Autopsia del Tratado de Portsmouth y la reconfiguración geopolítica de Asia Oriental (1905)

Cómo Theodore Roosevelt ganó el Nobel de la Paz legalizando el secuestro de Corea, cómo Japón inventó el "imperialismo ferroviario" en Manchuria, y por qué el hombre blanco dejó de ser invencible.

INTRODUCCIÓN

Los eurocéntricos libros de historia y la diplomacia occidental nos venden el Tratado de Portsmouth como un elegante apretón de manos civilizado que puso fin a la carnicería de la Guerra Ruso-Japonesa. Se nos relata y recuerda cómo el presidente estadounidense Theodore Roosevelt, actuando como un sabio pacificador, sentó a dos imperios exhaustos, trajo la paz al mundo y fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz.

Portsmouth no fue una simple tregua militar, fue la arquitectura de la moderna Asia. Este tratado supuso el momento exacto en el que una brutal victoria militar asiática se blanqueó y se tradujo en derecho internacional intocable. Portsmouth supuso un contrato que redistribuyó el monopolio del poder en el noreste asiático, legalizó la amputación de la península de Corea y entregó las llaves de China al expansionismo japonés.

CONTEXTO HISTÓRICO. El Noreste asiático en llamas.

Para entender Portsmouth, hay que conocer la traumática humillación  que Japón sufrió una década antes.

Tras aplastar a China en la guerra de 1894-1895, el Imperio Japonés se había apoderado de la estratégica península de Liaodong. Pero los viejos monopolios europeos (Rusia, Francia y Alemania) ejecutaron la Triple Intervención, apuntaron sus cañones navales a Tokio y obligaron a los japoneses a devolver el botín. Semanas después, Rusia obligó a China a "arrendarle" esa misma península para construir su propia base naval en Port Arthur.

La élite japonesa (genrō) aprendió una lección diplomática: la victoria militar asiática es papel mojado y totalmente reversible si no cuenta con el respaldo de un bufete de abogados internacionales y aliados occidentales.

Japón se preparó, asegurándose su retaguardia firmando la Alianza Anglo-Japonesa en 1902, y en 1904 ejecutó un ataque preventivo letal contra la flota rusa en Port Arthur. Durante un año y medio, las veloces tropas japonesas trituraron al ejército del Zar Nicolás II en Mukden y aniquilaron a su armada imperial en el estrecho de Tsushima.

Pero en el verano de 1905, la física termodinámica de la guerra alcanzó su límite, ambos imperios estaban en quiebra.

Japón había ganado sobre el mapa, pero había vaciado sus reservas de oro, dependía de préstamos asfixiantes de Wall Street y Londres, y su infantería estaba diezmada, no tenía liquidez financiera para avanzar un kilómetro más.

Rusia había perdido prestigio y su flota estaba en el fondo del mar, pero el ferrocarril Transiberiano seguía inyectando carne de cañón fresca al frente, aunque el país en la retaguardia estaba a punto de implosionar.

Los imperios ruso y japonés llegaron a la mesa de paz porque el dinero y la sangre se habían agotado, no por un ataque de pacifismo moral.

GANADORES Y PERDEDORES. La ausencia de los Imperios Chino y Coreano.

El escenario elegido fue la base naval de Portsmouth (New Hampshire, EE. UU.). Los protagonistas formales fueron los representantes diplomáticos de ambos imperios: Komura Jutarō y Takahira Kogorō por Japón, y Serguéi Witte y Román Rosen por Rusia. Theodore Roosevelt operó como mediador.

Ni el Imperio Coreano de Kojong ni la Dinastía Qing de China —los dos inmensos espacios soberanos cuyo territorio, puertos y millones de habitantes se estaban debatiendo y repartiendo— fueron invitados a la conferencia.

Roosevelt no medió para restaurar la soberanía asiática, medió para estabilizar el equilibrio imperial en Asia y el Pacífico y así asegurarse de que ningún imperio se volviera lo suficientemente fuerte como para cerrar los mercados de China a las exportaciones estadounidenses. La reunión de Portsmouth fue un reparto de tierras donde Rusia negociaba cómo conservar las migajas de su fracasado imperio, Japón negociaba cómo convertir sus fallecidos en derechos internacional, y Estados Unidos levantaba el acta de defunción de los países ausentes.

LOS INTERESES DE THEODORE ROOSEVELT EN ASIA

Roosevelt, al forzar la paz en Portsmouth, se aseguró de que ninguno de los dos ganara lo suficiente como para dominar el Pacífico. Los dejó heridos, endeudados, desconfiando el uno del otro, y obligados a depender del arbitraje estadounidense.

