Brunei, la jaula de oro financiada con petróleo: Hassanal Bolkiah y la arquitectura del absolutismo contemporáneo.


"El sultanato de Brunéi ha perfeccionado la tiranía más silenciosa y estable del siglo XXI. Sin purgas visibles ni campos de reeducación, el régimen sobrevive mediante una fórmula letal: petrodólares para comprar la obediencia ciudadana, la ley islámica para convertir la disidencia en herejía, y tropas británicas para disuadir revueltas. En Brunéi, la represión no necesita ser un espectáculo de violencia estatal; opera como un anestésico profiláctico. El régimen ha descubierto que la dictadura perfecta no es aquella que te prohíbe hablar, sino aquella en la que disentir te cuesta la casa, la salud y la salvación eterna. El absolutismo brunense es una obra de equilibrismo geopolítico insólita: una teocracia radicalizada financiada por el crudo de la multinacional Shell, protegida por mercenarios Gurkhas del ejército británico y sostenida por las inversiones de la Nueva Ruta de la Seda china."

En el primer cuarto del siglo XXI, el absolutismo monárquico es una rareza en peligro de extinción, una reliquia analógica en un mundo hiperconectado que nos recuerda a los tiempos europeos del Antiguo Régimen. Sin embargo, en un diminuto y exuberante enclave de la costa norte de la isla de Borneo, el sultán Hassanal Bolkiah gobierna bajo una fórmula de poder total que apenas ha variado desde que ascendió al trono en 1967. En Brunéi no hay alternancia política nacional, ni partidos de oposición legales, ni prensa libre, ni competencia real por el poder. Tampoco hay, a simple vista, las convulsiones, las huelgas o las masacres callejeras que suelen acompañar a los autoritarismos convencionales.

La ortodoxia geopolítica occidental suele despachar esta anomalía con una pereza analítica imperdonable, reduciendo la asombrosa estabilidad del país a una simple cuestión de abundancia de hidrocarburos. Pero el secreto de Brunéi no es solo el petróleo. Es el perímetro. El sultanato no descansa únicamente sobre un océano de gas natural; descansa sobre una sofisticadísima arquitectura de control preventivo diseñada milimétricamente para que el descontento sea neutralizado años antes de que pueda alcanzar una masa crítica.

El absolutismo como sistema: El trauma de 1962

Para entender a Brunéi, hay que comprender que el absolutismo de Hassanal Bolkiah no es un capricho folclórico; es un sistema de ingeniería política profundamente cimentado en el miedo histórico. El sultán acumula en su persona, por mandato constitucional, las funciones de jefe de Estado, primer ministro, ministro de Defensa, ministro de Finanzas, ministro de Asuntos Exteriores y líder supremo de la religión islámica. El Consejo Legislativo no es un parlamento electo competitivamente, sino una cámara de eco designada a dedo para aplaudir los decretos de palacio.

Marcha del Partido Popular de Brunei
Pero la clave maestra de este candado institucional es el Estado de Emergencia. Lejos de ser una medida temporal, este decreto ha sido renovado periódicamente, sin interrupción, desde diciembre de 1962. Aquel año, bajo el reinado del padre del actual monarca, el país celebró elecciones locales. El Partido Popular de Brunéi (Partai Rakyat Brunei, PRB), de corte progresista y anticolonialista, arrasó en las urnas e intentó forzar la democratización desatando una rebelión armada. La revuelta solo pudo ser aplastada gracias a la intervención masiva de las tropas británicas despachadas de urgencia desde Singapur.

La monarquía extrajo una lección definitiva y aterradora: la apertura electoral es sinónimo de extinción. Desde entonces, el estado de excepción ha normalizado la excepcionalidad jurídica. Este marco no produce necesariamente una represión masiva y ruidosa, sino algo mucho más eficaz para la supervivencia del Estado: produce previsibilidad absoluta. Y en política, la previsibilidad sostenida reduce matemáticamente el incentivo al desafío. La contradicción estructural del régimen, sin embargo, es evidente: promete un orden civil impecable a cambio de la erradicación total de la política ciudadana.

El núcleo duro y el perímetro gris: La seguridad preventiva

El pilar sobre el que descansa esta paz sepulcral es el Acta de Seguridad Interna (Internal Security Act, ISA - Cap. 133). Heredada de la administración colonial británica para combatir insurgencias, esta legislación permite al Estado ejecutar detenciones preventivas indefinidas por motivos abstractos de "seguridad nacional", sin necesidad de presentar cargos formales ni celebrar un juicio ordinario previo.


