De Daud a Saur. Autopsia de una fractura, Afganistán (1973-1978).

 

De cómo un príncipe amputó el poder de la corona por vanidad, un rey educado en Manhattan prohibió la religión, llevando a Afganistán al colapso antes de que llegaran los rusos.

PRÓLOGO: EL LODO VOLCÁNICO Y EL RUIDO DE LAS ORUGAS

Isla de Isquia (Italia), 17 de julio de 1973. El momento exacto en el que Afganistán dejó de ser una nación en la Edad Media, pero milagrosamente estable, para convertirse en el matadero de Asia, fue en un lujoso balneario del mar Tirreno.

Allí, el rey afgano Zahir Shah flota plácidamente, sumergido hasta el cuello en un baño de lodo volcánico caliente para aliviar su lumbago. Representa a la perfección la desconexión de su reinado: mientras en el asfalto de Kabul una diminuta élite paseaba en minifalda por la universidad y los turistas occidentales del Hippie Trail fumaban hachís barato escuchando a los Rolling Stones, a solo cincuenta kilómetros de allí, el 90% del país vivía en una economía de subsistencia del siglo XIV, asolada por una hambruna brutal (1971-1972) que el monarca ignoraba por completo. A cinco mil kilómetros de distancia de su balneario, en la madrugada polvorienta de Kabul, las orugas de acero de los pesados tanques T-54 trituran los rosales del inmenso Palacio Presidencial.

El hombre que asoma por la escotilla del blindado de mando, dictando las órdenes del golpe de Estado por radio, no es un guerrillero campesino oprimido ni un espía extranjero. Es Sardar Mohammad Daud Khan: el propio primo carnal del rey, su cuñado, un antiguo Primer Ministro calvo, implacable, y devorado por el resentimiento desde que el monarca lo obligó a dimitir diez años atrás. 

La historiografía nos vende la cómoda mentira de que la tragedia afgana comenzó con la invasión soviética de 1979 o con los misiles antiaéreos de la CIA. El Imperio Soviético no asesinó a Afganistán, el Estado afgano se suicidó primero, se destripó él solo en una guerra civil interna, y Moscú y Washington solo acudieron a pelearse por los restos del país.

Esta es la autopsia, milímetro a milímetro, del lustro en el que el Estado afgano perdió la cabeza.

ACTO I: EL SÍNDROME DEL PRÍNCIPE Y LA DEMOCRATIZACIÓN DE LA VIOLENCIA (1973)

Al tomar los micrófonos de Radio Kabul a las 7:20 a.m., abolir 226 años de monarquía de la dinastía Durrani de un plumazo y coronarse a sí mismo como Presidente Supremo de la nueva "República", Daud Khan creyó estar operando como el padre de la modernidad. Lo que hizo fue suicidar su país.

Para entender la negligencia de Daud, hay que mirar el ecosistema afgano bajo el microscopio. En un país hiperfragmentado, dominado por feroces señores de la guerra que hablaban decenas de dialectos y se odiaban entre sí por linaje (pastunes, tayikos, hazaras, uzbekos), la Figura del Rey era la única sutura que mantenía unido a todas esas partes.

En la psique del guerrero montañés, el monarca no era un mero administrador civil, era "La Sombra de Dios en la Tierra", un árbitro místico e intocable dotado de gracia divina (Baraka). El pacto feudal era tosco pero perfecto, el rey no se inmiscuía en las severas leyes islámicas de los valles ni cobraba demasiados impuestos, y a cambio, los valles no marchaban sobre Kabul por reverencia ancestral a la corona.

Daud Khan, cegado por su ego, democratizó la violencia. Al derrocar la corona por pura ambición personal, destruyó el tabú político que mantenía unido al país. Sustituyó el aura sagrada de un rey por el título de "Presidente". Estableció la jurisprudencia del ejército que desangraría al país hasta el día de hoy: Si la corona ya no es intocable y un aristócrata puede secuestrar el Estado con 50 tanques sin que caiga fuego del cielo, a partir de hoy, cualquiera que reúna 51 tanques tiene el derecho legítimo a fusilar al presidente y adueñarse de la capital.

