El Estado como botín: Ferdinand Marcos y la arquitectura de la cleptocracia filipina (1965–1986)
"Si el siglo XX asiático conoció tiranos movidos por el fanatismo ideológico, Filipinas alumbró una variante mucho más moderna y cínica: el dictador administrador del saqueo. Cómo Ferdinand Marcos utilizó la Ley Marcial de 1972 no para salvar a la nación, sino para extorsionar a un país entero bajo la protección geopolítica de Washington. La Ley Marcial de 1972 no fue un trágico paréntesis para frenar una insurrección comunista; fue la herramienta de ingeniería jurídica que permitió a Marcos pasar de una presidencia constitucional limitada a un orden cleptocrático permanente. En el sistema Marcos, la corrupción no era un fallo administrativo ni una desviación moral ocasional; era el sistema mismo. El Estado filipino dejó de recaudar para gobernar, y empezó a gobernar exclusivamente para repartir."
El Estado como botín: Ferdinand Marcos y la arquitectura de la cleptocracia (1965–1986)
Si el autoritarismo asiático del siglo XX posee una variante particularmente cínica y moderna —alejada del dictador "ideológico" en busca de utopías sangrientas, y encarnada en la figura del autócrata corporativo como supremo "administrador del saqueo"—, el filipino Ferdinand Emmanuel Edralin Marcos es su caso de estudio clínico. Durante sus dos décadas en el poder, Marcos no se limitó a concentrar la autoridad política en sus manos; reconfiguró desde los cimientos la anatomía del Estado filipino para transformarlo en una insaciable máquina de compra de lealtades, financiada por la deuda externa masiva, la adjudicación de monopolios y una represión milimétricamente legalizada.
Su innovación histórica no fue inventar la corrupción en un archipiélago ya acostumbrado al clientelismo desde la era colonial española y estadounidense. Su letal genialidad fue elevar la corrupción a rango de ingeniería estatal, convirtiéndola en el sistema operativo central del gobierno. La infame declaración de la Ley Marcial en 1972 a menudo se lee en Occidente como un trágico paréntesis en la historia democrática del país. Sin embargo, para la ciencia política, no fue una anomalía ni una reacción de pánico: fue el sofisticado mecanismo que permitió al régimen transitar de una presidencia constitucional fuerte a un orden cleptocrático total, estable y blindado.
Democracia frágil y el precio de la reelección (1965-1969)
Para entender el ascenso de Marcos, hay que observar las ruinas sobre las que edificó su imperio. Filipinas entró en la turbulenta década de los sesenta presumiendo de poseer las instituciones electorales formales más antiguas de Asia. Pero bajo ese barniz democrático latía un sistema feudal profundamente arraigado: inmensas dinastías terratenientes, clanes políticos regionales, clientelismo de base, ejércitos privados locales y una economía crónicamente vulnerable.
Ferdinand Marcos llegó a la presidencia en 1965 presentándose como el antídoto contra ese estancamiento. Era un abogado asombrosamente brillante, un hábil orador con un instinto innato para el espectáculo de masas —complementado por su omnipresente esposa, Imelda— y poseía una lectura quirúrgica del Estado como plataforma de acumulación de poder. Su primer mandato se empaquetó bajo la seductora narrativa de la "modernización": construcción masiva de infraestructuras, disciplina nacional y la Revolución Verde agrícola.
Pero este modelo expansivo tenía una trampa mortal: dependía casi en exclusiva del gasto público desbocado y el endeudamiento internacional. En 1969, Marcos logró convertirse en el primer presidente filipino en ser reelegido, pero lo hizo mediante una campaña marcada por una compra de votos tan obscena y una expansión fiscal tan temeraria que vació las arcas del Estado. A la mañana siguiente de su victoria, el país amaneció sumido en una severa crisis de balanza de pagos. La subsiguiente devaluación del peso y la presión inflacionaria desencadenaron protestas estudiantiles masivas —la llamada "Tormenta del Primer Trimestre" de 1970— y revitalizaron a la guerrilla comunista del Nuevo Ejército del Pueblo (NPA).
El preludio económico dictaba la deriva política: cuando el rendimiento material que justifica a un líder se tambalea, el autoritarismo siempre encuentra su mejor argumento para justificar la represión.
1972: La Ley Marcial como ingeniería del robo
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| Creditos de world mission magazine. |
A medida que se acercaba el final de su segundo mandato, Marcos se enfrentaba a un muro legal infranqueable: la Constitución de 1935 le prohibía presentarse a una tercera reelección. La solución a este callejón sin salida no fue electoral, fue marcial.
El 21 de septiembre de 1972, Marcos firmó la histórica Proclamación N.º 1081, declarando la Ley Marcial en todo el archipiélago. Oficialmente, en un dramático discurso televisado, justificó la medida citando la inminente amenaza de una toma de poder comunista y una ola de violencia urbana, cuyo clímax fue una supuesta emboscada armada contra el coche de su ministro de Defensa, Juan Ponce Enrile (décadas después, durante el colapso del régimen, el propio Enrile confesaría que el atentado había sido un burdo montaje teatral escenificado por el gobierno).