Estados Unidos acababa de masacrar a cientos de miles de filipinos (tras robarle el archipiélago a España en 1898) para convertirlo en su gigantesco portaaviones comercial a las puertas de Asia. Cuando Roosevelt vio a la armada japonesa desintegrar a la flota rusa, sintió terror. Sabía que si Japón no era detenido diplomáticamente en el norte, su siguiente paso natural sería mirar hacia el sur y atacar la colonia estadounidense de Filipinas.

Para proteger su botín, Roosevelt envió a su Secretario de Guerra, William Howard Taft, a Tokio en julio de 1905 (semanas antes de la conferencia de paz) para firmar un acuerdo ultra-secreto: el Memorándum Taft-Katsura. Fue un intercambio de rehenes geopolítico a escala continental: "Estados Unidos mirará hacia otro lado y aprobará que Japón secuestre y esclavice a Corea. A cambio, Japón jura por escrito que jamás atacará las Filipinas estadounidenses".

Japón estaba ganando las batallas terrestres y navales, pero su economía nacional estaba peligrando. La carnicería japonesa había sido financiada casi en su totalidad por préstamos internacionales orquestados por banqueros de Wall Street (como el magnate Jacob Schiff, quien odiaba al Zar ruso por sus pogromos antisemitas y decidió inyectar capital en la máquina de guerra de Tokio). Pero para el verano de 1905, los auditores de Nueva York y Londres le avisaron a Roosevelt: Japón está en quiebra técnica. Habían vaciado sus reservas de oro. No podían permitirse comprar una sola bala más.

Roosevelt sentó a Japón en la mesa de negociaciones para asegurar que Tokio no colapsara económicamente por prolongar la guerra, lo que habría provocado el mayor impago de deuda externa de la época. La paz garantizó que los bancos neoyorquinos cobraran sus dividendos con intereses. Además, al bloquear la exigencia japonesa de que Rusia pagara una indemnización en efectivo, Roosevelt castró financieramente a Tokio, asegurándose de que Japón saliera victorioso pero endeudado, incapaz de construir más acorazados para amenazar a EE. UU.

Al obligar a las delegaciones imperiales de Rusia y Japón a cruzar el océano y sentarse a suplicar la paz en un remoto astillero naval en New Hampshire, Roosevelt orquestó la mayor campaña de marketing geopolítico de la historia estadounidense.

Con este teatro geopolítico, le gritó al Viejo Mundo que el centro de gravedad del planeta había cruzado el Atlántico. Estados Unidos ya no era una excolonia agrícola, era la Nueva Roma. Era el Árbitro Supremo, el único notario con el poder balístico y diplomático para dictar los límites de la violencia a las superpotencias del otro lado del mundo.

PORTSMOUTH. Cómo Robar un Continente por ley.

El Tratado de Portsmouth es una obra maestra del pillaje legal. Sus artículos no restauraron el statu quo, instauraron un nuevo imperialismo, troceando el territorio asiático.

El Artículo II. En dicho artículo Rusia "reconoció" formalmente que Japón poseía en Corea "intereses predominantes políticos, militares y económicos", y se comprometió a no interferir en las medidas de "dirección, protección y supervisión" de Tokio. La letra pequeña de esta redacción es que no utiliza la palabra anexión. De este modo, Portsmouth entregaba a Japón el lenguaje legal necesario para invadir a Corea a cámara lenta sin asustar a la comunidad internacional. Al retirar a Rusia del tablero, Seúl quedó sin escudo geopolítico. Apenas unas semanas después del tratado (noviembre de 1905), Japón forzó a Corea a convertirse en "protectorado" e instaló a Itō Hirobumi como Residente General. En 1910, ejecutaría la anexión total. Portsmouth fue la soga, 1910 fue simplemente la ejecución.

Los Artículos III al VII: En Manchuria (territorio soberano de China), el tratado ejecutó un fraude espectacular. El Artículo III prometía la "evacuación simultánea" de las tropas y la restauración formal de la administración exclusiva a China, bajo la retórica de la "igualdad de oportunidades comerciales" (Artículo IV). Pero en la letra pequeña, el Artículo V transfería a Japón el control del puerto de Port Arthur y Dalien. El tiro de gracia fue el Artículo VI, que cedía a Japón el inmenso ferrocarril entre Changchun y Port Arthur (el Ferrocarril del Sur de Manchuria), con todas sus minas de carbón y derechos de explotación asociados. El Artículo VII exigía un uso puramente "comercial" de los trenes, exceptuando convenientemente la militarizada zona arrendada de Liaodong.

Japón patentó aquí el Imperialismo de Infraestructura. En geopolítica moderna, no necesitas invadir toda una provincia si controlas sus vías de comunicación. Japón le dejó a China la bandera formal ondeando en el tejado del Palacio Imperio, pero se quedó legalmente con el poder del Imperio Chino.

