Lê Duẩn, el carcelero de la victoria. Vietnam (1975-1986)
"Derrotó a la mayor superpotencia del planeta, pero casi destruye a su propio país en la posguerra. Cómo Lê Duẩn, el arquitecto en la sombra del Partido Comunista, transformó la euforia de 1975 en una década de aislamiento paramilitar, pobreza planificada y ortodoxia asfixiante. Lê Duẩn asimiló una lección implacable de la guerra de guerrillas: un Partido Comunista puede sobrevivir al napalm y a los bombardeos B-52, pero jamás sobrevivirá a la fragmentación política en tiempos de paz. La histórica apertura económica del 'Đổi Mới' no fue una traición a los principios de Lê Duẩn, sino una autopsia a su gestión. El Partido no abrazó el libre mercado por vocación liberal; lo hizo porque su monopolio se asomaba a la bancarrota."
Cuando los tanques norvietnamitas T-54 reventaron las rejas de hierro del Palacio de la Independencia de Saigón la mañana del 30 de abril de 1975, la República Democrática de Vietnam logró lo imposible: doblegó al ejército de Estados Unidos y reunificó un país partido por la mitad. Sin embargo, la euforia de la victoria militar ocultaba un abismo político inminente. Ganar la guerra había sido un heroico problema de logística, sangre y desgaste asimétrico; pero, ¿cómo se gobierna la paz en un país devastado, ideológicamente fracturado y económicamente esquizofrénico?La respuesta que se impuso desde Hanói no fue fruto de la improvisación ni del consenso asambleario. Llevaba la firma de hierro de Lê Duẩn, el todopoderoso Secretario General del Partido Comunista desde 1960 y el verdadero centro de gravedad del poder tras la muerte de Hồ Chí Minh en 1969. La historiografía occidental a menudo comete el error de reducir la Revolución Vietnamita a la figura paternal del "Tío Hồ" o al genio táctico del general Võ Nguyên Giáp. Pero si Hồ Chí Minh fue el símbolo espiritual y el rostro diplomático de la resistencia, Lê Duẩn fue su frío, calculador y despiadado sistema operativo.
Su legado histórico no puede despacharse bajo la simple y aséptica etiqueta de "centralización
burocrática". Fue algo infinitamente más profundo y letal: Lê Duẩn convirtió la paranoia de la seguridad nacional en el principio organizador permanente del Estado vietnamita. Incluso cuando la amenaza existencial estadounidense desapareció y el verdadero problema mutó en miseria económica, el régimen siguió operando bajo la lógica implacable de la trinchera. Bajo su mando, Vietnam no solo ganó una guerra. Construyó un leviatán securitario inexpugnable.
Del estratega radical al administrador del monopolio: La asimilación del Sur
Lê Duẩn emergió como el estratega clave del Politburó en la tensa década de 1960. Desplazando gradualmente a las facciones más moderadas, impuso una línea dura, belicista y sin concesiones para la unificación del país por la vía armada. Aquellas décadas de guerra clandestina forjaron en él una convicción paranoica que definiría el resto de su vida: la supervivencia del Partido frente a adversarios superiores no depende del apoyo popular espontáneo, sino de la disciplina estalinista, la cohesión monolítica y el control asfixiante del aparato de Estado.
Tras 1975, cuando los fusiles por fin callaron, esa lógica castrense no se relajó; simplemente se trasladó a la ingeniería social. La "reunificación" territorial fue un eufemismo diplomático para lo que en la práctica supuso una brutal conquista y absorción. La prioridad del Partido no era reconciliar a dos sociedades diametralmente opuestas para aprovechar sus sinergias, sino aniquilar quirúrgicamente cualquier fisura por donde pudiera colarse la contrarrevolución.
Para lograrlo, Lê Duẩn desmanteló sumariamente todas las estructuras políticas, administrativas y militares del extinto Vietnam del Sur, marginando incluso a los propios cuadros del Frente Nacional de Liberación (el Viet Cong). Se estima que más de 300.000 oficiales survietnamitas, funcionarios civiles, intelectuales y clérigos fueron enviados a los infames Trại Cải Tạo —"campos de reeducación"—, un archipiélago penal de trabajos forzados y castigo ideológico. Al mismo tiempo, el Partido estatizó por decreto los sectores productivos e integró a la fuerza la vibrante economía de mercado meridional en el asfixiante modelo planificado del Norte. Esta expropiación violenta se ensañó especialmente con la burguesía comercial sino-vietnamita (Hoa) de Cholon, provocando uno de los mayores desastres humanitarios del siglo XX: el éxodo masivo de más de un millón y medio de Boat People que se lanzaron al Mar de la China Meridional huyendo de la ruina y la persecución. No hubo transición ni reconciliación; hubo una uniformización política absoluta.El Thời Bao Cấp: Cuando la economía es una extensión del cuartel
La lúgubre década posterior a la reunificación se conoce en la memoria colectiva nacional como el thời bao cấp —el "periodo de los subsidios"—. Se caracterizó por un racionamiento draconiano, una planificación central rígida calcada del modelo soviético, el uso humillante de cupones de alimentos, el control policial de los precios y el monopolio estatal absoluto del comercio.En 1976, el optimista IV Congreso del Partido formalizó esta orientación socialista integral para toda la nación. El Sur, históricamente el "granero de arroz" del Sudeste Asiático gracias a la extrema fertilidad del Delta del Mekong, fue sometido abruptamente a la camisa de fuerza de la colectivización agrícola. El resultado fue un sistema perfectamente coherente en sus dogmas ideológicos marxistas, pero catastróficamente frágil en términos materiales.