En términos estructurales, la Ley Marcial no buscaba pacificar el país; buscaba decapitar los límites constitucionales a su permanencia en el Palacio de Malacañang. En una sola noche de redadas sincronizadas, Marcos ejecutó una cirugía radical: suspendió las garantías constitucionales (habeas corpus), clausuró el Congreso, expropió los periódicos y cadenas de televisión independientes, subordinó al Tribunal Supremo y arrestó a miles de activistas, periodistas y a sus principales rivales políticos, encabezados por el popular senador Benigno "Ninoy" Aquino Jr.
Bajo la doctrina Marcos, la represión policial y militar no era un daño colateral por el bien del orden civil; era la condición de posibilidad indispensable para poder aislar a la sociedad y saquear el país sin testigos ni auditores.
Capitalismo de Amigotes: La privatización del Estado
Con la oposición silenciada, el sistema comenzó a operar a plena capacidad como una gigantesca economía política de concesiones exclusivas. El término Crony Capitalism (Capitalismo de amigotes) adquirió su trágico significado moderno en Manila. El presidente utilizó sus poderes dictatoriales para despojar a la vieja oligarquía rival de sus empresas y entregárselas a una nueva élite de testaferros incondicionales.La arquitectura del botín era tan asombrosa como descarada: Eduardo "Danding" Cojuangco Jr. recibió el monopolio absoluto sobre la vital industria del coco (de la que dependía un tercio de la población filipina); Roberto Benedicto se convirtió en el zar indiscutible del azúcar y de los medios de comunicación controlados por el Estado; y Herminio Disini monopolizó el tabaco. En paralelo, la Primera Dama, Imelda Marcos, sufría de lo que la prensa bautizó como un agudo "complejo de edificación" (Edifice Complex), dilapidando miles de millones de fondos públicos en la construcción de faraónicos centros culturales y palacios de convenciones que actuaban como sumideros de sobrecostes.
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| Parte del tesoro de Imelda Marcos |
Como resultado matemático de esta hemorragia, la deuda externa del país pasó de apenas 600 millones
de dólares en 1965 a la asfixiante cifra de 26.000 millones en 1986. Investigaciones forenses independientes y del Banco Mundial calculan que la familia Marcos expolió entre 5.000 y 10.000 millones de dólares. La corrupción no era una desviación del sistema; era el pegamento mismo del Estado. Filipinas se transformó en un leviatán extractivo: el gobierno no recaudaba para administrar; gobernaba única y exclusivamente para repartir.
El Escudo Geopolítico: La tolerancia estratégica
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| Base Naval de Subic Bay |
En el agobiante tablero de la Guerra Fría en Asia —con los tanques norvietnamitas entrando en Saigón en 1975—, Filipinas era el portaaviones insumergible de Estados Unidos. El archipiélago albergaba la Base Aérea de Clark y la Base Naval de Subic Bay, las dos instalaciones militares estadounidenses más grandes del mundo fuera de su territorio nacional. Marcos, un maestro del chantaje diplomático, supo explotar esa geografía al milímetro. Ofreció a las sucesivas administraciones en Washington (Nixon, Ford, Carter y Reagan) una promesa irresistible: estabilidad absoluta y alineamiento anticomunista irrestricto, a cambio de dólares, armamento y una total ceguera voluntaria ante el saqueo y las cámaras de tortura.
Mientras el régimen asegurara el perímetro geopolítico estadounidense en el Pacífico, su margen demaniobra interno era infinito. La cleptocracia filipina jamás fue un secreto para la CIA; fue, sencillamente, un coste asumido. Como le dijo el entonces vicepresidente George H.W. Bush a Marcos durante un bochornoso brindis en Manila en 1981: "Amamos su adhesión a los principios democráticos y a los procesos democráticos".
1983: Sangre en la pista y el colapso de la legitimidad
A pesar de su aparente invulnerabilidad, el monumental edificio de Marcos comenzó a descomponerse en la década de los ochenta cuando sus pilares maestros fallaron en cadena. La primera crisis fue material: los tipos de interés globales se dispararon (el Volcker Shock), los precios mundiales del azúcar y el coco se hundieron, y la burbuja de deuda de los cronies estalló, sumiendo a Filipinas en la peor recesión de su historia.
Pero el colapso definitivo fue catalizado por un acto de soberbia letal. El 21 de agosto de 1983, Benigno "Ninoy" Aquino, el histórico líder de la oposición, regresó de su exilio en Estados Unidos con la intención de buscar una transición pacífica. Apenas segundos después de pisar la escalerilla del avión en el aeropuerto de Manila, escoltado por docenas de militares del régimen, fue asesinado de un disparo en la cabeza.Aquel charco de sangre sobre el asfalto destruyó instantáneamente la falsa narrativa de "orden y seguridad" que sustentaba a la dictadura. El asesinato a plena luz del día cruzó una línea roja imperdonable para la propia élite filipina: si el Estado podía ejecutar al opositor más famoso del país bajo custodia militar, nadie estaba a salvo.
