El Termidor pekinés: "El juicio de los Cuatro", el fin de la Revolución Cultural y la pervivencia del Partido.
El teatro de Estado y la absolución de la Revolución: El juicio a la Banda de los Cuatro
En el gélido invierno pequinés de 1980 a 1981, la República Popular China escenificó el ajuste de cuentas político, penal y mediático más trascendental desde su fundación en 1949. Un Tribunal Especial convocó un juicio público televisado contra quienes el nuevo liderazgo pragmático de Deng Xiaoping presentó al mundo como los arquitectos exclusivos del caos, la parálisis y la masacre de la Revolución Cultural (1966-1976). Detrás de la barandilla de los acusados, frente a un tribunal hostil, decenas de cámaras y una audiencia cuidadosamente cribada por el aparato estatal para representar la ira nacional, Jiang Qing —la temida viuda de Mao Zedong— no se comportó como una víctima dócil ni como un engranaje arrepentido. Desafiando el guion preestablecido del tribunal, protestó con furia, interrumpió a los magistrados, gritó consignas de la ortodoxia revolucionaria y se negó categóricamente a pedir perdón, espetándole a sus jueces una frase que definiría la época: "Yo era el perro del presidente Mao; a quien él me decía que mordiera, yo lo mordía".La imagen retransmitida a cientos de millones de hogares chinos no fue un error de cálculo de la censura estatal; era una coreografía deliberada que cumplía una doble función vital. Por un lado, el Estado exhibía a la bestia enjaulada para certificar ante su exhausta población que la pesadilla del fanatismo de masas había terminado. Por otro, demostraba empíricamente que el monopolio absoluto de la violencia, la legalidad y la narrativa histórica volvía a estar férreamente en manos de la burocracia del Partido Comunista.
Ese juicio histórico no fue un simple episodio de justicia transicional. Fue un acto maestro de refundación nacional. A finales de la década de 1970, la República Popular necesitaba salir desesperadamente del trauma de la Revolución Cultural sin cometer el suicidio institucional de declarar ilegítimo el maoísmo, su propio mito fundacional. Necesitaba purgar los "excesos" sanguinarios de la década anterior sin condenar el núcleo sistémico que los había permitido. Y para lograr esta cuadratura del círculo, el Partido construyó el cortafuegos político más perfecto de la historia moderna: la Banda de los Cuatro.
Jiang Qing y la cultura como tecnología de aniquilación
Despachar históricamente a Jiang Qing bajo la etiqueta machista y simplista de "la esposa ambiciosa" o "la Lady Macbeth de Pekín" es una forma extraordinariamente superficial de leer el colapso de la era Mao. Su singularidad política no residió únicamente en su proximidad física de alcoba al líder supremo. Su verdadera letalidad radicó en su aguda intuición sociopolítica: comprendió antes que nadie que, en un sistema de partido único donde el poder duro (el ejército y la administración) ya estaba saturado por la vieja guardia, controlar la cultura de masas equivalía a controlar la legitimidad misma del Estado.
Antes de 1966, Jiang había mantenido un perfil político intencionadamente limitado en las sombras de Zhongnanhai. Su verdadero capital residía en su pasado como actriz en el efervescente Shanghái de los años treinta: poseía una comprensión instintiva de la dramaturgia, el cine y el lenguaje simbólico. Cuando estalló la Revolución Cultural, ese conocimiento escénico mutó en un arma de destrucción masiva. De la noche a la mañana, lo "cultural" dejó de ser un sector administrativo inofensivo para convertirse en el campo de batalla definitivo por el alma de China. Jiang se convirtió en la inquisidora suprema de la ortodoxia, dictaminando qué podía ver, leer y pensar la nación más poblada de la Tierra.Su intervención más visible y devastadora fue la reingeniería del arte como propaganda total y excluyente. Bajo su férrea tutela, se prohibió prácticamente toda la herencia cultural milenaria china y la influencia occidental, consolidando en su lugar el asfixiante canon de las "Obras Modelo" (yangbanxi). Este minúsculo repertorio —estrictamente limitado a cinco óperas, dos ballets y una sinfonía— fue diseñado para el consumo obligatorio de casi mil millones de personas durante una década. Las obras fijaban la estética, la moral y la línea política del Partido en un solo paquete hipnótico, sustituyendo cualquier ambigüedad humana por un binarismo feroz: los héroes siempre eran proletarios "rojos" e inmaculados, y los enemigos eran burgueses "negros" e irremediablemente corruptos.