PORTSMOUTH. El Motín y la Caída del Mito Blanco

Las ondas expansivas del Tratado de Portsmouth reescribieron la geopolítica global, dejando un rastro de ganadores eufóricos y perdedores enfurecidos. El tratado otorgó a Japón la mitad sur de Sajalín, pero el brillante Serguéi Witte logró bloquear la exigencia japonesa de recibir una indemnización financiera general de guerra, desatando ese vacío contable un sismo diplomático.

La élite imperial y corporativa japonesa obtuvo en 1905 un corredor continental. Pero para la ciudadanía japonesa —que había pagado la carnicería con impuestos asfixiantes y la sangre de decenas de miles de hijos muertos en las trincheras— la falta de una indemnización en dinero líquido fue vista como una estafa. La victoria militar no bastó para alimentar a una población empobrecida, y la decepción desembocó en los masivos Disturbios de Hibiya en Tokio. Las turbas incendiaron comisarías y edificios públicos, el imperialismo expansivo mostró su primera y aterradora grieta social interna: el Estado crecía, pero el pueblo se moría de hambre.

Para Rusia, la humillación asiática demostró la incompetencia del régimen zarista. La derrota militar directa en Oriente debilitó al Estado y alimentó inmediatamente la Revolución de 1905, obligando al aterrorizado Zar Nicolás II a firmar el Manifiesto de Octubre y crear la Duma (parlamento). Fue la herida letal del zarismo que prepararía el escenario para la Revolución Bolchevique doce años después.

La mayor onda sísmica de Portsmouth fue psicológica. Por primera vez en la era industrial, un Estado asiático había aniquilado a una gran potencia europea de raza blanca. A lo largo de la India colonizada y el Medio Oriente, los movimientos nacionalistas celebraron la caída de Rusia. El hombre blanco sangraba. El monopolio racial de la invencibilidad atlántica había sido perforado para siempre.

CONCLUSIONES. Porthsmouth, el origen de la Guerra del Pacífico.

La historiografía y el Comité del Nobel creyeron que Portsmouth resolvió el problema de Asia Oriental. Realmente, Portsmouth no fue un acuerdo de paz, fue la causa de la posterior la Guerra del Pacífico. Al recibir la infraestructura arrebatada a Rusia, el Estado japonés creó en 1906 la South Manchurian Railway Company (Mantetsu). Esta entidad no era una simple empresa de trenes, era el principal instrumento de explotación económica, un Leviatán corporativo que operaba minas, acerías, recaudaba impuestos y poseía una cultura ultranacionalista feroz.

Fue exactamente esta infraestructura ferroviaria "legalizada" en Portsmouth la que, décadas después, ayudaría a empujar a su ejército privado a orquestar ataques de falsa bandera e invadir toda Manchuria en 1931, creando el experimento imperial del estado títere de Manchukuo.

El camino de sangre, fuego y napalm que culminó en el hongo nuclear no empezó con un ataque sorpresa en Pearl Harbor en 1941; comenzó el 5 de septiembre de 1905, cuando las potencias occidentales le demostraron a Japón que el robo de soberanías a escala continental era perfectamente aceptable, siempre que estuviera redactado en el formato jurídico correcto y avalado por un notario occidental.

La paz de 1905 no cerró una crisis, la convirtió en dinámica. Ordenó la construcción de las vías del tren para que el matadero del siglo XX asiático fuera industrialmente perfecto. En esta paz el espejismo de la inferioridad biológica asiática y africana se desintegró. La victoria de Tokio demostró que cualquier nación sometida, independientemente del color de su piel, podía recuperar su soberanía si estaba dispuesta a industrializarse de forma salvaje y luchar en el tablero geopolítico con la misma amoralidad y armas que Occidente. 

El "Despertar Asiático" fue secuestrado por Tokio. Para los coreanos, taiwaneses y chinos, la victoria japonesa de 1905 no fue el fin del colonialismo, fue simplemente un agresivo cambio de dueños. El amo blanco había sido sustituido por un amo asiático con katana, y este último resultó ser infinitamente más industrial, cercano y despiadado.

Le dieron la medalla de la paz al hombre que, entre bambalinas, validó el secuestro imperial de Corea, garantizó que Japón conservara la infraestructura en Manchuria para su futura expansión, y basaba su política en hablar suavemente mientras sostenía un bate de béisbol con clavos. No fue medió en Portsmouth por la paz mundial, medió para proteger los intereses de EE.UU en Asia y mostrar su hegemonía global.

BILIOGRAFÍA

Pereira, Juan Carlos (Coord.). Historia de las relaciones internacionales contemporáneas. Editorial Ariel.

Renouvin, Pierre. La crisis europea y la Primera Guerra Mundial. Akal (Traducción).

Whitney Hall, John. El Imperio Japonés. Siglo XXI Editores.

García, Inés. Asia Oriental: Historia y Sociedad. Universidad Autónoma de Barcelona.

Rodríguez, J. Alberto. "La mediación de Theodore Roosevelt en el conflicto ruso-japonés". Revista de Estudios Americanos.


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