Camboya, anatomía de un simulacro: Hun Sen y la perfección del autoritarismo electoral.

"El régimen de Camboya descubrió la fórmula política definitiva del siglo XXI: no necesitas abolir la democracia ni prohibir las urnas si utilizas a los tribunales, la burocracia y el dinero chino para asegurarte de que ningún rival llegue vivo al día de las elecciones. Hun Sen entendió una lección que los autócratas modernos veneran: la trampa electoral del siglo XXI no consiste en robar urnas a medianoche, sino en robar rivales a plena luz del día mediante sentencias judiciales Hun Sen no es un dictador analógico del siglo XX que prohíbe las elecciones; es un autócrata digital que entendió que es mucho más efectivo organizar elecciones en las que es matemáticamente imposible perder. Tu texto desgrana magistralmente los engranajes de esta "ceremonia de continuidad": tribunales que disuelven rivales, burocracia que asfixia ONGs y una geopolítica (China) que financia la represión. La transición de poder hacia su hijo, Hun Manet, demostró que Camboya ha perfeccionado la anomalía política definitiva: una monarquía absoluta que opera bajo el camuflaje jurídico de una democracia parlamentaria."


La anatomía del simulacro: Hun Sen y la perfección del autoritarismo electoral

En julio de 2023, Camboya acudió a las urnas. Las agencias de noticias internacionales fotografiaron largas colas de ciudadanos bajo el sol monzónico, dedos entintados como prueba cívica y autoridades electorales proclamando la absoluta "normalidad" democrática del país. Sin embargo, el detalle que dictamina la verdadera historia de la nación del sudeste asiático no reside en la tinta morada de los pulgares, sino en la macabra ausencia de adversarios en las papeletas. Días antes de los comicios, la principal fuerza opositora del país, el Candlelight Party (Partido de la Luz de las Velas), fue inhabilitada burocráticamente por el Comité Nacional Electoral (NEC). Sin rivales a la vista, el Partido Popular de Camboya (CPP) del incombustible Hun Sen se alzó con 120 de los 125 escaños del parlamento.

El régimen de Phnom Penh ha descifrado la fórmula perfecta de la tiranía posmoderna: ya no necesita prohibir la palabra "democracia" ni recurrir a los tanques en las calles. Le basta con domesticar milimétricamente el procedimiento. Con tribunales sumisos, una administración electoral capturada, leyes redactadas a medida, medios de comunicación clausurados y una memoria latente de violencia política letal, el resultado es una hegemonía asfixiante que se legitima mediante la mera repetición técnica. Elección tras elección, la competición política se ha vaciado de contenido para convertirse en un aséptico decorado de cartón piedra. Hun Sen ha demostrado al mundo una regla de oro del autoritarismo contemporáneo: la trampa moderna no consiste en robar votos a medianoche; consiste en robar rivales a plena luz del día.


Del monasterio a las purgas: La forja de un autócrata

Para comprender la asombrosa longevidad de este sistema, es imperativo analizar la biografía de su arquitecto. Hun Sen no es un burócrata de escuela de negocios; es un superviviente forjado en uno de los episodios más sanguinarios del siglo XX. Formado inicialmente en un monasterio budista, se unió a las guerrillas comunistas a finales de la década de 1960. Integrado en las filas de los temibles Jemeres Rojos de Pol Pot, desertó y huyó a Vietnam en 1977 antes de ser devorado por las purgas internas de la cúpula genocida. Regresó tras la invasión vietnamita de 1979 montado en los tanques de Hanói, integrándose en el nuevo gobierno respaldado por los ocupantes. A base de una implacable astucia táctica, en 1985, con apenas 32 años, se convirtió en el primer ministro más joven del mundo.


La clave estructural de su poder radica aquí: Camboya no transitó de la guerra civil hacia un contrato social limpio e institucionalizado. Salió de los campos de exterminio hacia un Estado crónicamente frágil donde la coerción física, la lealtad de las milicias armadas y las redes de patrocinio personal pesaban infinitamente más que cualquier frágil arquitectura constitucional impulsada desde Occidente.

