Pimienta, cañoneras y tratados: cómo Estados Unidos empezó a mirar al Sudeste Asiático
Estados Unidos no apareció en el Sudeste Asiático con Vietnam, ni con la Guerra Fría, ni siquiera con la conquista de Filipinas en 1898. Llegó antes, mucho antes: como república comercial, como potencia naval en formación, como país obsesionado con abrir rutas, proteger barcos, firmar tratados y demostrar que podía actuar en Asia sin parecerse —al menos en su propio relato— a los viejos imperios europeos.
Esa es la idea central del libro de Farish A. Noor, America’s Encounters with Southeast Asia, 1800–1900: Before the Pivot: la presencia estadounidense en el Sudeste Asiático no empieza con el “Pivot to Asia” de Obama, ni con las bases militares del siglo XX, sino con los primeros encuentros comerciales, diplomáticos y militares del siglo XIX. Antes de Subic, antes de Manila, antes de Vietnam, hubo pimienta en Sumatra, cañoneras frente a Kuala Batu y tratados con Siam y Brunéi.
La tesis es esta: Estados Unidos empezó a mirar al Sudeste Asiático como mercado antes de mirarlo como imperio. Pero en cuanto sus comerciantes fueron atacados, sus diplomáticos despreciados o sus intereses frustrados, la joven república descubrió que también podía hablar el idioma de la cañonera.
Antes del “Pivot”: una presencia más antigua
La imagen habitual es cómoda: Estados Unidos habría sido una potencia aislacionista hasta finales del siglo XIX, luego habría despertado con la guerra hispano-estadounidense, habría ocupado Filipinas y, desde ahí, se habría convertido en potencia asiática. Noor desmonta esa cronología simple. Su libro insiste en que los estadounidenses ya estaban presentes en el Sudeste Asiático desde comienzos del siglo XIX, cuando comerciantes, marinos, diplomáticos, escritores, naturalistas y aventureros empezaron a recorrer las Indias Orientales.
La clave no es solo que llegaran. Es cómo se miraban a sí mismos cuando llegaban. Los primeros autores estadounidenses que escribieron sobre la región se veían como occidentales, pero no exactamente como europeos. Venían de una antigua colonia, de una república que todavía quería pensarse distinta de los imperios monárquicos. Esa autopercepción importaba mucho: permitía a Estados Unidos presentarse como nación comercial, amistosa y civilizada, aunque sus acciones se parecieran cada vez más a las de cualquier potencia imperial.
Noor plantea su libro como “un libro sobre libros”: analiza cómo esos primeros autores estadounidenses imaginaron el Sudeste Asiático y cómo, al describirlo como extraño, atrasado, violento, exótico o necesitado de orden, también estaban definiendo qué creían ser ellos mismos. El Sudeste Asiático funcionaba como espejo: cuanto más “bárbaro” aparecía el otro, más civilizado podía parecer el estadounidense que lo describía.
Pimienta: el primer gancho
El primer gran vínculo fue comercial. Y uno de sus productos decisivos fue la pimienta.
Sumatra, especialmente la costa occidental de Aceh, atraía a comerciantes estadounidenses porque la pimienta era una mercancía valiosa en los circuitos atlánticos y asiáticos. Los barcos estadounidenses cruzaban medio mundo para cargar productos que luego podían vender con beneficio en mercados lejanos. Aquella presencia no era todavía colonial en sentido formal. No había gobierno territorial, ni virrey, ni administración estable. Había barcos, contratos, capitanes, mercancías y riesgo.
Pero el comercio a larga distancia nunca fue inocente. Para que funcionara, necesitaba protección. Y cuando la protección privada no bastaba, aparecía el Estado. Ahí está el punto decisivo: la expansión comercial estadounidense empujó a la joven república a proyectar fuerza naval. Primero para abrir rutas. Después para castigar ataques. Finalmente para reclamar un lugar entre las potencias.
La pimienta llevó a Estados Unidos a Sumatra. Sumatra llevó a Estados Unidos a la cañonera.
Kuala Batu: la violencia como carta de presentación
El episodio de Kuala Batu fue fundamental. Tras el ataque al barco mercante estadounidense Friendship, Washington respondió con una expedición punitiva. El capítulo de Noor sobre “Pepper and gunboats” presenta este episodio como la primera acción de cañonera estadounidense en el Sudeste Asiático. La operación no buscaba conquistar territorio ni instalar una colonia. Buscaba “vindicar” agravios, castigar, escarmentar y demostrar que atacar un barco estadounidense tendría consecuencias.