La verdadera fuerza letal de la ISA no reside en que los calabozos de Bandar Seri Begawan estén abarrotados de presos políticos —que no lo están—, sino en su omnipotente disponibilidad permanente. Es un recordatorio institucional, una espada de Damocles suspendida sobre el cuello de cada ciudadano: el Estado puede intervenir y aniquilar tu libertad civil antes de que una amenaza se consolide. En términos prácticos, la ISA neutraliza cualquier red disidente en fase embrionaria, reduce a cero la probabilidad de organización opositora y genera una autocensura preventiva abrumadora. El mensaje implícito es tan claro como el agua: la seguridad del monarca siempre precede a los derechos del individuo.

Cuando el desafío no amerita la fuerza bruta de la ISA, el régimen despliega su "perímetro gris": un ecosistema de leyes diseñado para delimitar asfixiantemente el discurso público y la movilización civil. Normas como la Ley de Sedición (Sedition Act, Cap. 24), la Ley de Difamación (Defamation Act, Cap. 192) y la Ley de Orden Público (Public Order Act, Cap. 148) tipifican como delito penal cualquier expresión considerada sediciosa, la difusión de información "falsa" que desagrade al Palacio o la más mínima perturbación de la armonía comunitaria.

No es necesario encarcelar a la disidencia a gran escala; basta con que el marco legal sea deliberadamente ambiguo. El efecto inmediato es un ecosistema mediático domesticado. En 2016, cuando el prestigioso diario independiente The Brunei Times publicó un artículo que incomodó a las autoridades, fue forzado a cerrar sus puertas de la noche a la mañana. La sociedad digital conoce, con terrorífico detalle, dónde están las líneas rojas. En este modelo, el Estado se ahorra el altísimo coste diplomático de la censura espectacular, porque la autocensura ciudadana cumple gratuitamente la función de estabilizador sistémico.

La teología como cerrojo: Internet, MIB y la Sharía

En la era digital, el régimen ha tenido que sofocar el potencial subversivo de Internet, pero lo ha hecho utilizando el arma más antigua e inexpugnable de la humanidad: Dios. La Autoridad para la Industria de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (AITI) articula con precisión quirúrgica qué contenidos activan a la Policía Real y al Ministerio de Asuntos Religiosos: sedición, difamación, y de forma crucial, los insultos al islam o al Profeta.

Aquí aparece la innovación represiva más audaz del sultán, fundamentada en la ideología oficial del Estado: Melayu Islam Beraja (MIB - Monarquía Islámica Malaya). Esta doctrina, impuesta desde la independencia en 1984, fusiona la raza malaya, la fe islámica y la lealtad absoluta al trono en un solo bloque indisoluble. En 2014, culminando su aplicación estricta en 2019, Brunéi introdujo el Código Penal de la Sharía (Syariah Penal Code Order), integrando castigos islámicos severos (como la lapidación y la amputación) a nivel estatal.

Esta decisión no fue motivada únicamente por el fervor religioso de un monarca envejecido; fue una calculada tecnología de Estado. Al fusionar la ley civil con la jurisprudencia divina, el régimen elevó exponencialmente el coste de la disidencia. La política se moralizó de forma absoluta. En la Brunéi contemporánea, criticar las políticas del sultán ya no es un simple acto de rebeldía administrativa; es tipificado teológicamente como un pecado y una herejía. Y, en una sociedad profundamente conservadora, disputar la viabilidad de un ministerio es posible, pero disputar la moralidad impuesta por Dios es un suicidio inasumible.

El "Shellfare State": Patronazgo, dependencia y control blando

No obstante, el instrumento más eficaz del absolutismo brunense no es su aparato coercitivo ni su ortodoxia religiosa, sino su asombrosa estructura material. Brunéi es el caso de estudio perfecto del Estado rentista, impulsado casi en su totalidad por la Brunei Shell Petroleum (una empresa conjunta a partes iguales entre el gobierno y la multinacional energética europea). Este modelo de "Shellfare State" ha tejido una red de dependencia material ineludible.

El sultán compra el silencio de sus súbditos mediante un contrato social irrechazable: ausencia total de impuestos sobre la renta personal, provisión masiva de un lucrativo empleo público, educación y sanidad gratuitas universales, créditos a bajísimo interés y subsidios astronómicos a la vivienda, la electricidad y los combustibles.

En un contexto de bienestar artificialmente subsidiado, la disidencia no solo es un riesgo penal; es un suicidio económico. Si te opones al sultán, no solo te arriesgas a la ISA; pierdes tu salario del gobierno, la beca universitaria de tus hijos, tu pensión y el derecho a tu casa. La sumisión política se convierte así en un interés personal puramente pragmático. El control estatal no necesita exhibir violencia física cuando el coste material de disentir implica la ruina económica absoluta y el beneficio del activismo es nulo.