Además, Daud resucitó su vieja obsesión geopolítica: el "Pastunistán". Exigió por radio que los territorios de la etnia pastún dentro del vecino Pakistán se independizaran. Al hacerlo, aterrorizó al gobierno de Islamabad. Pakistán, sintiendo que Kabul quería desmembrar su joven país, decidió inocular su propio veneno en la sangre afgana: el primer ministro Zulfikar Ali Bhutto y la inteligencia paquistaní (el infame ISI) comenzaron a financiar, armar y entrenar a jóvenes radicales islamistas afganos exiliados (como Gulbuddin Hekmatyar o Ahmad Shah Masud) para que desestabilizaran a Daud. Años antes de que llegara el Ejército Rojo, Pakistán ya había encendido la incubadora de los Muyahidines.

ACTO II: EL CABALLO DE TROYA  DEL KREMLIN (1974-1977)

Para ejecutar su traición nocturna de 1973, Daud carecía del apoyo de las tribus tradicionales, por lo que subcontrató el músculo del golpe a la joven oficialidad de la fuerza aérea y los blindados. Lo que el viejo príncipe pastún ignoró por arrogancia fue el entendimiento de esos cadetes: casi todos habían sido entrenados y programados ideológicamente en academias militares de la Unión Soviética. Eran el brazo armado clandestino del Partido Comunista Afgano (el PDPA). El PDPA no era un partido político al uso, era un partido dividido en dos facciones que se odiaban :

El Parcham (La Bandera): Eran los intelectuales urbanos de la élite de Kabul. Hablaban farsi, vestían trajes occidentales, creían en una transición lenta hacia el socialismo aliándose con la burguesía, y eran los niños mimados del KGB. Su líder era el astuto y dócil Babrak Karmal.

El Jalq (El Pueblo): Eran pastunes de origen estrictamente rural, maestros de escuela frustrados y militares de bajo rango consumidos por el resentimiento de clase. Despreciaban a los "señoritos" del Parcham. Eran brutales, impacientes y exigían la dictadura del proletariado inmediata a punta de bayoneta. Sus líderes eran el escritor Nur Muhammad Taraki y el implacable estratega Hafizullah Amín.

Daud creyó que podía usarlos como mercenarios. Una vez asegurado en el Palacio Presidencial, sintió claustrofobia financiera y se dio cuenta de que su país era un rehén del bloque soviético. Para escapar, ejecutó un giro temerario, viajó a Teherán para abrazarse a los petrodólares del Shah de Irán (el gran perro de presa de Washington). A cambio de un cheque prometido de 2.000 millones de dólares para construir un ferrocarril independiente, Daud permitió que el temido SAVAK (la policía secreta iraní entrenada por la CIA) operara en Kabul para cazar comunistas, y comenzó a purgar metódicamente a los oficiales del PDPA de sus ministerios.

Pero en el tablero nuclear de la Guerra Fría, las deudas con Moscú no se renegocian con sonrisas. El clímax  de esta situación ocurrió del 12 al 15 de abril de 1977, en los gélidos y oscuros salones del Kremlin.

Leonid Brézhnev, el anciano y enfermo líder soviético, arrinconó a Daud a puerta cerrada. El ambiente apestaba a humo de tabaco y a amenaza imperial. Cobrando el impuesto revolucionario, Brézhnev le exigió que expulsara inmediatamente a todos los asesores, ingenieros de la ONU y diplomáticos de países de la OTAN que operaban en el norte de Afganistán, acusándolos de ser espías infiltrados.

Daud, colérico y devorado por el honor tribal pastún (Ghairat), cometió un suicidio diplomático de manual frente al dueño del mayor arsenal nuclear del planeta. Golpeó la maciza mesa de caoba soviética, se puso de pie y bramó:

"Los afganos somos los amos de nuestra propia casa. Nunca, bajo ninguna circunstancia, permitiremos que nadie nos dicte a quién podemos invitar y a quién debemos expulsar".

