El imperio estadounidense en Asia: Filipinas, China y el Pacífico
En China, esa historia larga arranca simbólicamente en 1784 con la llegada del Empress of China a Cantón. Dong Wang recuerda que las relaciones sino-estadounidenses han pasado por tres grandes etapas: primero, el trato entre un imperio Qing y una joven república; después, la relación entre dos Estados nación; y, finalmente, la competencia de gran escala entre la República Popular China y una potencia estadounidense de alcance global. Lo importante es que desde el inicio aparece una combinación que nunca desaparece: ambición comercial, afirmación nacional y cálculo estratégico. Estados Unidos no llegó a China solo a comprar té o vender mercancías, sino también a mostrarse como un país soberano, distinto de las potencias europeas pero decidido a reclamar un lugar entre ellas.
La fase decisiva llegó en el cambio de siglo. La derrota china frente a Japón en 1895, el reparto de esferas de influencia por las potencias y la ansiedad empresarial norteamericana por quedar fuera del mercado chino empujaron a Washington a actuar. Warren Cohen resume muy bien la conexión: la adquisición de Filipinas y la preocupación por China fueron procesos mutuamente reforzados. Estados Unidos eligió convertirse en imperio en Filipinas, y lo hizo, entre otras razones, porque necesitaba una base desde la que competir en Asia oriental. En ese sentido, Filipinas no fue un apéndice exótico, sino la pieza territorial que convertía a Estados Unidos en actor asiático de pleno derecho.
H. W. Brands lo formula con crudeza: los norteamericanos tomaron Filipinas porque eran “atractivas y disponibles”. Durante años, expansionistas económicos habían presentado el archipiélago como plataforma para penetrar el mercado chino, mientras los navalistas veían en sus puertos y recursos una ventaja estratégica. La guerra con España dio la oportunidad y Washington la aprovechó. Aquella decisión desató un intenso debate interno sobre imperio, democracia y misión nacional, pero los antiimperialistas perdieron. A partir de 1899, Estados Unidos gobernó Filipinas como una potencia colonial asiática, aunque nunca terminara de sentirse cómoda con la idea de serlo.
La política del Open Door fue el complemento no territorial de ese movimiento. Formalmente, las notas de 1899 y 1900 pedían igualdad de oportunidades comerciales para todas las potencias en China y preservación de la integridad territorial y administrativa del imperio Qing. En la práctica, como muestra Gregory Moore para la presidencia de Theodore Roosevelt, la prioridad real de Washington era la primera más que la segunda. Roosevelt heredó una presencia económica limitada, una fuerza militar insuficiente en Asia y un público poco interesado en el Lejano Oriente, así que optó por una estrategia pragmática de equilibrio de poder: contener a Rusia en Manchuria, aceptar a Japón como contrapeso útil y defender el acceso estadounidense al mercado chino sin comprometerse a salvar de verdad la soberanía china. El Open Door fue una política anti-exclusión, no una política antiimperialista.
Esa contradicción es central para entender el imperio estadounidense en Asia. En Filipinas, Washington gobernaba directamente. En China, en cambio, no pretendía colonizar en sentido clásico, pero sí quería moldear el entorno económico y diplomático de manera favorable a sus intereses. De ahí que el imperio estadounidense en Asia tuviera una doble forma: territorial en Filipinas y comercial-estratégica en China. Era un imperio que combinaba administración directa en una colonia con defensa de un orden “abierto” en un país ajeno, pero siempre desde una posición de privilegio. John Hay podía hablar de integridad china, pero ni él ni Roosevelt estaban dispuestos a poner el acceso económico estadounidense por detrás de la soberanía efectiva de Pekín.
Filipinas mostró además otro rasgo clásico de los imperios: la alianza con élites locales. Brands subraya que la administración estadounidense buscó apoyo entre los grupos educados y acomodados del archipiélago, reproduciendo en gran medida el patrón español anterior. El resultado fue un vínculo enredado: Estados Unidos hablaba de democracia, pero reforzaba a élites que temían perder privilegios; esas élites hablaban de nacionalismo filipino, pero dependían de la protección norteamericana cuando la movilización popular amenazaba el orden social. Esa ambivalencia explica por qué el dominio norteamericano fue al mismo tiempo una escuela política, una estructura oligárquica y una prolongación del poder imperial en nombre de la tutela.
La dimensión pacífica del imperio tampoco debe olvidarse. La conquista de Filipinas, junto con la ocupación de Hawái, Guam y Puerto Rico, transformó a Estados Unidos en potencia del Pacífico. Pero, como recuerda Brands, esa expansión generó también vulnerabilidad. Washington nunca logró convencer plenamente a su propia sociedad de financiar la defensa adecuada del archipiélago, y por eso Filipinas fue durante décadas más una fuente de exposición estratégica que de fortaleza. La presión japonesa lo hizo evidente: lo que había parecido una base avanzada del poder norteamericano terminó siendo también un punto débil del dispositivo imperial en Asia.
Tras la Segunda Guerra Mundial cambió la forma del imperio, no su lógica profunda. En Filipinas terminó el dominio formal en 1946, pero sobrevivieron lazos militares, económicos y políticos muy intensos. En China, el fracaso estadounidense en apoyar una salida “progresista” y anticomunista durante la guerra civil mostró los límites de su influencia directa; después llegaron la hostilidad con la República Popular, Corea, Taiwán y, más tarde, el giro de los años setenta hacia la normalización. Dong Wang insiste en que, después de 1949, el término “imperio” aplicado a Estados Unidos ya no designa tanto la posesión colonial clásica como el ejercicio expansivo de poder e influencia a escala global. En Asia, eso significó bases, alianzas, contención, apertura comercial y, finalmente, la articulación del marco Asia-Pacífico como espacio central de la primacía estadounidense.
Visto en conjunto, el imperio estadounidense en Asia fue menos coherente de lo que a veces se piensa, pero más persistente de lo que suele admitirse. No fue solo la ocupación de Filipinas ni solo el Open Door en China. Fue la combinación de ambos procesos dentro de una estrategia mayor: convertir el Pacífico en zona de proyección nacional, asegurar acceso a Asia oriental, evitar exclusiones por parte de otras potencias y, cuando resultó posible, presentar todo eso como defensa de la libertad comercial, del progreso o de la estabilidad. La gran paradoja es que Estados Unidos construyó su imperio asiático mientras seguía discutiendo si realmente era un imperio. Pero la duda moral no impidió la expansión. Solo la hizo más verbal, más justificativa y, por eso mismo, más duradera.
Bibliografía básica
Brands, H. W. Bound to Empire: The United States and the Philippines. Oxford University Press, 1992.
Cohen, W. I. Historical Perspectives on Contemporary East Asia. Harvard University Press.
Moore, G. Defining and Defending the Open Door Policy: Theodore Roosevelt and China, 1901–1909. Lexington Books, 2015.
Wang, D. The United States and China: A History from the Eighteenth Century to the Present. 2.ª ed. Rowman & Littlefield, 2021.


.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario