REZA SHAH. La creación de Irán (1921-1941)


Reza Shah, de cómo el Imperio Británico subcontrató a un matón, financió la modernidad robando el petróleo, arrancó los velos a punta de pistola y fabricó la guillotina de su propia dinastía.

CONTEXTO GEOPOLÍTICO DE PERSIA.

Durante todo el siglo XIX y principios del XX, el país había sido la pista de combate del "Gran Juego": la guerra fría entre el Imperio Británico y el Imperio Ruso. Londres y Moscú no querían conquistar Persia por completo, les salía muy caro administrar a millones de pastores armados en las montañas. Querían algo mucho más cínico: que Persia existiera como un "Estado Tapón". Un colchón geográfico  desértico diseñado puramente para que el ejército ruso no pudiera acercarse a la frontera de la joya de la corona británica: la India.

El sur de Irán, bañado por el Golfo Pérsico, era legalmente persa, pero económicamente británico.

Para el Almirantazgo de Londres, el petróleo iraní no era un negocio comercial, era la sangre negra que movía a la Royal Navy. Winston Churchill había convertido los inmensos acorazados británicos del carbón al petróleo justo antes de la Primera Guerra Mundial, y ese combustible vital salía casi en su totalidad del subsuelo persa.



Allí operaba la Anglo-Persian Oil Company (APOC, futura BP). No era una empresa; era una tenia solitaria gigante alojada en el intestino de la economía iraní. Habían construido en Abadán la refinería más grande del planeta. Tenían sus propios tribunales, su propia policía, trataban directamente con los jeques árabes locales ignorando a Teherán, y dejaban al gobierno iraní un miserable 16% de regalías.

La actitud británica hacia Reza Shah era la de un terrateniente hacia su capataz paramilitar: "Te financiamos el golpe de Estado para que mantengas a raya a las tribus y a los comunistas. Puedes jugar a ser el Rey de Reyes en Teherán, pero si tocas un solo barril de nuestra refinería, te destruiremos en 24 horas". El nacionalismo del Shah terminaba exactamente donde empezaban los intereses de las élites británicas.

EL GOLPE DE REZA PAHLAVI, (1920). 



¿Quién era Reza Pahlavi?
Toda su vida como monarca estuvo dominada por la violencia. Odiaba a los aristócratas y a los tecnócratas cultos afrancesados porque le recordaban su origen plebeyo. A falta de vocabulario intelectual, el dictador resolvía los debates de su Consejo de Ministros a golpes de fusta, abofeteando, azotando y pateando con sus botas militares a sus propios políticos en los pasillos del palacio. Gobernaba a un grupo de rehenes aterrorizados.

Reza Shah era un consumidor crónico de opio. En la oscuridad de sus aposentos, el humo narcótico alimentó una paranoia estalinista: "Si yo robé el trono, mis ministros más brillantes también me lo pueden robar". Esta lógica lo llevó a ejecutar el asesinato de la Corte. Asesinó a los propios genios que construyeron su Estado: a su brillante Ministro de la Corte, Teymourtash, lo arrojó a prisión por celos y ordenó que lo asfixiaran lentamente con una almohada, a Davar, el genio jurídico que redactó el Código Civil, lo sometió a tal nivel de terror psicológico que el ministro llegó a su casa y se suicidó tomando una sobredosis de opio puro.

Reza Shah castró psicológicamente a su heredero, Mohammad Reza Pahlavi. El niño era frágil y melancólico. Reza Shah, que odiaba la debilidad, lo sometió a una pedagogía del terror. Lo humillaba constantemente en público, gritándole y exigiéndole una masculinidad hiper-agresiva que no poseía. Reza Shah no forjó a un líder de hierro, fabricó a un adulto crónicamente inseguro, cobarde y narcisista. La parálisis psicológica que provocó que el último Shah huyera del país, deprimido y superado por la Revolución de 1979, se incubó a bofetadas en el comedor de los Reza.

Cuando Reza Shah dio su golpe de Estado en 1921, heredó un país que estaba siendo devorado por intereses extranjeros. La milenaria dinastía Qajar era una dinastía decadente, reyes obesos y corruptos que apenas controlaban las puertas de su palacio en Teherán, ¿Cómo podrían arreglar esta situación?. 

En 1921, el general británico Edmund Ironside necesitaba un "perro de presa" para proteger los vitales oleoductos de Londres en el sur de la amenaza bolchevique. Ironside hizo un casting, eligió a Reza Khan, lo armó, lo financió y le dio luz verde. Reza marchó sobre Teherán con 3.000 cosacos y ejecutó un golpe de Estado. En 1925, en un acto de puro poder, depuso a los Qajar y se coronó a sí mismo como Reza Shah Pahlavi, el plan británico de tomar el control de Irán había funcionado. El heroísmo de Reza Pahlavi no nació del clamor popular iraní, fue un mercenario subcontratado por el Imperio Británico, pero él ansiaba la independencia de su poder aunque gobernaba acechado por el expansionismo imperialista:

La Anglo-Persian Oil Company (futura BP) operaba en Abadán como un Estado dentro del Estado. Ignoraban a Teherán y dejaban un miserable 16% de regalías. La actitud británica hacia el Shah era la de un terrateniente hacia su capataz: "Te financiamos el golpe, pero si tocas un solo barril de nuestra refinería, te destruiremos".

La inmensa frontera del Mar Caspio vivía bajo la amenaza soviética. El Tratado Ruso-Persa de 1921 le otorgaba a Moscú (Artículo 6) el derecho legal a invadir Irán militarmente si una "tercera potencia" usaba suelo iraní para amenazar a la URSS. Stalin le puso a Reza Shah un collar explosivo.

REZA SHAH Y LA MEZQUITA. Relación de Reza Shah con los ayatolás.

Reza Shah operó con la arrogancia al confundir la sumisión militar con la erradicación de una fe. Creyó que atracando los presupuestos de los Ayatolás, imponiendo sombreros europeos, asesinando a feligreses en las mezquitas y arrancando velos a fustazos, el islam chiita desaparecería como fuerza política.

Al asesinar a la intelectualidad laica, destruir a los partidos políticos civiles (como los comunistas del Tudeh), prohibir los sindicatos obreros y aplastar a las élites tribales, Reza Shah eliminó absolutamente toda la competencia política secular en el país, dejando el espacio necesario a la mezquita chiíta para actuar en política. El dictador que odiaba a los mullahs les otorgó el mayor regalo estratégico: el monopolio absoluto del victimismo popular. Al masacrarlos, ayudóen  su ascenso.

Entre las sombras de aquellos seminarios oprimidos de Qom en los años 30, un joven y oscuro estudiante de teología observaba en silencio cómo la policía montada del Shah humillaba a su pueblo. Ese estudiante acumuló un odio radiactivo, absoluto e inextinguible contra la dinastía Pahlavi y contra el laicismo occidental, su nombre era Ruhollah Jomeini.

Con su brutalidad quirúrgica, Reza Shah garantizó que, cuando el régimen imperial de su débil hijo finalmente colapsara cuarenta años después, los únicos hombres con la legitimidad moral para canalizar el odio rabioso de millones de iraníes humillados sería el clero chií.

El "Rey de Reyes" intentó separar la mezquita del Estado a latigazos, pero fabricó las circunstancias favorables para que los Ayatolás enviaran a toda su dinastía al exilio en la Revolución Islámica de 1979.

REZA SHAH Y SU ALIANZA CON EL TERCER REICH

Para escapar de las presiones soviética y británica, Reza Shah cometió un error a largo plazo, se metió en un lío de alianzas diplomáticas con la Cancillería Alemania de Adolf Hitler.

Buscando una "Tercera Fuerza" industrial que odiara a rusos e ingleses, el Shah abrió las puertas a Berlín. Los ingenieros nazis (Krupp, Siemens) construyeron sus fábricas y puentes, mientras la propaganda de Joseph Goebbels masajeaba el inmenso ego del Shah, asegurándole que los persas eran la "raza aria original". Embriagado de narcisismo y supremacismo racial, Reza ordenó al mundo en 1935 dejar de usar "Persia" y llamar al país IRÁN ("Tierra de los Arios"). Creyó ciegamente que su alianza económica y filosófica con Berlín le otorgaba un escudo defensivo invisible frente a sus vecinos.

A finales de agosto de 1939, el escudo nazi de Reza Shah saltó en mil pedazos. En Moscú, la Alemania nazi y la Unión Soviética firmaron el Pacto de No Agresión Ribbentrop-Mólotov. Había construido toda su supervivencia apostando a que Hitler odiaba a Stalin y lo protegería del oso soviético. De repente, abría los periódicos y veía a  Hitler brindando con champán junto al dictador comunista que amenazaba sus fronteras del norte.

La realpolitik demostró su crueldad, en los anexos y negociaciones secretas entre el bloque nazi y el soviético (especialmente en las conversaciones de noviembre de 1940), la Alemania nazi le reconoció explícitamente a Stalin que el "área al sur de la URSS en dirección al Océano Índico" (es decir, Irán) pertenecía a la esfera de influencia natural soviética.

Hitler había vendido la soberanía de sus "hermanos arios" de Teherán a Iósif Stalin por neutralidad para poder invadir Europa Occidental. Reza Shah descubrió, aterrado, que para la maquinaria nazi él no era un aliado intocable, era simplemente un cromo intercambiable en el tablero europeo.

