EL ZAR DE LAS ARENAS: AUTOPSIA DE STALIN EN ORIENTE PRÓXIMO.

 

De cómo el Kremlin armó a Israel con fusiles nazis, empujó a Turquía a la OTAN por soberbia, intentó atracar el petróleo iraní y fabricó la paranoia que incendió el desierto.

CONTEXTO GEOPOLÍTICO. El interés soviético en Oriente Próximo.

Si queremos entender el nivel diplomático de Iósif Stalin en Oriente Próximo, no busquemos respuestas en la utopía proletaria de El Capital de Karl Marx.

Para la burocracia del Kremlin, la geografía rusa nunca fue un accidente, fue una condena geográfica. Durante trescientos años, los zares de la dinastía Románov habían padecido una claustrofobia imperial. Rusia era el coloso continental más inmenso de la Tierra, pero vivía asfixiado. Sus puertos del norte se congelaban seis meses al año y su inmensa flota del Mar Negro estaba encerrada tras el candado turco del Bósforo.


La única vía de escape, la obsesión de Moscú, era romper el cerco hacia el sur para alcanzar los anhelados "mares cálidos" (el Mediterráneo y el Golfo Pérsico). Durante todo el siglo XIX, el Imperio Ruso y el Imperio Británico se desangraron en las sombras de Persia y las montañas de Afganistán jugando al "Gran Juego", donde Londres bloqueaba sistemáticamente el avance ruso para proteger el inmenso escudo continental de la joya de su corona: la India. Stalin no destruyó los mapas imperiales de los zares cuando llegó al poder, los heredó y los perfeccionó usando el terror de la policía secreta. Pero al terminar la Segunda Guerra Mundial en 1945, la situación del tablero geopolítico dio un cambio brusco.

El Oriente Próximo que Stalin observaba no era un conjunto de naciones soberanas, era un Imperio geográfico en estado de colonización, el viejo Imperio Otomano llevaba décadas colapsado. Franceses y británicos lo habían descuartizado con el Acuerdo Sykes-Picot (1916), trazando fronteras artificiales sobre la arena de Oriente Próximo con escuadra y cartabón.

Sin embargo, tras derrotar a Hitler, el Imperio Británico y el Francés estaban exhaustos, en bancarrota y militarmente raquíticos. Su control sobre los mandatos de Siria, Palestina, Irak y el Canal de Suez se desmoronaba. Se había abierto el vacío de poder más peligroso del planeta, justo cuando bajo esas mismas arenas se confirmaba el descubrimiento que cambiaría el siglo XX para siempre, las reservas de petróleo más gigantescas de la historia humana.

Oriente Próximo dejó de ser un simple amortiguador territorial para convertirse en la fuente de energía del capitalismo mundial. La sangre negra que movía los acorazados, los bombarderos y las fábricas de Occidente latía bajo las dunas de Oriente Próximo. Tal y como estaban las cosas, en la realpolitik, un vacío de poder lleno de petróleo es una oportunidad que no hay que perder.

La narrativa bolchevique original de Lenin exigía levantar a los pueblos árabes y persas en una hermandad obrera anticolonial. Pero en la fría mente de Iósif Stalin, exportar el ateísmo de Estado y la dictadura del proletariado a un mosaico de sociedades feudal-religiosas, profundamente sumisas a Alá o a Yahvé, era inasumible.

A los ojos del dictador georgiano, el desierto era un avispero de masas medievales fanatizadas por la religión, poco afines para la disciplina marxista. A Stalin le importaba nada el islam, el sionismo o la emancipación de los beduinos, para el "Zar Rojo", los millones de árabes, kurdos, persas y judíos no eran sujetos de liberación; eran piezas desechables en su ajedrez de acero. El objetivo de su irrupción en el desierto de Oriente Próximo no era exportar la revolución, sino aplicar una estrategia diplomática diseñada para estrangular a Occidente, Stalin pensaba que si lograba armar a las guerrillas y extorsionar a los gobiernos locales, Moscú podría apoderarse de los pozos de petróleo, sabotear la reconstrucción del Plan Marshall en Europa, y expulsar a patadas a las guarniciones británicas de Oriente Próximo antes de que Estados Unidos aterrizara en la región.

