Estados Unidos y China: una historia larga de comercio, fricción y estrategia


Desde 1784, cuando el Empress of China llegó a Cantón, la relación entre Estados Unidos y China ha pasado de ser un vínculo periférico a convertirse en uno de los ejes del sistema internacional. Dong Wang propone verla en tres grandes fases: primero, el trato entre un imperio Qing y una joven república estadounidense; después, la relación entre dos Estados nación en un mundo de guerras, revoluciones y nacionalismos; y, por último, la competencia más amplia entre la República Popular China y una potencia estadounidense de alcance global. Lo importante es que, en todas esas etapas, la mezcla de comercio, fricción cultural y estrategia nunca desapareció; solo cambió de escala.

En su primera fase, la relación fue ante todo comercial. Estados Unidos llegó a China sin el lastre institucional de las viejas compañías imperiales europeas, pero no sin ambición. Muy pronto combinó pragmatismo mercantil con una fuerte conciencia de dignidad nacional. Las instrucciones de Daniel Webster a Caleb Cushing en 1843-1844 son reveladoras: evitar choques innecesarios, no inmiscuirse en las querellas europeas en China, pero dejar bien claro ante el mundo Qing que Estados Unidos era ya un país soberano, extenso, poderoso y comercialmente dinámico. Washington quería entrar en China no como satélite de Londres, sino como actor con perfil propio.

Pero desde el comienzo hubo una asimetría de percepción. Para la élite Qing, los estadounidenses eran una novedad difícil de encajar en sus categorías diplomáticas tradicionales. Para Estados Unidos, en cambio, China aparecía a la vez como mercado, civilización antigua y problema estratégico en potencia. Esa diferencia de lenguajes importó mucho. Mientras Washington pensaba en soberanía, comercio y prestigio nacional, Pekín seguía operando con códigos imperiales que apenas comprendían la lógica del sistema interestatal moderno. La relación arrancó, por tanto, con una base inestable: ambos se trataban, pero no se entendían del todo.

La gran inflexión llegó en la segunda mitad del siglo XIX. Tras la derrota china en la Guerra del Opio y la imposición del sistema de tratados desiguales, Estados Unidos aprovechó la nueva situación para ampliar su presencia comercial, diplomática, religiosa y cultural. Su diferencia con los europeos fue más de método que de finalidad. Washington no buscó colonizar China territorialmente como hicieron otras potencias en concesiones y esferas de influencia, pero sí quiso garantizarse acceso económico y presencia estable. De ahí la doctrina de la Open Door, que defendía el libre comercio y, al menos formalmente, la integridad territorial y administrativa de China. El problema es que esa política tenía una contradicción de origen: en la práctica, la prioridad estadounidense era la igualdad de oportunidades comerciales más que la defensa efectiva de la soberanía china.

Theodore Roosevelt entendió bien ese dilema. Su administración heredó una China repartida en zonas de influencia y sometida a rivalidades entre Rusia, Japón, Gran Bretaña, Alemania y otras potencias. El objetivo de Washington no era salvar a China por altruismo, sino impedir que otra potencia cerrara el acceso estadounidense al mercado chino. El propio estudio sobre Roosevelt y la Open Door subraya que la estrategia fue, en esencia, pragmática: mantener un equilibrio de poder en Asia oriental que evitara la exclusión americana, incluso si eso significaba aceptar de hecho la presión sobre las fronteras chinas, especialmente en Manchuria. China importaba porque era mercado, ruta y pieza del equilibrio regional.

Al mismo tiempo, la relación se envenenó por otro frente: el racial. Estados Unidos quería vender en China, predicar en China y expandir su prestigio en China, pero no quería chinos en Estados Unidos. La exclusión migratoria y el maltrato a quienes sí entraban alimentaron un resentimiento muy profundo. El libro sobre Roosevelt recuerda que esa hostilidad culminó en el Anti-American Boycott de 1905, una muestra temprana de que la relación bilateral no podía sostenerse indefinidamente sobre una mezcla de superioridad moral, apetito comercial y desprecio racial. Esa tensión entre apertura externa y cierre interno marcaría la relación mucho más de lo que suele admitirse.

La caída del Qing en 1911 abrió otra etapa. Muchos reformistas y revolucionarios chinos vieron en el republicanismo estadounidense una fuente de inspiración, pero la admiración no equivalía a alineamiento. La nueva China republicana quería reconocimiento internacional, autonomía arancelaria y margen para modernizarse sin tutela extranjera. Estados Unidos, por su parte, apoyó ciertos avances —por ejemplo, fue el primer país en firmar con China el tratado de 1928 que le concedía autonomía arancelaria—, pero nunca dejó de jerarquizar sus intereses. Durante la era de Chiang Kai-shek, la relación fue muy desigual: para Nankín, Washington era crucial; para Washington, China era importante solo dentro de un cálculo más amplio que incluía Japón, la estabilidad regional y luego la guerra mundial.