Ahí aparece una forma temprana de imperialismo sin anexión. Estados Unidos podía afirmar que no pretendía conquistar, que no destronaba sultanes, que no imitaba a los europeos. Pero el mecanismo era muy parecido: una potencia naval castigaba a una comunidad asiática para proteger sus intereses comerciales y su prestigio nacional.
Uno de los defensores de la acción estadounidense, Jeremiah Reynolds, resumió esa justificación con una frase reveladora: “No hemos hecho conquistas, no hemos destronado sultanes”. La frase importa porque muestra cómo Estados Unidos empezaba a construir una coartada moral propia. La violencia era aceptable siempre que no se llamara conquista. La expedición punitiva podía presentarse como justicia, no como imperialismo.
Esa distinción sería una constante posterior de la política exterior estadounidense: intervenir sin admitir plenamente la lógica imperial de la intervención.
La segunda Sumatra: repetir el castigo
La historia no terminó en Kuala Batu. En 1838, Estados Unidos volvió a atacar Sumatra. Fitch W. Taylor, en The Flag Ship, dejó una descripción cargada de dramatismo: “It was a scene of grandeur in destruction”. El título del capítulo de Noor recupera precisamente esa frase. La destrucción podía ser narrada como espectáculo moral: una violencia terrible, sí, pero envuelta en un lenguaje de grandeza, justicia y castigo necesario.
Aquí se ve cómo nace una forma de escritura imperial estadounidense. El autor no se limita a contar una operación militar. La convierte en escena. El lector estadounidense no ve solo muertos, fuego o ruinas; ve una demostración de poder civilizador. La destrucción se vuelve pedagógica. Sirve para enseñar a los pueblos de la región que la bandera estadounidense debe ser respetada.
El mecanismo es familiar: primero se presenta al otro como traicionero o violento; luego se presenta la represalia como obligación moral; por último, se transforma la agresión en defensa del orden.
Tratados: amistad sin igualdad
La cañonera no fue el único instrumento. También hubo diplomacia.
Edmund Roberts fue una figura clave. Su misión a Siam dio lugar al Tratado de Amistad y Comercio de 1833 entre Estados Unidos y el Reino de Siam. Noor dedica un capítulo a Roberts bajo un título muy preciso: “Friends, but not equals”. Esa fórmula resume mucho. Estados Unidos buscaba amigos, puertos, derechos comerciales y reconocimiento. Pero no miraba a sus interlocutores asiáticos como iguales en sentido profundo.
La misión de Roberts formaba parte de una estrategia comercial más amplia: asegurar acceso, abrir relaciones y colocar a Estados Unidos en el circuito diplomático de Asia. Siam era importante porque no estaba colonizado y porque podía funcionar como socio útil en una región dominada por británicos, neerlandeses y otros europeos. La joven república estadounidense quería hacerse un hueco sin admitir que estaba entrando en la misma competición imperial.
La relación con Siam también revela otro rasgo: Estados Unidos no actuaba en el vacío. Competía, observaba y se comparaba con Reino Unido. El “águila americana” y el “león británico” coincidían en las Indias. Estados Unidos podía criticar a los imperios europeos, pero necesitaba moverse en el mundo que esos imperios habían creado.
El tratado con Brunéi de 1850 encaja en la misma lógica. Amistad, comercio, navegación: palabras suaves para una presencia creciente. Los tratados no eran simples gestos diplomáticos. Eran formas de insertar a Estados Unidos en la soberanía regional, de convertir relaciones locales en documentos legibles para el derecho internacional occidental.
Escribir para poseer simbólicamente
El libro de Noor no se limita a reconstruir expediciones o tratados. Su interés central está en los textos: cómo escribieron los estadounidenses sobre el Sudeste Asiático, qué vieron, qué no quisieron ver y qué lenguaje usaron para convertir una región compleja en objeto de conocimiento estadounidense.
Ahí aparece el orientalismo estadounidense. No era idéntico al británico o francés, porque Estados Unidos todavía estaba construyendo su identidad internacional. Pero compartía un mecanismo básico: describir al asiático como otro inferior, extraño, infantil, despótico, supersticioso o atrasado. Esa descripción permitía al escritor estadounidense imaginar su propio país como moderno, racional, cristiano, masculino, comercial y destinado a ocupar un lugar mayor en el mundo.