Esta purificación estética no es un mero detalle culturalista para historiadores del arte; es un dato de ciencia política aplicada de primer orden. Jiang Qing comprendió una ecuación aterradora: si el Estado define monopolísticamente quién tiene derecho a ser considerado un héroe en el escenario, el Estado define automáticamente quién tiene el derecho a gobernar —o a ser ejecutado— en la calle. La cultura había dejado de ser un adorno; era la tecnología de poder más profunda del régimen.
El cortafuegos humano: una facción real y una coartada perfecta
La etiqueta "Banda de los Cuatro" englobaba a Jiang Qing y a tres de sus lugartenientes más radicales del aparato de propaganda: el astuto teórico Zhang Chunqiao, el dogmático ideólogo Yao Wenyuan y el joven advenedizo sindical Wang Hongwen. En términos fácticos, fueron una constelación de poder absolutamente real. Durante el caos de la Revolución Cultural, aprovecharon el vacío dejado por la purga de las élites moderadas para transformar los medios de comunicación y las furiosas milicias urbanas de Shanghái en su propia plataforma política, persiguiendo implacablemente a la burocracia estatal, incluyendo al mismísimo Deng Xiaoping.
Pero, tras la muerte de Mao, la nomenclatura burocrática sobreviviente descubrió que la etiqueta funcionaba maravillosamente como un dispositivo de simplificación narrativa. Si el inmenso desastre nacional —que destrozó la economía, cerró las universidades y causó la muerte o persecución de millones de personas— tenía únicamente cuatro culpables intelectuales claramente delineados, el resto de la vasta maquinaria estatal podía exonerarse a sí misma. Millones de cuadros del partido, militares y líderes provinciales que habían participado entusiastamente en los linchamientos y las purgas podían ahora lavarse las manos y seguir gobernando sin cuestionar la arquitectura del poder que había hecho posible la masacre.
El proceso de 1980 no fue un juicio contra la naturaleza intrínseca del sistema totalitario comunista; fue un juicio contra una "desviación" patológica de ese sistema. Aquí reside la genialidad táctica de la transición china: la Banda de los Cuatro fue, de forma simultánea, una facción extremista real y el chivo expiatorio perfecto. Fueron a la vez los verdugos de una década y el guion de salvación institucional de la década siguiente.
El golpe de 1976 y la propiedad de la Revolución
El verdadero momento decisivo en la caída del radicalismo no ocurrió en los tribunales bajo los focos en 1980, sino en el vacío de poder y las sombras de 1976. Tras la muerte de Mao Zedong el 9 de septiembre de ese año, el dilema que enfrentaba la asediada cúpula del Partido era existencial y de resolución inmediata. Si la facción de Jiang Qing ganaba la guerra de sucesión blandiendo el testamento ideológico del líder, el país, al borde de la bancarrota, se precipitaría hacia una nueva ronda de histeria sectaria. Si, por el contrario, se neutralizaba a los radicales, la maniobra debía ejecutarse sin detonar una guerra civil y sin romper la sagrada continuidad del Partido.
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| Hua Guofeng y Ye Jianying |
El mensaje implícito que envió este golpe silencioso fue doble y definitivo: primero, que a pesar del caos asambleario de la década anterior, el Partido y sus fusiles seguían siendo el único Estado posible; y segundo, que era ese núcleo duro del Estado —y no las masas enfurecidas de Guardias Rojos en las calles— quien tenía la autoridad exclusiva para decidir dónde y cuándo terminaba oficialmente la "revolución". A diferencia de lo que gran parte del mundo esperaba, en China no hubo una transición democrática tras la muerte del dictador; hubo, simple y llanamente, una implacable transición de coaliciones oligárquicas.
El Termidor de Deng Xiaoping: Ingeniería de poscrisis
En Occidente, los analistas y corresponsales suelen despachar el juicio de 1980–1981 con el despectivo término de show trial (juicio farsa). Y aunque su naturaleza coreografiada y su evidente función propagandística justifican la etiqueta, esa lectura pierde un matiz analítico estructural: el proceso fue un gigantesco esfuerzo de institucionalización jurídica por parte de un Estado en reconstrucción.