A comienzos de la década de 1980, la economía colapsó. Al abolirse los incentivos privados, los campesinos se negaron a producir excedentes para el Estado, obligando a un país tropical y fértil a importar arroz para evitar la hambruna. La inflación se desbocó a niveles hiperinflacionarios —rozando el 700% anual en 1986—, la escasez de bienes básicos (desde jabón hasta grano) se volvió estructural y el mercado negro proliferó en cada esquina como el único y verdadero mecanismo de supervivencia ciudadana.El Estado hipertrofiado de Lê Duẩn demostró una implacable ley de la física política: el Estado policial es un mecanismo perfecto para controlar la distribución de la pobreza y racionar el hambre, pero es orgánicamente incapaz de generar abundancia. El control coercitivo jamás puede sustituir al rendimiento productivo.
La guerra como política interna: La pinza de Camboya y China
Mientras el interior del país crujía bajo la presión económica, el exterior no ofreció ni un segundo de respiro. Obsesionado con el cerco a su seguridad nacional, en diciembre de 1978, respondiendo a mortales incursiones fronterizas y buscando la hegemonía regional, Vietnam invadió Camboya en una ofensiva relámpago para derrocar al régimen genocida de los Jemeres Rojos de Pol Pot (apoyado por Pekín). Apenas dos meses después, en febrero de 1979, China lanzó una masiva y sangrienta "ofensiva punitiva" en la frontera montañosa del norte vietnamita como represalia.
De la noche a la mañana, el país entró en un nuevo ciclo de militarización total, librando una extenuante guerra en dos frentes. Vietnam se transformó en la "Prusia del Sudeste Asiático", manteniendo el cuarto ejército más grande del mundo —con cerca de 150.000 soldados empantanados en la ciénaga camboyana durante una década— mientras su población civil languidecía en la miseria.
Desde el prisma del Estado-cuartel de Lê Duẩn, estas nuevas guerras no fueron meros conflictos estratégicos regionales; cumplieron funciones de política doméstica inestimables. Reforzaron dramáticamente la narrativa patriótica de la "fortaleza asediada" frente a una amenaza externa perpetua, justificaron el endurecimiento de la disciplina partidista para cazar disidentes, y, sobre todo, postergaron sine die el incómodo debate interno sobre el estrepitoso fracaso del modelo económico comunista.
Pero el precio diplomático fue ruinoso. La ocupación agravó el aislamiento internacional de Vietnam, sometiéndolo a un embargo asfixiante liderado por EE. UU., Europa, China y la ASEAN, y provocando un desgaste material que hizo al país patéticamente dependiente de los subsidios militares y petroleros de la Unión Soviética. El Estado se volvió aún más securitario, más aislado y estructuralmente menos flexible.
Ortodoxia versus Pragmatismo: El miedo a tocar el abismo
Una lectura occidental y simplista suele presentar al Partido Comunista de Vietnam de la época como un bloque robótico y ciego. La realidad en los pasillos de Hanói era mucho más turbulenta. A comienzos de los años ochenta, bajo el peso aplastante del fracaso material, surgieron encarnizados debates internos. Facciones de cuadros más pragmáticos —a menudo procedentes del sur, como Nguyễn Văn Linh y Võ Văn Kiệt— planteaban la necesidad de reformas de supervivencia: ajustes en los precios agrícolas, el abandono sigiloso de la colectivización total mediante un "sistema de contratos" y la tolerancia controlada de mercados locales.
Pero mientras Lê Duẩn respirara, la ortodoxia más dogmática conservaba invariablemente la última palabra. La prioridad innegociable seguía siendo el monopolio político indiscutible y la cohesión ideológica por encima del bienestar material.