Autores como Edmund Roberts, Jeremiah Reynolds, Francis Warriner, Fitch W. Taylor, Walter Murray Gibson o Albert S. Bickmore no solo informaban sobre el Sudeste Asiático. Fabricaban una mirada. Y esa mirada ayudó a preparar el terreno mental para una presencia más dura.
El imperio no empieza siempre con soldados. A veces empieza con libros.
Ciencia, conchas y jerarquía racial
Albert S. Bickmore representa otra fase de esa aproximación. Su viaje por las Indias Orientales no fue una expedición militar ni una misión diplomática, sino científica. Pero la ciencia del siglo XIX tampoco era neutral. Clasificaba pueblos, medía diferencias, ordenaba jerarquías y situaba a Estados Unidos dentro del club de las naciones “civilizadas”.
El capítulo de Noor sobre Bickmore muestra cómo la observación naturalista podía mezclarse con teorías raciales y con una mirada de superioridad cultural. El científico viajero recogía conchas, plantas, animales y datos, pero también producía categorías sobre los pueblos que encontraba.
Esa dimensión es importante porque permite ver que la entrada estadounidense en el Sudeste Asiático no fue solo comercial o naval. Fue también intelectual. Estados Unidos quería conocer la región, pero conocerla en sus propios términos: catalogarla, narrarla, explicarla y, en última instancia, situarse por encima de ella.
1898: imperio al fin
El siglo terminó con un salto decisivo. En 1898, Estados Unidos derrotó a España y se quedó con Filipinas. Ahí la república comercial se convirtió abiertamente en potencia colonial en el Sudeste Asiático. Lo que en las décadas anteriores había sido presencia mercantil, diplomática, naval y textual se transformó en gobierno imperial directo.
Noor trata ese momento como “Empire at last”: imperio al fin. Pero su argumento de fondo es que 1898 no surgió de la nada. La conquista de Filipinas fue un punto de llegada, no un comienzo absoluto. Durante todo el siglo XIX, Estados Unidos había ido aprendiendo rutas, lenguajes, gestos de poder y formas de imaginar Asia.
La paradoja es evidente. Un país nacido de la rebelión contra un imperio acabó convirtiéndose en imperio. Un Estado que había defendido la neutralidad y la no intervención terminó usando cañoneras, firmando tratados desiguales y ocupando territorios. Esa contradicción no fue accidental. Estaba inscrita en la expansión misma de una república que quería comerciar globalmente sin aceptar los límites que el mundo imponía a los actores débiles.
La coartada estadounidense
El rasgo más interesante de esta primera etapa es la coartada. Estados Unidos quería actuar como potencia, pero sin verse como imperio. Quería abrir mercados, pero hablar de amistad. Quería castigar puertos, pero negar conquistas. Quería firmar tratados, pero presentarlos como relaciones libres entre partes soberanas. Quería escribir sobre el otro, pero fingir que solo describía la realidad.
Esa coartada sobreviviría mucho tiempo. En Filipinas, Washington hablaría de tutela, civilización y preparación para el autogobierno. En la Guerra Fría, hablaría de libertad, contención y defensa del mundo libre. En Vietnam, Laos o Camboya, hablaría de seguridad y equilibrio global. Pero la tensión ya estaba ahí en el siglo XIX: la república que no quería parecer imperial aprendía a comportarse imperialmente.
Conclusión: el águila antes del imperio
Estados Unidos empezó a mirar al Sudeste Asiático a través de tres instrumentos: la pimienta, la cañonera y el tratado.
La pimienta le mostró que la región podía ser rentable.
La cañonera le enseñó que el comercio necesitaba fuerza.
El tratado le permitió convertir intereses privados en presencia diplomática.
Después vendrían Filipinas, Subic Bay, la Guerra Fría, Vietnam, Laos, Camboya, ASEAN, el Indo-Pacífico y la competencia con China. Pero el primer patrón ya estaba formado en el siglo XIX: una potencia que llega diciendo que busca comercio y amistad, pero que está dispuesta a imponer respeto con fuego naval cuando sus intereses son tocados.
Bibliografía
Noor, Farish A. America’s Encounters with Southeast Asia, 1800–1900: Before the Pivot. Amsterdam University Press, 2018.
Strangio, Sebastian. In the Dragon’s Shadow: Southeast Asia in the Chinese Century. Yale University Press, 2020.


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