Una sólida línea de la academia política interpreta este tribunal especial como el momento fundacional de la nueva legalidad socialista de la era pos-Mao. Su objetivo, bajo la innegable dirección de Deng Xiaoping, nunca fue democratizar el país ni someterse al Estado de Derecho occidental, sino reordenar burocráticamente la memoria colectiva del trauma. Al juzgar a la Banda bajo un incipiente código penal, el régimen buscaba trazar una línea roja nítida entre "errores de liderazgo" (cometidos por el propio Mao, intocable en su mausoleo de la Plaza de Tiananmen) y "crímenes contrarrevolucionarios" (perpetrados por la viuda y sus acólitos), ofreciendo un veredicto aséptico que permitiera a la nación pasar la página y volver a trabajar.El paralelismo histórico adecuado para entender este fenómeno no son los Juicios de Núremberg de 1945 —que certifican la aniquilación externa y el desmantelamiento total de un régimen tras una derrota militar—, sino la Reacción de Termidor en la Revolución Francesa. En Pekín, al igual que en el París de 1794 tras la caída de Robespierre, la Revolución jamás se declara culpable a sí misma; declara culpables de alta traición a quienes, por exceso de celo o perversidad, "deformaron" su espíritu original. Se ejecuta el exceso radical para poder blindar y salvar los órganos vitales del sistema conservador.
El cierre jurídico y la absolución histórica
Las sentencias dictadas en enero de 1981 reflejaron una calibración política milimétrica: se exigió el suficiente castigo para dramatizar la ruptura moral ante el país, pero se mantuvo la contención necesaria para no convertir a los acusados en mártires ejecutados inmediatamente por el Estado.
Jiang Qing y el frío estratega Zhang Chunqiao (quien mantuvo un silencio de absoluto desprecio durante todo el juicio) fueron condenados a muerte con una "suspensión de dos años" —una figura jurídica china diseñada para conmutar la pena a cadena perpetua si el reo muestra sumisión, lo cual ocurrió discretamente en 1983—. El joven Wang Hongwen recibió cadena perpetua, y el propagandista Yao Wenyuan fue sentenciado a veinte años de prisión. Jiang Qing nunca volvería a pisar la calle; enferma de cáncer, moriría en arresto domiciliario en 1991, en lo que la versión oficial del Estado catalogó lacónicamente como un suicidio por ahorcamiento.
El legado de Jiang Qing y la Banda de los Cuatro trasciende la caricatura de villanos de película de época. Es el recordatorio perpetuo y ominoso de que, en los Estados totalitarios, la cultura jamás es un adorno estético; es una tecnología balística de dominación. Quien controla la sintaxis, el teatro y los héroes de una nación, acaba dictando la realidad material de su política.
Pero el legado más profundo de la Banda de los Cuatro es, irónicamente, su inmensa utilidad póstuma para el régimen que los aplastó. Su defenestración operó como el enorme tanque de oxígeno que permitió a China cruzar el umbral hacia la era del pragmatismo capitalista de "reforma y apertura" de Deng Xiaoping sin tener que arrastrar a Mao Zedong al fango de los tribunales, sin criminalizar a las instituciones del Partido Comunista y, sobre todo, sin abrir la caja de Pandora que encerraba la pregunta política más radiactiva de todas:
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| Imagen sacada de The New York Times |
La respuesta oficial de la burocracia china fue de una elegancia tan pragmática como devastadora: "No falló el sistema; falló la banda".
Con esa fría e implacable operación de cirugía política y amnesia selectiva, el Partido Comunista no solo condenó a cuatro de sus hijos más radicales. Reconstruyó su propia legitimidad, absolvió su historia y se compró, a sangre y fuego, medio siglo más de supervivencia en el poder.
Bibliografía
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Roderick MacFarquhar & Michael Schoenhals — Mao’s Last Revolution. Belknap Press of Harvard University Press, 2006.
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Ross Terrill — Madame Mao: The White-Boned Demon (Revised Edition). Stanford University Press, 2000.
Roderick MacFarquhar & Michael Schoenhals — La revolución cultural china. Editorial Crítica, 2009.
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Frank Dikötter — La Revolución Cultural: Una historia popular (1962–1976). Acantilado, 2025.








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