AUTOPSIA DEL TRATADO DE KANAGAWA, LA APERTURA FORZOSA DE JAPÓN (1854)

 
El Tratado de Kanagawa o cómo Estados Unidos no buscaba "abrir" Japón, sino utilizarlo como estación de servicio para su flota ballenera, y cómo el libre comercio destruyó la economía Tokugawa financiando una sangrienta guerra civil japonesa.

EL MITO DEL AISLAMIENTO JAPONÉS

La historiografía define el periodo Sakoku (aislamiento del país) como una política de xenofobia irracional o miedo religioso a los misioneros cristianos, si ahondamos en su historia, se demuestra que fue un sistema de control de armas y monopolio comercial en manos de una institución, el Shogunato.

A principios del siglo XVII, el Shogunato Tokugawa unificó un país destrozado por siglos de guerras civiles. El Shogun sabía que, si los señores feudales rivales (daimyos del sur) seguían comerciando libremente con portugueses y españoles, comprarían galeones, mosquetes y cañones europeos, y volverían a desatar la carnicería para arrebatarle el poder. El cristianismo no fue prohibido por un debate teológico y amor ciego al sintoísmo, fue erradicado porque los misioneros jesuitas operaban como la vanguardia de inteligencia de los imperios ibéricos.

El Sakoku fue un "cierre" diseñado para congelar la tecnología militar. Al monopolizar el escaso comercio exterior a través de un único embudo físico y vigilado (la isla artificial de Dejima con los holandeses), la dinastía Edo (Tokio) bloqueó el acceso de sus competidores internos al mercado internacional de armamento. El aislamiento no era hermetismo cultural, era la aduana privada del shogunato, el cual, mediante este método funcionó sin una sola guerra civil durante 250 años.

Pero el evento que provocó el pánico en el shogunato ocurrió en 1839: La Primera Guerra del Opio. A través de sus espías, los Tokugawa leyeron con horror cómo la todopoderosa dinastía Qing de China —el centro del universo asiático— estaba siendo masacrada, humillada y drogada por un puñado de cañoneras de vapor británicas acorazadas en hierro. Los japoneses sacaron una conclusión: la superioridad moral y las katanas ya no sirven, el demonio blanco tiene tecnología de aniquilación industrial. Japón sabía perfectamente que la invasión se acercaba, su problema no era la ignorancia, era la parálisis institucional.

EE.UU: CALIFORNIA, LAS BALLENAS Y LOS PUERTOS DEL PACÍFICO

¿Por qué Washington decidió reventar el aislamiento japonés exactamente en esa década y no antes? Porque la geopolítica estadounidense acababa de mutar. En 1848, EE. UU. le había robado California a México, asomándose al Pacífico. Su objetivo no era Japón, el objetivo era el inmenso mercado de la dinastía Qing en China.

Pero los nuevos y pesados buques de vapor estadounidenses necesitaban combustible. En la era pre-petróleo, no podías cruzar el inmenso Océano Pacífico de una sola vez sin quedarte sin carbón. Japón, con sus abundantes minas costeras, era visto por Washington no como una nación soberana, sino como una inmensa estación de servicio flotante, cuya parada era obligatoria en la ruta hacia Shanghái.

A esto se sumaba la industria más extractiva y rentable de EE. UU. de la época, la flota ballenera. El aceite de ballena era el lubricante de la Revolución Industrial (iluminaba las calles de Nueva York y Boston). Las aguas del Pacífico Norte eran el caladero más rico del mundo, pero si los barcos estadounidenses naufragaban en las costas niponas, sus marineros eran ejecutados o apresados por violar el Sakoku. El Comodoro Perry no fue a negociar intercambios culturales; fue enviado como el delegado industrial de Nueva Inglaterra para confiscar depósitos de carbón y puertos de reparación.

LA LLEGADA DEL COMODORO PERRY A LA BAHÍA DE EDO (1853-1854)

Edo (la actual Tokio) era una megalópolis de un millón de habitantes construida íntegramente de madera y papel. Perry no ancló en un puerto comercial lejano para enviar cartas de presentación, metió sus gigantescos acorazados negros directamente en la bahía de Edo, apuntando sus cañones hacia el corazón de la ciudad. Esos barcos estaban armados con los nuevos cañones Paixhans, que no disparaban balas sólidas tradicionales, sino proyectiles explosivos e incendiarios (una tecnología armamentística de aniquilación que Japón desconocía).

El chantaje de Perry fue gélido y explícito: o abrís los puertos y firmáis el tratado, o reduzco a cenizas a un millón de civiles en una sola tarde, y vuestras katanas no podrán alcanzar la coraza de mis barcos. Cuando Perry regresó en marzo de 1854 con el doble de potencia de fuego, Japón capituló. El Tratado de Kanagawa no fue un pacto de soberanía, fue la firma de un rescate bajo amenaza de aniquilación.

EL TRATADO DE KANAGAWA, 1854

El primer gran "chanchullo" del Tratado de Kanagawa es su propio pretexto oficial. Ante el Congreso de EE. UU., la expedición se justificó como una misión de derechos humanos: había que obligar a Japón a tratar humanamente a los marineros de los buques balleneros estadounidenses que naufragaban en sus costas.

Realmente a la Casa Blanca le importaba un rábano el bienestar de una docena de marineros pobres de Nantucket. El objetivo de los Artículos II y III del tratado era expropiar territorialmente dos puertos estratégicos (Shimoda y Hakodate) para el cártel ballenero y la inminente ruta comercial hacia China.