Iósif Stalin no bajó a las dunas a exportar la utopía comunista, bajó a cobrar el impuesto de protección y a cortar la comunicación logística de sus enemigos. Esta es la autopsia de cómo un zar continental intentó extorsionar al pueblo del desierto, y de cómo su soberbia geopolítica acabó incubando el incendio que devoraría el planeta.

EL PACTO DE STALIN CON ISRAEL. 1948.


Stalin no apoyó la creación del Estado de Israel por caridad, compasión, ni por empatía hacia las víctimas de los campos de exterminio nazis. Para juicio de Stalin, el sionismo era un instrumento de tres filos: un misil táctico, una franquicia ideológica y un arma demográfica.

El objetivo supremo y obsesivo de Moscú en el Levante era aniquilar la presencia del Imperio Británico, Londres controlaba el Canal de Suez, el petróleo de Irak, Transjordania y el Mandato de Palestina, apuntalando su hegemonía a través de monarquías árabes conservadoras. Para Stalin, los reyes árabes de la época (como la dinastía hachemí o el rey Faruq de Egipto) no eran revolucionarios anticoloniales, eran aristócratas feudales, títeres financiados y comandados en la sombra por oficiales británicos (como el legendario general John Glubb Pasha, comandante de la Legión Árabe).

Stalin necesitaba un peón dispuesto a mancharse las manos de sangre para echar a los ingleses de la región sin involucrar al Ejército Rojo. Al escanear el terreno, su mirada se clavó en la insurgencia judía en Palestina. Las milicias clandestinas sionistas (el Irgún, el Leji y la Haganá) estaban librando una guerra de guerrillas terrorista y salvaje contra el ejército colonial de Londres. Volaban oleoductos, ahorcaban sargentos, detonaban cuarteles generales (como el Hotel Rey David) y saboteaban la logística de Su Majestad a un ritmo industrial.


La ecuación de la inteligencia soviética fue impecable: «Los ejércitos árabes obedecen a Londres; las milicias judías están masacrando a los soldados de Londres gratis. El enemigo de mi enemigo es mi aliado». Por eso, en el otoño de 1947, el bloque soviético dejó estupefacto al mundo apoyando apasionadamente la Partición de Palestina en la ONU. Stalin le dio a Israel su partida de nacimiento diplomática simplemente para clavarle una estaca de acero en el corazón al Imperio Británico.

El dictador sufrió lo que en psiquiatría de inteligencia se conoce como un Espejismo de Proyección. Al analizar a los padres fundadores de Israel, Stalin vio algo en ellos, ¿Qué veía el Kremlin cuando miraba a David Ben-Gurión, Golda Meir, Jaim Weizmann o Yitzhak Tabenkin? Veía a judíos nacidos en el antiguo Imperio Ruso o en Europa del Este, que hablaban ruso o yidis de forma nativa. Veía a líderes ateos laicos, profundamente socialistas, que habían construido una sociedad preestatal basada en un megasindicato obrero todopoderoso (la Histadrut). Y, sobre todo, veía los Kibutzim, granjas agrícolas colectivizadas, fuertemente militarizadas, de crianza comunal y sin propiedad privada. Para la burocracia soviética, un Kibutz israelí era exactamente lo mismo que un Koljós comunista, pero rodeado de palmeras.

La arrogancia de Stalin calculó: "Esta gente es rusa. Piensan como rusos, leen a Tolstói y organizan su economía como marxistas. Si les damos las armas para independizarse, instaurarán una República Socialista por pura inercia ideológica y gratitud. En cinco años, Israel será un satélite de Moscú, un inmenso portaaviones soviético clavado en el corazón del desierto*, desde el cual esparciremos el comunismo por todo el mundo árabe y amenazaremos el Canal de Suez"*. Para asegurar que su satélite no fuera aniquilado al nacer, Stalin ejecutó una maniobra macabra e irónica de la historia, el "Artefacto Cero".