Daud se dio media vuelta, dio un portazo y abandonó Moscú, cancelando el resto de su visita. Brézhnev lo vio marchar sabiendo el futuro que le esperaba. En el implacable dialecto de la realpolitik soviética, el dictador afgano acababa de firmar su esquela. El KGB ordenó inmediatamente a las dos facciones rivales del PDPA (Jalq y Parcham) que dejaran de matarse entre sí, se reunificaran bajo un solo mando y destrabaran los seguros de sus armas en Kabul.

ACTO III: EL DIPLOMA DE MANHATTAN Y EL BAÑO DE SANGRE (Abril 1978)

La venganza soviética fue Revolución de Saur, que llegó el 27 de abril de 1978.

El detonante fue el asesinato misterioso, días antes, de un querido ideólogo comunista, Mir Akbar Khyber. Diez mil marxistas enfurecidos tomaron las calles de Kabul en su funeral, gritando consignas antiestadounidenses y antisistema. Aterrorizado por esta exhibición de fuerza paramilitar, Daud entró en pánico y ordenó arrestar a la cúpula comunista en mitad de la noche para fusilarlos al amanecer por alta traición.

Pero la torpeza de la policía afgana le otorgó al estratega radical del partido, Hafizullah Amín, un margen vital de varias horas bajo un laxo arresto domiciliario. Amín es la anomalía más aterradora de la autopsia, no era un minero analfabeto ni un soldado raso. Era un hombre de modales exquisitos, sonrisa seductora, que vestía trajes a medida y era portador de un impecable Máster en Educación por la Universidad de Columbia en Nueva York. Detrás de esa fachada de dandi académico cosmopolita que paseaba por los teatros de Broadway en los años 60, se escondía la arquitectura mental de un asesino en serie a escala industrial y un devoto absoluto del terror de Iósif Stalin.

Desde el sofá de su casa, custodiado por guardias a los que ya había sobornado o convencido, el refinado Amín le pasó a su hijo adolescente un papel arrugado con las instrucciones precisas para los comandantes de las células blindadas del ejército: "El golpe comienza mañana a las 9:00 a.m. O atacamos con todo, o nos exterminan".

La mañana siguiente, el cielo de Kabul se desgarró. La propaganda soviética lo maquillaría como un "levantamiento popular de las masas oprimidas". La balística demuestra que fue un amotinamiento militar de una brutalidad salvaje.

A media mañana, las columnas de tanques del ejército regular, comandadas por el feroz mayor Aslam Watanjar, barrieron las pesadas puertas de hierro forjado del Palacio Presidencial (el Arg). A las 15:00, los escuadrones de cazas MiG-21 y Su-7 de la base aérea de Bagram rompieron la barrera del sonido y empezaron a bombardear la residencia del presidente con cohetes desde el cielo. El olor a yeso pulverizado, munición pesada y sangre inundó el centro neurálgico del país.

El viejo Daud resistió con fiereza de león en su búnker, rodeado de su inmensa familia y su mermada Guardia Republicana, aguantando 24 horas de fuego infernal, esperando unos refuerzos de las provincias que jamás llegaron. En la mañana del 28 de abril, los comandos rebeldes irrumpieron en el ala privada exigiendo su rendición incondicional. Daud, negándose a la deshonra de arrodillarse ante los "sirvientes de Moscú", sacó su pistola dorada y abrió fuego contra los oficiales amotinados.

La respuesta de los comunistas fue el asesinato, diseñado para borrar cualquier posibilidad de restauración monárquica: Daud Khan, su esposa, sus hijos, sus nueras embarazadas y hasta sus nietos de cinco años fueron masacrados con ráfagas de fusiles de asalto contra los muros del palacio.

Treinta miembros directos de la dinastía Barakzai, la familia que había sido dueña de Afganistán durante más de un siglo, fueron aniquilados sobre las lujosas alfombras persas en apenas un minuto de fuego automático. Sus cuerpos fueron envueltos en sábanas y arrojados en secreto a fosas comunes en las afueras. La República burguesa había muerto, la "Dictadura del Proletariado" acababa de triunfar en Afganistán sobre una pirámide de cadáveres.

ACTO IV: EL AFGANISTÁN MARXISTA. La modernización sangrienta.