El Shah pasó dos años paralizado, rezando para que la guerra no le salpicara. Pero el 22 de junio de 1941, Adolf Hitler comete su suicidio logístico definitivo: inicia la Operación Barbarroja e invade la Unión Soviética. De la noche a la mañana, el tablero sufre un golpe de mesa. Winston Churchill y Iósif Stalin se convierten en aliados desesperados.

Moscú está siendo aniquilada por los panzers nazis y necesita recibir millones de toneladas de armamento, tanques y alimentos de Estados Unidos (Lend-Lease). Pero el Ártico está congelado y el Mediterráneo bloqueado. Churchill y Stalin miran el mapa y sus ojos se clavan en el Ferrocarril Transiraní. El carísimo tren que los ingenieros de Hitler habían diseñado para el Shah era ahora la única "vena logística" (el Corredor Persa) capaz de bombear  armamento occidental al Ejército Rojo.

En agosto de 1941, Londres y Moscú envían un ultimátum conjunto e implacable a Reza Shah: "Expulsa hasta el último ingeniero y espía alemán de Irán en 48 horas y entréganos el control total de tus vías férreas. Ahora mismo".

Cegado por años de adulación nazi y confiando arrogantemente en su carísimo ejército imperial de 100.000 hombres, el Shah comete el error final: se niega.

La respuesta de los Aliados fue una carnicería clínica. El 25 de agosto de 1941 (Operación Countenance), el Ejército Rojo invadió por el norte y los británicos bombardearon y desembarcaron por el sur. La ilusión aria se desintegró en tiempo real. El monumental ejército de Reza Shah colapsó, desertó y se rindió en exactamente 48 horas frente a fuego real.

Berlín, a 4.000 kilómetros de distancia y empantanada en la estepa rusa, no envió ni un solo avión, ni una sola bala, ni un solo telegrama para salvar a su "hermano ario".

EL BOOM FERROVIARIO. A costa de soberanía.

El "milagro" de Reza Shah fue la modernización física. Pero la joya de la corona de su megalomanía fue el monumental Ferrocarril Transiraní (1.400 kilómetros atravesando montañas imposibles).

La historiografía alaba que lo construyó sin pedir préstamos europeos. ¿Cómo financió semejante monstruo logístico un país en la miseria extrema? Extirpándole riqueza a los más pobres. Reza Shah aplicó monopolios y gravámenes indirectos salvajes sobre dos productos de supervivencia básica: el té y el azúcar. En un país rural, el té dulce era literalmente la única ingesta calórica diaria. El tren de alta ingeniería fue pagado con la malnutrición sistemática de millones de campesinos.

Al mismo tiempo, el miedo biológico a la pobreza de su infancia desarrolló en él una cleptomanía incurable. Aprovechando su propio decreto de modernización (que obligaba a registrar las propiedades), utilizó al ejército para ejecutar un atraco corporativo masivo. Confiscó y expropió a punta de pistola las mejores tierras agrícolas a líderes tribales y clérigos. Al final de su reinado, el humilde cosaco se había convertido en el dueño personal de más de 2.100 aldeas y de casi toda la fértil costa del Mar Caspio. Amasó una fortuna líquida de 20 millones de libras esterlinas en cuentas secretas en Suiza y Londres. No modernizó Irán, lo transformó en su latifundio privado donde el shah tenía el control del alimento de su población.

EL VIOLENTO PROGRESISMO DE REZA SHAH.

La mayor mentira del reinado de Reza Shah es que su brutal secularización fue producto del "progresismo". Para él, la modernidad no era un proceso educativo, era un código de vestimenta impuesto a bayonetazos. Padecía el complejo de inferioridad colonial definitivo, creía que si obligaba a los iraníes a disfrazarse de europeos, el país se industrializaría mágicamente. Pero atraer la industrialización exigía un sacrificio, la Masacre de Goharshad (1935). Decretó el uso obligatorio de un sombrero occidental (sombrero Pahlavi) para los hombres. Cuando miles de fieles protestaron pacíficamente en el sagrado santuario del Imán Reza en Mashhad, ordenó emplazar ametralladoras y abrió fuego a quemarropa, asesinando a cientos de civiles desarmados y enterrándolos en fosas comunes en mitad de la noche.

Por si la masacre de Goharshad no convencía a la industrialización, protagonizó el evento del Kashf-e hijab (1936): Prohibió por ley el uso del velo islámico (chador). La propaganda occidental aplaudió la "liberación femenina". La policía montada tenía órdenes de arrancar los velos de las cabezas de las mujeres a tirones en la calle, golpeándolas con fustas. Para la pequeña élite burguesa fue un avance, pero para la inmensa mayoría de las mujeres iraníes, fue una violación pública, millones se encerraron en sus casas durante años por puro terror a ser desnudadas y humilladas por su propio rey.

