Siam: Mongkut contra el imperialismo europeo
En 1855, Mongkut aceptó el Tratado Bowring con Gran Bretaña. Desde una lectura nacionalista, aquello podía parecer una humillación: rebaja de barreras comerciales, apertura del comercio exterior, privilegios para súbditos británicos y extraterritorialidad. Pero para el rey de Siam era otra cosa: una forma de comprar tiempo. Mientras Birmania era desgarrada por las guerras anglo-birmanas y Vietnam empezaba a caer bajo la presión francesa, Siam eligió abrirse antes de que lo abrieran a cañonazos. La gran intuición de Mongkut fue entender que, en el siglo XIX asiático, la soberanía ya no se defendía solo cerrando fronteras. Se defendía administrando concesiones.
Mongkut —Rama IV, rey de Siam entre 1851 y 1868— suele aparecer en la imaginación occidental deformado por The King and I: un monarca exótico, despótico, pintoresco, corregido por una institutriz europea. Esa imagen, útil para el teatro, es casi inútil para la historia. El Mongkut real fue mucho más interesante: un príncipe desplazado, un monje reformador, un lector de ciencia occidental, un rey budista y un diplomático obligado a mover un país pequeño entre dos imperios en expansión. Su grandeza no estuvo en resistir frontalmente a Occidente, sino en comprender que esa resistencia frontal podía destruir Siam.
Mongkut no modernizó Siam para parecer occidental. Lo modernizó para que Occidente no pudiera convertirlo fácilmente en colonia. Esa es la clave de su reinado.
El monje que aprendió el siglo XIX antes de gobernar
Mongkut nació en 1804, hijo de Rama II y de la reina Sri Suriyendra. Fue educado como príncipe de alto rango: literatura siamesa y pali, historia dinástica, ceremonias de corte, guerra, elefantes, caballos y códigos de realeza. Pero en 1824, al morir su padre, el Consejo eligió como rey a su medio hermano mayor, Rama III. Mongkut, desplazado de la sucesión, permaneció en el monasterio. Aquella derrota política fue decisiva: le dio una educación que ningún palacio podía ofrecerle.
Pasó veintiséis años como monje. Estudió pali, sánscrito, lenguas vecinas, historia, astronomía, geografía, textos budistas y ciencias occidentales. Aprendió inglés, trató con misioneros, se relacionó con el obispo Pallegoix y observó de cerca la medicina, la imprenta, la cartografía y la forma europea de producir conocimiento. Pero lo más importante quizá fue otra cosa: como monje mendicante y peregrino, salió del mundo cerrado de la corte. Conoció aldeas, caminos, necesidades populares y límites reales del país que algún día gobernaría.
Ese paso por el monacato no fue un paréntesis espiritual. Fue una escuela política. Mongkut aprendió tres cosas allí: el país real, el poder de la religión y el valor de la ciencia. Como reformador budista, trató de depurar la disciplina monástica, combatir rutinas mecánicas y reducir supersticiones. Como futuro rey, descubrió que el budismo podía seguir siendo el eje moral del reino sin cerrar la puerta al conocimiento occidental. A History of Modern Southeast Asia subraya que, bajo los Chakri, especialmente con Mongkut y Chulalongkorn, la reforma budista reforzó la estructura social y vinculó más estrechamente la sangha con la monarquía.
Cuando subió al trono en 1851, Mongkut no era un rey aislacionista sorprendido por el mundo moderno. Era, probablemente, uno de los gobernantes asiáticos mejor preparados para leer el peligro imperial.
Siam entre dos imperios
El mapa era implacable. Al oeste, Gran Bretaña avanzaba desde la India. La primera guerra anglo-birmana había arrancado Arakan y Tenasserim a Birmania; la segunda había dado a los británicos el control del delta y de Rangún; la tercera, en 1885, liquidaría la monarquía birmana. Al este, Francia iba extendiéndose desde Vietnam hacia Camboya y Laos. Al sur, los británicos consolidaban posiciones en los estrechos y en el mundo malayo. Siam no era una isla de independencia natural. Era una pieza situada entre mandíbulas.
La historiografía regional suele explicar la supervivencia de Siam como la de un Estado tapón entre Birmania británica e Indochina francesa. Esa explicación es correcta, pero incompleta. Siam sobrevivió porque a Londres y París les convenía muchas veces evitar un choque directo; pero también porque Bangkok supo presentarse como un Estado negociable, reformable y suficientemente racional para no justificar una ocupación directa. La geografía ayudó, pero no bastaba. La diplomacia y la reforma hicieron el resto.
