La cuestión Rohingya: la historia colonial que casi nadie cuenta.
El problema Rohingya suele contarse como si fuera una explosión repentina de fanatismo o una enemistad religiosa milenaria entre budistas y musulmanes. Ninguna de las dos cosas explica bien lo ocurrido. Lo que hoy llamamos “cuestión Rohingya” es, sobre todo, el producto de una frontera histórica muy concreta —Arakan/Rakhine—, de una colonización británica que racializó la sociedad, de guerras del siglo XX que simplificaron identidades y de un Estado birmano posterior obsesionado con definir quién pertenece y quién no. En otras palabras: no es un conflicto eterno, sino una construcción histórica moderna.
Antes del dominio británico, Arakan no era una periferia vacía ni una simple prolongación de Birmania. Era una franja del océano Índico donde se mezclaban influencias bengalíes y birmanas. El reino de Mrauk-U fue budista y, al mismo tiempo, profundamente cosmopolita: sus reyes usaban títulos bengalí-musulmanes y birmanos-pali, recibían comerciantes portugueses y holandeses y mantuvieron durante siglos contactos intensos con Bengal y el mundo del Índico. En esa larga historia hubo asentamientos musulmanes anteriores al Raj, además de comunidades posteriores formadas en distintas oleadas. La frontera nunca fue limpia.
El giro decisivo llegó con la colonización británica. Tras la primera guerra anglo-birmana, Arakan quedó separado del reino birmano y pasó a integrarse en la lógica del Raj. Más tarde, toda Birmania fue administrada desde la India británica. Bajo ese marco, la inmigración desde el subcontinente —incluida la procedente de Chittagong— creció enormemente. En el conjunto del país, millones de personas llegaron desde la India colonial; en Arakan, esa movilidad reforzó la percepción de que la frontera occidental estaba abierta y de que la población musulmana del norte se multiplicaba bajo protección imperial. Ahí empezó a sedimentarse una idea crucial: que parte de esa población no era “de la tierra”, sino resultado de la ocupación británica.
Pero el colonialismo no solo movió gente. También cambió el modo de clasificarla. La administración británica fomentó una sociedad jerarquizada por función, procedencia y utilidad económica. Con el tiempo, identidades antes más fluidas quedaron endurecidas. En Arakan, musulmanes de raíces antiguas y migrantes más recientes terminaron siendo vistos desde fuera bajo una misma etiqueta: “Bengali”. Thant Myint-U subraya que, durante décadas, muchos musulmanes del norte de Arakan carecieron incluso de poder político para describirse a sí mismos en sus propios términos. La cuestión no era solo quiénes eran, sino quién tenía autoridad para nombrarlos.
La Segunda Guerra Mundial aceleró brutalmente esa simplificación. En 1942, con el colapso de la administración británica y la invasión japonesa, la violencia comunal estalló: los japoneses armaron a budistas arakaneses, los británicos a musulmanes “Chittagonians”, y miles de personas fueron asesinadas. Aquella matanza dejó una memoria de sangre nunca realmente reparada. Después de la guerra, y en el contexto de la independencia de India y Pakistán, algunos líderes musulmanes del norte de Arakan que se llamaban a sí mismos Rohingya tantearon la idea de incorporarse a Pakistán; al ser rechazados, pasaron a reclamar autonomía dentro de Birmania. El conflicto dejó de ser solo social o local y quedó incrustado en la política de soberanía del nuevo Estado.
A partir de ahí, el problema Rohingya se fabricó también desde el nacionalismo birmano. El régimen de Ne Win y luego el aparato militar desarrollaron una idea de nación compuesta por taing-yintha, “razas indígenas” consideradas antiguas, estables y auténticamente propias del país. Esa visión combinó conceptos coloniales sobre etnia con un nacionalismo socialista y, más tarde, abiertamente nativista. Si unos pueblos eran hijos del suelo, otros quedaban implícitamente fuera. En ese esquema, la pertenencia dejó de apoyarse sobre todo en residencia o ciudadanía y pasó a asociarse con sangre, origen y clasificación étnica. La frontera occidental se convirtió así en el punto de máxima ambigüedad.