EL DESAHUCIO BÉLICO. La alianza del Shah con el Eje (1941)


El error de Reza Shah fue creer que su ejército le otorgaba soberanía. Olvidó la ley de la geopolítica: los Estados Tapón no tienen política exterior independiente, solo tienen permisos temporales.

El Shah pasó dos años paralizado, rezando para que la guerra no le salpicara. Pero el 22 de junio de 1941, Adolf Hitler comete su suicidio logístico definitivo: inicia la Operación Barbarroja e invade la Unión Soviética. De la noche a la mañana, el tablero sufre un golpe de mesa. Winston Churchill y Iósif Stalin se convierten en aliados desesperados.

Moscú está siendo aniquilada por los panzers nazis y necesita recibir millones de toneladas de armamento, tanques y alimentos de Estados Unidos (Lend-Lease). Pero el Ártico está congelado y el Mediterráneo bloqueado. Churchill y Stalin miran el mapa y sus ojos se clavan en el Ferrocarril Transiraní. El carísimo tren que los ingenieros de Hitler habían diseñado para el Shah era ahora la única "vena logística" (el Corredor Persa) capaz de bombear  armamento occidental al Ejército Rojo.

En agosto de 1941, Londres y Moscú envían un ultimátum conjunto e implacable a Reza Shah: "Expulsa hasta el último ingeniero y espía alemán de Irán en 48 horas y entréganos el control total de tus vías férreas. Ahora mismo".

Cegado por años de adulación nazi y confiando arrogantemente en su carísimo ejército imperial de 100.000 hombres, el Shah comete el error final: se niega.

La respuesta de los Aliados fue una carnicería clínica. El 25 de agosto de 1941 (Operación Countenance), el Ejército Rojo invadió por el norte y los británicos bombardearon y desembarcaron por el sur. La ilusión aria se desintegró en tiempo real. El monumental ejército de Reza Shah colapsó, desertó y se rindió en exactamente 48 horas frente a fuego real.

Berlín, a 4.000 kilómetros de distancia y empantanada en la estepa rusa, no envió ni un solo avión, ni una sola bala, ni un solo telegrama para salvar a su "hermano ario".

El 25 de agosto de 1941, británicos y soviéticos invaden Irán simultáneamente. ¿Qué hizo el glorioso ejército imperial, experto en masacrar civiles desarmados y arrancar velos a las mujeres? Colapsó, desertó en masa y se rindió en exactamente 48 horas. Los mismos británicos que lo contrataron en 1921 entraron en su palacio, le ordenaron abdicar a punta de pistola a favor de su inexperto hijo de 21 años y lo deportaron al exilio en Sudáfrica. Antes de subir al barco, el Shah que había expropiado 2.000 aldeas se agachó y, en un acto melancólico, llenó una pequeña bolsa de seda con tierra iraní. Murió tres años después en Johannesburgo, amargado, humillado y guardando esa bolsa bajo su almohada.

CONCLUSIONES. Reza Shah, el mercenario persa.

Es innegable que Reza Shah construyó el Estado moderno (trenes, universidades, burocracias) y evitó la balcanización territorial del país. Pero Reza Shah construyó el Estado destruyendo la Nación. Operó confundiendo la sumisión forzada con la civilización. Al robar las tierras a las élites rurales, asesinar a sus mejores ministros, humillar sádicamente a la población tradicional y gobernar a palazos, eliminó absolutamente a toda la sociedad civil laica y política.

Dejó viva y latente, en la clandestinidad, una única red de resistencia lo suficientemente organizada y enraizada como para sobrevivir a su terror de Estado: las mezquitas y el clero chiita. El dictador que odiaba la religión pavimentó milimétricamente el camino para ella. Con su brutalidad quirúrgica, Reza Shah garantizó matemáticamente que, cuando el edificio de su dinastía finalmente se derrumbara en 1979 por culpa de la cobardía que él mismo le inculcó a su hijo, los únicos hombres que quedarían en pie para capitalizar el odio de millones de iraníes serían los Ayatolás.

Pudo quitarle el velo a las mujeres y obligar a los hombres a usar sombreros europeos, pero jamás pudo arrancarse el uniforme del mercenario que pavimentó y financió su propio fin.

BIBLIOGRAFÍA

Abrahamian, E. (2011). Historia del Irán moderno (J. Rabasseda & T. de Lozoya, Trads.

Kapuściński, R. (2007). El Sha o la desmesura del poder. Anagrama.

Amanat, A. (2018). Irán: Una historia moderna. (Traducciones especializadas disponibles en entornos académicos).

Mañé Estrada, A. (2005). Irán: La construcción de una República Islámica. Editorial UOC.

Comentarios

Entradas populares