Diplomacia de chequera: Soberanía blindada e hipocresía internacional

Semejante anacronismo absolutista no podría sobrevivir aislado en el convulso Sudeste Asiático. Hassanal Bolkiah ha tejido una red de apoyos estratégicos internacionales que actúan como una formidable póliza de seguro contra cualquier vulnerabilidad externa o presión democratizadora.

La piedra angular de este blindaje es, paradójicamente, la antigua metrópoli colonial: el Reino Unido. Bajo acuerdos bilaterales de defensa renovados periódicamente en la más estricta discreción, Brunéi alberga de forma permanente a un batallón de los temibles Fusileros Gurkhas del Ejército Británico (Royal Gurkha Rifles), acantonados en Seria, el corazón neurálgico de las instalaciones petroleras. Pagados íntegramente por la billetera personal del sultán pero bajo mando oficial británico, estos mercenarios imperiales de élite ofrecen a la monarquía una garantía de seguridad letal frente a cualquier agresión externa o, más importante aún, frente a cualquier intento de golpe de Estado por parte de sus propias fuerzas armadas.

Esta protección militar se complementa con un férreo pragmatismo por parte de Washington. Para Estados Unidos, la relación con Brunéi se centra en el mantenimiento de la estabilidad en el Mar de la China Meridional y la cooperación en materia de seguridad. En los despachos del Departamento de Estado, el absolutismo del sultán y la ley de la Sharía son ignorados convenientemente a cambio de lealtad diplomática.

Y cuando Occidente amaga con tenues críticas por los derechos humanos, Brunéi activa la palanca de Pekín. La inmensa dimensión económica de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China ha inundado el país, destacando el megaproyecto petroquímico de Hengyi Industries en la isla de Muara Besar. Mediante este equilibrio virtuoso, el régimen recauda el dinero de China, la tecnología de Europa y la protección militar de Londres y Washington, asegurando que ninguna potencia tenga un interés real en desestabilizar su jaula de oro.

La contradicción final: El tictac del reloj petrolero

A lo largo de seis décadas, Hassanal Bolkiah ha perfeccionado un absolutismo administrado milimétricamente: la renta petrolera para generar gratitud incondicional; el dogma religioso para moralizar la obediencia ciega; las leyes de seguridad preventiva para contener e invisibilizar cualquier disenso embrionario; y las alianzas geopolíticas asimétricas para garantizar el blindaje estratégico de la dinastía.

No hay represión masiva porque el régimen ha logrado que la arquitectura legal, económica y teológica reduzca la probabilidad de un desafío a cero. Sin embargo, este majestuoso castillo de naipes descansa sobre una condición geológica implacable e irreversible: que los yacimientos sigan manando al ritmo suficiente para legitimar la ausencia eterna de política ciudadana.

Brunéi camina lenta pero inexorablemente hacia el agotamiento de sus reservas de hidrocarburos comerciales. Si la renta disminuye, los ambiciosos pero lentos planes de diversificación (como la Wawasan Brunei 2035) fracasan, y los subsidios se evaporan, el contrato social rentista se romperá. Ese día, el perímetro de control —la ISA, las leyes de sedición, la policía religiosa— deberá salir de las sombras y cargar en solitario con todo el peso de la supervivencia del Estado. Y la historia de la ciencia política enseña una ley de hierro: cuanto más peso coercitivo asume el aparato de seguridad al perder la chequera, más visible, torpe y frágil se vuelve.

Hoy, el régimen del sultán no enfrenta una crisis inmediata ni turbas clamando democracia en las calles. Pero enfrenta una pregunta estructural que carcome lentamente los cimientos de sus palacios de mármol: ¿Puede el perímetro de represión legal y teológica sostener indefinidamente la sumisión que hasta hoy compraban los barriles de crudo?

En Brunéi, el poder absoluto nunca se ha tambaleado por el ruido. El poder se examina a diario, bajo la superficie, en absoluto silencio. Y ese sepulcral silencio, que hasta ahora ha sido la mayor fortaleza de la monarquía, será precisamente lo que le impida escuchar cuándo empiezan a resquebrajarse los barrotes de la jaula de oro.

Bibliografía

  • Roger Kershaw, “Brunei: Malay, Monarchical, Micro-state”, en Government and Politics in Southeast Asia (capítulo). Cambridge Core.

  • Naimah S. Talib, A Resilient Monarchy: The Sultanate of Brunei (paper monográfico/estudio académico, muy citado).

  • Graham E. Saunders, A History of Brunei. (Historia de referencia a largo plazo del sultanato).

  • Victor T. King & Stephen C. Druce (eds.), Origins, History and Social Structure in Brunei Darussalam (incluye discusión de la tradición política y el contexto social).

  • (Volumen colectivo) Continuity and Change in Brunei Darussalam (cambios socioeconómicos, MIB, continuidad del sistema). 










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