Esta dinámica quedó en evidencia durante el monumental experimento de paz de 1993. La Autoridad Transitoria de Naciones Unidas en Camboya (UNTAC) desembarcó con el mandato no solo de observar, sino de organizar y administrar las primeras elecciones democráticas del país. El resultado fue un revés para Hun Sen: el partido realista FUNCINPEC, liderado por el príncipe Norodom Ranariddh, superó en votos al CPP. Pero Hun Sen, atrincherado en su control del aparato de seguridad estatal, se negó rotundamente a ceder el poder, amenazando con la secesión armada de varias provincias. Las potencias internacionales, aterrorizadas ante la perspectiva de una nueva guerra civil, claudicaron y forzaron una insólita coalición con dos primeros ministros.
El acuerdo de 1993 fue una humillación táctica, pero le enseñó a Hun Sen una lección estratégica inestimable: la legitimidad internacional (las urnas) puede ser subyugada por la coerción local (los fusiles), siempre y cuando el autócrata controle el músculo militar y la burocracia territorial. Si la urna no garantizaba su continuidad, la urna debía ser neutralizada.

El golpe de 1997: La violencia selectiva como pedagogía política

La bicefalia gubernamental era insostenible y estalló en julio de 1997. En lo que los diplomáticos occidentales intentaron suavizar como una "crisis política", Hun Sen ejecutó un sangriento golpe de Estado militar, deponiendo a Ranariddh por la fuerza de las armas. Detrás de la aséptica palabra "deposición", se ocultó una orgía de violencia selectiva meticulosamente documentada por organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Durante las semanas posteriores a los combates en Phnom Penh, se reportaron redadas masivas, desapariciones forzadas y más de un centenar de ejecuciones extrajudiciales de opositores, comandos realistas y figuras críticas.

El golpe de 1997 no fue un simple estallido de furia bélica; fue una tecnología política aplicada con precisión quirúrgica. Instauró el miedo estructural en la psique camboyana. Desde entonces, Hun Sen no ha necesitado recurrir constantemente a masacres a gran escala, porque el precedente de 1997 sigue operando como un recordatorio silencioso en cada ciclo electoral. La oposición comprendió que desafiar al CPP no implica únicamente el riesgo de una derrota parlamentaria; conlleva el peligro inminente de una purga física. La violencia no sustituyó a las elecciones en Camboya; las disciplinó brutalmente.

El pánico de 2013 y la aniquilación del ecosistema democrático

El sistema funcionó con calculada asimetría hasta 2013, el año en que el régimen asomó al abismo. En aquellas elecciones generales, una oposición unificada bajo las siglas del Partido de Rescate Nacional de Camboya (CNRP), liderada por Sam Rainsy y Kem Sokha, capitalizó el hartazgo juvenil y el descontento laboral, logrando arrebatarle casi la mitad de los escaños al todopoderoso CPP. Las masivas protestas callejeras denunciando fraude electoral paralizaron la capital durante meses.

Para las cloacas del régimen, la lectura fue aterradora e inaceptable: si una elección se vuelve incierta, el sistema corre peligro de muerte. A partir de ese momento, Hun Sen activó el protocolo de "cierre total", transformando las instituciones del Estado en armas de destrucción política masiva. El punto culminante de este lawfare autocrático llegó en noviembre de 2017. A petición del Ministerio del Interior, la Corte Suprema —presidida por un juez afiliado al partido gobernante— ordenó la disolución fulminante del CNRP por supuesta "conspiración para derrocar al gobierno" y prohibió a 118 de sus altos dirigentes participar en política durante cinco años.

La ingeniería institucional de esta maniobra, condenada por Estados Unidos, la Unión Europea y la Comisión Internacional de Juristas, fue tan elegante como devastadora. Hun Sen demostró que no necesitas ganar el debate político contra la oposición si posees el poder judicial para impedir que dicha oposición exista jurídicamente. Para asegurarse de que la disolución no dejara vacíos de poder, el gobierno impulsó enmiendas que permitieron redistribuir arbitrariamente los escaños parlamentarios y miles de puestos de concejales locales del CNRP entre partidos fantasma y cuadros afines al régimen. El CPP copó así la capilaridad total del país: comunas, jefaturas de aldea y alcaldías cayeron bajo el control de una sola maquinaria.

