Taiwán y Ucrania: dos polvorines del Siglo XXI
Ucrania como advertencia, Taiwán como prueba pendiente
Ucrania es una advertencia; Taiwán es una prueba pendiente. La tentación consiste en mirar la invasión rusa de 2022 y convertirla en manual automático para el estrecho de Taiwán, como si China fuera Rusia con barcos, Taiwán fuera Ucrania con chips y Estados Unidos pudiera repetir en Asia la misma fórmula de ayuda militar, sanciones y desgaste. Ese reflejo es peligroso, porque Ucrania enseña mucho sobre disuasión, resistencia social, guerra de información, sanciones y cálculo imperial, pero Taiwán no es una llanura europea: es una isla, una democracia no reconocida plenamente como Estado por la mayoría del sistema internacional, un nodo crítico de semiconductores y el punto más sensible de la rivalidad entre Washington y Pekín.
La comparación solo sirve si se usa como bisturí, no como molde. Ucrania ayuda a entender qué ocurre cuando la disuasión falla, cuando una gran potencia decide que el coste de esperar es mayor que el coste de atacar, y cuando una sociedad consigue frustrar la expectativa de colapso rápido. Taiwán obliga a pensar otra pregunta: cómo impedir que esa disuasión falle desde antes, porque una vez que empiece una crisis real en el estrecho, la geografía insular puede dejar mucho menos margen para corregir tarde.
I. Por qué se comparan: dos crisis del orden internacional
La comparación nace porque Ucrania y Taiwán son dos lugares donde se mide algo más grande que un conflicto local. En Ucrania se decide si Rusia puede destruir por la fuerza la soberanía de un vecino y redibujar fronteras europeas; en Taiwán se decide si China puede absorber una democracia insular que funciona con gobierno propio, ejército propio, moneda propia, elecciones propias y una identidad política cada vez más separada del continente. En ambos casos, el territorio concreto se mezcla con una pregunta mundial: si las grandes potencias pueden rehacer el mapa usando fuerza, miedo o desgaste.
Rusia y China no son idénticas, pero ambas presentan sus disputas como heridas históricas. Moscú niega la legitimidad plena de una Ucrania fuera de su órbita imperial y estratégica; Pekín define Taiwán como parte inalienable de China, y su Libro Blanco de 2022 afirma que resolver la cuestión taiwanesa y lograr la reunificación completa es una misión histórica del Partido Comunista, indispensable para la “rejuvenecimiento” nacional chino. Esa formulación importa, porque convierte Taiwán en algo más que un problema diplomático: lo convierte en una pieza del relato fundacional de la China contemporánea.
La semejanza útil está ahí: en los dos casos, una potencia mayor considera que la separación política del territorio vecino no es una normalidad aceptable, sino una anomalía histórica. Pero la diferencia empieza también ahí. Ucrania es un Estado soberano reconocido internacionalmente y miembro de Naciones Unidas; Taiwán es una entidad soberana de facto, con reconocimiento diplomático limitado y situada bajo una arquitectura mucho más ambigua, porque Estados Unidos reconoce a la República Popular China como “el único gobierno legal de China”, mantiene relaciones no oficiales con Taiwán, distingue su política de “una sola China” del principio chino de “una sola China” y afirma que su posición está guiada por la Taiwan Relations Act, los Tres Comunicados y las Seis Garantías.
Esa diferencia jurídica cambia todo. En Ucrania, Rusia invadió un Estado reconocido; en Taiwán, China intentaría presentar cualquier operación como una cuestión interna de reunificación, aunque para Taiwán y para buena parte del sistema internacional fuera una agresión contra una democracia autónoma.
II. Comparación útil: la disuasión puede fallar
La primera lección de Ucrania es incómoda: la disuasión puede fallar. Antes de febrero de 2022, muchos análisis confiaban en que el coste militar, económico y diplomático de una invasión rusa sería demasiado alto. Rusia invadió de todos modos. Eso no significa que la disuasión sea inútil, sino que la disuasión depende de cómo el agresor calcule su ventana histórica, sus oportunidades, sus riesgos y la debilidad o fortaleza del adversario.
Para Taiwán, la lección es directa. No basta con pensar que China no atacará porque el coste sería enorme. El coste importa, pero también importa si Pekín cree que el tiempo juega a su favor o en su contra, si considera que Taiwán se aleja de forma irreversible, si juzga que Estados Unidos está dividido, si interpreta que la sociedad taiwanesa no resistiría o si cree que puede ganar mediante bloqueo, cerco o golpe rápido antes de que se consolide una respuesta internacional.
Ucrania mostró que el agresor puede equivocarse. Rusia subestimó la resistencia ucraniana, sobrestimó su propia capacidad militar y calculó mal la reacción occidental. Esa equivocación rusa es una advertencia doble: para China, muestra el peligro de una invasión mal calculada; para Taiwán, muestra que no puede basar su seguridad en la idea de que el adversario siempre será racional de forma perfecta.
La Unión Europea sigue manteniendo medidas restrictivas contra unas 2.600 personas y entidades vinculadas a la agresión rusa, lo que confirma que la guerra no es solo una disputa territorial, sino un conflicto internacionalizado en torno a soberanía, sanciones y desgaste prolongado. Pero esas sanciones no impidieron que la guerra empezara; llegaron después de que la disuasión ya hubiera fallado.
La lección para Taiwán no es “China hará lo mismo que Rusia”. La lección real es más dura: cuando un Estado revisionista decide que esperar empeora su posición, la guerra puede dejar de parecerle irracional.
III. Comparación útil: la resistencia social importa
Ucrania demostró que un Estado no resiste solo con arsenales. Resiste si la sociedad cree que la derrota sería peor que el coste de la defensa. El gobierno no colapsó, el presidente no huyó, las fuerzas armadas siguieron combatiendo, la población aceptó sacrificios enormes y la identidad nacional ucraniana se endureció bajo fuego. Esa resistencia no fue un gesto simbólico; fue una estructura social, militar y política.
Esa es una de las preguntas más incómodas para Taiwán. No basta con comprar misiles, aviones o sistemas antiaéreos; la isla necesita convencer a Pekín de que una agresión no encontraría una población paralizada, sino una sociedad capaz de aguantar cortes de luz, ataques informáticos, bloqueo marítimo, desinformación, miedo financiero y aislamiento diplomático. La defensa empieza mucho antes del primer misil, en la confianza de la población, en la continuidad del gobierno, en la preparación civil y en la certeza de que rendirse no significaría simplemente cambiar de administración, sino perder una forma de vida política.
La resistencia no se hereda por simpatía internacional. Ucrania no resistió porque el mundo la admirara, sino porque tenía Estado, ejército, mando, territorio, población movilizada y una identidad nacional endurecida por años de guerra desde 2014. Taiwán no puede limitarse a esperar que su condición democrática active automáticamente una solidaridad equivalente; tiene que convertir esa legitimidad en preparación concreta, con defensa territorial, reservas energéticas, mando descentralizado, protección de infraestructuras, alfabetización contra la desinformación y capacidad de seguir funcionando bajo bloqueo.
Ucrania enseña que una sociedad que resiste aumenta el coste de la agresión. Taiwán debe convertir esa lección en disuasión previa, no en épica tardía.
IV. Comparación útil: las armas deben llegar antes de la crisis
Ucrania pudo recibir ayuda militar durante la guerra porque tenía fronteras terrestres abiertas con países aliados o socios de apoyo. Polonia, Rumanía, Eslovaquia y otros países funcionaron como retaguardia logística. Taiwán no tiene esa ventaja. Si el estrecho entra en una crisis abierta, la isla puede ser sometida a bloqueo naval, presión aérea, ataques sobre puertos, sabotaje de cables, guerra cibernética y aislamiento logístico mucho más rápido que Ucrania.
Por eso la defensa de Taiwán debe estar preparada antes. Misiles, municiones, drones, defensa aérea, combustible, alimentos, repuestos, comunicaciones alternativas, mando descentralizado y planes de continuidad administrativa no pueden depender de una cadena de suministro improvisada bajo fuego. En Ucrania, Occidente ha podido corregir déficits durante la guerra; en Taiwán, parte esencial de la defensa debe estar ya dentro de la isla cuando empiece la crisis.
La diferencia es brutal: Ucrania podía perder territorio y seguir recibiendo ayuda por tierra; Taiwán podría quedar aislado sin haber perdido todavía sus ciudades principales. Eso significa que la primera fase de una crisis taiwanesa puede ser mucho más decisiva que la primera fase de la guerra en Ucrania.
La lección no es que Taiwán deba copiar la guerra ucraniana, sino que debe prepararse para no necesitar una retaguardia que no tiene.
V. Trampa analítica: China no es Rusia con barcos
China no mira Ucrania como una repetición mecánica, sino como un laboratorio ajeno. Pekín está estudiando los errores rusos con una atención casi quirúrgica: la subestimación de la voluntad nacional ucraniana, el fracaso de una ofensiva rápida, la mala logística, la vulnerabilidad de columnas blindadas, la importancia de drones y defensa aérea, el efecto de las sanciones y la capacidad occidental para sostener una guerra larga sin entrar directamente en ella. Pero también observa las dudas occidentales, los retrasos, las divisiones políticas, el cansancio presupuestario y la resistencia a cruzar ciertos umbrales militares.
La lección que puede extraer China no es necesariamente “no atacar jamás”, sino algo más inquietante: si se ataca, hay que hacerlo de forma que Taiwán no tenga tiempo de convertirse en Ucrania. Eso puede significar saturación misilística, parálisis cibernética, bloqueo parcial, ataque contra mando y comunicaciones, presión psicológica, cerco naval o una operación diseñada para forzar capitulación antes de una movilización internacional completa.
China es más rica, más industrializada, más integrada en la economía mundial y mucho más central para las cadenas globales que Rusia. Eso le da más recursos, pero también más vulnerabilidades. Una guerra contra Taiwán afectaría al comercio mundial, a las rutas marítimas, a la inversión extranjera, a la tecnología, al sistema financiero chino y a las relaciones de Pekín con sus principales socios. Rusia podía asumir un grado de aislamiento que China tendría más dificultad en aceptar, aunque Pekín trabaja desde hace años para reducir vulnerabilidades y preparar escenarios de presión.
China no es Rusia con barcos. Tiene otra economía, otra marina, otra demografía, otra posición global, otra paciencia estratégica y otro tipo de dependencia internacional. Eso no la hace menos peligrosa; la hace distinta.
VI. Trampa analítica: Taiwán no es Ucrania porque es una isla
La diferencia más evidente es la geografía. Ucrania comparte una larga frontera terrestre con Rusia y Bielorrusia; Taiwán está separado de China por el estrecho. Esa distancia marítima complica enormemente cualquier invasión anfibia, porque China tendría que coordinar misiles, aviación, marina, guerra electrónica, ciberataques, desembarcos, logística, superioridad aérea y control de puertos o playas bajo fuego. Esa dificultad juega a favor de Taiwán.
Pero la isla también es una vulnerabilidad. Un Estado insular puede ser cercado. China no necesita empezar necesariamente con soldados desembarcando en playas taiwanesas. Puede empezar estrechando el aire y el mar alrededor de la isla, con ejercicios cada vez más cerca, guardacostas bloqueando rutas, inspecciones disfrazadas de legalidad, ciberataques contra energía y bancos, sabotaje de cables submarinos, presión sobre aseguradoras marítimas, drones, campañas de pánico financiero y desinformación dirigida a convencer a la población de que resistir es inútil.
La obsesión con la invasión anfibia puede cegar el análisis. Una crisis taiwanesa puede empezar antes de que haya invasión formal, mediante bloqueo parcial, cuarentena marítima, presión aérea y guerra gris. Eso hace que la pregunta no sea solo “¿invadirá China?”, sino también “¿puede Pekín obligar a Taiwán a ceder sin invadir del todo?”.
En 2025, el Ejército Popular de Liberación alcanzó un nivel récord de actividad alrededor de Taiwán, con 3.764 incursiones aéreas en la zona de identificación de defensa aérea taiwanesa, un aumento del 22,4% respecto a 2024 según el análisis de CSIS basado en datos del Ministerio de Defensa de Taiwán. Ese dato importa porque muestra una presión sostenida, no un episodio aislado.
Ucrania enseña guerra terrestre prolongada. Taiwán exige pensar en isla, bloqueo, puertos, cables, satélites, misiles, drones navales y continuidad del mando bajo aislamiento.
VII. Trampa analítica: sancionar a China no sería como sancionar a Rusia
Ucrania también enseñó que las sanciones son importantes, pero no sustituyen la defensa. Occidente impuso medidas masivas contra Rusia, y la UE ha prolongado sanciones contra individuos y entidades vinculadas a la agresión rusa, pero esas sanciones no detuvieron por sí solas la guerra. Castigaron, aislaron y encarecieron la agresión, pero no devolvieron automáticamente la paz.
En Taiwán, confiar en que las sanciones disuadirán automáticamente a China sería arriesgado. China está mucho más integrada en la economía mundial que Rusia, lo que haría que sancionarla fuera más costoso para todos. Ese coste puede disuadir a Pekín, pero también puede hacer que algunos países duden llegado el momento, porque castigar a China significaría golpear cadenas de suministro, comercio, inversión, tecnología, energía, finanzas y consumo global.
Cuanto mayor es la interdependencia, mayor es el precio de castigar. Esa interdependencia puede frenar la guerra, pero también puede convertir la respuesta internacional en algo más lento, más dividido y más difícil de sostener.
Por eso la disuasión de Taiwán debe ser anterior a la guerra, no posterior. Si China ataca, sancionarla puede ser necesario, pero el objetivo principal debe ser que Pekín crea antes del ataque que no podrá ganar a un coste aceptable. Las sanciones castigan; no siempre salvan.
VIII. La ambigüedad estadounidense: escudo y veneno
La ambigüedad estadounidense es, al mismo tiempo, escudo y veneno. Sirve como escudo porque obliga a Pekín a calcular que una agresión contra Taiwán podría activar una respuesta militar estadounidense. Pero también es veneno porque nadie sabe con certeza dónde está el umbral exacto. En Ucrania, Washington pudo sostener una guerra por delegación desde fuera, con armas, inteligencia, sanciones y apoyo financiero; en Taiwán, esa fórmula podría no bastar, porque una isla bloqueada no tiene la retaguardia terrestre que Ucrania encontró en Europa.
La política estadounidense hacia Taiwán está construida sobre una ambigüedad deliberada. Washington reconoce a la República Popular China como único gobierno legal de China, mantiene relaciones no oficiales con Taiwán y afirma que su política se guía por la Taiwan Relations Act, los Tres Comunicados y las Seis Garantías. La Taiwan Relations Act establece que Estados Unidos debe proporcionar a Taiwán medios para mantener una capacidad suficiente de autodefensa y considera cualquier intento de determinar el futuro de Taiwán por medios no pacíficos como una amenaza grave para la paz y seguridad del Pacífico occidental.
La pregunta taiwanesa no es solo si Estados Unidos ayudará, sino si podrá ayudar a tiempo y de qué manera. En Ucrania, el apoyo estadounidense y europeo pudo llegar por tierra durante meses y años. En Taiwán, si China controla el mar y el aire alrededor de la isla en los primeros días, el margen para sostener desde fuera puede ser mucho más estrecho.
Esa ambigüedad puede disuadir. Pero si se interpreta mal, también puede invitar al cálculo de riesgo.
IX. Semiconductores: Taiwán como infraestructura del mundo
Taiwán no es solo una isla con valor geopolítico. Es una pieza del sistema nervioso industrial del siglo XXI. Su peso en la producción de semiconductores avanzados convierte cualquier crisis en el estrecho en un problema mundial inmediato. Ucrania afectó energía, grano, seguridad europea y sanciones; Taiwán podría afectar chips, inteligencia artificial, telecomunicaciones, defensa, automóviles, electrónica, centros de datos y cadenas tecnológicas globales.
