, cuya expansión amenazaba tanto la libre competencia comercial como la idea formal de mantener intacta a China. Roosevelt y su equipo interpretaron que, si Moscú consolidaba un control exclusivo en la región, el Open Door quedaría vacío de contenido. Por eso la administración combinó presión diplomática sobre Rusia con la aceptación de Japón como contrapeso útil. La lógica era transparente: si Estados Unidos no podía bloquear solo a Rusia, debía favorecer un equilibrio entre rivales regionales que impidiera la clausura de Manchuria.
La guerra ruso-japonesa complicó aún más el panorama. Roosevelt no actuó como defensor puro de China, sino como gestor del equilibrio asiático. Después de la victoria japonesa, Washington continuó una serie de intercambios con Tokio que desembocaron en el Root-Takahira Agreement de 1908. Ese acuerdo respaldaba de forma ambigua el principio del Open Door, pero al mismo tiempo aceptaba una política muy westfaliana: reconocer que la integridad china dependía menos de la voluntad de Pekín que del ajuste entre potencias capaces de repartirse sus márgenes. En ese sentido, la gran paradoja del Roosevelt asiático fue que defendió el Open Door muchas veces como si China no existiera: negociando sobre territorio chino sin contar realmente con el gobierno chino.
Ahí se ve la contradicción central de la política. El Open Door aceptaba de hecho la presencia de esferas de influencia en China, pero pedía que ninguna bloquease el acceso económico de los demás. No era, por tanto, una defensa radical de la soberanía china. Era una manera de hacer compatible la continuidad del imperio Qing con los intereses de varias potencias competidoras, entre ellas Estados Unidos. Moore subraya que, al final, Roosevelt y su equipo concedieron más importancia al principio de igualdad comercial que al de integridad territorial, sobre todo en las fronteras chinas. Si hubo una jerarquía entre ambos principios, el comercio pesó más que la soberanía.
Además, Roosevelt abordó China desde una mirada muy marcada por los prejuicios de su tiempo. Moore señala que el presidente veía al imperio Qing como una civilización débil y decadente, superada por Occidente y necesitada de guía para modernizarse. Sus opiniones eran racistas, aunque se expresaran con frecuencia en términos culturales más que biológicos. China, en su imaginario, podía ser tratada con justicia, pero desde una posición paternal y claramente jerárquica. Esa percepción condicionó toda la diplomacia estadounidense: Roosevelt no pensaba en una China igual, sino en una China útil, reformable y contenible.
El problema es que la relación no se jugaba solo en Manchuria o en los despachos diplomáticos. También pasaba por la experiencia cotidiana de los chinos frente al poder estadounidense. La exclusión migratoria, las humillaciones sufridas por chinos que intentaban entrar en Estados Unidos y el desprecio racial alimentaron un resentimiento profundo. Moore recuerda que esas tensiones estallaron en el Anti-American Boycott de 1905, un episodio que mostró que el vínculo sino-estadounidense no podía sostenerse indefinidamente sobre el contraste entre apertura comercial en Asia y cierre étnico en América. Washington quería vender en China, misionar en China e invertir en China, pero no estaba dispuesto a aceptar a los chinos en igualdad dentro de su propio sistema social.
La contradicción era aún más amplia. Como muestra el viejo estudio de America’s Failure in China, el Open Door condensó a la perfección la convergencia entre ideales e intereses en la política exterior estadounidense. El libre comercio, la oposición al monopolio, el antiimperialismo retórico, la simpatía por el “underdog” y el impulso misionero parecían alinearse todos en una misma doctrina. Pero esa convergencia era inestable. En la práctica, el Open Door funcionó como proyección internacional de un ideal americano sobre un espacio chino que no controlaba, y que además entendía de forma incompleta. En otras palabras: la política era moralizante en el lenguaje y calculadora en la ejecución.
Esa distancia entre discurso y realidad ayuda a entender por qué la política de Roosevelt fue eficaz en algunos planos y fallida en otros. Fue eficaz en el sentido de que evitó un cierre completo del mercado chino en perjuicio de Estados Unidos y maniobró con suficiente habilidad entre Rusia y Japón como para mantener margen de acción. Pero fue fallida en algo más profundo: no construyó una relación de confianza con China. Moore insiste en que la administración perdió una oportunidad para desarrollar un vínculo más amigable porque trató problemas sensibles —indemnizaciones Boxer, inversiones, exclusión, trato a viajeros y comerciantes chinos— con una arrogancia que ignoró el naciente nacionalismo chino. El resultado fue un legado ambiguo: Estados Unidos aparecía menos brutal que otros imperios, pero no menos seguro de su derecho a decidir qué debía ser China.
Lo más interesante es que muchos de esos patrones siguen resonando hoy. El propio Moore sugiere que el período 1839–1949, la llamada “Century of Humiliation”, sigue estructurando la memoria histórica china y condiciona su forma de leer el mundo. Desde esa perspectiva, la política de Roosevelt forma parte de una experiencia más amplia en la que potencias occidentales y Japón aprovecharon la debilidad china en nombre de principios universales, intereses estratégicos o ambos a la vez. Para sectores de la élite china contemporánea, esa memoria sigue siendo clave para interpretar la relación con Estados Unidos: no como simple competencia entre iguales, sino como una historia larga de intervención, jerarquía y desconfianza.
Por eso Theodore Roosevelt importa todavía. No solo porque ayudó a definir la aplicación práctica del Open Door, sino porque fijó un estilo de relación con China que tendría larga vida: respeto formal por la integridad china, prioridad real del acceso económico, visión paternal de la modernización y uso del equilibrio entre terceros para sostener la posición estadounidense. Roosevelt no “inventó” el problema chino de Estados Unidos, pero sí le dio una forma reconocible. Defendió la puerta abierta, sí, pero lo hizo desde una convicción muy americana: que el orden debía seguir abierto siempre que permaneciera abierto en condiciones favorables para Washington.
Bibliografía básica
Moore, G. Defining and Defending the Open Door Policy: Theodore Roosevelt and China, 1901–1909. Lexington Books, 2015.
Tang, X. The United States and China: A History from the Eighteenth Century to the Present. Rowman & Littlefield, 2021.


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