¿POR QUÉ JAPÓN ATACÓ PEARL HARBOR (1941)?. Autopsia del suicidio bélico del Imperio Japonés.

 

De cómo Washington diseñó una trampa perfecta para meterse en la II Guerra Mundial, Tokio intentó frenar esa trampa bombardeando el lugar equivocado, y ambos despertaron la cruenta Guerra del Pacífico.

EL MITO DEL FANATISMO. Isoroku Yamamoto

El Almirante Isoroku Yamamoto, el arquitecto del ataque, no era un fanático ciego con katana, era uno de los hombres más lúcidos y cosmopolitas del Imperio Japonés. Había estudiado en la Universidad de Harvard y conocía perfectamente el inmenso tejido industrial norteamericano, las fundiciones de acero de Detroit y los interminables pozos de petróleo de Texas.

Yamamoto sabía, con absoluta certeza, que Japón jamás podría ganar una guerra de desgaste contra Estados Unidos. Él mismo advirtió a sus superiores en Tokio con una profecía: "Pelearé como un león durante los primeros seis a doce meses, pero si la guerra dura dos o tres años, no tengo ninguna confianza en la victoria final".

Entonces, si el hombre que diseñó el ataque a Pearl Harbor sabía que era un suicidio a largo plazo, ¿por qué lo ejecutó? 


EL EMBARGO PETROLÍFERO. La contrarreloj económica.

El mayor encubrimiento de la historia popular es hacer creer que Japón atacó Hawái por odio ideológico hacia las democracias. El interés económico no tiene sentimientos, Japón atacó porque le habían cortado el oxígeno. En el verano de 1941, la hiper-militarizada máquina de guerra japonesa llevaba cuatro años desangrándose en China. Pero Japón tenía un defecto logístico insalvable, no producía petróleo. Dependía en un 80% del crudo y la producción de acero importados directamente de Estados Unidos.

De este modo, cuando Japón ocupó la Indochina francesa (Vietnam) para cortar las rutas de suministro a China, el presidente Franklin D. Roosevelt no envió soldados, usó la economía como arma arrojadiza, congelando todos los activos japoneses en EE. UU. e imponiendo un embargo petrolero total (al que se sumaron británicos y holandeses).

De la noche a la mañana, el Imperio Japonés entraba en una contrarreloj económica. La inteligencia naval en Tokio hizo los números, a la todopoderosa Flota Combinada le quedaban exactamente de 12 a 18 meses de reservas de combustible antes de que los acorazados se convirtieran en colosos inútiles de metal y el imperio colapsara por su propia inercia.

Japón se enfrentó a un grave dilema bélico: o se arrodillaban ante Washington, se retiraban de China y aceptaban la quiebra del Estado, o robaban por la fuerza el petróleo de otro sitio. Claramente eligieron la segunda opción.

EE.UU. El guardián del Pacífico.

El objetivo real de Japón jamás fue invadir Los Ángeles, ni siquiera conquistar Hawái. El objetivo era puramente económico, necesitaban desesperadamente invadir las Indias Orientales Holandesas (la actual Indonesia) para robar sus inmensos pozos de petróleo, y la Malasia británica para saquear su caucho y estaño. Pero había un problema, si Japón enviaba toda su flota de invasión hacia el sur (Indonesia), su flanco oriental quedaba completamente expuesto a la Flota del Pacífico de EE. UU., que Roosevelt había trasladado provocativamente desde California hasta Pearl Harbor precisamente como elemento disuasorio al expansionismo japonés.

Pearl Harbor fue, en esencia, un ataque preventivo para "dispararle al gigante estadounidense en las rodillas". Yamamoto no quería hundir a Estados Unidos, quería hundir su flota para ganar una tregua de tiempo de seis meses. El plan era aturdir a los americanos, saquear el petróleo de Indonesia a toda velocidad, atrincherarse creando un perímetro de islas defensivo, y así obligar a un Washington desmoralizado a firmar un tratado de paz rápido que aceptara el nuevo statu quo.

LA NOTA HULL. La puerta trasera de Roosevelt.

La historia oficial estadounidense llora la tragedia de haber sido "sorprendidos en medio de negociaciones de paz" por la ferocidad japonesa.

Roosevelt necesitaba imperiosamente entrar en la guerra para salvar al Imperio Británico de Hitler. Pero el Congreso y el poderoso comité America First mantenían al 80% de la opinión pública estadounidense en un aislacionismo radical. Roosevelt necesitaba desesperadamente un Casus Belli, necesitaba que el Eje atacase a EE.UU. El estrangulamiento petrolero fue el cebo para Japón. El 26 de noviembre de 1941, el Secretario de Estado entregó a los diplomáticos nipones la famosa "Nota Hull" exigiendo que Japón se retirara incondicionalmente de China e Indochina y abandonara el Eje.

Washington sabía que para la cúpula militar japonesa, regida por el código de honor (Bushido), aceptar esa nota equivalía a la rendición incondicional y a un golpe de Estado interno, por tanto ese ultimátum garantizaba que Japón realizaría el ataque deseado por Roosevelt. El Secretario de Guerra de EE. UU., Henry Stimson, lo anotó en su diario: "La cuestión es cómo debemos maniobrar para obligarlos a disparar el primer tiro sin que nosotros sufriéramos demasiado peligro".