Los nuevos dueños de Kabul (el anciano poeta Taraki como "Gran Líder" y Amín como cerebro, ambos de la facción rural Jalq) heredaron las riendas de la nación. Y fue aquí, sentados en los escritorios aún manchados de sangre del palacio, donde ejecutaron su gran error.

Ambos padecían de arrogancia académica. Eran "marxistas de salón". Burócratas que leían El Capital bebiendo té verde, pero que odiaban, despreciaban y desconocían profundamente la realidad feudal, rural e hiper-religiosa del 90% de su propia población. En un ataque de delirio, creyeron que podían amputar las tradiciones procedentes del siglo XIV y llevar al país en el siglo XX en apenas ocho semanas.

Emitieron desde la capital una serie de "Decretos Revolucionarios". En su mente, eran leyes igualitarias emancipadoras. En la realidad antropológica afgana, fueron misiles disparados directamente contra el Pashtunwali (el código de honor afgano). 

Decreto Agrario No. 8. Confiscaron todas las tierras de los grandes terratenientes (Khaanes) y líderes tribales sin pagarles una indemnización, para repartirlas entre los campesinos pobres y cancelar sus deudas. En los despachos de Moscú, esto liberaba al proletario. En la cruda realidad, el terrateniente era el "Banco de Supervivencia", era el único que proveía las semillas, organizaba el mantenimiento comunal de los milenarios canales de riego subterráneos (karez) y daba crédito en invierno para que el pueblo no muriera de frío. Al asesinarlo o exiliarlo, la red logística tradicional afgana colapsó en semanas. Peor aún, el campesino analfabeto, aterrorizado por el castigo divino del infierno, consideró pecado mortal (Haram) plantar en tierra "robada" a otro musulmán. Se negaron a sembrar. La agricultura se paralizó instantáneamente y el espectro de la hambruna masiva asomó la cabeza.

Decreto No. 7. El gobierno prohibió el pago de la dote nupcial (Walwar) y forzó por decreto la educación laica, obligatoria y mixta para las mujeres rurales. Imagine la escena, un imberbe comisario comunista urbano, ateo, sin barba y vestido con ropa occidental, pisando la alfombra del patriarca de una aldea en las montañas del Hindu Kush, para ordenarle que el Estado se iba a llevar a sus hijas adolescentes a un aula para que se sentaran junto a niños varones a leer propaganda del partido. En la psique pastún, regida por el estricto código de la castidad y el honor de la sangre (Nang y Namous), esto no era una política educativa, era una agresión sexual institucional, una violación del linaje. El anciano no organizó una manifestación pacífica, simplemente se levantó en silencio, fue al establo, desenterraba el viejo fusil británico Lee-Enfield de su abuelo y le voló la cabeza al comisario del gobierno, exigiendo la innegociable guerra de venganza (Badal).

Para sofocar el descontento, Amín desató a la AGSA (la nueva y sádica policía secreta afgana, liderada por el despiadado Asadullah Sarwari). Instauraron un terror de corte estalinista pero con sadismo medieval. Cambiaron la sagrada bandera nacional tricolor islámica por un trapo rojo puro idéntico al soviético. El terror del golpe en la puerta a medianoche se hizo rutinario, decenas de miles de mulás chiitas y suníes, comerciantes del bazar, intelectuales y ancianos tribales fueron secuestrados de sus camas, torturados salvajemente frente a las zanjas y, literalmente, enterrados vivos por cientos, usando buldóceres que les echaban la tierra encima mientras aún respiraban, en el inmenso polígono de la muerte de la prisión de Pul-e-Charkhi.

El gobierno no estaba modernizando el país, estaba librando una guerra de exterminio étnico y antropológico contra la identidad misma de su propia población.

EPÍLOGO. Los talibanes, la venganza de la montaña.

