Suharto y el Nuevo Orden, Indonesia: crecimiento, miedo y obediencia

 

En mayo de 1998, cuando Suharto cayó, no se derrumbó solo un presidente. Cayó el hombre que había convertido una matanza en sistema de gobierno, una promesa de desarrollo en legitimidad y la obediencia en costumbre nacional. El Nuevo Orden no fue simplemente un régimen autoritario largo. Fue una arquitectura política nacida de la Guerra Fría, sostenida por el ejército, centralizada hasta el extremo y envuelta en un fuerte control ideológico. Durante décadas celebró elecciones casi rituales para devolver al poder al mismo bloque dirigente, mientras presentaba esa continuidad como estabilidad y esa estabilidad como destino natural de Indonesia.

Su punto de partida fue 1965. La crisis abierta por el 30 de septiembre y la destrucción del PKI no deben leerse como un episodio más del caos poscolonial, sino como el acto fundacional del régimen. La represión posterior costó la vida a cientos de miles de presuntos comunistas y llevó a prisión a miles más. La Indonesia de Sukarno, ya fuertemente polarizada en 1963–1964 por la combinación de rivalidades internas, propaganda anticomunista estadounidense y acercamiento a la República Popular China, quedó reordenada a sangre y fuego. Lo que emergió de allí no fue solo una nueva correlación de fuerzas: fue una nueva definición de la nación, purgada de la izquierda y preparada para ser administrada por el ejército.

Suharto entendió, además, que matar no bastaba. Había que fijar un lenguaje legítimo del Estado. Ahí entra Pancasila. Bajo el Nuevo Orden, la vieja fórmula fundacional de la república dejó de ser un marco relativamente abierto para convertirse en ortodoxia estatal: una doctrina de unidad nacional, anticomunismo y disciplina, útil para presentar toda disidencia radical como desviación y para envolver al régimen en un discurso de armonía por encima del conflicto. El control ideológico del Nuevo Orden no fue un adorno doctrinal. Formó parte de su capacidad para definir los límites de la política aceptable y para convertir al Estado en una imagen de unidad que ocultaba sus propias luchas internas y su violencia fundacional.

Pero el Nuevo Orden no se sostuvo solo en doctrina y represión. Su otra gran fuente de legitimidad fue el crecimiento. Frente al antiimperialismo errático y la movilización permanente de la era Sukarno, Suharto ofreció tecnocracia, inversión, orden administrativo y una promesa de prosperidad gradual. Esa promesa funcionó durante mucho tiempo. El régimen logró que amplios sectores aceptaran un intercambio tácito: menos política a cambio de más previsibilidad material. El problema es que esa eficacia aparente escondía un Estado mucho menos compacto de lo que sugería su imagen. Los estudios posteriores han mostrado que la autoridad del Nuevo Orden dependía de una trama de centros parciales, alianzas locales, clientelas y mediadores; no de una maquinaria perfectamente coherente. El Estado era poderoso, sí, pero también patchy, desigual, negociado y profundamente incrustado en la sociedad que decía dominar desde arriba.

La violencia del régimen se proyectó también hacia fuera. La Indonesia de Suharto no solo aplastó a la izquierda interna; también convirtió la política exterior en extensión de su lógica de seguridad. El caso más brutal fue Timor Oriental. Incluso en 1980, años después de la anexión forzosa, testimonios recogidos en relación con la diplomacia regional sobre Camboya describían a las fuerzas de Suharto aún “exterminating East Timorese who resisted Indonesia’s forced annexation of their homeland”. Timor demuestra que el Nuevo Orden no fue solo un autoritarismo de estabilidad y crecimiento: fue también un régimen dispuesto a usar violencia extrema más allá de Java para imponer su definición territorial de la nación.

A la vez, el régimen necesitó controlar el campo cultural y moral. La Guerra Fría en Indonesia fue también una guerra por la memoria, por el teatro, por la prensa y por la capacidad de imaginar una nación distinta. Los estudios sobre cultura política en el Sudeste Asiático muestran que el legado posterior a 1965 siguió siendo una enorme operación de representación: borrar la complejidad de la era Sukarno, demonizar a la izquierda, y presentar el Nuevo Orden como salvación nacional. Esa herencia todavía pesa. Hasta bien entrado el siglo XXI, las obras que reabrían el debate sobre 1965 seguían siendo perseguidas o prohibidas por “alterar el orden público”. La victoria de Suharto no consistió solo en ganar el poder; consistió en colonizar durante décadas el relato sobre cómo se ganó ese poder.

Y, sin embargo, el edificio tenía límites. La caída de 1998 no fue simplemente la explosión de una crisis económica ni solo el resultado de la presión estudiantil. Van Klinken y Barker apuntan algo más profundo: Suharto cayó también porque era un guerrero de la Guerra Fría cuyo tiempo había pasado. Con el fin del enfrentamiento bipolar, los aliados occidentales fueron más sensibles a las violaciones de derechos humanos de sus viejos socios de primera línea, y la “tercera ola” de democratización llegó a Indonesia en el peor momento posible para un régimen tan rígido. La crisis económica abrió la herida; el fin de la Guerra Fría le quitó parte del blindaje moral e internacional. El Nuevo Orden se quedó sin dinero, sin misterio y sin excusa histórica suficiente.

Lo que vino después fue menos limpio de lo que a veces se cuenta. El sistema no desapareció de la noche a la mañana. Indonesia se democratizó, sí, pero también se descentralizó con rapidez, abrió nuevos centros de poder, multiplicó arenas locales de competencia y dio paso a una política más ruidosa, más plural y también más caótica y corrupta. Las provincias y distritos ganaron recursos y autonomía; surgieron nuevos actores sociales, milicias, ONG, islamistas, partidos y caudillos locales. El ejército perdió prestigio, pero no dejó de pesar. El país se hizo más libre, pero también más fragmentado. La Indonesia posterior a Suharto no desmintió del todo al Nuevo Orden; mostró hasta qué punto aquella estabilidad se había construido conteniendo una diversidad que seguía allí, esperando volver a hablar.

Suharto, al final, debe entenderse como algo más que un dictador longevo. Fue el arquitecto de un pacto profundamente asimétrico: matanza fundacional, doctrina de unidad, centralización militar, desarrollo tecnocrático y violencia periférica. Ese pacto funcionó durante tres décadas porque respondió a miedos reales —fragmentación, guerra civil, radicalización, pobreza— y porque los convirtió en obediencia administrada. La tragedia del Nuevo Orden fue precisamente esa: no se sostuvo pese a su violencia, sino gracias a ella. Y por eso su caída no cerró su historia. Indonesia sigue viviendo, en muchos sentidos, dentro del problema que Suharto creyó haber resuelto: cómo construir un Estado fuerte sin volver a convertir el miedo en principio de gobierno.

Bibliografía 

van Klinken, G., & Barker, J. (Eds.). State of Authority: The State in Society in Indonesia. Cornell Southeast Asia Program, 2009.

Day, T. (Ed.). Cultures at War: The Cold War and Cultural Expression in Southeast Asia. Cornell University Press, 2010.

Poulgrain, G. The Genesis of Konfrontasi: Malaysia, Brunei and Indonesia, 1945–1965. Crawford House / Hurst, 1998. 

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