La maquinaria electoral: Árbitros cautivos y asfixia mediática

Con el principal adversario decapitado, el régimen procedió a blindar la propia ley electoral. El Comité Nacional Electoral (NEC), purgado de voces independientes, asumió el rol de cancerbero del sistema. Cuando en 2023 el incipiente Candlelight Party intentó aglutinar a los restos de la disidencia, el NEC denegó su registro alegando un tecnicismo burocrático kafkiano: la falta de un documento original que la policía había incautado años atrás durante una redada.

Para cerrar el círculo de control sobre la población, en junio de 2023 se aprobaron enmiendas draconianas a la ley electoral. Estas reformas no solo penalizaron a los ciudadanos que promovieran la abstención, sino que impusieron un candado de elegibilidad: solo aquellos que hubieran votado en los comicios previos podrían presentarse como candidatos en el futuro. Lejos de fomentar una "cultura cívica", esta ley buscaba crear un electorado rehén y certificar la sumisión de cualquier futuro político, filtrando a la disidencia en el exilio.

Evidentemente, esta hegemonía institucional requeriría silencio absoluto. La asfixia de la prensa independiente fue letal e implacable. En 2017, el histórico The Cambodia Daily fue obligado a cerrar tras recibir una factura fiscal multimillonaria y fabricada por el gobierno; meses después, presiones similares obligaron a Radio Free Asia a clausurar su oficina en Phnom Penh. En 2023, a pocos meses de las elecciones, el gobierno revocó sumariamente la licencia de Voice of Democracy (VOD), uno de los últimos reductos de periodismo de investigación del país. Paralelamente, la Ley de Asociaciones y Organizaciones No Gubernamentales (LANGO) otorgó al Ministerio del Interior poderes discrecionales para denegar el registro o clausurar cualquier ONG que "pusiera en peligro la estabilidad", silenciando efectivamente a la sociedad civil defensora de los derechos humanos. Sin oxígeno mediático ni vertebración social, los rivales del régimen existen, pero no respiran.

El subsuelo del poder: Dinero oscuro y la póliza de seguro china

Sin embargo, el leviatán camboyano no se sostiene exclusivamente con decretos y sentencias judiciales; está cimentado sobre una vasta e insondable red de cleptocracia y patrocinio. Investigaciones exhaustivas de organizaciones como Global Witness han mapeado cómo la familia extendida de Hun Sen y sus generales afines controlan porciones gigantescas de la economía nacional, desde concesiones madereras y mineras hasta medios de comunicación y empresas de telecomunicaciones. Esta trenza entre poder político y económico genera un flujo de capital que compra lealtades militares y soborna a las élites rurales.

Cuando este subsuelo oscuro es expuesto, el régimen reacciona con ferocidad. El asesinato a plena luz del día en 2016 del prominente analista y crítico político Kem Ley —días después de debatir públicamente en radio sobre la riqueza acumulada por la familia del primer ministro— operó como un macabro mensaje de advertencia. Aunque la justicia condenó a un pistolero solitario, el escepticismo nacional e internacional sobre los autores intelectuales fue absoluto. En regímenes de control panóptico, la impunidad suele ser el megáfono más potente del terror.

Para proteger este ecosistema feudal de las sanciones y embargos occidentales —como la retirada parcial de preferencias arancelarias (EBA) dictada por la Unión Europea en 2020 por violaciones de derechos humanos—, Hun Sen ejecutó un pivote geopolítico maestro: entregó la soberanía estratégica de Camboya a la República Popular China. Pekín se ha convertido en el benefactor absoluto del régimen, inundando el país con miles de millones de dólares en infraestructuras, presas y rascacielos sin exigir una sola condición sobre derechos humanos. La culminación de esta sumisión estratégica es la polémica Base Naval de Ream en el Golfo de Tailandia. Financiada y ampliada por China, la base acoge hoy ejercicios militares conjuntos y, según los informes de inteligencia de Washington, proporciona a la armada china su primer punto de anclaje estratégico permanente en el sudeste asiático. Con China operando como su escudo en el Consejo de Seguridad de la ONU y su banquero infinito, Camboya ha inmunizado su autoritarismo interno contra cualquier presión occidental.