Mongkut expresó el dilema con una frase brutal. Aunque Siam descubriera una mina de oro capaz de pagar cien buques de guerra, seguiría teniendo que comprar esos barcos y sus armas a los mismos países que podían amenazar su independencia. La conclusión era clara: las armas decisivas no serían solo cañones, sino “la boca y el corazón”: palabra, prudencia, inteligencia diplomática y dominio del lenguaje internacional.
El Tratado Bowring: ceder para sobrevivir
El Tratado Bowring de 1855 fue el punto de inflexión. Redujo los viejos controles comerciales, abrió el país al comercio británico y reconoció privilegios a los súbditos británicos. También introdujo la extraterritorialidad: una cesión dura, porque limitaba la jurisdicción siamesa sobre extranjeros. Desde una perspectiva ideal de soberanía, era una derrota. Desde la perspectiva de Mongkut, era un mal menor.
El tratado debe leerse dentro de una secuencia asiática más amplia. Asia Rising lo sitúa junto a otros acuerdos que abrieron violentamente el continente bajo presión occidental: el Tratado de Nankín con China, los tratados estadounidenses con Japón y los acuerdos impuestos por Francia en Vietnam. La diferencia fue que Siam concedió acceso comercial y privilegios jurídicos, pero evitó la colonización directa. No fue una soberanía intacta. Fue una soberanía negociada bajo amenaza.
Esa es la parte que el relato nacional tailandés suele suavizar. Siam no fue colonizado formalmente, pero sí fue profundamente moldeado por el imperialismo. Sus fronteras, su comercio, su sistema jurídico y su política exterior cambiaron bajo presión europea. La independencia siamesa fue real, pero no pura. Fue una independencia amputada.
Modernizar para quitar pretextos
Mongkut entendió que los imperios europeos no conquistaban solo por codicia. También fabricaban justificaciones: comercio bloqueado, inseguridad jurídica, desorden administrativo, atraso sanitario, arbitrariedad judicial, incapacidad de gobierno. Para reducir esos pretextos, Siam debía parecer y funcionar como un Estado capaz de gobernarse a sí mismo.
Por eso su reforma no fue solo diplomática. Autorizó exportaciones de arroz y teca, desmanteló monopolios abusivos, reorganizó finanzas, impulsó moneda moderna, promovió caminos y canales, aceptó asesores extranjeros, creó una Gazette oficial y dio pasos iniciales contra la esclavitud y ciertas arbitrariedades legales. También modificó el teatro de la realeza: permitió que el pueblo mirase las procesiones reales y que extranjeros y chinos saludaran según sus propias costumbres.
Algunos decretos parecen casi domésticos: prohibir tirar animales muertos a los canales, mejorar cocinas para evitar incendios, ordenar hábitos urbanos, regular borracheras festivas o aconsejar cómo proteger ventanas contra ladrones. Pero esos detalles son reveladores. Mongkut no veía la modernización solo como ferrocarriles, tratados o cañones. La veía también como disciplina cotidiana. Un reino limpio, ordenado, fiscalmente legible y jurídicamente menos arbitrario era más difícil de presentar como territorio bárbaro disponible para tutela.
La reforma era, en ese sentido, una forma de defensa nacional.
El cocodrilo, la ballena y Camboya
El problema más delicado fue Camboya. Siam conservaba antiguas pretensiones de influencia sobre el reino camboyano, pero Francia avanzaba desde Cochinchina y terminó imponiendo su protectorado sobre Camboya en 1863. Mongkut comprendió que defender íntegramente el viejo sistema de soberanías podía poner en peligro el corazón del reino siamés. En una carta famosa, comparó el dilema con elegir entre nadar río arriba para hacerse amigo del cocodrilo o salir al mar y agarrarse a la ballena. El cocodrilo y la ballena eran Francia y Gran Bretaña: distintos, pero ambos peligrosos.
La imagen es perfecta porque resume toda su política exterior. Siam no podía destruir al cocodrilo ni dominar a la ballena. Solo podía calcular distancias, tiempos y concesiones. En 1867, Siam reconoció el protectorado francés sobre Camboya, aunque conservó temporalmente Battambang y Siem Reap. Fue una cesión estratégica. No salvaba el viejo espacio de influencia siamés, pero preservaba el núcleo del reino.
Bajo Chulalongkorn, esa lógica continuó. Francia impuso en 1893 el reconocimiento de sus derechos al este del Mekong; en 1904 Siam renunció a suzeranía sobre Luang Prabang; en 1907 abandonó sus reclamaciones sobre Battambang y Siem Reap; y en 1909, por tratado con Gran Bretaña, cedió derechos sobre Kelantan, Trengganu, Kedah y Perlis. Siam sobrevivió, pero no sin pérdidas. Conservó la casa sacrificando parte del jardín.