En mayo de 1948, Israel declara su independencia y es invadido inmediatamente por cinco ejércitos árabes. Estados Unidos (bajo la presión del Departamento de Estado, aterrorizado por perder el petróleo árabe) impone un embargo de armas letal a los judíos. Israel está a pocos días de quedarse sin munición, a punto de ser masacrado y arrojado al mar. Es entonces cuando Stalin da la orden secreta. A través de la Checoslovaquia comunista, el bloque soviético rompe el embargo occidental y envía un inmenso puente aéreo clandestino de armas a Tel Aviv (Operación Balak).

Los fusiles que salvaron a Israel del exterminio no eran armamento soviético. Eran rifles Mauser Kar98k fabricados en las plantas capturadas a la maquinaria de guerra de Adolf Hitler. Los jóvenes supervivientes del Holocausto aseguraron la independencia de Israel disparando armas que aún llevaban la esvástica del águila nazi estampada en el metal, vendidas a precio de oro por el dictador comunista de Moscú. (Y en el cielo, los pilotos israelíes volaban cazas Avia S-199, que no eran más que la versión checa del letal Messerschmitt de la Luftwaffe).  Israel ganó su guerra de independencia y expulsó a los británicos, cumpliendo a la perfección la primera fase del plan de Stalin. Pero en el otoño de 1948, el espejismo socialista del Kremlin se estrelló contra la realidad. La URSS de la posguerra estaba quebrada, famélica y ahogada en la tiranía policial. El futuro económico, tecnológico y militar del nuevo Estado judío no estaba en el grisáceo y paranoico Moscú, sino en la inmensa, rica y democrática diáspora judía de Wall Street y en el Capitolio de Washington. Israel celebró elecciones libres, marginó al partido comunista local (Maki), abrazó el capital occidental y le dio la espalda a Stalin.

El detonante final que transformó este interés táctico en odio ocurrió en Moscú, cuando Golda Meir llegó como la primera embajadora israelí. El día del Año Nuevo Judío (Rosh Hashaná), Golda visitó la Gran Sinagoga de Moscú. Lo que ocurrió allí aterrorizó a Stalin. Cincuenta mil judíos soviéticos, que llevaban tres décadas aterrorizados y silenciados por las brutales purgas comunistas, rodearon la sinagoga. Llorando de alegría, desafiaron a las ametralladoras de la KGB y veneraron con devoción a la embajadora del nuevo Estado sionista.

Para el paranoico Stalin, aquello fue un ataque a su poder, comprendió que los judíos soviéticos sentían una "doble lealtad". En la mente de Stalin, si un soviético amaba a otra nación, era automáticamente un traidor y un agente del imperialismo norteamericano infiltrado en el país.

El dictador asesinó al líder cultural judío Solomón Mijoels (simulando que lo atropellaba un camión), fusiló a la élite de la intelectualidad yidish en los insonorizados sótanos de la Lubianka (La Noche de los Poetas Asesinados, 1952) y, a principios de 1953, inventó el "Complot de los Médicos". La KGB torturó a los principales cardiólogos judíos del Kremlin hasta que confesaron, ensangrentados, que formaban parte de una red sionista-americana para envenenar a la cúpula comunista.

En la primavera de 1953, Stalin tenía los inmensos trenes de ganado alineados en las estaciones de Moscú. Estaba a punto de ejecutar la deportación masiva de todos los judíos soviéticos hacia los campos de exterminio por congelación en Siberia; un segundo Holocausto burocrático que solo se detuvo por una ironía médica inigualable.