Cabe decir que no hubo una conspiración donde Roosevelt "dejara morir" a sus hombres ocultando la fecha del ataque japonés. La inteligencia de EE. UU. había roto los códigos diplomáticos japoneses (MAGIC). Sabían que Tokio iba a provocar hostilidades en diciembre, pero el alto mando en Washington pecaba de arrogancia racista. Estaban convencidos de que los "miopes" asiáticos eran incapaces de navegar 6.000 km en silencio para atacar Hawái, esperaban el golpe en Filipinas o Singapur. Fueron sorprendidos por el genio táctico de Yamamoto, no por el inicio de la guerra.

EL FRACASO DE PEARL HARBOR.

Chuichi Nagumo en el puente de Akagi, listo para atacar Pearl Harbor

A las 7:48 a.m. del 7 de diciembre, el ataque pareció una victoria japonesa espectacular, hundieron o dañaron ocho inmensos acorazados (como el USS Arizona) y mataron a 2.403 estadounidenses. En Tokio descorcharon el sake. En nuestra mesa de disección, diagnosticamos que los pilotos japoneses ejecutaron el peor fracaso logístico de la historia militar ya que Japón perdió la guerra esa misma mañana por culpa de lo que NO destruyeron.

Los japoneses se cebaron con la Battleship Row (la fila de acorazados). Pero en 1941, el acorazado ya era algo obsoleto, los verdaderos reyes de los mares eran los portaaviones. Por puro azar logístico (o destino), los tres portaaviones estadounidenses (Enterprise, Lexington y Saratoga) no estaban en la base esa mañana, estaban de maniobras o entregando aviones. Japón gastó su mejor golpe en hundir chatarra bélica del pasado y dejó intacta el arma del futuro que los aniquilaría en Midway seis meses después.

El comandante de la flota de ataque, el vicealmirante Chuichi Nagumo, aterrorizado por un posible contraataque, canceló la tercera oleada de bombardeos y ordenó la retirada. Al hacerlo, dejó absolutamente intactos los verdaderos nervios vitales de la base: Los inmensos depósitos de combustible (que albergaban 4,5 millones de barriles de petróleo a la vista de todos, casi lo mismo que las reservas totales de Japón), los diques secos y astilleros de reparación y la base de submarinos (fueron los submarinos de EE. UU. los que luego asfixiarían la economía japonesa).

Si Japón hubiera ignorado los barcos e incendiado ese petróleo, la Flota del Pacífico se habría quedado seca y habría tenido que retroceder hasta la costa de California, regalando a Tokio los dos años de impunidad que buscaba. Al dejar los astilleros intactos, EE. UU. pudo reflotar, reparar y devolver al combate a casi todos los barcos hundidos en tiempo récord. 

EL REGALO DE HITLER

La tragedia no estaría completa sin conectar Pearl Harbor con la esquizofrenia del socio europeo del Imperio Japonés, Adolf Hitler.

Tras el bombardeo, EE. UU. Hitler le declaró la guerra a Japón. Pero el pueblo estadounidense seguía sin querer luchar contra Alemania. El Pacto Tripartito obligaba a Alemania a ayudar a Japón solo si este era atacado, pero Japón había sido el agresor. Hitler no tenía ninguna obligación legal de intervenir.

Sin embargo, el 11 de diciembre de 1941, en un ataque de megalomanía e incompetencia estratégica, Adolf Hitler le declaró voluntariamente la guerra a Estados Unidos. Le resolvió a Roosevelt su mayor problema político gratuitamente. El dictador alemán firmó la inmolación de Berlín por "solidaridad" con un socio asiático que meses antes se había negado a ayudarle a invadir la Unión Soviética en Siberia. Hitler le dio a Roosevelt la excusa legal para desembarcar en Europa y aniquilar al Tercer Reich, pagado con la sangre derramada por los japoneses en Hawái.

CONCLUSIONES. Pearl Harbor, el error que cambió el destino de la II Guerra Mundial

Nuestro veredicto demuele tanto la película de Hollywood como la arrogancia de Tokio por igual.

Pearl Harbor no fue el ataque de un loco, fue el suicidio bélico más espectacular del siglo XX. La decisión desesperada de un imperio en quiebra energética que prefirió saltar por un acantilado militar antes que morir estrangulado lentamente por la economía.

Japón cometió el pecado capital de la geopolítica: creyeron que una victoria puramente táctica (hundir barcos) podía compensar una inferioridad económica aplastante. Ignoraron que no estaban atacando a una base naval, estaban atacando a un continente lleno de fábricas de acero, minas de cobre y pozos de petróleo que no había sido tocado por una sola bomba en su territorio desde la Guerra Civil.

Al bombardear Pearl Harbor, Japón le entregó a Roosevelt el "cheque en blanco" que tanto necesitaba para entrar en el conflicto bélico. En dos horas, las bombas borraron el aislacionismo estadounidense y unieron a la nación en un bloque de furia y venganza industrial.

Como predijo sombríamente el propio Yamamoto: al bombardear Hawái, no paralizaron a Estados Unidos, simplemente "despertaron a un gigante dormido"El "Día de la Infamia" fue la peor decisión de la historia japonesa: Japón compró seis meses de tranquilidad en el Pacífico, y firmó un cheque que pagaría cuatro años después siendo incinerado con bombas de napalm y borrado de la faz de la tierra bajo el hongo atómico de Hiroshima y Nagasaki.

BIBLIOGRAFÍA.

Sierra, L. de la. (2005). La guerra naval en el Pacífico (1941-1945). Editorial Juventud.

Costello, J. (2009). La Guerra del Pacífico. La Esfera de los Libros.

Beevor, A. (2012). La Segunda Guerra Mundial (G. Villanueva & S. Furió, Trads.). Pasado & Presente.

Pike, F. (2016). Hirohito: La guerra del Pacífico. La Esfera de los Libros.

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