Eso vuelve a Taiwán más importante y más vulnerable a la vez. Los semiconductores funcionan como escudo porque una guerra dañaría a China, Estados Unidos, Japón, Europa y Corea del Sur. Pero también funcionan como imán, porque controlar, neutralizar o destruir esa capacidad tendría consecuencias estratégicas enormes. Taiwán no es únicamente territorio disputado; es infraestructura mundial concentrada en una isla amenazada.
Esta diferencia no debe exagerarse hasta decir que los chips hacen imposible la guerra. La historia está llena de guerras que destruyeron activos valiosos. Pero sí significa que cualquier decisión china tendría que calcular no solo la ocupación del territorio, sino la supervivencia de aquello que hace a Taiwán tan valioso. Una invasión que destruyera el ecosistema tecnológico taiwanés podría convertir una conquista en ruina industrial.
El problema de Taiwán es que su valor económico puede disuadir la guerra, pero también aumenta la intensidad del premio.
X. La guerra gris: atacar sin invadir
La guerra gris es peligrosa precisamente porque no ofrece un momento limpio de decisión. No hay un solo disparo inaugural que obligue a todos a responder. Hay desgaste, confusión, normalización de la presión y acumulación de hechos consumados. China puede aumentar patrullas, cruzar líneas tácitas, rodear la isla durante ejercicios, enviar más aeronaves, presionar con guardacostas, sabotear confianza financiera, saturar redes sociales, ensayar bloqueos y probar la reacción de Taiwán, Estados Unidos y Japón.
Este es uno de los puntos donde la comparación con Ucrania puede engañar. En Ucrania, la invasión de 2022 produjo un umbral visible: columnas rusas cruzando fronteras, misiles, ofensivas terrestres. En Taiwán, una crisis puede avanzar sin un equivalente exacto. China podría presentar una cuarentena marítima como medida legal interna, una inspección de buques como operación de seguridad, un cerco parcial como ejercicio, un ciberataque como accidente y una campaña de desinformación como espontaneidad social.
La presión militar creciente alrededor de Taiwán muestra que Pekín ya practica formas de desgaste que no son guerra abierta, pero tampoco normalidad. CSIS señala que en 2025 China mantuvo un ritmo militar elevado en el estrecho, con aumento de actividad aérea y marítima, dos grandes ejercicios alrededor de Taiwán y operaciones que simularon bloqueo y cerco de la isla.
La guerra gris no busca necesariamente conquistar mañana. Busca cambiar la psicología del presente: que Taiwán se sienta cada vez más rodeado, que sus aliados se acostumbren a la presión y que el mundo olvide dónde estaba la línea roja original.
XI. Qué debe aprender Taiwán de Ucrania
Taiwán debe aprender de Ucrania que la preparación temprana importa más que la improvisación heroica. Las armas, municiones, drones, defensa aérea, comunicaciones, reservas energéticas y planes de continuidad estatal deben estar listos antes de la crisis. El mando debe poder funcionar incluso si los centros principales son atacados. Las unidades deben saber operar aunque se corten comunicaciones. La defensa civil debe saber qué hacer si hay apagones, ataques informáticos, bloqueo de puertos, pánico financiero o sabotaje.
También debe aprender que la legitimidad internacional se construye antes de la guerra. Ucrania consiguió presentar su resistencia como defensa clara de una soberanía reconocida. Taiwán, por su estatus diplomático más ambiguo, necesita todavía más cuidado: debe aparecer como una democracia responsable, prudente, atacada sin provocación y digna de apoyo. La comunicación estratégica puede ser tan importante como la defensa costera, porque en una crisis la batalla por el relato empieza antes que la batalla por las playas.
La tercera lección es que el adversario debe creer que no habrá colapso rápido. Ucrania frustró la expectativa rusa de derrumbe. Taiwán debe convencer a China de que no encontrará una población paralizada, un gobierno desorientado o unas fuerzas armadas incapaces de seguir combatiendo tras la primera oleada. Esa convicción no se consigue con declaraciones; se consigue con preparación visible y creíble.
La cuarta lección es más dura: no basta con tener razón. Ucrania tenía razón jurídica y moral, pero necesitó armas, resistencia y apoyo exterior. Taiwán puede tener legitimidad democrática, pero necesita capacidad militar creíble. En geopolítica, la justicia sin defensa suele llegar tarde.