La continuidad con Chulalongkorn
Mongkut abrió la puerta; Chulalongkorn reorganizó la casa. Esa continuidad es esencial. Rama IV comenzó la apertura diplomática, la modernización de la corte, el aprendizaje institucional y la adaptación al orden internacional. Rama V llevó más lejos la centralización administrativa, los ministerios, el ejército, la reforma fiscal, la administración provincial y la definición territorial del Estado.
Asia Rising presenta a ambos como los grandes modernizadores del Rattanakosin: Mongkut abrió Siam mediante el Tratado Bowring y comenzó la modernización; Chulalongkorn desarrolló el programa reformista Chakri mediante gabinete, organización militar y administración local. La supervivencia siamesa no fue obra de un solo rey, sino de una estrategia dinástica de adaptación al imperialismo.
La diferencia entre Siam y sus vecinos no fue una supuesta superioridad cultural ni una excepción milagrosa. Birmania terminó ocupada porque chocó frontalmente con Gran Bretaña y perdió su monarquía. Vietnam fue absorbido progresivamente por Francia. Camboya buscó protección frente a Siam y Vietnam, pero acabó dentro de Indochina. Siam, en cambio, se convirtió en un interlocutor útil: cedía, negociaba, reformaba, protestaba y retrocedía cuando era necesario. Esa combinación no era heroica en sentido romántico, pero fue eficaz.
La mentira útil: “Tailandia nunca fue colonizada”
La frase “Tailandia nunca fue colonizada” es cierta solo a medias. Es cierta si se entiende que Siam nunca fue incorporado como colonia formal a un imperio europeo. Es falsa si sugiere que el país permaneció al margen del imperialismo. Siam fue presionado, condicionado, recortado y reorganizado por la expansión británica y francesa. Su independencia fue una excepción, pero no una inmunidad.
Esa distinción es importante porque permite entender mejor a Mongkut. Su objetivo no fue preservar una pureza política imposible. Fue conservar margen de maniobra en un mundo que ya no permitía independencia absoluta a los Estados asiáticos pequeños. El rey que abrió Siam no era un occidentalizador ingenuo. Era un soberano asiático que entendió que, frente al imperialismo, la rigidez podía ser suicida.
El eclipse y la parábola final
El final de Mongkut tiene algo de parábola. Fascinado por la astronomía, calculó un eclipse solar total para 1868 y organizó una expedición a Sam Roi Yot para observarlo junto a científicos franceses y dignatarios británicos. El cielo se despejó a tiempo y el eclipse confirmó sus cálculos. Fue su triunfo intelectual: un rey budista, formado en el monasterio, demostraba que Siam podía dominar conocimiento científico occidental sin dejar de ser Siam. Pero la expedición fue seguida por un brote de malaria. Mongkut enfermó y murió el 1 de octubre de 1868.
La escena resume su vida. Mongkut se acercó al saber occidental, lo usó, lo integró y lo convirtió en parte de la defensa de su reino. Pero ese mismo contacto con el mundo moderno no estaba libre de riesgo. La apertura salvaba y exponía a la vez.
Conclusión: abrir la puerta sin perder la casa
Mongkut no fue el rey que mantuvo puro a Siam frente a Occidente. Fue el rey que comprendió que la pureza política era ya imposible. El mundo imperial no ofrecía a los Estados asiáticos la opción cómoda de seguir igual. Solo les dejaba escoger entre abrirse, ceder, negociar o ser destruidos.
Siam sobrevivió porque Mongkut eligió abrir la puerta antes de que la derribaran. Lo hizo con tratados desiguales, reformas internas, diplomacia cuidadosa, sacrificios territoriales y una escenografía internacional pensada para demostrar que Siam era un Estado soberano, no una presa atrasada. No salvó todo. Pero salvó lo decisivo: la monarquía, el núcleo territorial, la continuidad estatal y un margen de autonomía que Birmania, Camboya y Vietnam perdieron.
Por eso Mongkut merece ser leído como uno de los grandes estrategas asiáticos del siglo XIX. No venció al imperialismo europeo. Hizo algo más difícil: aprendió a sobrevivir dentro de él.
Bibliografía básica
Moffat, A. L. Mongkut, the King of Siam. Cornell University Press, 1961.
Terwiel, B. J. A History of Modern Thailand, 1767–1942. University of Queensland Press.
Baker, C., & Phongpaichit, P. A History of Thailand. Cambridge University Press.
Benda, H. J., & Bastin, J. A History of Modern Southeast Asia: Colonialism, Nationalism, and Decolonization. Prentice-Hall.
Asia Rising: A Handbook of History and International Relations in East, South and Southeast Asia.

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