Los hmong y el precio de su alianza con Washington
La historia de los hmong en Laos durante la Guerra Fría no es la historia de una minoría “utilizada” sin más por la CIA. Es la historia de un pueblo de montaña convertido en columna vertebral de una guerra que oficialmente casi no existía, y que después pagó la derrota con exilio, campos, persecución y desarraigo. Jane Hamilton-Merritt lo deja claro desde el comienzo: su libro se centra en los hmong que primero se alinearon con los franceses en los años cuarenta, luego con el gobierno real laosiano y, más tarde, con los estadounidenses. Según su reconstrucción, constituían la mayoría de los hmong de Laos.
El precio de esa alianza empezó a pagarse antes de que llegaran los estadounidenses. La cronología del libro señala que en 1946 el Viet Minh estableció su Comité de Resistencia del Este de Laos en territorios hmong, y que en 1953 invadió sus homelands del norte. Un año después, la conferencia de Ginebra reconoció a Laos como Estado neutral y soberano, pero esa neutralidad fue inestable desde el primer día. En 1962 se reafirmó formalmente y se prohibieron tropas y bases extranjeras, aunque Vietnam del Norte no retiró a sus soldados. En 1964, fuerzas norvietnamitas y Pathet Lao ocuparon la Plaine des Jarres. Es decir: los hmong quedaron situados en el centro mismo de una guerra que se estaba decidiendo en sus montañas.
La alianza con Washington fue, por tanto, una respuesta a una guerra ya instalada en su territorio. No fue una adhesión ideológica abstracta a “Occidente”, sino una apuesta de supervivencia en condiciones extremas. Para muchos hmong, el comunismo vietnamita y la expansión del Pathet Lao significaban desplazamiento, sometimiento y pérdida del control local. El problema es que esa opción los ató a una superpotencia que podía aportar dinero, armas, aviación y logística, pero que también necesitaba que siguieran combatiendo incluso cuando el precio humano se volvía insoportable. La relación con Estados Unidos convirtió a los hmong en aliados privilegiados y, al mismo tiempo, en objetivo prioritario de sus enemigos.
La “guerra secreta” fue secreta, en parte, porque el acceso estaba controlado. Hamilton-Merritt cuenta que los periodistas tenían vetado el acceso significativo a la región norteña de Xieng Khouang, donde estaban Long Chieng, el cuartel de Vang Pao, y las zonas de combate más duras. Esa opacidad hizo que la prensa acuñara expresiones como “CIA Secret Base”, “CIA Secret War” y “CIA Secret Army”. La autora protesta contra esas etiquetas porque, a su juicio, redujeron a los hmong a mercenarios y ocultaron que estaban luchando en defensa de su propia tierra. Pero incluso aceptando su matiz, el hecho básico sigue siendo brutal: la alianza los colocó bajo una maquinaria de guerra encubierta donde la visibilidad pública era mínima y la capacidad de decidir el curso del conflicto, muy escasa.
Esa maquinaria fue creciendo. En 1965, Estados Unidos activó desde Udom, en Tailandia, apoyo aéreo directo a la lucha en Laos. En 1968 instaló equipamiento top secret en Phou Pha Thi para facilitar bombardeos de precisión contra objetivos en Laos y Vietnam del Norte. En 1969, el senador Stuart Symington celebró audiencias secretas sobre Laos y William Fulbright reveló públicamente que la CIA estaba dirigiendo una operación militar en el país. La cronología del libro muestra que para entonces la guerra laosiana ya no era un teatro secundario: era una pieza integrada en la guerra de Vietnam y en la estrategia estadounidense de contención. Los hmong estaban metidos hasta el cuello en una guerra regional y global al mismo tiempo.
El coste social fue mucho más que militar. Hamilton-Merritt insiste en que entrevistó a cientos de hmong de todos los principales clanes y de perfiles muy distintos: campesinos, niños-soldado, viudas, pilotos, guías aéreos, combatientes de “special forces”, jefes tribales, prisioneros, supervivientes de ataques químicos y refugiados en Tailandia. Eso importa porque evita una lectura estrechamente castrense. La alianza con Washington no arrastró solo a hombres armados; arrastró a una sociedad entera. La autora habla explícitamente de familias separadas, aldeas destruidas y comunidades forzadas a elegir entre huir, esconderse o seguir combatiendo. El precio de la alianza fue la militarización total de la vida hmong.
La derrota abrió la segunda fase del sufrimiento. Tras la toma del poder por la República Democrática Popular Lao en 1975, los hmong asociados al viejo orden fueron perseguidos. La autora recoge testimonios de refugiados que hablaban de “seminar camps”, tortura, trabajo forzado y hambre. Subraya también que muchos de quienes habían luchado junto al Royal Lao Government y los estadounidenses fueron cazados, encarcelados o eliminados por el nuevo régimen. El precio de la alianza ya no era solo haber combatido; era llevar grabada la marca del enemigo derrotado.
El exilio fue masivo. Entre 1976 y 1992, Hamilton-Merritt visitó más de veinticinco veces los campos de refugiados del norte de Tailandia —Mae Jarim, Ban Vinai, Chiang Kham, Nong Khai y otros— para recoger información sobre los huidos. Según sus datos, en 1992 vivían ya más de 125.000 hmong en Estados Unidos, y advertía que otros 50.000 podían acabar siguiendo el mismo camino. La alianza con Washington prometía seguridad; lo que dejó fue una diáspora de enormes dimensiones, extendida entre Tailandia, Francia, Australia y Estados Unidos. Esa cifra no es un epílogo humanitario: es el balance demográfico de una guerra.
Hay, además, un coste moral y simbólico. La autora se queja de que los hmong fueron “wronged in war” y también “wronged in peace”: primero se les combatió y luego se les malinterpretó. La propaganda comunista los presentó como lacayos del imperialismo; parte del discurso occidental los redujo a fuerza auxiliar de la CIA. En ambos casos desaparecía lo esencial: que habían combatido también por conservar sus montañas, sus clanes y su mundo social. La alianza con Washington no los convirtió en actores sin voluntad; pero sí los dejó, después, demasiado atados a una interpretación ajena de su propia historia.
Ese es, quizá, el precio más hondo de todos. Los hmong perdieron vidas, territorio y continuidad. Pero también perdieron el derecho a ser entendidos en sus propios términos. La guerra secreta convirtió su geografía en frente militar, su sociedad en reserva estratégica y su derrota en un problema humanitario internacional. Lo que antes era una comunidad de montaña en Laos acabó convertido en una diáspora global marcada por la memoria del abandono. La alianza con Washington les dio armas, rango y centralidad durante unos años. Después les dejó el paisaje más viejo de todos: el de los pueblos de frontera que han luchado por otros y han terminado pagando solos la factura.
Bibliografía
Hamilton-Merritt, J. Tragic Mountains: The Hmong, the Americans, and the Secret Wars for Laos, 1942–1992. Indiana University Press, 1993.


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