De ahí la enorme importancia de la ley de ciudadanía de 1982. Suele repetirse que esa ley “despojó” de la ciudadanía a todos los Rohingya. Thant Myint-U matiza esa lectura: jurídicamente, la situación era más compleja. La ley distinguía entre “nativos” automáticamente ciudadanos y otros residentes que podían haber accedido a la ciudadanía bajo normas anteriores o a formas de naturalización. En teoría, quienes pudieran demostrar residencia familiar prolongada desde la época colonial podían llegar a ser ciudadanos plenos tras generaciones. Pero la práctica fue otra: la categoría étnica de indígena se convirtió en el camino fácil y privilegiado hacia la ciudadanía, mientras que las poblaciones musulmanas de Arakan, muchas sin documentación y casi ninguna reconocida como taing-yintha, quedaban expuestas a un tratamiento discriminatorio y arbitrario.
El nombre mismo de “Rohingya” se volvió entonces explosivo. El libro insiste en que el término no fue usado por los británicos, tampoco por el régimen militar durante décadas, y que hasta bien entrados los años 2010 muchísimos birmanos fuera de Arakan apenas lo habían oído. Por eso, cuando medios, activistas y gobiernos extranjeros empezaron a emplearlo de forma insistente, muchos budistas birmanos no lo interpretaron como una autodesignación legítima, sino como un intento de imponer la idea de que inmigrantes “bengalíes” eran en realidad una nacionalidad indígena. Esa percepción —equivocada o no— alimentó la sospecha de conspiración externa y volvió todavía más difícil cualquier salida política.
La crisis de 2012 y la explosión posterior no se entienden sin ese trasfondo. La violencia entre musulmanes y budistas en Arakan no irrumpió en un vacío, sino sobre décadas de miedo fronterizo, recuerdos de 1942, propaganda nativista, incertidumbre jurídica y creciente acceso a redes sociales. La mayoría budista birmana tendió a ver a los musulmanes de Arakan como kala, “indios” o “bengalíes”, y a conectarlos con el temor contemporáneo a un avance islámico regional. Facebook amplificó esas ansiedades con imágenes de Al Qaeda o Estado Islámico, mapas alarmistas y rumores de invasión demográfica. Lo que había sido una frontera colonial mal resuelta se convirtió en una obsesión nacional.
Hay otro elemento que suele borrarse en los relatos exteriores: el papel de los budistas arakaneses. Thant Myint-U insiste en que el conflicto no fue solo “el Estado birmano contra los Rohingya”. Muchos arakaneses budistas se ven a sí mismos como herederos de un reino perdido y consideran amenazas tanto a los “bengalíes” del oeste como a los birmanos del este. Ese doble miedo explica por qué en Rakhine la política local no encaja fácilmente en la oposición simple entre ejército y minoría musulmana. El problema Rohingya está atravesado también por el nacionalismo arakanés, que tiene su propia memoria de humillación y su propia agenda de autodeterminación.
En ese sentido, la “fabricación” del problema Rohingya fue un proceso de varias capas. Primero, una frontera históricamente híbrida fue convertida por la conquista en una frontera administrativa rígida. Después, la colonización introdujo movilidad laboral y jerarquías raciales que hicieron explosiva la cuestión demográfica. Más tarde, la guerra mundial y la partición del subcontinente transformaron tensiones locales en sospechas de secesión. Luego, el Estado birmano redefinió la nación como comunidad de razas indígenas, reduciendo todavía más el espacio de pertenencia para quienes no encajaban en esa fórmula. Finalmente, el siglo XXI añadió redes sociales, islamofobia global, política internacional de derechos humanos y un lenguaje cada vez más polarizado sobre identidad. El resultado fue la crisis que el mundo vio en 2017, pero la maquinaria se había puesto en marcha mucho antes.
La historia colonial que casi nadie cuenta no disculpa a los responsables contemporáneos; los hace más inteligibles. Lo que ocurrió con los Rohingya no fue una anomalía súbita en una transición democrática fallida, sino la forma extrema que tomó un problema incubado durante generaciones. Por eso las soluciones puramente morales o puramente diplomáticas han fracasado tantas veces: parten de la fase final del desastre y no de su larga genealogía. Myanmar heredó un Estado que nació ocupando, clasificando y separando. Arakan heredó una frontera convertida en herida. Y los Rohingya quedaron atrapados en medio de ambas cosas, sin que nadie lograra —o quisiera— reconstruir una idea de ciudadanía capaz de contener esa historia.
Bibliografía
Myint-U, T. The Hidden History of Burma: Race, Capitalism, and the Crisis of Democracy in the 21st Century. W. W. Norton, 2019.


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