Stalin se dio cuenta demasiado tarde de que, en su intento soberbio por construir un satélite comunista para dinamitar a los británicos, había acabado salvando, financiando y pariendo al que se convertiría en el portaaviones militar y tecnológico más formidable, leal e indestructible de los Estados Unidos en Oriente Próximo. Fue el  mayor error de toda su carrera.

EL ASALTO AL PETRÓLEO IRANÍ. Los mercenarios kurdos. (Irán, 1946)

Nuestros libros de texto europeos afirman cómodamente que la Guerra Fría empezó en el grisáceo asfalto de Berlín o con el discurso del "Telón de Acero" en Fulton. La auditoría macroeconómica forense demuestra que el primer disparo se hizo en un pozo de crudo en el norte de Persia: La Crisis de Irán de 1946.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, el pacto estipulaba que británicos y soviéticos (que habían ocupado el país juntos para asegurar el combustible frente a los nazis) debían retirar sus tropas del neutral Irán. Churchill y Truman hicieron las maletas. Stalin, actuando como el okupa del Caspio, se negó a irse.

Miró el inmenso monopolio que los británicos tenían en las refinerías del sur de Irán (la Anglo-Iranian Oil Company, futura BP) y decidió que la URSS merecía su propio botín en el norte. Para obligar al gobierno de Teherán a cederle los pozos, la temida policía secreta soviética (NKVD) fabricó en un laboratorio dos repúblicas separatistas armadas y protegidas por los tanques rusos: el Gobierno Popular de Azerbaiyán y la República de Mahabad (el primer Estado kurdo de la historia moderna).


Stalin armó a los nacionalistas kurdos liderados por Qazi Muhammad, les dio imprentas y les juró por la revolución la protección eterna del Ejército Rojo. Para los ojos de Stalin, las minorías étnicas no son naciones; son piezas de su tablero. Stalin presionó al primer ministro iraní, Ahmad Qavam: "O me firmas una concesión petrolera del 51% para Moscú, o balcanizo tu país para siempre".

En Washington, el presidente Harry Truman vió el chantaje y puso el primer ultimátum atómico de la historia sobre la mesa (EE. UU. tenía la bomba atómica; Stalin, en 1946, aún no). Acorralado, Stalin aceptó un contrato  firmado por Teherán y ordenó a sus tropas retirarse de inmediato.

Al día siguiente, respaldado por la CIA, el parlamento iraní rompió el contrato por considerarlo inválido y envió a su ejército a aniquilar las repúblicas separatistas. ¿Qué hizo Stalin por los kurdos a los que había jurado hermandad inquebrantable? Apagó la radio de comunicaciones, se cruzó de brazos y dejó que el ejército del Shah masacrara a sus aliados y colgara en la plaza pública a los líderes kurdos.

Para el Kremlin, los movimientos de liberación nacional son armas geopolíticas usadas para extorsionar por petróleo, y cuando se logra el acuerdo, se tiran a la fosa común.

STALIN, EL MATÓN DEL BÓSFORO. El Zar Rojo lanzó a Turquía hacia la OTAN.

Incapaz de digerir la humillación iraní (se quedó sin el crudo y sin las repúblicas tapón), el dictador giró sus cañones  hacia su obsesión histórica, Turquía y la búsqueda de salida a los "mares cálidos". Stalin necesitaba controlar el Bósforo y los Dardanelos, la autopista marítima que conecta a la flota rusa del Mar Negro con el Mediterráneo.

Al terminar la guerra, Stalin operó no como un estadista, sino como un matón cobrando el impuesto de protección. Borracho de victoria, Stalin envió notas diplomáticas a Ankara exigiendo "bases militares conjuntas" en los estrechos (una anexión territorial encubierta) y la entrega de las inmensas provincias turcas orientales de Kars y Ardahan. Para dejar claro que no era una sugerencia diplomática, desplegó acorazados soviéticos frente a Estambul y movilizó divisiones blindadas en los Balcanes.

Stalin, acostumbrado a que los países de Europa del Este le tuvieran terror bajo el peso represivo de sus tanques, calculó que Turquía se arrodillaría. Ocurrió exactamente lo contrario. Turquía entró en pánico y corrió a abrazarse al Pentágono.