El Estado como Feudo: La cuádruple hélice del poder

Sin embargo, sería un error analítico asumir que este gigantesco simulacro institucional se sostiene únicamente mediante leyes hechas a medida y el miedo abstracto. El verdadero motor de combustión interna del régimen de Hun Sen es un "Estado Neopatrimonial": una insondable red clientelar donde la separación entre el presupuesto público, los negocios privados y el patrimonio de la élite gobernante ha desaparecido por completo. La dictadura camboyana opera en la práctica como un gigantesco cártel corporativo, estructurado en cuatro anillos concéntricos de poder que garantizan la lealtad absoluta mediante el reparto sistemático del botín.

El primer anillo, el núcleo radiactivo del sistema, es la Sangre: el clan familiar. La transición escenificada en 2023 no fue un relevo generacional democrático; fue la redistribución de palancas operativas dentro del mismo clan. Hun Sen abandonó formalmente el cargo de primer ministro, pero se atrincheró como presidente del Senado y jefe de la maquinaria del CPP, operando como el centro de gravedad inamovible del régimen. Su hijo mayor, Hun Manet, asumió la jefatura de gobierno proyectando un rostro "tecnocrático" de continuidad, fuertemente respaldado por su pasado en la cúpula militar. El cerrojo genético es total: su hermano Hun Many fue aprobado por el Parlamento en 2024 como viceprimer ministro y ministro de Función Pública, garantizando que la burocracia sea un asunto de familia, mientras que Hun Manith opera desde las sombras como alto cargo de la inteligencia militar, aportando el perfil idóneo de "discreción y palanca".

Una dinastía, sin embargo, no sobrevive sin una guardia pretoriana. El segundo anillo lo conforma el Plomo: el músculo represivo. Como ha documentado HRW en sus listas sobre el ecosistema de la "Docena Sucia" (Dirty Dozen), el régimen depende de una casta castrense cimentada en la impunidad. Figuras como Vong Pisen (comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Reales - RCAF) garantizan la continuidad militar, pero el control táctico interno descansa en hombres como Sao Sokha, comandante de la letal gendarmería nacional, y Neth Savoeun, jefe nacional de la policía. El anillo más impenetrable de intimidación recae sobre Hing Bun Heang, asociado a la unidad de guardaespaldas de Hun Sen, una falange paramilitar de protección y presión. Generales históricos como Kun Kim —conectado a tramas de recursos y sanciones— o el alto responsable de inmigración Sok Phal aseguran el control administrativo territorial. La lectura desde las cloacas es clínica: Camboya no necesita ejercer un terror físico diario; le basta con tener a estos mandos leales posicionados para ejecutar "ejemplos" sangrientos cuando la disidencia asoma.

Esta colosal maquinaria coercitiva requiere liquidez infinita. Aquí entra el tercer anillo: el Oro de los oknha. El sistema se financia mediante un "capitalismo político" donde una casta de magnates y tycoons compra el codiciado título honorífico de oknha a cambio de donar religiosamente al partido. Estos oligarcas dominan los sectores que alimentan al régimen. Destacan figuras como Ly Yong Phat, senador del CPP apodado el "Rey de Koh Kong", omnipresente en el análisis de redes de élite, economías ilícitas y concesiones. Conglomerados como el Royal Group de Kith Meng monopolizan contratos y licencias, mientras que Sok Kong (Sokimex) gestionó históricamente rentas estratégicas incalculables (como la taquilla de Angkor). El zar maderero Try Pheap, sancionado por EE. UU. por redes de extracción y deforestación, ilustra cómo el saqueo medioambiental nutre al poder. La emergencia de magnates como Chen Zhi (Prince Group), consejero directo de Hun Sen, demuestra el moderno puente entre negocios y política. En Camboya, el sistema se financia por concesiones, tierra y "zonas grises"; el título de oknha funciona como el multiplicador definitivo del capital.

Y cuando alguien arroja luz sobre estas cloacas económicas (como hizo Global Witness en su
informe Hostile Takeover, documentando fortunas extraterritoriales e incluso pasaportes dorados europeos), el coste es letal. El asesinato a tiros en 2016 del popular comentarista Kem Ley, tras analizar públicamente la riqueza de los Hun, operó como un macabro mensaje de advertencia. En regímenes de control, la orden no tiene que ser explícita; el mensaje viaja por la vía indirecta de la impunidad y el miedo.