Los nuevos buques de vapor estadounidenses necesitaban devorar toneladas de carbón para cruzar el Pacífico. Al forzar la apertura de esos puertos, Washington convirtió a Japón en una estación de servicio flotante. Estados Unidos no abrió un mercado libre, instaló dos enclaves donde su Armada podía atracar y exigir carbón, madera y provisiones dictando las condiciones a punta de cañón.

Durante las "negociaciones", Perry no utilizó argumentos jurídicos, utilizó al ejército. Como ya dijimos, Edo (Tokio) era una megalópolis de más de un millón de habitantes construida íntegramente de madera y papel de arroz. Perry ancló su flota en la bahía y apuntó sus cañones Paixhans (que disparaban proyectiles explosivos e incendiarios, tecnología que Japón no poseía) hacia el corazón civil de la ciudad. Perry entregó a los delegados del Shogunato un juego de banderas blancas. Les dijo, con absoluta frialdad, que si se negaban a firmar el tratado, él reduciría a cenizas a su flota y a su capital en una sola tarde, y que debían izar esas banderas cuando decidieran rendirse para que él dejara de disparar. El gobierno Tokugawa no firmó un acuerdo de libre comercio, firmó el rescate por la supervivencia de un millón de civiles.

Las negociaciones en la bahía de Edo fueron un caos de traducción deliberadamente aprovechado por Washington. Todo se negoció a través de un "teléfono roto" de tres idiomas: del inglés al holandés, y del holandés al japonés. Los asesores jurídicos de Perry aprovecharon esta cortina de humo para colar el Artículo XI, el mayor fraude semántico del siglo XIX. La cláusula permitía a Estados Unidos enviar un "cónsul o agente" a residir en el puerto de Shimoda pasados 18 meses:

En la versión en japonés (traducida a través del holandés), el texto fue "suavizado" para que el Shogunato entendiera que el cónsul solo vendría "si ambas naciones estaban de acuerdo". Los samuráis firmaron creyendo que conservaban su soberanía y tenían derecho a veto.

En la versión en inglés, la cláusula establecía el derecho irrefutable de EE. UU. a implantar al funcionario "si cualquiera de los dos gobiernos lo consideraba necesario".

Dos años después (1856), el implacable diplomático estadounidense Townsend Harris desembarcó exigiendo su residencia. Cuando los japoneses se negaron, Harris sacó la versión en inglés y forzó su entrada amparado por la amenaza naval. Mediante un fraude de traducción en la letra pequeña, Washington incrustó legalmente a su Caballo de Troya diplomático.

El artículo IX dictaba que cualquier privilegio, puerto, exención arancelaria o ventaja que Japón le otorgara en el futuro a cualquier otra nación del mundo (Rusia, Gran Bretaña, Francia), se le concedería automática, inmediata y gratuitamente a los Estados Unidos. De este modo Washington ató a Japón de pies y manos sin ofrecer ninguna reciprocidad. Sabía que los imperios europeos se abalanzarían sobre el archipiélago como hienas en los meses siguientes. Con el Artículo IX, EE. UU. se sentó a observar, dejó que británicos y franceses hicieran el trabajo sucio de extorsionar a Japón a cañonazos para abrir nuevos mercados, mientras los estadounidenses cobraban exactamente los mismos dividendos legales sin gastar un solo dólar ni disparar un solo tiro.

En este tratado, el Shogunato Tokugawa cometió un acto de alta traición para salvar su propio pellejo. El Jefe de Estado supremo y sagrado de Japón era el Emperador Kōmei (recluido en Kioto). Cuando Perry exigió la firma, el Emperador dio una orden estricta e innegociable al shogun: "Expulsad a los bárbaros. No firméis", pero el Shogun, Abe Masahiro, operaba con la fuerza militar en sus manos. Sabiendo que Edo sería calcinada, firmó el Tratado de Kanagawa a espaldas del Emperador y falsificó los informes internos. Le mintió al país diciendo que solo era un acto de "caridad budista" para dar leña a los extranjeros. 

CONCLUSIONES, EL ASALTO ESTADOUNIDENSE A JAPÓN

Estados Unidos ejecutó el secuestro de la ciudad de Edo en el que Japón firmó su propia ruina. El documento estaba plagado de trampas legales: fraudes deliberados de traducción (Artículo XI), artículos para expropiar concesiones futuras sin esfuerzo (Artículo IX), y la excusa de los náufragos para robar combustible gratis.

Kanagawa fue simplemente una trampa de los EE.UU hacia Japón. Al imponer estos precedentes legales, Perry preparó el terreno para el golpe letal definitivo: el Tratado Harris (1858), que arrebataría a Japón su autonomía arancelaria y provocaría una hiperinflación que destrozó la economía del país.

Los libros de historia afirman que Perry "abrió Japón", la sombra de la historia demuestra que Perry no abrió nada,  forzó a Japón a ceder ante sus intereses, colando un contrato fraudulento lleno de letra pequeña, y obligó a firmarlo a un shogunato aterrorizado que acababa de traicionar a su propio Emperador. Japón descubrió ese día que en el libre mercado de Occidente, el Derecho Internacional solo sirve para redactar la factura detallada de tu propio saqueo. Y tomaron tan buena nota, que se pasarían las siguientes ocho décadas construyendo la maquinaria militar necesaria para vengarse.

BIBLIOGRAFÍA

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  • Walker, B. L. (2017). Historia del Japón. Madrid, España: Akal. (Destaca por su rigor en los cambios ambientales, sociales y materiales de la época).

  • Whitney Hall, J. (1973). El imperio japonés. Madrid, España: Siglo XXI de España Editores.

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