La Segunda Guerra Mundial acercó a ambos países, pero no resolvió el fondo del problema. Estados Unidos ayudó a elevar el estatus internacional de China y apoyó la revisión de tratados en 1943, pero no pudo —ni quiso— rehacer el equilibrio interno chino a favor del Kuomintang. El clásico America’s Failure in China sigue siendo útil porque formula el asunto con crudeza: el fracaso no consistió en “perder China”, porque Washington nunca la poseyó, sino en perseguir fines incompatibles con medios limitados y con una lectura errónea de la realidad china. Estados Unidos quería una China unificada, amiga, no comunista y políticamente viable, pero no estaba dispuesto a hacer lo necesario para imponer ese resultado. La revolución china no fue un accidente diplomático: fue también la revelación de los límites del poder estadounidense.

Con 1949 empezó la fase de hostilidad abierta. La República Popular China se integró inicialmente en el bloque soviético, mientras Estados Unidos consolidaba su arquitectura militar en Asia-Pacífico. Corea primero y Vietnam después convirtieron la relación sino-estadounidense en un enfrentamiento geopolítico directo, aunque no permanente en el mismo teatro. Sin embargo, ni siquiera en la década más dura desapareció del todo el contacto: entre 1955 y 1970 ambos países mantuvieron 136 reuniones a nivel de embajadores. La rivalidad era real, pero también lo era la necesidad de gestionarla. Al final, el temor compartido a la URSS, unido a la fatiga estratégica estadounidense y a la voluntad china de salir del aislamiento, abrió la vía del deshielo.

La visita de Nixon en 1972 y el reconocimiento diplomático de 1979 no fueron un simple giro sentimental. Fueron una reordenación estratégica. Para Washington, China se convertía en contrapeso útil frente a Moscú; para Deng Xiaoping, Estados Unidos ofrecía capital, tecnología y acceso a un orden económico internacional imprescindible para reconstruir el país. Durante varias décadas, la relación funcionó sobre esa base: competencia contenida, gran interdependencia económica y una especie de pacto tácito por el cual China aceptaba muchas reglas del sistema mientras acumulaba fuerza dentro de él. Esa fase no eliminó los choques —Taiwán, Tiananmén, derechos humanos, espionaje, comercio—, pero los subordinó a una lógica más amplia de conveniencia mutua.

Ese equilibrio ya no existe. Wang sostiene que en el siglo XXI la carrera por la supremacía económica y estratégica está plenamente abierta. Desde la perspectiva china, el objetivo central ha sido mantener la dignidad nacional y ganar espacio sin aceptar una subordinación duradera al poder estadounidense. Desde la perspectiva de Washington, China ha dejado de ser solo socio comercial difícil para convertirse en potencia capaz de disputar la primacía estadounidense en Asia-Pacífico y, cada vez más, en el orden mundial. La Belt and Road Initiative, el discurso de la “comunidad de destino compartido”, el aumento de la presencia china en organismos internacionales y la creación de marcos propios como el AIIB o la expansión del peso de la Organización de Cooperación de Shanghái forman parte de ese nuevo momento.

Lo decisivo, sin embargo, es que esta rivalidad no nace de cero. Lleva más de dos siglos acumulando hábitos, ilusiones y agravios. Estados Unidos ha oscilado históricamente entre ver a China como mercado, misión civilizadora, aliado útil, amenaza ideológica y competidor sistémico. China ha pasado de mirar a Estados Unidos como socio comercial distante a ejemplo de modernidad, después como sostén parcial frente a Japón, luego como enemigo imperialista y, por último, como rival estructural. La continuidad de fondo está en otra parte: ambos han tendido a leer su relación en clave universal. Estados Unidos la ha vinculado a menudo a sus valores y a su idea de orden mundial; China, cada vez más, a su rejuvenecimiento nacional y a su derecho a rediseñar parte de ese orden.

Por eso la historia larga importa. Si se la reduce a “guerra fría nueva” o a simple pugna comercial, se pierde lo esencial. La relación entre Estados Unidos y China siempre ha mezclado tres planos: comercio, porque ambos se encontraron primero como actores económicos; fricción, porque sus imágenes mutuas han estado cargadas de malentendidos, jerarquías y resentimientos; y estrategia, porque desde muy pronto cada uno entendió que el otro podía alterar el equilibrio de poder en Asia y más allá. El Empress of China llegó a Cantón en busca de negocio. Dos siglos y medio después, el negocio sigue ahí, pero ya no es el centro. Ahora lo que está en juego es quién fija las reglas de un mundo en transición.

Bibliografía 

Wang, D. The United States and China: A History from the Eighteenth Century to the Present. 2.ª ed. Rowman & Littlefield, 2021.

Braisted, W. R. The United States and China: Mutual Public Misperceptions / Defining and Defending the Open Door Policy: Theodore Roosevelt and China, 1901–1909. Lexington Books, 2015.

Barnett, A. D. / America’s Failure in China. University of Chicago Press. 

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