El Estado había intentado eliminar la religión, expropiar la tierra fértil y secuestrar el honor de las mujeres por decreto. El campesino afgano, el pastor uzbeko o el guerrero tayiko no necesitaban que la CIA, Washington o los jeques saudíes les enviaran armas ni manuales anticomunistas para odiar al gobierno. En el verano de 1978, la inmensa geografía de las montañas empezó a arder. Había nacido la Yihad, el alzamiento de los Muyahidines (los Guerreros Santos). El campo entero comenzó a cazar a los soldados, maestros y burócratas del gobierno como a perros rabiosos, cortando carreteras, emboscando convoyes y aislando a las grandes ciudades. 

El punto de no retorno ocurrió en marzo de 1979 en la milenaria y culta ciudad occidental de Herat. El pueblo se sublevó. La guarnición militar afgana (la 17ª División), asqueada por tener que disparar contra sus propios vecinos y hermanos musulmanes, desertó en bloque, abriendo los arsenales al pueblo. Se unieron a los clérigos chiitas y suníes, e instauraron el terror medieval: persiguieron, masacraron, despellejaron vivos y empalaron las cabezas de decenas de asesores civiles y militares soviéticos y sus familias (mujeres y niños incluidos). Pasearon sus restos destrozados por los bazares de la ciudad como trofeos , mientras cien mil personas rugían "¡Allahu Akbar!". El gobierno de Kabul entró en pánico absoluto y respondió enviando bombarderos Ilyushin Il-28 para arrasar su propia ciudad, asesinando a más de 24.000 civiles en menos de una semana.

Para el dramático otoño de 1979, el Estado afgano estaba en destrucción. Hafizullah Amín —el educado académico de Manhattan— acababa de ejecutar el último acto de su función: tras sobrevivir a un intento de asesinato, detuvo a su propio mentor y jefe, el presidente Taraki, y ordenó a sus guardias que lo asfixiaran lentamente con una pesada almohada de seda atada con cuerdas para no dejar marcas de bala que arruinaran el funeral de Estado oficial (donde anunciaron que había muerto "de una breve enfermedad").

Amín se coronó dictador absoluto, pero gobernaba ahora sobre un espejismo en ruinas, atrincherado en el oscuro Palacio de Tajbeg. Había perdido el control real de casi el 80% del territorio a manos de la sagrada insurgencia islámica, y su propio ejército, antes el orgullo de la región, se desangraba por miles de deserciones semanales.

Cuando los inmensos tanques y transportes blindados del 40º Ejército Soviético cruzaron por fin el Puente de la Amistad sobre el gélido río Amu Daria en la Navidad de 1979, el KGB y el Politburó estaban aterrorizados. No entraban marchando con banderas al viento persiguiendo un majestuoso sueño imperial de conquista hacia las aguas cálidas del Índico, como rezaba la paranoia de la Casa Blanca.

Entraban a regañadientes, consumidos por el pánico paramilitar de que el caos islámico contagiara a sus repúblicas fronterizas de Asia Central y aterrorizados por la falsa creencia de que Amín era, en realidad, un agente encubierto de la CIA a punto de entregarle el país a Washington.

Los rusos entraron como desesperados, armados hasta los dientes, llegando a un país en llamas. Su única misión táctica (la infame Operación Tormenta-333) era asaltar el Palacio de Tajbeg con sus fuerzas especiales (Spetsnaz), acribillar al incontrolable Amín, colocar en el poder a un títere dócil del Parcham (Babrak Karmal), e intentar aplicar un torniquete logístico a un régimen títere que, en un frenesí de pura locura ideológica y soberbia, ya se había destripado a sí mismo.

El yihadismo de la Guerra Fría no lo diseñó Occidente ni lo construyó el imperialismo ruso, fue levantado desde dentro por la propia vanidad de la élite afgana.

BIBLIOGRAFÍA

Alexiévich, S. (2016). Los muchachos de zinc: Voces soviéticas de la guerra de Afganistán (Y. Teitelbaum, Trad.). Debate. (Original publicado en 1991).

Braithwaite, R. (2011). Afgantsy: Los rusos en Afganistán (1979-1989). (Ediciones en español de diversas editoriales académicas/importación).

Poch de Feliu, R. (2003). La gran transición: Rusia, 1985-2002. Crítica.

Taibo, C. (2000). La explosión soviética: De la campana del Kremlin a la fragmentación de la URSS. Espasa-Calpe.

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