Entierro de Kem Ley (de khmer times)
Finalmente, para evitar que la pirámide implosione por envidias internas entre generales y oligarcas, el régimen utiliza un cuarto anillo: el Pegamento Institucional. Una capa de intermediarios que convierten la red mafiosa en Estado formal. El caso paradigmático es Sar Kheng, histórico ministro del Interior (1992-2023) y vicepresidente del CPP, quien controló la policía y la administración con peso propio masivo. En el relevo de 2023, la paz interna del régimen se garantizó convirtiendo los ministerios-clave en sucesiones "por apellido": el Ministerio del Interior pasó a manos de su hijo, Sar Sokha, del mismo modo que el Ministerio de Defensa recayó en Tea Seiha. Esta arquitectura de rehenes cruzados reparte los cargos, evita guerras intestinas y asegura una disciplina territorial absoluta.

La sucesión dinástica y la eternidad del sistema

La consagración definitiva de esta arquitectura de poder se materializó tras las elecciones de 2023 con la transferencia del cargo de primer ministro a su hijo mayor, el general Hun Manet, educado en West Point. Vendida por la propaganda estatal como un "relevo generacional", la transición certificó que Camboya ha perfeccionado la anomalía política suprema: una dictadura familiar hereditaria camuflada bajo la liturgia de una monarquía constitucional y un parlamento multipartidista ficticio.

Hun Sen no se ha retirado de la política; simplemente ha ascendido a la cúpula del panteón estatal. Manteniendo su férreo control como presidente del todopoderoso Partido Popular de Camboya (CPP), en 2024 asumió la presidencia del Senado. Esta maniobra está lejos de ser ceremonial: constitucionalmente, el presidente del Senado asume la jefatura de Estado en funciones cuando el rey Norodom Sihamoni se encuentra en el extranjero. Desde su nuevo trono, Hun Sen sigue dictando la política exterior (como demostró en la reciente crisis fronteriza con Tailandia en 2025) e impulsando leyes draconianas, como la reciente reforma que permite despojar de la ciudadanía camboyana a los opositores exiliados condenados por "traición".

Hun Sen no ha inventado la tiranía; la ha actualizado para el siglo XXI. Ha construido un ecosistema donde existen urnas, pero los rivales son extirpados burocráticamente; donde hay jueces, pero dictan sentencias redactadas en la sede del partido gobernante; donde hay periódicos, pero todos imprimen el mismo titular; y donde un subsuelo de corrupción galopante, amparado por los miles de millones de dólares de la superpotencia china, actúa como el cemento irrompible de la lealtad militar.

El autoritarismo electoral camboyano es un producto político terminado y exportable. Demuestra que, cuando el control de las instituciones es absoluto, las elecciones dejan de ser un mecanismo de incertidumbre democrática para convertirse en una lujosa e inofensiva ceremonia de coronación. El autoritarismo electoral camboyano es un sistema en el que las elecciones han dejado de ser un mecanismo de incertidumbre democrática para convertirse en una ceremoniosa, lujosa y letal exhibición de continuidad.

Bibliografía

  • Strangio, Sebastian. Hun Sen’s Cambodia. Yale University Press, 2014 (y ed. revisada en rústica).

  • Hughes, Caroline. The Political Economy of Cambodia’s Transition, 1991–2001. Routledge, 2003.

  • (Journal of Democracy) “Cambodia’s Transition to Hegemonic Authoritarianism.” (Artículo de síntesis sobre el giro hegemónico tras 2018; útil para encuadre).

  • Asia Maior. “Cambodia 2018–2021: From democracy to autocracy.” (Capítulo anual con enfoque politológico y cronología fina.)

  • Heinrich Böll Stiftung. “Cambodia’s National Election 2023: Pressure, Control and Legacy.” (Análisis contemporáneo, con foco en control político y legado institucional.)

  • ANFREL. “Cambodia – Democracy in Decline (Data Dive Issue No. 18).” (Lectura útil para integridad electoral y dinámica de retroceso.)

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