XII. Qué no debe copiar Taiwán de Ucrania
Taiwán no debe esperar una guerra de desgaste terrestre. No debe confiar en una retaguardia abierta. No debe asumir que recibirá apoyo militar masivo después de iniciada la guerra con la misma facilidad logística que Ucrania. No debe pensar que la simpatía internacional se traduce automáticamente en intervención militar. Y no debe construir su estrategia alrededor de resistir una ocupación territorial prolongada si antes no ha impedido el aislamiento de la isla.
Tampoco debe copiar la idea de que el heroísmo compensa la falta de preparación. Ucrania resistió porque hubo heroísmo, pero también porque había ejército, territorio, mando, ayuda exterior y una identidad nacional movilizada. Taiwán necesitaría todo eso adaptado a una isla sometida a misiles, bloqueo, ciberataques y guerra psicológica.
La trampa analítica consiste en convertir Ucrania en una película inspiradora y no en un manual duro de costes. Taiwán no necesita épica prestada; necesita una estrategia propia basada en defensa asimétrica, resiliencia civil, capacidad de negar desembarcos, reservas críticas, alianzas discretas, ambigüedad bien administrada y una comunicación política que no regale a Pekín excusas ni señales de debilidad.
La comparación con Ucrania sirve si obliga a prepararse. No sirve si solo alimenta discursos heroicos.
XIII. La comparación moral: útil, pero insuficiente
La analogía moral es poderosa: Ucrania y Taiwán son sociedades libres o relativamente libres amenazadas por potencias autoritarias que no aceptan plenamente su separación política. Esa lectura moviliza solidaridad, y no debe despreciarse. Pero la moral no basta para diseñar estrategia.
En Ucrania, la defensa de la soberanía nacional de un Estado reconocido permitió construir un relato internacional claro. En Taiwán, el estatus diplomático es más complejo. Muchos países quieren defender el statu quo sin reconocer formalmente la independencia taiwanesa, porque entienden que el equilibrio del estrecho depende de una ambigüedad delicada. Eso no significa que Taiwán sea menos real políticamente, pero sí que la retórica debe calibrarse con más precisión.
Si se aplica la retórica ucraniana de forma literal, se puede empujar a Taiwán hacia gestos que Pekín use como casus belli. Si se insiste demasiado en la ambigüedad, se puede transmitir a China la idea de que la isla está sola. La política hacia Taiwán exige un equilibrio difícil: reforzar la defensa y la resiliencia sin convertir cada gesto simbólico en una escalada innecesaria.
La moral importa, pero en el estrecho de Taiwán la moral sin cálculo puede ser peligrosa.
XIV. Conclusión: comparar sin copiar
Taiwán y Ucrania se parecen lo suficiente para que la comparación sea inevitable, pero se diferencian lo suficiente para que copiarla sea peligroso. Ambas crisis hablan de potencias revisionistas, soberanía, identidad nacional, presión militar, ayuda estadounidense, disuasión y orden internacional. Pero Ucrania es una guerra terrestre en un Estado reconocido; Taiwán sería una crisis insular, marítima, tecnológica y jurídicamente ambigua en el centro de la rivalidad entre Estados Unidos y China.
Ucrania enseña que una guerra puede empezar cuando el agresor cree que el adversario está más solo, más débil o más dividido de lo que realmente está. Taiwán debe lograr lo contrario: convencer a China de que no está sola, no está indefensa y no se romperá psicológicamente en los primeros días de crisis.
La comparación útil no convierte a Taiwán en la próxima Ucrania. La comparación útil obliga a Taiwán a no necesitar convertirse en Ucrania. Ucrania mostró que una nación puede resistir tarde, con heroísmo y ayuda exterior; Taiwán necesita disuadir antes, con preparación, ambigüedad bien administrada y una sociedad que no pueda ser quebrada por miedo.
Ucrania es advertencia.
Taiwán es prueba pendiente.
Y el error sería creer que una advertencia basta para superar una prueba.
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