Aquí aparece un contraste estructural fascinante con la vecina China. Mientras que en Pekín un pragmático Deng Xiaoping ya estaba impulsando a finales de los setenta audaces reformas económicas de mercado (manteniendo intacto el control político del Partido), Vietnam se aferró a la rigidez suicida del modelo planificado durante casi una década más. Esta obstinación no fue producto de la ignorancia económica de Hanói, sino de un frío cálculo político: Lê Duẩn tenía pánico a que la apertura económica y la descentralización terminaran erosionando fatalmente la férrea cadena de mando del Partido. En términos de darwinismo geopolítico: China tuvo la agilidad de reformar su economía antes de tocar el fondo del abismo; el Vietnam de Lê Duẩn prefirió estrellarse de frente contra el fondo antes de soltar el timón.
1986: La muerte del arquitecto y la rectificación estratégica
El reloj biológico, sin embargo, resolvió lo que el debate ideológico no pudo. Lê Duẩn murió el 10 de julio de 1986. Apenas cinco meses después, en diciembre, el decisivo VI Congreso del Partido Comunista inauguró oficialmente la política de Đổi Mới (Renovación).
Es una tentación literaria afirmar que la muerte de Lê Duẩn "permitió" milagrosamente la reforma. Una formulación geopolítica más precisa es que su desaparición física disolvió la capacidad de veto de la vieja guardia ortodoxa en el instante exacto en que la presión hiperinflacionaria amenazaba con hacer implosionar al Estado, y, fundamentalmente, cuando Mijaíl Gorbachov desde Moscú (inmerso en su propia Perestroika) advirtió a Hanói que la URSS estaba en quiebra y el grifo de los subsidios soviéticos estaba a punto de cerrarse.
El Đổi Mới no fue una revolución democrática interna ni una claudicación ante los valores occidentales. Fue, en su esencia más pura, un ejercicio maestro de supervivencia corporativa por parte de la élite comunista. Una rectificación estratégica de extrema urgencia. El Partido aceptó el mercado libre como herramienta técnica de asignación, reconoció la inversión extranjera capitalista como salvavidas, y permitió una agresiva descentralización económica, pero sin ceder un solo milímetro en el pluralismo político. El Partido Comunista no renunció a su monopolio del poder; simplemente, reconfiguró el contrato social con sus ciudadanos: libertad para consumir y enriquecerse, a cambio de sumisión política absoluta.
Conclusión: El límite definitivo del Estado-cuartel
La experiencia vietnamita bajo el puño de Lê Duẩn adquiere todo su significado histórico al someterla al espejo de otros autoritarismos asiáticos. Mientras la China posmaoísta apostó por la reforma económica temprana bajo control político, la Birmania del general Ne Win eligió el aislamiento hermético crónico sin corrección estructural profunda, y Corea del Norte optó por la rigidez estalinista absoluta sostenida mediante la militarización teocrática. Vietnam ocupó un doloroso y sangriento punto intermedio: mantuvo la asfixia marcial hasta el último segundo posible, cuando la inminente implosión económica forzó una adaptación in extremis.
El autoritarismo socialista de alto nivel no suele colapsar por una repentina falta de disciplina policial o de propaganda; fracasa irremediablemente cuando la exigencia dogmática de disciplina y la viabilidad material para dar de comer a la población dejan de coincidir.
Lê Duẩn cumplió su misión histórica principal: garantizó que el Partido Comunista sobreviviera a la guerra más destructiva del siglo y no perdiera el control en la paz. Construyó un aparato coercitivo tan disciplinado que fue capaz de imponer la uniformidad sobre un país sociológicamente partido por la mitad. Pero, en el proceso, su inmensa paranoia convirtió a la seguridad nacional en el único idioma organizador de la vida civil, asfixiando a su propio pueblo cuando el desafío ya no requería artillería antiaérea, sino tractores e inversión exterior.
La paradoja definitiva de su biografía es insoslayable: sin la brutalidad implacable de Lê Duẩn, el incipiente Estado vietnamita probablemente se habría fragmentado o disuelto en el caos tras la victoria de 1975 frente a un Sur resentido. Pero, a causa de su asfixiante dogmatismo, el Partido llegó a 1986 siendo institucionalmente invulnerable, pero dirigiendo un país exhausto, aislado y en bancarrota.
El milagro económico del Đổi Mới que transformó a Vietnam en el "tigre asiático" y la superpotencia manufacturera de hoy no nació ideológicamente contra su legado; nació inmediatamente después de él, apoyándose precisamente en la estabilidad del régimen policial que él había construido. Y ese matiz histórico es vital. Porque el pujante, hipercapitalista y globalizado Vietnam contemporáneo no representa una ruptura política con el Estado-cuartel que Lê Duẩn consolidó. Es, simplemente, la prueba irrefutable de una ley política universal: que incluso los sistemas de ingeniería estatal más implacables y disciplinados del planeta deben aprender, tarde o temprano, que gobernar exige administrar algo más que la simple obediencia.
Bibliografía
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