La soberbia de Stalin obligó a Washington a intervenir directamente. El resultado directo de su extorsión fue el nacimiento de la Doctrina Truman (1947): la inyección masiva de cientos de millones de dólares para militarizar Turquía y Grecia, trazando la primera línea roja de contención global contra el comunismo.

Stalin quería abrir la puerta del Mediterráneo gratis, y con su miopía logró exactamente lo opuesto: empujó físicamente a Turquía a ingresar en la OTAN en 1952. Al intentar robar un estrecho, Stalin le regaló a Estados Unidos una frontera blindada de 2.000 kilómetros con la URSS y el territorio de lanzamiento perfecto para instalar, años después, los letales misiles nucleares estadounidenses Júpiter apuntando directamente al corazón de Moscú (los mismos misiles que desencadenarían la Crisis de los Misiles de Cuba en 1962). Un suicidio diplomático de proporciones homéricas.

CONCLUSIONES. Las secuelas de Stalin en el Oriente Próximo, y viceversa.


El 5 de marzo de 1953, Stalin sufrió un derrame cerebral masivo. Cayó al suelo de su dacha de Kúntsevo, orinándose encima, y murió ahogado en su propia saliva tras horas de agonía sin recibir atención rápida... pura y exclusivamente porque, en su locura antisemita, había encarcelado, torturado o exiliado a todos los médicos competentes de Moscú que podrían haberle salvado la vida. Se asfixió en su propia paranoia.

Stalin trató a Medio Oriente exactamente igual que trataba a sus purgados en Moscú, como fichas de ajedrez. Creyó que podía aplicar en los desiertos del Levante y las montañas del Kurdistán las mismas tácticas de extorsión y tanques pesados que le habían funcionado en Polonia y Rumanía. Sus tres grandes maniobras fueron tres catástrofes:

  1. Quiso extorsionar a Turquía, y lo único que consiguió fue regalarle a Estados Unidos su base de misiles nucleares más amenazante en el flanco sur soviético.

  2. Quiso robar el crudo de Irán, y logró que Teherán se arrojara a los brazos de la CIA y el Pentágono durante tres décadas.

  3. Quiso usar a Israel como un simple perro de presa contra los británicos, y terminó armando, salvando y financiando la creación del aliado militar más formidable, tecnológico e indestructible que Washington tendría jamás en la región.

Pero el legado más destructivo de Stalin fue al sentirse traicionado por Israel y desatar su ira antisemita, Stalin inyectó el antisionismo en la KGB y  la diplomacia soviética.

Fueron esas bases de odio y esa inmensa herida las que obligaron a sus herederos (Jrushchov, Brézhnev) a cambiar violentamente de bando en la Guerra Fría. Para enmendar el desastre estalinista, la Unión Soviética se convirtió en el armero oficial y protector incondicional de los regímenes militares árabes (el Egipto de Nasser, la Siria de los Asad, el Irak del Baaz).

Durante las siguientes tres décadas, Moscú gastaría fortunas incalculables inundando el desierto con decenas de miles de tanques para intentar destruir, guerra tras guerra, al mismo y exacto Estado judío que Iósif Stalin había salvado logísticamente en 1948.

Stalin no conquistó Oriente Próximo. Simplemente dejó el problema, repartió la munición pesada en todos los bandos de la frontera, creó conflictos y murió dejando un tablero calculado para desangrarse. El gran "Zar Rojo" antiimperialista fue, sin saberlo y cegado por su ego, el arquitecto más brillante que jamás tuvo Estados Unidos para justificar y consolidar su hegemonía en el mundo islámico.

BIBLIOGRAFÍA

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Gaddis, J. L. (2011). La Guerra Fría (R. Font, Trad.). RBA.

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Rogani, E. (2012). Los árabes: Del Imperio otomano a la actualidad. Crítica.


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