La fragmentación de las élites fue inmediata. La burguesía financiera de Makati, aterrorizada por la inestabilidad, sacó su dinero del país hundiendo el peso. La poderosa Iglesia Católica filipina, liderada por el influyente Cardenal Jaime Sin, y sectores profesionales del propio ejército comprendieron que la continuidad de Marcos garantizaba la ruina nacional y la guerra civil. El asesinato de Aquino fue el punto de no retorno: convirtió lo que antes era un debate político exiliado en un movimiento masivo de indignación moral interclasista, liderado por su viuda, Corazón Aquino.
1986: People Power y la fractura final
Acorralado por la bancarrota económica, su propia salud en declive crónico y la presión de un Washington que empezaba a verle como un pasivo tóxico, Marcos cometió su último error de cálculo: convocó elecciones presidenciales anticipadas (snap elections) en febrero de 1986 para fingir legitimidad ante el mundo y apaciguar al Congreso estadounidense.El masivo y descarado fraude electoral ejecutado por el gobierno provocó un cortocircuito en el sistema. Cuando treinta técnicos informáticos de la comisión electoral gubernamental (COMELEC) abandonaron sus puestos en protesta ante las cámaras denunciando la manipulación de los votos, la indignación se volcó a la calle.La caída de Marcos no fue producto de una épica insurgencia guerrillera armada saliendo de las selvas. Fue una clásica y fulminante "fractura de coalición". El 22 de febrero, su ministro de Defensa, Juan Ponce Enrile, y el vicejefe de las Fuerzas Armadas, el general Fidel Ramos, se amotinaron. Fue el Cardenal Sin quien llamó a través de la emisora Radio Veritas a millones de civiles a salir a la histórica Avenida EDSA para proteger con sus propios cuerpos a los militares rebeldes frente a los tanques leales al dictador.
Fue el triunfo incruento de la Revolución del People Power. Las tropas enviadas por Marcos se negaron a disparar contra monjas y estudiantes arrodillados en el asfalto. Cuando el aparato coercitivo se niega a apretar el gatillo y la legitimidad se evapora, incluso la dictadura más atrincherada de Asia cae en cuestión de horas. Tras recibir una llamada del senador estadounidense Paul Laxalt sugiriéndole un "corte limpio", la noche del 25 de febrero la familia Marcos huyó hacia el exilio a bordo de helicópteros militares de EE. UU., dejando atrás un país saqueado y las cajas fuertes de palacio vacías.
Conclusión: El legado de un Estado envenenado
Ferdinand Marcos no solo vació las reservas del Banco Central; dejó dos herencias institucionales letales que aún atormentan el atlas geopolítico asiático. La primera fue la normalización psicológica del Estado como un inmenso botín corporativo dentro de una democracia, una cultura de patronazgo y clientelismo que hipertrofió a límites inimaginables. La segunda, la creación de un siniestro manual de instrucciones sobre cómo el autoritarismo más rapaz puede instalarse y justificar el desmantelamiento de una república bajo el aséptico lenguaje del "desarrollo", la "tecnocracia" y la "seguridad nacional".
La Revolución de EDSA logró expulsar al dictador, pero fue trágicamente incapaz de desmantelar las
profundas estructuras de la oligarquía ni la lógica feudal de los clanes que Marcos manipuló. Una realidad dolorosamente confirmada en 2022, cuando su propio hijo, Ferdinand "Bongbong" Marcos Jr., regresó triunfalmente a la presidencia del país, cabalgando sobre una gigantesca e impune campaña de blanqueamiento histórico en redes sociales.
En Manila, el régimen de Ferdinand Marcos no se derrumbó simplemente por la condena ética de que robaba a manos llenas. Cayó, estrepitosamente, el día que perdió la capacidad de convencer a sus generales, a la burguesía y a la Casa Blanca de que seguir robando era compatible con la supervivencia de la nación.
Bibliografía
Sanz Díaz, Carlos, ed. Autoritarismo y transición en Asia. Madrid: Catarata, 2007.
Bertrand, Romain. El Estado y el poder en el Sudeste Asiático. Barcelona: Bellaterra, 2005.
Hutchcroft, Paul D. Booty Capitalism: The Politics of Banking in the Philippines. Ithaca: Cornell University Press, 1998.
McCoy, Alfred W. Closer Than Brothers: Manhood at the Philippine Military Academy. New Haven: Yale University Press, 1999.
McCoy, Alfred W., ed. An Anarchy of Families: State and Family in the Philippines. Madison: University of Wisconsin Press, 1993.









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